Ya no eres mi hija. ¿Quién es él y de dónde ha salido? Me da vergüenza de ti. Lárgate a la casa de la abuela y vive como una adulta. Aprende lo que es la responsabilidad, hija mía.
Clara, ¿has oído? Han traído gente de fuera para ayudar en el trabajo. ¿Te vienes esta noche a la sala del pueblo? dijo Encarnita, derramada sobre el sofá, más feliz que una perdiz.
Encarna, ¿tú estás loca? ¿Y a Martín con quién le dejo? ¿Me lo llevo de fiesta? soltó Clara entre risas.
¿Y si le pides el favor a tía Rocío? sugirió Encarnita, intentando no pisar huevos.
Clara soltó una carcajada amarga.
Vamos, ¡no se lo recuerda ni el médico! Todavía no me perdona lo de tener a Martín. Ella quería que yo me casara con Sergio, pero se fastidia: que si la niña a estudiar a Madrid… Al final no me cogieron y encima volví con barriga. Me miró de medio lado casi un año, hasta hace dos meses que volvió a saludarme. Así que nada, ve tú con quien quieras. A lo mejor te echas novio.
Encarnita suspiró largamente.
Pues nada, me voy con Puri. Mañana te lo cuento todo, todito.
Clara llevó a su hijo a la cama y luego salió a la terraza. Desde allí, la música del salón retumbaba hasta su puerta. Se arropó con la rebequita, pensando en cómo estarían bailando y riendo dentro. Seguro que Encarna iba otra vez con ese vestido de leopardo cutre La pobre parecía más una oruga listada que otra cosa, se dijo Clara mientras sonreía para sí. Dio un suspiro y se fue a dormir.
A la mañana siguiente, Encarnita apareció a primera hora, y para colmo, la madre de Clara también decidió hacer una visita. Clara puso un dedo en los labios, pero ¿cómo parar a Encarna cuando se arranca?
Mira que mala suerte que no vinieras anoche. Había unos chicos… Bueno, uno se llama José Luis, qué tío, qué risas Encarnita casi no respiraba del entusiasmo. ¡Hoy mismo tengo cita con él!
La madre de Clara la miró con gesto de monja enfadada:
Seguro que está casado, ¿no?
Encarnita se encoge de hombros.
No sé, no le revisé el carné de familia. Y si lo está, ¡al menos tendré historias que contar!
Ay, hijas mías… ¿Y qué tiene de malo Sergio, digo yo? Que mi Clara ya perdió el tren, pero tú, Encarnita, aún puedes camelártelo intervino la tía Rocío poniéndose hasta poética.
Ay, tía Rocío, de verdad… ¿Quién quiere a ese soso? Y su madre, ¡ni te cuento! ¡Virgen Santa, líbrame de ese suegrastro!, dijo Encarnita poniéndose la mano en el pecho.
Se volvió a Clara.
Había un chaval impresionante, guapísimo. Todas las chicas embobadas, y él ni caso. Se fue solo, sin bailar con ninguna.
Entonces, para sorpresa de todos, tía Rocío propuso:
Clara, deberías animarte a ir al salón. Yo me quedo con Martín. Nunca se sabe, puedes conocer a alguien majo, serio, con dos dedos de frente. Eso sí, nada de casados, ¿eh? Esos tienen un radar para detectar a las que están solas. ¿Me entiendes, chiquilla?
Clara, sin creerse la suerte que tenía, asintió enérgicamente. Y encima, se le escapó darle dos besos a su madre, que refunfuñó:
Venga, vete y no me des el día.
Clara, con su mejor vestido, charlaba y reía con las amigas. ¡Cómo echaba de menos estar sin preocupaciones de madre!
Mirad, otra vez ha venido susurraban las chicas.
Clara miró de reojo… y las piernas le flojearon. Se giró deprisa hacia Encarnita y murmuró:
Creo que me voy ya, que el peque me echará de menos
Pero Clara, ¡si acabas de salir después de un siglo y ya te vas! ¿Ni un bailoteo has dado?
Clara fue tajante:
Me piro. Y ahí va viniendo tu José Luis. No te aburras, campeona y se fue al trote hacia la puerta.
Allí, de repente, una mano tomó la suya:
¿Bailamos, señorita?
Clara, sin mirar, intentó soltar la mano:
No bailo.
Pero el muchacho insistía.
Solo uno, por favor. Un baile.
Al fin se volvió. Y el corazón le hizo un triple salto. Era él, el chico de su vida, aunque ni la reconocía. Eso la relajó y sonrió:
Vale. Pero solo uno, que tengo prisa.
Él la llevó dando vueltas suavemente por el salón.
¿Te espera tu marido en casa? preguntó con una sonrisa tan familiar que a Clara casi se le para el reloj.
No estoy casada respondió ella seca como una galleta de pueblo.
Él le guiñó un ojo, pura caradura.
¿Entonces tengo una oportunidad?
Clara se apartó rápido.
Ni se te ocurra y salió echando leches.
Mientras andaba a casa, lloró en silencio. A él lo tenía grabado para siempre; fue su primer y único amor… y ni la recordaba.
Se conocieron en un tren, cuando Clara volvía derrotada a casa tras suspender la selectividad. Él, a Burgos a ver a sus padres. Notando la pena en el rostro de Clara, se esforzó en hacerla reír.
Me llamo Esteban. Mi madre me dice Estebita, mi primo me llama Tebi. Elige el apodo que quieras.
Clara sonrió.
Tebi suena bien.
Él extendió la mano.
Casi estamos presentados. ¿Y tú cómo te llamas, criatura?
Clara se rió.
Clara.
Esteban asintió muy serio:
Nombre de reinas. Te pega mucho.
Entre risas compartieron confidencias. Ella contó su caída en los exámenes y que su madre se lo iba a recordar toda la vida.
Bueno, ¿y por qué no te preparas en invierno y lo intentas de nuevo? sugirió Esteban.
Clara se iluminó.
¡Tienes razón! No se me había ocurrido. Gracias.
Él la miró fijamente:
De nada. ¿Te han dicho alguna vez que eres guapísima?
Clara ruborizada.
No exageres. Pero gracias.
Esteban acercándose, en plan galán:
Que es verdad, mujer y de repente la besó. Clara sintió cómo el mundo giraba y… en fin, lo demás fue bonito y un poco escandaloso. Esteban se bajó antes de su parada.
Te juro que te encontraré le dijo.
Solo mucho después Clara caería, con el estómago encogido, que ni su dirección le había pedido.
El tiempo pasó, y cuando se enteró de que estaba embarazada, su madre sentenció, muy folclórica:
Ya no eres hija mía. ¿Quién es el padre y de dónde lo sacaste? Qué vergüenza. Ala, a la casa de la abuela y te apañas. Aprende a espabilar.
Clara, antes de dar a luz, consiguió un trabajo en la biblioteca y luego se cogió la baja. Solo Encarnita fue a recogerla del hospital; su madre, ni asomó la nariz. Pero cuando Martín cumplió cinco meses, a la abuela ya le pudo la ternura y empezó a aparecerse con juguetitos y algún euro suelto.
¿Ya en casa tan temprano? preguntó la madre. Allí no había nada interesante, seguro. ¿Cómo está Martín?
Dormido, como un tronco. Mira, ya que estás, yo me largo a casa y la madre se fue tan fresca.
Clara cerró la puerta e intentó dormir. Le costó, y sólo al alba pegó ojo. Atontada, preparó el desayuno de Martín, que no tenía ganas de papilla.
Si no comes, no crecerás como tu papá. Era muy alto, ¿sabes? y muy guapo.
¿Hablas de mí? Qué halago. Supongo que este pequeñín es mi hijo, ¿no? preguntó una voz desde la puerta.
A Clara se le cayó la cuchara.
¿Tú? ¿Cómo? ¿De dónde sales?
Esteban sonrió.
Te dije que te encontraría. No sabía que ya tenía un hijo esperándome. Aquella vez, con los nervios, no te pregunté la dirección. Pero está claro que el destino quiere vernos juntos dijo con una mueca al niño.
Martín se rió satisfecho.
Por la mañana, la madre llegó y vio a Clara radiante y a un hombre desconocido paseando a Martín sobre los hombros.
¿Es él? preguntó la madre.
Sí respondió Clara, radiante.
La madre se le acercó y le tendió la mano:
Me llamo Rosario Martínez. Que sepas que te voy a vigilar, tanto como marido como padre.
Esteban le apretó la mano y asintió, serio.
Entendido.







