Alquile un coche, y cuando dieron de alta a mi esposa del hospital, la traje a casa con la ayuda del vecino. “Todo saldrá bien,” le decía para consolarla, “solo vive. Quédate aquí y habla conmigo. Solo vive. Yo me encargaré de todo. No me dejes, mi paloma…

Alquilaron un coche de segunda mano, y cuando la sacaron del hospital la llevaron, con el vecino, a la casa de campo en la sierra de Segovia.
—Todo irá bien —le susurró el marido, mientras la arropaba —solo vive, habla conmigo, no me abandones, mi paloma…!

Leocadia, con sus treinta y cinco años, creía que la dicha femenina nunca la encontraría, pero el destino tejió otro sueño. Se cruzaron cuando ya rondaban los cuarenta. Fernando llevaba tres años viudo; Leocadia nunca había contraído matrimonio, aunque había engendrado a un hijo. En su juventud, había sido cortejada por el apuesto moreno Óscar, que le prometió matrimonio y la hechizó con sus palabras huecas. Al final, descubrió que el galán de la ciudad estaba casado.

Incluso la esposa legal de Óscar llegó a la puerta de Leocadia implorándole que no destruyera un hogar ajeno. La joven, inexperta, se rindió, pero decidió mantener al niño.

Así fue. Leocadia dio a luz a Eugenio, y el pequeño se convirtió en su única consolación. Eugenio creció bien educado, estudioso; al terminar el colegio ingresó en la Universidad de Economía de Valladolid. Fernando visitó a Leocadia varias veces, proponiéndole vivir juntos, pero ella vacilaba, aunque le gustaba. Un día, Leocadia se avergonzó de su propio hijo y, al fin, sintió el deseo de ser feliz.

Esa tarde, Eugenio se sentó a la mesa y dijo: —Mamá, ya no quiero seguir viviendo bajo este techo. El tío Fernando es un hombre fiable; solo pido que no te hiera. Lo esencial es verte feliz. —Su padre, el hijo de Fernando, también asintió.

Y así empezaron a coexistir. Firmaron papeles y organizaron una pequeña boda. Leocadia trabajaba en la biblioteca del pueblo; Fernando era agrónomo. Compartían la casa, el ganado, el huerto, amándose y respetándose, aunque el cielo no les concedió hijos en común.

Ambos hijos se casaron, llegaron los nietos. Cada fiesta se celebraba con huevos frescos, leche, nata, jamón serrano y pollo asado. En esas reuniones, la casa rebosaba de invitados, y Fernando y Leocadia se sentaban al banquete, regocijados de tener con quién compartir la celebración.

Solo al anochecer, cuando la pareja anciana se acostaba, cada uno pensaba en silencio: “sería mejor partir primero… y no sentir nunca la soledad”.

Los años pasaron, y una mañana la enfermedad se introdujo sin avisar. Leocadia, mientras cocinaba su sopa de verduras, se desplomó. Los vecinos ayudaron a Fernando a llamar a la ambulancia. Los médicos anunciaron que había sufrido un ictus; todas sus funciones estaban intactas salvo la capacidad de caminar. Eugenio llegó con su esposa, entregó dinero para los medicamentos y partió.

Fernando alquiló un coche, y cuando la sacaron del hospital la llevaron, con el vecino, a la casa de campo en la sierra de Segovia.

—Todo irá bien —le susurró el marido—, solo vive, habla conmigo, no me abandones, mi paloma…!

Fernando cuidó a Leocadia con esmero. Un mes después ella pasó a una silla reclinable, ayudaba en la cocina, pelaba patatas, cortaba zanahorias, separaba judías y hasta horneaba pan. Por las noches hablaban del futuro, del invierno que se acercaba y de la falta de fuerza para cortar leña.

“Tal vez los niños nos llevarían al refugio del invierno y en primavera y verano podríamos aliviarnos…”, musitaba él.

El fin de semana llegó Eugenio con su esposa, Elena. Al inspeccionar la estancia, la nuera comentó:

—Nos tocará separarnos, madre. La llevaremos la próxima semana, prepararé la habitación.

—¿Y yo? —susurró Fernando—. Nunca nos separamos.

—Antes podíais manejar la casa solos, ahora todo ha cambiado. Que el hijo también os lleve, que nadie os separe.

Eugenio y Elena volvieron a su casa. Fernando y Leocadia suspiraron amargamente, pensando qué hacer. Cada uno, al dormir, soñaba con no despertar para no ver tanto dolor.

El siguiente fin de semana llegaron ambos hijos, recogiendo sus cosas. Fernando se sentó al lado de la cama de Leocadia, la observó y recordó sus años jóvenes, y lloró. Se acercó a su esposa enferma y susurró:

—Perdóname, Leocadia, por lo que ocurrió… Quizá fallamos en la educación de los hijos. Nos tratan como gatitos descartados. Perdóname. Te amo…

Leocadia quiso acariciar su mejilla, pero ya no tenía fuerzas. Fernando se volvió, secándose las lágrimas con la manga, y subió al coche sin volver a limpiarse.

Luego, el hijo, su esposa y el vecino envolvieron a Leocadia en una manta y la cargaron fuera de la casa, como si el gesto fuera simbólico. La enferma no se resistió; cuando Fernando partió, ella desapareció, deseando apenas llegar al crepúsculo.

Una semana después, en una apacible tarde de otoño, justo en la fiesta de la Virgen de la Asunción, su sueño se cumplió. Leocadia y Fernando se reencontraron en otro mundo, donde la niebla se vuelve luz y el silencio susurra promesas eternas.

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Alquile un coche, y cuando dieron de alta a mi esposa del hospital, la traje a casa con la ayuda del vecino. “Todo saldrá bien,” le decía para consolarla, “solo vive. Quédate aquí y habla conmigo. Solo vive. Yo me encargaré de todo. No me dejes, mi paloma…
¿No tienes dinero para comer? ¡Ponte a trabajar! ¿Hasta cuándo vas a vivir a costa de los demás? Hoy me han despedido de mi trabajo, pero no pienso quedarme ahí de brazos cruzados.