—Ya no eres mi hija. No sé quién es él ni de dónde ha salido. Me das vergüenza. Vete a vivir a la casa de la abuela y aprende a ser responsable de tus actos. —Oye, Olga, ¿te has enterado? Han traído gente de fuera a echarnos una mano. ¿Vamos esta noche al centro social? —dijo Marga, repanchingada en el sillón con una sonrisa pícara. —Marga, ¿pero tú en qué piensas? ¿Y a quién le dejo a Vladito? ¿Me lo llevo de fiesta? —rió Olga. —¿Y si le pedimos a tía Luisa que se quede con él? —insinuó Marga con cautela. Olga negó con la mano, resignada. —Deja, que todavía me está echando en cara lo de haberme ido de aquí y volver con tripa en vez de con carrera. Quería que me casara con Andrés y mira… Estuvo un año sin hablarme, hace dos meses que, como quien dice, ha vuelto a dirigirnos la palabra. Anda, vete tú, igual tienes suerte y encuentras a alguien. Marga suspiró. —Bueno, iré con Tania y mañana te lo cuento todo. Olga acostó a su hijo y salió a la galería. Llegaban los ecos de la música del pueblo. Se arrebujó en su chal imaginando a todos bailando. Seguro que Marga había ido con su vestido de leopardo; siempre le hacía parecer más una oruga que un felino. Esbozó una sonrisa melancólica y se fue a dormir. Por la mañana, Marga irrumpió a primera hora, justo cuando la madre de Olga vino de visita. Olga le pidió silencio, pero Marga, imposible de callar, soltó: —¡Menuda pena que no vinieras! Había unos tíos… Uno, Vítor, hasta me acompañó a casa. Divertido, un cachondo. Y hoy tengo cita con él. La madre de Olga alzó la ceja: —¿Seguro que no está casado? Marga encogió los hombros. —No sé, no le pedí el DNI. Si lo está, pues una aventura para recordar. —Ay, hijas, ¿pero qué hacéis? Mira que Andrés sería buen partido. La tuya ya perdió el tren, pero tú, Marga, aún puedes camelártelo —la tía Luisa se vino arriba con la idea. —Ay, tía, ¿qué dices? ¿A quién le interesa ese? Y menos con su madre al lado, ¡válgame el cielo! —replicó Marga. Y dirigiéndose a Olga: —Había un chico, imponente. Todas suspiraban por él. Pero se quedó solo y ni bailó con nadie. Entonces tía Luisa dijo, como intrigada: —Deberías ir al centro social, Olga. Yo me quedo con Vladito. A ver si encuentras a uno serio, de los que valen la pena. Y acuérdate: nada de casados, que esos huelen a una mujer sola a kilómetros, ¿me oyes? Olga, incrédula ante su suerte, asintió y, emocionada, besó a su madre. Esta gruñó: —Anda, tira ya, pelotera. Luciendo su mejor vestido, Olga charlaba feliz con sus amigas. Cuánto añoraba esos ratos despreocupados. —Mira, ahí está. Ha vuelto —murmuraron las chicas. Olga le miró con interés, pero al instante sintió las piernas temblar. Se giró y le susurró a Marga: —Me voy. Vladito seguro que me está echando de menos. —Pero Olga, ¿en serio? Primer día que sales, ¿y te vas sin bailar siquiera? —Venga, tú quédate, ahí viene tu Vítor. No te aburrirás. Mientras caminaba hacia la puerta, alguien le tomó la mano: —¿Bailas, guapa? Olga intentó soltarse sin mirarle siquiera: —No bailo. Él insistió: —Concedeme un baile, por favor. Al girarse, reconoció al muchacho que marcó su vida. Y él no parecía recordarla. Olga, aliviada y risueña: —Bueno, uno rápido, que tengo prisa. Bailaron. —¿Tu marido debe echarte de menos, no? —preguntó él insinuante. —No estoy casada —replicó Olga seca. El chico le guiñó el ojo, muy familiar: —Entonces tengo una oportunidad, ¿verdad? Olga se apartó: —Ni lo sueñes —y salió corriendo. Mientras volvía a casa, lloraba. A ella le había bastado una vez para no olvidarle nunca, casi se enamoró al instante… y él no la reconoció. Se conocieron en un tren, cuando Olga regresaba derrotada por no haber pasado el examen de ingreso. Él iba a casa de sus padres. Viéndola tan desanimada, intentó animarla. —Me llamo Marcos. Mi madre me dice Marquitos, mi sobrina me llama Marco. Elige el que te guste. —Me quedo con Marco, suena mejor —rió Olga. —Casi estamos presentados. ¿Cómo te llamas tú, belleza? —Olga. Él asintió serio: —Ya lo sospechaba. Nombre de reina. Y entre charla y charla, ella confesó lo de los exámenes y lo mucho que su madre la reprocharía. —Pues estudia este año y el siguiente lo intentas —le propuso Marcos. —¡Claro! No se me había ocurrido. Gracias. Él la miró fijamente: —De nada. ¿Nadie te ha dicho que eres preciosa? Olga se sonrojó: —Normalita, no exageres. Pero gracias igualmente. Marcos se le acercó: —Es la verdad —y, de pronto, la besó. Lo que vino después fue tan dulce como embarazoso. Marcos se bajó antes. —Prometo encontrarte. Pero ni siquiera le pidió la dirección. Al descubrir que estaba embarazada, su madre fue tajante: —Ya no eres mi hija. No sé quién es él ni de dónde has salido con ese bombo. Me das vergüenza. Vete a la casa de la abuela y madura. Antes de dar a luz, Olga trabajaba en la biblioteca. Su amiga Marga la recogió del hospital, su madre ni apareció. A los cinco meses del pequeño, la abuela empezó a hacer más visitas, trayendo algún juguete para el nieto. —¿Tan pronto de vuelta? —preguntó su madre—. Allí no había nada interesante, ¿no? ¿Y Vladito? —Durmiendo. Si acabas de llegar puedes irte ya —dijo Olga. Cerró la puerta y trató de dormir. Sólo lo logró de madrugada. Somnolienta, alimentaba a su bebé. —No quieres papilla, ¿eh? Así nunca crecerás como tu padre, tan fuerte y guapo. —¿Hablas de mí? Encantado de oírlo. ¿Éste es mi hijo? —se oyó desde la puerta. Olga dejó caer la cuchara: —¿Tú? ¿Cómo? ¿Qué haces aquí? —Marcos sonrió. —Ya te dije que te encontraría. No sabía que mientras tanto sería padre. Me olvidé por completo de pedirte dirección, estaba tan… Pero creo que era el destino que volviéramos a vernos —le guiñó un ojo al niño. El pequeño rió. Por la mañana, la madre de Olga sorprendió a la pareja: él paseaba feliz con el niño al hombro. —¿Es él? —preguntó la madre. —Sí, mamá —contestó Olga, radiante. La madre se acercó a Marcos y le tendió la mano: —Me llamo Luisa Gómez. Que sepas que vigilaré muy de cerca qué marido y padre eres. Marcos le estrechó la mano: —Entendido.

Ya no eres mi hija. ¿Quién es él y de dónde ha salido? Me da vergüenza de ti. Lárgate a la casa de la abuela y vive como una adulta. Aprende lo que es la responsabilidad, hija mía.

Clara, ¿has oído? Han traído gente de fuera para ayudar en el trabajo. ¿Te vienes esta noche a la sala del pueblo? dijo Encarnita, derramada sobre el sofá, más feliz que una perdiz.

Encarna, ¿tú estás loca? ¿Y a Martín con quién le dejo? ¿Me lo llevo de fiesta? soltó Clara entre risas.

¿Y si le pides el favor a tía Rocío? sugirió Encarnita, intentando no pisar huevos.

Clara soltó una carcajada amarga.

Vamos, ¡no se lo recuerda ni el médico! Todavía no me perdona lo de tener a Martín. Ella quería que yo me casara con Sergio, pero se fastidia: que si la niña a estudiar a Madrid… Al final no me cogieron y encima volví con barriga. Me miró de medio lado casi un año, hasta hace dos meses que volvió a saludarme. Así que nada, ve tú con quien quieras. A lo mejor te echas novio.

Encarnita suspiró largamente.

Pues nada, me voy con Puri. Mañana te lo cuento todo, todito.

Clara llevó a su hijo a la cama y luego salió a la terraza. Desde allí, la música del salón retumbaba hasta su puerta. Se arropó con la rebequita, pensando en cómo estarían bailando y riendo dentro. Seguro que Encarna iba otra vez con ese vestido de leopardo cutre La pobre parecía más una oruga listada que otra cosa, se dijo Clara mientras sonreía para sí. Dio un suspiro y se fue a dormir.

A la mañana siguiente, Encarnita apareció a primera hora, y para colmo, la madre de Clara también decidió hacer una visita. Clara puso un dedo en los labios, pero ¿cómo parar a Encarna cuando se arranca?

Mira que mala suerte que no vinieras anoche. Había unos chicos… Bueno, uno se llama José Luis, qué tío, qué risas Encarnita casi no respiraba del entusiasmo. ¡Hoy mismo tengo cita con él!

La madre de Clara la miró con gesto de monja enfadada:

Seguro que está casado, ¿no?

Encarnita se encoge de hombros.

No sé, no le revisé el carné de familia. Y si lo está, ¡al menos tendré historias que contar!

Ay, hijas mías… ¿Y qué tiene de malo Sergio, digo yo? Que mi Clara ya perdió el tren, pero tú, Encarnita, aún puedes camelártelo intervino la tía Rocío poniéndose hasta poética.

Ay, tía Rocío, de verdad… ¿Quién quiere a ese soso? Y su madre, ¡ni te cuento! ¡Virgen Santa, líbrame de ese suegrastro!, dijo Encarnita poniéndose la mano en el pecho.

Se volvió a Clara.

Había un chaval impresionante, guapísimo. Todas las chicas embobadas, y él ni caso. Se fue solo, sin bailar con ninguna.

Entonces, para sorpresa de todos, tía Rocío propuso:

Clara, deberías animarte a ir al salón. Yo me quedo con Martín. Nunca se sabe, puedes conocer a alguien majo, serio, con dos dedos de frente. Eso sí, nada de casados, ¿eh? Esos tienen un radar para detectar a las que están solas. ¿Me entiendes, chiquilla?

Clara, sin creerse la suerte que tenía, asintió enérgicamente. Y encima, se le escapó darle dos besos a su madre, que refunfuñó:

Venga, vete y no me des el día.

Clara, con su mejor vestido, charlaba y reía con las amigas. ¡Cómo echaba de menos estar sin preocupaciones de madre!

Mirad, otra vez ha venido susurraban las chicas.

Clara miró de reojo… y las piernas le flojearon. Se giró deprisa hacia Encarnita y murmuró:

Creo que me voy ya, que el peque me echará de menos

Pero Clara, ¡si acabas de salir después de un siglo y ya te vas! ¿Ni un bailoteo has dado?

Clara fue tajante:

Me piro. Y ahí va viniendo tu José Luis. No te aburras, campeona y se fue al trote hacia la puerta.

Allí, de repente, una mano tomó la suya:

¿Bailamos, señorita?

Clara, sin mirar, intentó soltar la mano:

No bailo.

Pero el muchacho insistía.

Solo uno, por favor. Un baile.

Al fin se volvió. Y el corazón le hizo un triple salto. Era él, el chico de su vida, aunque ni la reconocía. Eso la relajó y sonrió:

Vale. Pero solo uno, que tengo prisa.

Él la llevó dando vueltas suavemente por el salón.

¿Te espera tu marido en casa? preguntó con una sonrisa tan familiar que a Clara casi se le para el reloj.

No estoy casada respondió ella seca como una galleta de pueblo.

Él le guiñó un ojo, pura caradura.

¿Entonces tengo una oportunidad?

Clara se apartó rápido.

Ni se te ocurra y salió echando leches.

Mientras andaba a casa, lloró en silencio. A él lo tenía grabado para siempre; fue su primer y único amor… y ni la recordaba.

Se conocieron en un tren, cuando Clara volvía derrotada a casa tras suspender la selectividad. Él, a Burgos a ver a sus padres. Notando la pena en el rostro de Clara, se esforzó en hacerla reír.

Me llamo Esteban. Mi madre me dice Estebita, mi primo me llama Tebi. Elige el apodo que quieras.

Clara sonrió.

Tebi suena bien.

Él extendió la mano.

Casi estamos presentados. ¿Y tú cómo te llamas, criatura?

Clara se rió.

Clara.

Esteban asintió muy serio:

Nombre de reinas. Te pega mucho.

Entre risas compartieron confidencias. Ella contó su caída en los exámenes y que su madre se lo iba a recordar toda la vida.

Bueno, ¿y por qué no te preparas en invierno y lo intentas de nuevo? sugirió Esteban.

Clara se iluminó.

¡Tienes razón! No se me había ocurrido. Gracias.

Él la miró fijamente:

De nada. ¿Te han dicho alguna vez que eres guapísima?

Clara ruborizada.

No exageres. Pero gracias.

Esteban acercándose, en plan galán:

Que es verdad, mujer y de repente la besó. Clara sintió cómo el mundo giraba y… en fin, lo demás fue bonito y un poco escandaloso. Esteban se bajó antes de su parada.

Te juro que te encontraré le dijo.

Solo mucho después Clara caería, con el estómago encogido, que ni su dirección le había pedido.

El tiempo pasó, y cuando se enteró de que estaba embarazada, su madre sentenció, muy folclórica:

Ya no eres hija mía. ¿Quién es el padre y de dónde lo sacaste? Qué vergüenza. Ala, a la casa de la abuela y te apañas. Aprende a espabilar.

Clara, antes de dar a luz, consiguió un trabajo en la biblioteca y luego se cogió la baja. Solo Encarnita fue a recogerla del hospital; su madre, ni asomó la nariz. Pero cuando Martín cumplió cinco meses, a la abuela ya le pudo la ternura y empezó a aparecerse con juguetitos y algún euro suelto.

¿Ya en casa tan temprano? preguntó la madre. Allí no había nada interesante, seguro. ¿Cómo está Martín?

Dormido, como un tronco. Mira, ya que estás, yo me largo a casa y la madre se fue tan fresca.

Clara cerró la puerta e intentó dormir. Le costó, y sólo al alba pegó ojo. Atontada, preparó el desayuno de Martín, que no tenía ganas de papilla.

Si no comes, no crecerás como tu papá. Era muy alto, ¿sabes? y muy guapo.

¿Hablas de mí? Qué halago. Supongo que este pequeñín es mi hijo, ¿no? preguntó una voz desde la puerta.

A Clara se le cayó la cuchara.

¿Tú? ¿Cómo? ¿De dónde sales?

Esteban sonrió.

Te dije que te encontraría. No sabía que ya tenía un hijo esperándome. Aquella vez, con los nervios, no te pregunté la dirección. Pero está claro que el destino quiere vernos juntos dijo con una mueca al niño.

Martín se rió satisfecho.

Por la mañana, la madre llegó y vio a Clara radiante y a un hombre desconocido paseando a Martín sobre los hombros.

¿Es él? preguntó la madre.

Sí respondió Clara, radiante.

La madre se le acercó y le tendió la mano:

Me llamo Rosario Martínez. Que sepas que te voy a vigilar, tanto como marido como padre.

Esteban le apretó la mano y asintió, serio.

Entendido.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

fifteen + 13 =

—Ya no eres mi hija. No sé quién es él ni de dónde ha salido. Me das vergüenza. Vete a vivir a la casa de la abuela y aprende a ser responsable de tus actos. —Oye, Olga, ¿te has enterado? Han traído gente de fuera a echarnos una mano. ¿Vamos esta noche al centro social? —dijo Marga, repanchingada en el sillón con una sonrisa pícara. —Marga, ¿pero tú en qué piensas? ¿Y a quién le dejo a Vladito? ¿Me lo llevo de fiesta? —rió Olga. —¿Y si le pedimos a tía Luisa que se quede con él? —insinuó Marga con cautela. Olga negó con la mano, resignada. —Deja, que todavía me está echando en cara lo de haberme ido de aquí y volver con tripa en vez de con carrera. Quería que me casara con Andrés y mira… Estuvo un año sin hablarme, hace dos meses que, como quien dice, ha vuelto a dirigirnos la palabra. Anda, vete tú, igual tienes suerte y encuentras a alguien. Marga suspiró. —Bueno, iré con Tania y mañana te lo cuento todo. Olga acostó a su hijo y salió a la galería. Llegaban los ecos de la música del pueblo. Se arrebujó en su chal imaginando a todos bailando. Seguro que Marga había ido con su vestido de leopardo; siempre le hacía parecer más una oruga que un felino. Esbozó una sonrisa melancólica y se fue a dormir. Por la mañana, Marga irrumpió a primera hora, justo cuando la madre de Olga vino de visita. Olga le pidió silencio, pero Marga, imposible de callar, soltó: —¡Menuda pena que no vinieras! Había unos tíos… Uno, Vítor, hasta me acompañó a casa. Divertido, un cachondo. Y hoy tengo cita con él. La madre de Olga alzó la ceja: —¿Seguro que no está casado? Marga encogió los hombros. —No sé, no le pedí el DNI. Si lo está, pues una aventura para recordar. —Ay, hijas, ¿pero qué hacéis? Mira que Andrés sería buen partido. La tuya ya perdió el tren, pero tú, Marga, aún puedes camelártelo —la tía Luisa se vino arriba con la idea. —Ay, tía, ¿qué dices? ¿A quién le interesa ese? Y menos con su madre al lado, ¡válgame el cielo! —replicó Marga. Y dirigiéndose a Olga: —Había un chico, imponente. Todas suspiraban por él. Pero se quedó solo y ni bailó con nadie. Entonces tía Luisa dijo, como intrigada: —Deberías ir al centro social, Olga. Yo me quedo con Vladito. A ver si encuentras a uno serio, de los que valen la pena. Y acuérdate: nada de casados, que esos huelen a una mujer sola a kilómetros, ¿me oyes? Olga, incrédula ante su suerte, asintió y, emocionada, besó a su madre. Esta gruñó: —Anda, tira ya, pelotera. Luciendo su mejor vestido, Olga charlaba feliz con sus amigas. Cuánto añoraba esos ratos despreocupados. —Mira, ahí está. Ha vuelto —murmuraron las chicas. Olga le miró con interés, pero al instante sintió las piernas temblar. Se giró y le susurró a Marga: —Me voy. Vladito seguro que me está echando de menos. —Pero Olga, ¿en serio? Primer día que sales, ¿y te vas sin bailar siquiera? —Venga, tú quédate, ahí viene tu Vítor. No te aburrirás. Mientras caminaba hacia la puerta, alguien le tomó la mano: —¿Bailas, guapa? Olga intentó soltarse sin mirarle siquiera: —No bailo. Él insistió: —Concedeme un baile, por favor. Al girarse, reconoció al muchacho que marcó su vida. Y él no parecía recordarla. Olga, aliviada y risueña: —Bueno, uno rápido, que tengo prisa. Bailaron. —¿Tu marido debe echarte de menos, no? —preguntó él insinuante. —No estoy casada —replicó Olga seca. El chico le guiñó el ojo, muy familiar: —Entonces tengo una oportunidad, ¿verdad? Olga se apartó: —Ni lo sueñes —y salió corriendo. Mientras volvía a casa, lloraba. A ella le había bastado una vez para no olvidarle nunca, casi se enamoró al instante… y él no la reconoció. Se conocieron en un tren, cuando Olga regresaba derrotada por no haber pasado el examen de ingreso. Él iba a casa de sus padres. Viéndola tan desanimada, intentó animarla. —Me llamo Marcos. Mi madre me dice Marquitos, mi sobrina me llama Marco. Elige el que te guste. —Me quedo con Marco, suena mejor —rió Olga. —Casi estamos presentados. ¿Cómo te llamas tú, belleza? —Olga. Él asintió serio: —Ya lo sospechaba. Nombre de reina. Y entre charla y charla, ella confesó lo de los exámenes y lo mucho que su madre la reprocharía. —Pues estudia este año y el siguiente lo intentas —le propuso Marcos. —¡Claro! No se me había ocurrido. Gracias. Él la miró fijamente: —De nada. ¿Nadie te ha dicho que eres preciosa? Olga se sonrojó: —Normalita, no exageres. Pero gracias igualmente. Marcos se le acercó: —Es la verdad —y, de pronto, la besó. Lo que vino después fue tan dulce como embarazoso. Marcos se bajó antes. —Prometo encontrarte. Pero ni siquiera le pidió la dirección. Al descubrir que estaba embarazada, su madre fue tajante: —Ya no eres mi hija. No sé quién es él ni de dónde has salido con ese bombo. Me das vergüenza. Vete a la casa de la abuela y madura. Antes de dar a luz, Olga trabajaba en la biblioteca. Su amiga Marga la recogió del hospital, su madre ni apareció. A los cinco meses del pequeño, la abuela empezó a hacer más visitas, trayendo algún juguete para el nieto. —¿Tan pronto de vuelta? —preguntó su madre—. Allí no había nada interesante, ¿no? ¿Y Vladito? —Durmiendo. Si acabas de llegar puedes irte ya —dijo Olga. Cerró la puerta y trató de dormir. Sólo lo logró de madrugada. Somnolienta, alimentaba a su bebé. —No quieres papilla, ¿eh? Así nunca crecerás como tu padre, tan fuerte y guapo. —¿Hablas de mí? Encantado de oírlo. ¿Éste es mi hijo? —se oyó desde la puerta. Olga dejó caer la cuchara: —¿Tú? ¿Cómo? ¿Qué haces aquí? —Marcos sonrió. —Ya te dije que te encontraría. No sabía que mientras tanto sería padre. Me olvidé por completo de pedirte dirección, estaba tan… Pero creo que era el destino que volviéramos a vernos —le guiñó un ojo al niño. El pequeño rió. Por la mañana, la madre de Olga sorprendió a la pareja: él paseaba feliz con el niño al hombro. —¿Es él? —preguntó la madre. —Sí, mamá —contestó Olga, radiante. La madre se acercó a Marcos y le tendió la mano: —Me llamo Luisa Gómez. Que sepas que vigilaré muy de cerca qué marido y padre eres. Marcos le estrechó la mano: —Entendido.
Lo recogí un martes por la noche, volviendo del trabajo: estaba tirado junto al contenedor de basura…