En la puerta estaba un desconocido.
Me llamo Álvaro y desde el instituto estuve enamorado de Inés. Le escribía notitas, intentaba llamar su atención de mil maneras.
Pero a Inés le gustaba Sergio, un chico alto de pelo rubio que jugaba con ella al voleibol en el equipo del colegio.
Yo era torpe, mis notas dejaban mucho que desear y, por supuesto, Inés apenas se fijaba en mí.
Poco después, Sergio empezó a salir con Lucía, una chica de la clase de al lado.
Al terminar el instituto, volví a intentar acercarme a Inés.
En la fiesta de fin de curso, hasta me atreví a pedirle que fuera mi novia…
Pero ella fue tajante: ¡No!. Ni lo pensó. Yo para ella no existía.
Con los años, Inés estudió y al finalizar la universidad consiguió trabajo como contable en una empresa de Madrid. Su jefe, don Bernardo Sánchez, era un hombre atractivo, moreno, al menos diez años mayor que ella.
A Inés la fascinaba su profesionalidad, su manera de vestir, su inteligencia.
Entre ellos surgió algo. A Inés no le importaba que ese hombre estuviese casado y que tuviera un hijo pequeño.
Bernardo le prometía que se divorciaría, que solo la quería a ella.
Pasaron años y ella se acostumbró a pasar los fines de semana y las fiestas sola, esperando el momento en que él realmente dejara a su familia por ella.
Un día, Inés vio a Bernardo con su esposa en El Corte Inglés.
Ella estaba embarazada, él la llevó de la mano y después recogió todas las bolsas, muy atento. Se marcharon juntos en el coche.
Inés, destrozada, miraba aquella escena familiar con lágrimas en los ojos.
Al día siguiente, presentó la carta de dimisión y dejó el trabajo.
Se acercaba Nochevieja, pero Inés no tenía ganas de comprar comida especial ni decorar la casa, ni mucho menos celebrar nada.
Al regresar un día a su chalé, notó que hacía un frío terrible. El termostato no funcionaba. Estaba claro que la caldera había fallado.
Intentó llamar a varios técnicos, pero todos, al saber que vivía a las afueras de Alcalá de Henares y que eran días previos a las fiestas, le pedían auténticas barbaridades de euros.
Ya desesperada, telefoneó a su amiga Laura, cuyo marido trabajaba como fontanero. Tal vez él podría ayudar.
Laura le prometió llamar a su marido en cuanto pudiera.
Un par de horas después, sonó el timbre de la puerta.
Era un hombre al que, al mirar bien, reconocí de inmediato: Álvaro, mi antiguo compañero de clase.
Hola, Inés, ¿qué te pasa por aquí?
Ah, ¿cómo lo has sabido?
El jefe me mandó, me dio esta dirección. Además, con el frío que hace aquí ¿Has vaciado el agua del sistema para que no se congelen los radiadores?
No no tengo ni idea de cómo hacer eso.
Vaya Así no solo te quedas sin calefacción, te la cargas por completo. Menos mal que no hay una helada fuerte.
Álvaro enseguida vació el sistema, trasteó con la caldera y, al rato, se fue.
Una hora después volvió con las piezas necesarias y arregló todo.
La casa por fin volvió a estar cálida. Álvaro se lavó las manos y me preguntó:
Inés, tienes el grifo goteando y una bombilla que parpadea. ¿Tu marido no puede arreglarlo?
No tengo marido, respondí bajito.
¿Y eso? ¿Sigues buscando al hombre perfecto?
Qué perfecto ni que nada Estoy sola confesé entonces, de pronto.
¿Y a mí por qué me rechazaste entonces? me sonrió Álvaro.
No supe qué contestar.
Antes de irse, me arregló el grifo y cambió la bombilla.
Al quedarme sola, recordé la adolescencia, aquel chico un poco rellenito que siempre estaba pendiente de mí.
Había cambiado muchísimo: ahora era un hombre alto, delgado, con unos ojos castaños llenos de vida. Pero su sonrisa seguía siendo la misma.
Ni siquiera me atreví a preguntarle si estaba casado.
Y así, el 31 de diciembre, sonó el timbre de la puerta.
No esperaba a nadie, pero fui a abrir con algo de nervios.
Allí estaba Álvaro. Vestía un traje nuevo, y en las manos traía un ramo de flores.
Inés, voy a preguntarte una vez más: ¿te casarías conmigo, o vas a esperar al príncipe azul hasta la jubilación?
Me eché a llorar, asintiendo de la emoción.
La segunda vez, mi respuesta sí fue un sí
En la vida, uno a veces se ciega buscando lo inalcanzable y no ve que la verdadera felicidad está mucho más cerca, donde menos te lo esperas.







