…Sonó el timbre… La suegra irrumpió en el piso sin saludar y empujando a su hijo: “A ver, querida nuera, ¿qué secretos tienes para tu marido?…” – “¿Mamá? ¿Qué pasa, mamá?…” Cuando Fede llegó a casa, todo estaba en silencio. Su mujer, Sonia, ya le había avisado que hoy llegaría tarde por un control inesperado en el trabajo. Fue entonces cuando su madre, Antonia, apareció como un vendaval: “¡Fede, escucha lo que tengo que contarte! Tu mujer tiene un piso que alquila a espaldas tuyas y se gasta todo el dinero en sí misma…” La cena quedó en segundo plano: tocaba ajuste de cuentas familiar, con secretos, herencias y tensiones que no cabían en el plato.

Suena el timbre. Entra bruscamente en el piso la suegra, sin saludar y apartando de un empujón a su hijo.
A ver, querida nuera, ¿me cuentas qué secretos tienes guardados a espaldas de tu marido?
¿Mamá?… ¿Qué ocurre, mamá?…

Cuando Fernando llega a casa, reina el silencio. Su esposa, Begoña, ya le ha avisado esa mañana que hoy tardaría en regresar porque la dirección ha decidido hacer una auditoría inesperada en la empresa.

Él entra en la cocina, mira en la nevera: no hay cena preparada. Suspira, enciende el hervidor de agua, se prepara un par de bocadillos y se sienta frente al televisor.

Pasa varios minutos cambiando de canal hasta encontrar, al fin, uno de deportes. Sin embargo, no logra disfrutar tranquilo ni del bocadillo ni del combate de boxeo.

Suena el timbre, y es su madre, Antonia Ortega. Irrumpe en la casa cual torbellino, sin saludar y apartando a Fernando de su camino.

¡Fernando, escucha lo que te voy a decir ahora mismo! Me lo ha contado Carmen.

¿Qué ha pasado, mamá? pregunta Fernando.

Lo que ha pasado es que tu mujer, Begoña, tiene otro piso. Lo está alquilando y se queda el dinero para ella.

Mamá, ¿por qué le haces caso a Carmen? Si no hace más que ir con cotilleos y cuentos por todo Madrid. Y tú, siempre embobada escuchando.

Sé que a veces Carmen exagera, pero esto es seguro. Porque el piso de Begoña lo está alquilando ahora mismo la sobrina de la vecina de Carmen.

La chica acaba de casarse y, con su marido, le alquilan el piso a Begoña. Pagan seiscientos euros al mes y están encantados porque les parece barato, ¿lo entiendes? Además, llevan ya más de dos años alquilando el piso. No son los primeros inquilinos.

Pues vaya sorpresa reflexiona Fernando. ¿Y cómo es que nunca me ha dicho nada?

Ya lo verás cuando llegue Begoña del trabajo. Le preguntas tú mismo. Pero lo que está claro es que tu mujer se está preparando un plan B. Ahora recoge dinero y luego te deja tirado. Y seguro que te deja con una mano delante y otra detrás remata Antonia Ortega.

Begoña llega hora y media más tarde. En casa le esperan el marido y la suegra. Antonia ha decidido quedarse; le pica la curiosidad saber cómo se va a justificar la nuera. Se pone a preparar la cena para no quedarse de brazos cruzados y alimenta a su hijo mientras tanto.

Nada más entrar Begoña al salón, siente dos miradas inquisitivas y severas clavadas en ella.

Empieza la suegra:

A ver, cuéntanos, querida nuera, ¿qué secretos escondes a tu marido?

Pues ninguno, que yo sepa responde Begoña.

¿Ninguno, dices? ¿Y el piso de la calle Alcalá, número ciento dos?

¿Qué tiene que ver mi piso con secretos de pareja? se sorprende Begoña.

Pues que lo estás alquilando y ocultando el dinero a tu marido espeta Antonia.

¿De verdad, Begoña? interviene ahora Fernando, que hasta entonces ha estado callado. ¿De dónde sale ese piso? Y, si lo alquilas, ¿por qué nunca me lo has dicho? ¿Y en qué te gastas ese dinero?

El piso era de Aurora Fernández, prima hermana de mi madre. Para mí sería algo así como tía segunda, aunque la verdad es que nunca lo he tenido claro.

Aurora falleció hace casi tres años. Yo te lo conté, Fernando. ¿Recuerdas que dijiste menos mal que ya no tienes que ir más a ver a esa señora?

Y cuando te pedí ayuda para organizar el entierro, me dijiste que no podías, que en el trabajo estabas desbordado y no tenías tiempo.

¿Y por qué te dejó a ti el piso? quiere saber la suegra.

Probablemente porque, aparte de mí, nadie la visitaba responde Begoña.

¿Y por qué nunca le contaste a Fernando lo de la herencia? insiste Antonia.

¿Y qué tiene que ver Fernando con aquello?

¿Cómo que qué tiene que ver? ¡Es tu marido! protesta Antonia.

¿Y eso qué cambia?

¿Te haces la tonta a propósito? Los ingresos de ese alquiler debían ir al presupuesto familiar, ¡y tú, tan tranquilamente, derrochándolos en ti misma!

Pues sí, los he gastado en mí misma porque tengo derecho. Es un bien privativo: una herencia es mía y, lo que me da, también. No tengo que dar explicaciones a nadie afirma Begoña.

Mira, Begoña. El año pasado arreglé mi coche y me costó un riñón me dejé dos pagas extras. ¡Y ahora resulta que tú tenías dinero y te lo callabas! No me lo esperaba de ti salta Fernando.

Fernando, el coche es tuyo. Eres tú quien lo usas. Porque cuando te pido que me lleves a algún lado dices que no puedes o que no te pilla de paso, y me recomiendas el taxi.

El año pasado solo me llevaste tres veces: una al mercado antes de Navidad, otra porque te olvidaste las llaves y no querías esperar en la puerta dos horas, y la tercera al centro de salud cuando me torcí el tobillo.

Entonces, ¿qué sentido tiene que gaste yo mi dinero en arreglar un coche que no uso?

¿Y cuánto has ahorrado ya con ese alquiler? pregunta la suegra. ¿Un millón, quizás?

Algo tengo, pero no un millón. Dime, Fernando, ¿tú recuerdas que tienes dos hijas universitarias? ¿Cuándo fue la última vez que les enviaste dinero? pregunta Begoña.

Creo que trabajan ellas mismas contesta Fernando.

Estudian y hacen pequeños trabajos. Pero si trabajasen a jornada completa para mantenerse, nunca tendrían tiempo de estudiar.

Vale, ¿y por qué nunca dijiste nada de la herencia? vuelve a preguntar Fernando.

No quería que me montaseis un interrogatorio como este hace dos años y medio. Además, tenía un precedente bien reciente de cómo tu madre trató a la mujer de tu hermano con el piso que ella había comprado antes del matrimonio.

¿Cómo dices que la traté? se indigna Antonia.

¿Y si no, cómo lo llamas? Te pasaste un año martilleando a Susana:
¿Para qué quieres esa vivienda antigua? Vendámosla, compramos una casa en el pueblo para el verano, respiraremos aire puro

Vendisteis ese piso, comprasteis la casa de campo. ¿A nombre de quién la pusisteis? ¡A tuyo, Antonia Ortega! Y ahora Susana ni derecho tiene a ir cuando quiera, ni puede llevar a su familia sin tu permiso, ni invitar a sus amigos. Eso sí, a labrar en el huerto, fenomenal. Gracias, pero yo no quiero repetir esa experiencia.

¡Qué falta de vergüenza tienes, Begoña! gruñe la suegra. Solo piensas en ti.

Tomo ejemplo de usted, Antonia responde Begoña.

¿Has oído, Fernando? ¡Tu mujer me insulta!

Yo solo digo la verdad. Ahora que sabéis lo de mi herencia habéis venido volando. ¿Para qué? pregunta Begoña.

Para contárselo a Fernando, ¡claro!

Pues ya se lo has contado. ¿Y ahora qué?

Exigir que no ocultes ese dinero a la familia, que lo aportes al hogar.

Ese dinero ya lo destino a la familia. Pero a los fines que yo considero necesarios. Ni para tu coche, ni para arreglar tu casita del pueblo.

Podríamos decidir juntos en qué gastar mejor el dinero, Begoña apunta la suegra.

¿Perciben de verdad que a mis cuarenta y seis años no soy capaz de gestionar mi dinero?

¡Pero hay que pensar en los demás, no solo en ti! exclama Antonia.

¿Ah, sí? ¿En quién? ¿En usted? Por eso mismo decidí no decir nada de la herencia para poder destinarla solo a lo que considero mejor para mí y mis hijas.

¿Así que seguirás igual?

Seguiré igual.

¿Y no compartirás con tu marido? pregunta la suegra.

Compartiré si yo lo veo necesario. Ya lo he dicho: lo que entra de ese piso es para mi familia más cercana.

¿Ah, que yo no soy familia?

Antonia Ortega, mi familia inmediata es mi marido, mis hijas y yo. El resto, parientes responde Begoña.

Total, Antonia no consigue sonsacarle nada a la nuera. Pero no desiste y más de una vez vuelve a intentarlo, siempre argumentando que solo busca su parte justa.

A Begoña, sin embargo, no la mueven todas las triquiñuelas de su suegra. No ha topado con una novata, no. Como decimos aquí: quien mucho abarca, poco aprieta.

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…Sonó el timbre… La suegra irrumpió en el piso sin saludar y empujando a su hijo: “A ver, querida nuera, ¿qué secretos tienes para tu marido?…” – “¿Mamá? ¿Qué pasa, mamá?…” Cuando Fede llegó a casa, todo estaba en silencio. Su mujer, Sonia, ya le había avisado que hoy llegaría tarde por un control inesperado en el trabajo. Fue entonces cuando su madre, Antonia, apareció como un vendaval: “¡Fede, escucha lo que tengo que contarte! Tu mujer tiene un piso que alquila a espaldas tuyas y se gasta todo el dinero en sí misma…” La cena quedó en segundo plano: tocaba ajuste de cuentas familiar, con secretos, herencias y tensiones que no cabían en el plato.
No habrá boda