Mira, lo más complicado de vivir con un cachorro no es lo que la mayoría piensa, de verdad. No se trata de sacarlo a la calle aunque esté lloviendo a cántaros, o cuando hace un frío que pela, o cuando tú apenas has pegado ojo en toda la noche, o incluso cuando tienes el alma hecha un lío.
Tampoco es decir que no a viajes o a planes porque te dicen: Ven, pero deja al perro en casa. Ni es ver los pelos por todas partes: en las sábanas, la ropa, hasta en la comida, fíjate. Y limpiar el suelo una y otra vez, sabiendo que a los veinte minutos estará igual, eso tampoco es lo peor.
No son ni las facturas del veterinario, ni ese miedo de que se te pueda pasar algo importante sobre su salud. Y tampoco es perder un poco de esa libertad que tenías antes, porque ahora todo se convierte en un nosotros.
Y claro, tampoco es eso de que tu corazón ya no es sólo tuyo
Todo eso, al final, es amor. Es la propia vida. Es algo que tú mismo has elegido.
Lo realmente difícil llega despacito como ese dolor en los huesos cada vez que cambia el tiempo aquí en Madrid. O ese frío seco de la calle en invierno, que al principio ni lo notas, pero se te va metiendo muy dentro.
De repente, un día simplemente lo ves claro: tu perro ya no puede igual que antes. Lo intenta, pero no puede.
Sigue viniendo hacia ti con esa alegría de siempre, pero ya no es lo mismo. En su mirada encuentras aún tus ojos, pero ahora hay una luz cansada, de esas que te dicen: Aquí estoy, pero cada día me cuesta un poquito más.
Y te acuerdas de cómo era antes. Y lo miras tal y como es ahora todo tuyo, confiando en ti con toda su alma.
Siempre ha creído en ti: en que ibas a estar a su lado, en que le ayudarías, en que le salvarías si hacía falta.
Y lo has hecho.
Pero ahora, de la vejez, no lo puedes salvar.
Y lo que más duele es darte cuenta de que para ti fue consuelo pero para él, tú fuiste TODO: su vida entera, su cielo, toda su esperanza.
Y tú no estás preparado. No estás listo para dejarle marchar. No sabes cómo mirar cómo se apaga poco a poco quien te enseñó a querer sin medida.
Después, llega ese silencio. Un silencio denso, pesado. El hueco en la almohada. El bol que ya nadie va a lamer. Y tu corazón, hecho añicos.
Vuelves a salir a la calle, pero ya sin él.
Y a veces te sorprendes diciéndole al viento: Vamos, pequeñín
Pero si pudiera dar marcha atrás en el tiempo volvería a elegirle. Volvería a escoger también el cansancio, la tristeza, la entrega todo.
Porque este amor es de los que son verdad.
Tener un perro es encender una hoguera en tu vida. Un fuego que te arropa para siempre, aunque él ya no esté.
Porque en realidad, un perro viene al mundo con una sola misión:
entregarte su corazón.







