El temporizador en la mesa: Cuatro conversaciones y un matrimonio madrileño aprendiendo a escucharse a diez minutos por turno (con recetas de paciencia y sal en la despensa)

Diario de Jaime, Madrid

Hoy he vuelto a oír esa frase: Has puesto la sal en el sitio equivocado. Fue Lucía, como casi siempre, con la voz baja mientras removía la olla. Levanté la vista del frasco, miré la estantería: la sal estaba donde siempre, junto al azucarero.

¿Dónde debería estar, entonces? pregunté, intentando sonar neutral.

No donde debe estar, sino donde la busco me contestó, sin mirarme. Te lo he dicho ya mil veces.

Respiré hondo. Preferiría que simplemente dijera ahí, que lo adivinara ese malestar tonto empezó a subir por dentro.

Apagó la vitrocerámica con un gesto fuerte, puso la tapa en la cazuela y por fin se giró hacia mí.

Estoy cansada de repetir lo mismo cada día dijo. A ver si alguna vez las cosas pueden estar en su sitio sin pedirlo.

O sea, que otra vez lo hago todo mal resoplé, devolviendo la sal al estante, pero solo un poco más a la derecha.

Iba a responderme, pero se limitó a cerrar el armario con un golpetazo y salió de la cocina. Me quedé allí, cuchara en mano, escuchando sus pasos por el pasillo, luego probé la sopa y volví a echarle sal sin pensar.

Comimos una hora después, en silencio. El telediario sonaba en la tele; en los reflejos del cristal de la vitrina bailaban imágenes azules y blancas. Lucía apenas me miraba, comía lento. Yo pinchaba la albóndiga con el tenedor pensando que otra vez habíamos repetido el mismo círculo: una chorrada, una queja, mi frase, su silencio.

Entonces, de pronto, dijo:

¿Así vamos a vivir siempre?

Levanté la mirada.

¿A qué te refieres?

A esto dejó el tenedor sobre el plato. Haces cualquier cosa, yo me enfado, tú te ofendes. Y vuelta a empezar.

¿Y qué sugieres? intenté esbozar una sonrisa, si ya es nuestra tradición.

No contestó la broma.

He leído algo dijo entonces, sobre tener conversaciones, una vez a la semana, con cronómetro.

Me quedé perplejo.

¿Con qué?

Un cronómetro. Diez minutos yo, diez minutos tú. Sin tú siempre, sin tú nunca. Solo yo siento, para mí es importante, quisiera. Y el otro solo escucha, sin interrumpir ni defenderse.

¿Lo sacaste de internet?

De un libro, da igual. Quiero probarlo.

Bebí agua, a ver si ganaba algo de tiempo.

¿Y si no quiero?

Entonces seguiremos enfadándonos por la sal dijo, tan tranquila. Y yo no quiero.

La miré. Las arrugas alrededor de sus labios eran más profundas últimamente, y no sé cuándo pasó eso. Parecía cansada, pero de toda una vida.

Vale acepté. Pero aviso, en eso de las técnicas no soy experto.

No hace falta ser experto sonrió, pero sin mucha energía. Solo sincero.

El jueves por la noche, sentado en el sofá, fingía que leía noticias en el móvil, pero tenía esa sensación de estar esperando una extracción en el dentista.

En la mesa baja, entre nosotros, el temporizador de cocina: redondo, blanco, con números azules. Lucía lo usaba normalmente para el bizcocho, pero hoy parecía una pieza de museo abandonada entre los dos.

Entró al salón con dos tazas de té, se sentó enfrente. Tenía puesto un jersey largo y viejo, la coleta deshecha.

Bueno dijo, ¿empezamos?

¿Tenemos protocolo? intenté bromear.

Sí. Yo primero, diez minutos. Luego tú. Si nos queda algo, lo dejamos para la semana siguiente.

Asentí, solté el móvil. Giró la ruedecita del temporizador y el tic-tac llenó la sala.

Yo siento empezó Lucía, y dudó un instante.

Pensé que soltaría el típico tú nunca y me puse en guardia, pero continuó apretando las manos:

Siento que soy el fondo, el decorado. Que la casa, la comida, tus camisas, nuestros días, todo parece salir solo, como si fuera lo normal. Y que si algún día desaparece, nadie lo nota hasta que sea tarde.

Me callé, aunque quise decirle que me doy cuenta, aunque no lo diga. Que a veces ella tampoco me deja hacer nada. Pero recordé la regla y apreté la boca.

Para mí es importante saber que todo lo que hago se ve. No busco halagos ni gracias todos los días, solo que me digas, a veces, que sabes cuánto cuesta. Que las cosas no se hacen solas.

Tragué saliva. El tic-tac seguía ahí. Quise contestar que yo también llego agotado de trabajar, pero en las reglas no se puede interrumpir.

Quiero dejar de ser la responsable por defecto. Quiero, a veces, poder ser débil. No siempre la que tira de todos.

Miré sus manos: el anillo que le regalé en nuestro aniversario de bodas ya le apretaba el dedo. Recordé lo nervioso que estaba eligiendo la talla.

Cuando el temporizador sonó, Lucía se sobresaltó y sonrió nerviosa.

Ya está. Mis diez minutos.

Ahora tosí, ahora yo.

Giró el temporizador y me lo acercó.

Yo siento empecé, y me sentí tonto yo siento que en casa muchas veces quiero esconderme. Porque si hago algo mal, lo notas. Y si lo hago bien, es lo normal.

Asintió, callada.

Para mí es importante que, cuando llego de trabajar y me siento, no sea delito. No me paso el día rascándome, también me machaco fuera.

Me miró: cansada, pero atenta.

Quiero que no digas no entiendes nada cuando estás enfadada. Porque entiendo, quizá no todo, pero algo sí. Y cuando lo haces, me cierro porque cualquier respuesta estaría mal.

El pitido me sacó de golpe, de vuelta a la habitación.

Nos quedamos sentados en silencio. La tele apagada; en la cocina algo zumbaba, el frigorífico.

Es raro comentó Lucía, parece un simulacro.

Como si fuéramos ¿pacientes? aventuré.

Se rió.

Pues pacientes. Pero hagamos la prueba un mes, una vez por semana.

Un mes no es cadena perpetua.

Asintió, llevó el temporizador a la cocina. Yo la seguí con la mirada pensando que ya era casi parte de nuestro mobiliario.

El sábado fuimos juntos al supermercado. Lucía se adelantaba con el carro, yo seguía la lista: leche, pollo, arroz.

Coge tomates dijo sin volverse.

Los seleccioné y, al ponerlos en la bolsa, pensé en decir siento que los tomates pesan, y me reí.

¿Qué te pasa? se giró.

Practico mis nuevas fórmulas.

Puso los ojos en blanco, pero le temblaron las comisuras.

En público no hace falta advirtió. Aunque igual nos vendría bien.

Cerca de las galletas, extendí la mano hacia sus favoritas, pero recordé lo del azúcar y la tensión. Dudé.

Cógelo me dijo. Si no me las como, llevo el paquete al trabajo.

Eché la caja al carrito.

Quiero decirte que sé el esfuerzo que haces murmuré, mirando una etiqueta. Esto para el jueves.

Me miró un segundo más largo de lo normal y asintió.

Me lo apunto dijo.

La segunda semana fue peor.

Llegué tarde, veinte minutos, por culpa de una reunión y el atasco del Paseo de la Castellana. Encontré a Lucía preparada en el salón, con su cuaderno de cuadros al lado del temporizador.

¿Listo? preguntó, sin saludo.

Un minuto, colgué la chaqueta, bebí agua en la cocina. Volví y noté su mirada en la nuca.

No es obligatorio dijo; si no te interesa

Sí, sí, me interesa respondí, aunque por dentro todo quería salir huyendo, sólo ha sido un día difícil.

El mío también replicó cortante, y yo he llegado puntual.

Apreté el vaso.

Vale, empecemos.

Giró el temporizador.

Siento que vivimos como compañeros de piso. Hablamos de facturas, compras, médicos pero nunca de lo que queremos. No recuerdo la última vez que planeamos un viaje juntos y no donde nos han invitado.

Recordé la casa rural de su hermana y aquel balneario de Benidorm donde fuimos porque salía con descuento de empresa.

Me importa que, además de deberes, tengamos planes. No algún día iremos al mar, sino en serio: aquí, entonces, juntos. Que no sea yo sola tirando del carro.

Yo asentía, pero ella ni me miraba.

Quiero que hablemos de sexo no solo cuando falta. Me da vergüenza, pero echo de menos el contacto. No solo el acto, sino el abrazo improvisado.

Sentí cómo me ardían las orejas. Estuve a punto de bromear, pero no lo hice.

Cuando te das la vuelta en la cama añadió, pienso que ya no te intereso. No solo como mujer, sino en general.

El temporizador seguía, intenso. Fingí no ver cuánto quedaba.

Ya está anunció Lucía cuando sonó el cronómetro. Tu turno.

Alargué el brazo, me tembló la mano. Giró ella el mando y me lo pasó.

Siento que, cuando hablamos de dinero, me siento solo un cajero automático. Si me niego a algo, parece tacañería, no miedo.

Lucía apretó los labios, en silencio.

Me importa que sepas que tengo miedo a quedarnos sin colchón. Recuerdo los noventa, cada duro contado, y cuando dices no pasa nada, dentro de mí todo tiembla.

Respiré hondo.

Quiero que consultes las compras grandes antes de cerrar nada. No que me enfrente con ya lo he pedido/ya he contratado. No rechazo tus planes, rechazo los sobresaltos.

Pitido. Alivio.

¿Puedo decir algo? saltó ella. Sé que no es la norma, pero no aguanto más.

La miré.

Dilo.

Cuando dices lo de cajero automático le tembló la voz, me siento como si pensases que solo gasto. Pero yo también tengo miedo. Miedo de enfermar, de perderte, de quedarme sola. A veces compro algo no por gastar, sino para sentir que tenemos futuro, que aún planificamos algo.

Iba a responder, pero me callé. Nos miramos, sentados a cada lado de la mesa como dos delegaciones tras una frontera.

Esto ya no está con el temporizador susurré.

Lo sé admitió Lucía. Pero no soy un robot.

Me reí, triste.

Quizás esto de las técnicas no sea para personas de verdad musité.

Sirve para quien aún quiere intentarlo dijo ella.

Me apoyé en el respaldo. Agotado.

Por hoy basta sugerí.

Lucía miró el temporizador, luego a mí.

Vale aceptó. Pero no lo contemos como un fracaso. Una nota al margen.

Asentí. Dejó el temporizador cerca del borde, como si no quisiera alejarlo.

Esa noche no dormí bien. Ella estaba de espaldas, y cuando fui a ponerle la mano en el hombro me detuve unos centímetros antes. Sus palabras sobre sentirse solo compañeros de piso me dieron vueltas en la cabeza.

Retiré la mano, me quedé mirando al techo.

La tercera charla llegó antes, en el bus, de camino al centro de salud, ella a hacerse análisis, yo la revisión de corazón. Viajábamos de pie; ella miraba la calle, yo su perfil.

¿Estás enfadada? le pregunté.

No respondió. Pienso.

¿En qué?

En que envejecemos dijo. Seguía sin apartar la vista. Y que si no aprendemos a hablar ahora, luego nos faltarán fuerzas.

Iba a bromear con mi salud, pero recordé que subiendo a casa ayer apenas podía respirar el quinto piso.

Tengo miedo dije de pronto, de terminar en el hospital y que vengas callada, solo a traerme cosas y cabreada.

Se giró, sorprendida.

No iría enfadada, murmuró. Iría preocupada.

Asentí.

Esa noche, de nuevo el temporizador sobre la mesa, dos tazas humeando.

Hoy empieza tú sugirió. En el bus ya solté bastante.

Respiré, giré el disco.

Siento que, cuando hablas de tu cansancio, lo vivo como una acusación. Aunque no lo digas. Y empiezo a defenderme, aunque aún no hayas terminado.

Ella asintió.

Me importa aprender a escucharte sin ir a la defensiva. Pero no me enseñaron. De pequeño, la culpa significaba castigo, y ahora, cuando dices que algo te duele, oigo: eres un desastre.

Nunca lo había dicho en voz alta.

Quiero que, cuando hables de sentimientos, no signifique que yo soy automáticamente culpable. Y si meto la pata, que me digas ayer, ahora, no siempre.

El tic-tac marcaba los segundos. Silencio total.

Ya dije al sonar el pitido. Te toca.

Lucía giró el temporizador.

Yo siento que llevo años en modo aguantar. Por todos. Por los niños, por ti, por mis padres. Y cuando te encierras en tu silencio, siento que tiro yo sola del carro.

Yo recordaba el entierro de su madre, el año pasado, y cómo entonces, tampoco supe qué decir.

Para mí es importante que a veces empieces tú a hablar. Sin que yo explote primero. Que digas ¿cómo estás? o hablemos, sin esperar mi empujón. Porque si siempre inicio yo, me siento pesada.

Asentí.

Quiero que pactemos dos cosas. Una: los temas importantes no se tratan cuando uno esté cansado o enfadado. Ni deprisa, ni entre dos puertas. Si hace falta, se posponen.

Me fijé bien en su cara.

Dos: no elevamos la voz delante de los niños. Sé que a veces no lo consigo, pero no quiero que vean gritos en casa.

El cronómetro pitó, pero ella añadió:

Ya dijo rápido. Listo.

Sonreí a medias.

Bueno, hoy sin protocolo.

Pero con sentido común respondió.

Apagué el temporizador.

De acuerdo con los dos puntos.

Ella se relajó un poco.

Y quiero añadir uno dije tras una pausa.

¿Cuál? se tensó.

Si no terminamos en diez minutos, lo dejamos para el próximo jueves. Nada de peleas que duren toda la noche.

Ella lo meditó.

Probemos aceptó. Pero si urge…

Si urge, lo apagamos, pero sin gasolina bromeé.

Soltó una pequeña risa.

Vale, trato hecho.

Entre charla y charla la rutina seguía. Por las mañanas, café para mí, huevos para Lucía. A veces fregaba yo los platos, sin esperar que ella lo dijera. Lo notaba, pero no siempre lo mencionaba. Por las noches veíamos series, y discutíamos sobre los personajes. Ella a veces abría la boca para compararnos, pero callaba, guardándolo para el jueves.

Un día, mientras hacíamos la cena, sentí que me acercaba y apoyaba la mano en su cintura. Sin motivo.

¿Qué haces? preguntó, sin girarse.

Nada respondí. Practico.

¿El qué?

Tocar, pero sin calendario.

Sonrió, no se apartó.

Apuntado en el haber dijo.

Un mes después, sofá, temporizador entre los dos.

¿Seguimos? preguntó Lucía.

¿Tú qué opinas? le devolví la pregunta.

Miré el aparato, sus manos, mis rodillas.

Yo creo que sí dije. No lo dominamos.

Ni lo haremos encogió los hombros. No es un examen. Es como lavarse los dientes.

Solté una risilla.

Qué poco romántico.

Pero fácil de entender replicó.

Giró el disco a 10 y regresó el cronómetro al centro.

Hoy sin rigidez propuso. Si nos desviamos, volvemos.

Sin fanatismos asentí.

Inspiró, y comenzó:

Siento que me pesa menos todo. No en todo, pero ya no soy invisible. Empiezas a hablar y a preguntar tú. Lo noto.

Me sonrojé un poco.

Me importa que no lo dejemos cuando todo parezca ir mejor. No quiero volver a explotar de golpe si callamos demasiado tiempo.

Asentí.

Quisiera que dentro de un año podamos decir: somos más sinceros. No perfectos, no sin discusiones, solo más sinceros.

El temporizador sonaba. No quise bromear.

Ya he terminado dijo. Te toca.

Cogí el temporizador y lo puse en hora.

Siento que ahora me da más miedo. Antes podía esconderme en mi silencio, ahora hay que hablar, y temo decir algo mal.

Ella escuchaba atenta.

Me importa que recuerdes que no soy tu enemigo. Si hablo de mis miedos, no es contra ti. Es solo sobre mí.

Paré.

Quiero que no soltemos este hábito. Una vez por semana, sincero y sin culpas. Aunque alguna vez patinemos. Que sea nuestro acuerdo.

El pitido me permitió respirar.

Silencio nos envolvía. En la cocina, el hervidor hacía clic. En el descansillo, risas, una puerta cerrándose.

Sabes dijo Lucía, yo quería una gran confesión de cine, algo que lo cambiara todo. Pero

Pero vamos cambiando a poquitos, cada semana acabé yo.

Eso asintió.

La miré. Las arrugas seguían, el cansancio también. Pero en su mirada había otra cosa: atención.

¿Tomamos el té? le propuse.

Vamos aceptó.

Cogió el temporizador y lo llevó a la cocina, lo dejó junto al azucarero, visible. Puse agua en el hervidor, encendí la vitro.

El jueves que viene tengo médico tras el trabajo me avisó, apoyada en la mesa. Puede que llegue tarde.

Lo pasamos al viernes dije. No hablaremos de temas serios cansados.

Lucía sonrió.

Trato hecho.

Abrí el mueble, saqué dos tazas, las coloqué sobre la mesa. El agua comenzó a bullir.

¿Dónde pongo la sal, ahora? bromeé, recordando nuestro primer jueves.

Se giró, me vio con el tarro en la mano.

Donde la suelo buscar respondió automática, y luego añadió. Segunda balda, a la izquierda.

Puse la sal donde me indicó.

Entendido le dije.

Se acercó, me tocó el hombro.

Gracias por preguntar susurró.

Asentí. El agua ya estaba lista. El temporizador guardaba silencio, esperando al próximo jueves.

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