EL NUEVO MÉDICO
Recuerdo cómo me enteré, por casualidad, de la infidelidad de mi marido. Como acostumbra pasar, las esposas suelen ser las últimas en enterarse de esa clase de traición. Sólo después comprendí el sentido de aquellas miradas extrañas en el hospital y los susurros a mi espalda. Nadie en el grupo tenía ya secreto: mi mejor amiga, Inés, había empezado un amorío con Luciano, mi esposo. Yo era la única que no sospechaba nada.
Lo descubrí aquella tarde en que regresé a casa de improviso. Llevaba años trabajando como médico en el hospital de la ciudad. Esa noche debía cubrir una guardia, pero, al final del turno, mi joven compañera Carmen me pidió un favor:
Isabel, ¿te importaría cambiar la guardia conmigo? Yo trabajo hoy y tú me cubres el sábado, si no tienes otros planes. Se casa mi hermana, tenemos la boda el sábado.
Acepté sin dudarlo; Carmen era una muchacha agradable y servicial, y la boda merecía consideración.
Volví tarde a casa, de buen humor, deseando sorprender a mi marido. Pero la sorpresa fue para mí.
Nada más abrir la puerta, escuché voces en el dormitorio. Una era la de Luciano y la otra también la reconocí, pero jamás habría esperado oírla en esa situación: era la voz de Inés, mi amiga de toda la vida. Lo que se oía no dejaba duda del vínculo que les unía.
Salí igual de silenciosa que había entrado. Aquella noche la pasé en vela, en el hospital. ¿Cómo iba a mirar ahora a mis compañeros? Todos lo sabían, y yo estaba ciega, cegada por mi amor por Luciano, confiaba en él plenamente. Mi marido era el sentido de mi vida, por él lo había sacrificado todo, incluso mi sueño de ser madre. Cada vez que sacaba el tema con él, decía que aún no estaba preparado, que había que esperar, vivir para nosotros solos. Ahora entendía que nunca quiso hijos porque jamás tomó en serio nuestro matrimonio.
Aquella noche interminable tomé la decisión que luego me pareció la única justo. Por la mañana solicité la baja con vista a la renuncia, volví a casa y, aprovechando que Luciano estaba en el trabajo, recogí mis cosas y fui directa a la estación. Heredé de mi abuela un pequeño cortijo en el pueblo de la sierra, y supuse con razón que allí no me buscaría jamás.
En la estación cambié de número y tiré el antiguo móvil. Corté todos los lazos con mi vida anterior y me lancé, sin miedo, a la nueva.
Al día siguiente bajé del tren en la estación familiar. No volvía desde hacía casi diez años, cuando el funeral de mi abuela. Todo seguía igual de tranquilo y solitario, lo que más necesitaba en aquel momento.
Llegué al pueblo con un coche de un vecino y después caminé unos veinte minutos por el campo, hasta el caserón que fue de mi abuela Clara Fernández, quien durante más de cuarenta años fue maestra en la escuela local. Todos la recordaban con cariño por haber enseñado a leer y escribir a generaciones de niños y niñas del pueblo. Muchos ahora quisieron ayudarme para honrar su memoria.
No esperaba hallar un recibimiento tan cálido. Les agradecí de corazón su ayuda para poner la casa en pie y acomodarme en mi nuevo hogar.
La noticia de que era médico corrió rápido. Un día, mi vecina Paquita vino preocupada:
Isabel, perdona, hoy no podré ayudarte. La pequeña Milagros está mala, ha debido comer algo en mal estado, lleva mal la tripa desde esta mañana.
Vamos, Paquita, le echo un vistazo le dije, tomando mi maletín.
Milagros tenía una intoxicación alimentaria. Le puse suero y expliqué a Paquita cómo cuidarla.
Te lo agradezco tanto, Isabel me repetía, emocionada. Aquí la clínica más cercana está a casi sesenta kilómetros, y el practicante del pueblo se marchó hace un año. No mandan a nadie nuevo.
Desde entonces los vecinos empezaron a acudir a mí, y no podía negarme; después de todo, me habían recibido con tanta generosidad y afecto.
Cuando la noticia llegó a la dirección de Sanidad, me ofrecieron un puesto en el centro de salud del municipio.
No, no me voy les respondí firmemente. Si confían el consultorio del pueblo en mí, lo aceptaré con gusto.
Se sorprendieron; una médica de la capital, con experiencia, queriendo trabajar en el consultorio rural. Pero no cambié de opinión, y tras un tiempo, el consultorio volvió a abrir sus puertas, y comencé las consultas.
Una tarde, ya entrada la noche, llamaron a mi puerta. No me extrañó las enfermedades no entienden de horarios. Abrí y vi a un hombre desconocido. Por su aspecto imaginé al instante que algo grave sucedía.
Doctora Isabel Fernández, vengo de Robledillo, a quince kilómetros. Mi hija está muy enferma. Pensé que era un catarro, pero la fiebre no baja desde hace tres días. Le ruego, acompáñeme, ayúdele.
Empecé a prepararme deprisa, interrogando al padre sobre los síntomas de la niña.
Al llegar, encontré a una chiquilla pequeña y muy pálida, respirando con dificultad, los labios agrietados, el cabello alborotado, los párpados temblando. Tras examinarla, le dije:
Es grave. Debemos llevarla al hospital.
Él negó con la cabeza.
Vivimos los dos solos, su madre murió tras el parto. Es lo único que tengo y no puedo perderla.
En el hospital le ayudarán más rápido. No puedo hacer nada, necesito medicación, y no la tengo aquí.
Dígame qué hace falta, lo consigo. Pero no la lleve, se lo ruego. Hay farmacia de guardia en el pueblo del municipio, lo traigo enseguida. No tengo con quién dejarla.
Vi el miedo en sus ojos. Me fijé mejor: tenía mi edad, alto, delgado, con una hermosa melena castaña y ojos verde oscuro, con pestañas que ya quisieran muchas mujeres.
Me quedo con la niña le dije. ¿Cómo se llama?
Leonor respondió con ternura. Yo soy Alberto. Gracias, doctora.
Le hice la receta y Alberto salió en busca de la medicación.
La fiebre de Leonor no bajaba, gemía y llamaba a su padre. La tomé en brazos y, cantándole una canción infantil, di vueltas con ella por la casa hasta que se tranquilizó.
Varias horas después Alberto regresó con los medicamentos. Puse la inyección como pude y dije, agotada:
Ahora sólo queda esperar.
Pasamos la noche junto a la cama. Al amanecer, la fiebre empezó a descender; el sudor le perlaba la frente.
Es buena señal le dije. Estaba molida, pero la felicidad de haber vencido a la enfermedad me mantuvo firme.
Gracias repetía Alberto, emocionado.
Pasó un año. Seguía trabajando en la consulta del pueblo, cuidando de los vecinos y los habitantes de localidades cercanas. Ya no vivía en la antigua casa de mi abuela, sino en el bonito y amplio hogar de Alberto. Nos casamos medio año después de aquella noche terrible, cuando la vida de Leonor pendía de un hilo. Tardó semanas en curarse, pero lo consiguió. Se encariñó mucho conmigo, y yo la quise como si fuera propia. Aunque cada vez que la abrazaba, pensaba en aquel tiempo lejano en que perdí la oportunidad de ser madre.
Las noches regresaba agotada pero feliz a mi nueva casa, donde me esperaban y querían las dos personas más preciosas.
Hoy, Alberto salió a recibirme al porche, me abrazó y preguntó:
¿Qué tal? ¿Te aprobaron las vacaciones? Ya he planeado el viaje; iremos los tres juntos de aventura.
Sonreí misteriosa y respondí:
Me han dado las vacaciones, pero este viaje no lo haremos los tres, sino los cuatro.
Alberto me miró perplejo, y al comprender, me abrazó y empezó a girar por el patio conmigo en brazos…






