Tía, no te imaginas lo que he vivido con mi amiga toda la vida, y al final tuve que cortar el contacto porque me absorbía la energía… Cada vez que me llamaba sentía que se me iba la vida. Mira, escúchame cómo era una llamada cualquiera.
¿Pero tú te crees, Lucía? ¡Este zoquete se ha vuelto a olvidar el pan! Le puse la lista por escrito, en un papelito en la nevera, ¡si hasta creo que se lo metí en el bolsillo! Y llega tan campante, sin pan, sonriendo como si le tocara la lotería. Dímelo tú, ¿qué he hecho yo para merecer este castigo? Mi marido es un caso perdido, todas tienen uno normal menos yo…
El tono de Beatriz era ya un clásico: voz quebrada, a punto de chillar, y de repente un susurro trágico, como si se fuera a acabar el mundo. Yo me alejaba un poco el móvil mientras intentaba pelar un pepino para la ensalada. La llamada llevaba ya cuarenta minutos y me tenía agotada, cortando el pepino sin ganas, como un alma en pena.
Bea, a lo mejor está cansado después de la jornada, ¿no? intenté meter baza, aprovechando un respiro cuando ella inhaló fuerte. Son doce horas en la fábrica, tampoco es fácil…
¿¡Cansado dice!? me interrumpió chillando. ¿Y yo qué? ¡Que me he pasado el día delante del ordenador con informes, los ojos como platos y la espalda hecha polvo! La jefa, que es una víbora, me ha vuelto a racanear la prima. Y en casa, cero ayuda, cero mimos. A ti te va de lujo, Lucía, que Pablo te cuida como a una reina. Pero yo…
Y yo, qué te voy a decir. Ese discurso lo llevaba escuchando diez años. A veces cambiaba el tema: que si el marido, que si el chiquillo no estudia, que si el vecino de arriba parece que baila flamenco a las tres de la mañana. Pero lo fijo era esto: Bea, la mártir, y yo, la que tenía que escucharle sus males y regalar tiempo y ánimo, aunque me quedara vacía.
Bea, cariño, que se me quema el guiso, ¿te importa si lo dejamos para luego? intenté desviar, dulcemente pero firme.
Ah, sí, claro, tu cenita, tu familia, no tienes tiempo para mí… y ya el tono se volvía de niña pequeña, a punto del puchero. Nada, nada, ya me apañaré yo sola con mi migraña. Solo quería desahogarme con mi única amiga, pero si estás liada…
Colgó antes de que pudiera decirle nada. Dejé el móvil en la mesa y sentí un poco de alivio, aunque también una culpa pegajosa. Porque era su talento: dejarte creyendo que eres mala persona solo por poner un límite. Y mira que solo quería sacar una cena para Pablo y a mí, pero cada vez me sentía como una traidora.
Pablo se asomó a la cocina, mirando la ensalada a medio hacer y el móvil.
¿Beatriz otra vez? lo dijo como quien afirma el tiempo que hace fuera.
La misma de siempre le respondí, suspirando y cortando el pepino. Ni una noticia buena, siempre un drama. Esta vez era por el pan.
Lucía, ¿no crees que esa mala racha se le ha quedado fija? me rodeó por los hombros, tierno. Te deja hecha trizas cada vez que habláis, ni te reconozco después. ¿Por qué tienes que aguantar todo eso?
Hombre, llevamos juntas desde el instituto. No puedo dejarla ahora, ¿no? Hay que estar en lo malo…
Treinta años así, y ella nunca está cuando eres tú la que lo pasa mal sentenció Pablo.
Me callé. Él tenía razón, pero decirlo en voz alta era admitir que igual yo era un poco tonta. Siempre he pensado que ser amiga es estar, escuchar, ayudar. Pero últimamente, era un toma y daca muy desigual.
Beatriz y yo éramos amigas desde tercero de la ESO, cuando empezó nueva en clase y yo la protegí del típico vacile. Luego la uni, el primer trabajo, las bodas, hijos, la vida nos fue separando, pero el teléfono siempre estaba ahí para las emergencias… el problema es que solo me llamaba cuando tocaba vaciar su contenedor de penas.
El domingo Pablo y yo íbamos a irnos al pueblo de mis padres, que aunque estábamos en pleno veranillo de San Miguel, el plan era de lo más normal: leer, manta y té en el porche. Total, que el viernes a última hora, móvil otra vez.
¡Lucía, socorro! sonaba realmente asustada. Se me ha roto la tubería del baño, estoy inundando a los vecinos, Ricardo no está y los fontaneros no vienen. ¡Me voy a volver loca!
Corta el agua, mujer le dije, modo bombera. El cierre tienes que tenerlo en la cocina o en el baño.
¡No sé dónde está! ¡Me da miedo, sale agua hirviendo! Lucía, por dios, ven. Que Pablo es un manitas, que lo arregla seguro. No quiero estar sola…
Miré las maletas en el pasillo, el coche ya preparado. Miré la cara de mi marido, con el antojo de pesca.
Pablo… le dije con cara de culpa.
Lo he oído me contestó él, resignado. Vamos, venga.
Tres horas en el atasco, y cuando llegamos, ¿la inundación bíblica? Un goteo tonto de la pica, que Beatriz ya tenía hasta un barreño puesto. Pablo apretó una tuerca y punto. Nada de estrés.
Hija, esto podía esperar a la mañana le soltó Pablo intentando no perder la compostura.
¡Ay, Pablo, eres mi salvador! ella se puso triunfal, pidió que nos quedáramos a merendar, que había comprado tarta. Venid, porfa.
Es muy tarde, Bea, y tenemos atasco… yo, cansada.
Nada, vosotros siempre tenéis prisa… Yo aquí, sola, entre goteras. Sois afortunados, con vuestro chalet y vuestro coche… y yo aquí en la humedad.
Fuimos callados todo el viaje. Acabamos llegando a la casa a las mil, malhumorados y rendidos. Y encima, al día siguiente ni el té me sabía bien.
Un mes después, a mí me ascendieron en la empresa. Lo había currado mucho, estudiando cursos, quedándome a proyectos extra… y cuando me lo dijeron, solo pensaba en contárselo a Beatriz. Así que la llamé como una cría con zapatos nuevos.
¿Tienes un minuto? casi gritando, de alegría.
Dime su voz, un ladrillo. ¿Ha pasado algo malo?
¡Todo lo contrario! ¡Me han hecho jefa de departamento! Oficina propia, más sueldo… ¡Estoy que no me lo creo, Bea!
Silencio. Largo. Me miro el móvil: sí, sigue la llamada.
Pues enhorabuena al final musitó, como quien da el pésame. Qué suerte tienes.
No es suerte. He trabajado mucho.
Ya… porque a unas os ven y a otras nos pisan. Mira, yo también me mato a currar y el jefe ayer me echó la bronca. Ahora encima te forras. Seguro que te compras un abrigo nuevo y yo con el mismo de hace siete años…
Se me desinfló la emoción. Como si hubiera que pedirle perdón a Beatriz por tener algo bueno.
Bueno, ¿nos vemos el sábado y lo celebramos? Te invito a un café.
No sé, Lucía. Qué voy a celebrar, si ni ganas tengo de salir. La vida es una porquería. Y encima la envidia es pecado, mira tú, que ni eso me sale bien. Vete con Pablo, que ahora sois VIP…
Colgué y me eché a llorar, de rabia e impotencia. ¿Por qué no podía alegrarse, aunque fuera un poquito? ¿Por qué mi éxito tenía que ser un desaire para ella?
Ese sábado salí a cenar con Pablo, que intentó animarme:
Olvídate de ella me decía, llenándome la copa. Hay gente que vive de las emociones ajenas. Si te va mal, te quieren cerca y te consuelan; cuando te va bien, les pasas como una patada. Así son los vampiros emocionales.
Llevamos mucho tiempo, Pablo…
Eso no justifica que te agoten. Si te tocara la lotería, tampoco lo celebrarías con un caradura.
El punto final llegó solo. En noviembre me dio una gripe de espanto, con fiebre por las nubes y sola en casa, porque Pablo estaba de viaje. No podía ni levantarme del sofá. De repente, suena el teléfono:
¿Estás en casa? Beatriz, voz agitada, pero no por mí.
Sí, fatal, tengo 39 y medio de fiebre, casi ni hablo…
No hagas drama, que es un catarro. Oye, necesito que me dejes mil euros. Ricardo ha chocado el coche, nada grave, pero el tío se pone farruco y los quiere ya en efectivo, si no amenaza con policía… No tenemos ni un duro, tú ahora que eres jefa, seguro que puedes. Te lo devuelvo pronto, de verdad.
Beatriz, de verdad que no puedo ni moverme. Solo estoy deseando poder tragar agua…
Bueno, mujer, haz una transferencia desde el móvil, no es tan difícil. ¡Ahora todo va por el banco online! Lucía, por favor, que es serio…
Y ahí, amiga, me saltó como un resorte. El límite. No pude más.
No le dije, bajito.
¿Cómo que no?
No, no voy a prestarte el dinero. No porque no lo tenga. Sino porque ni me has preguntado si necesito algo. Estoy sola, hecha polvo, y tú solo piensas en el marrón de tu marido.
¡Pero Lucía! ¿Me lo dices en serio? ¿Por una tontería así? ¡Yo creía que éramos amigas! Te han subido el puesto y se te ha subido a la cabeza, ¿eh? Pues cuando tengas problemas, ahí te quiero ver…
El problema lo tengo ahora, Bea. Y lo tuyo, perdona, es falta de responsabilidad, no una catástrofe. Y estoy harta de ser el cubo en el que tiras tus quejas. Harta de sentirme mal por estar bien.
¡Pues quédate con tu dinero y tu vida de pija! ¡Hasta nunca, egoísta!
Colgué y, esta vez, bloqueé su número. Luego la bloqueé de todos sitios. La paz en la casa fue distinta, curativa. Dormí como hacía años que no dormía.
Cuando Pablo regresó, se ocupó de mí como un sol. En unos días estaba recuperada, aunque me sentía tan ligera que ni me lo creía.
En medio año, mi vida cambió más que en diez años. Tenía tiempo, energía, ganas. Me apunté a yoga, a italiano, con Pablo íbamos al teatro, a conciertos. Empecé a pintar. Ya no tenía jaquecas, ni ese cansancio sordo de antes.
Una tarde de primavera, en el centro comercial, me crucé con Beatriz. Se la veía apagada, sin ganas, algo dejada. Al verme, se le torció la boca en reproche.
Hola. Te veo estupenda, ¿eh? Ni pizca de remordimientos, ¿verdad?
Hola, Bea. No, no me remuerde la conciencia. Estoy muy bien.
Pues yo, para que lo sepas, fatal. Ricardo sin trabajo, mi madre enferma, y la hipoteca… Esperaba que al menos llamaras, después de tantos años de amistad. Pero claro, para ti ya no existo…
Me buscaba la culpa, eso de toda la vida. Pero esa tecla ya la había desactivado.
Me sabe mal que estés mal le dije, sincera, pero no puedo ayudarte. Cada uno vive su vida como decide, Bea, y yo he decidido dejar de ser el saco de los malos rollos.
¡Qué fría te has vuelto! El dinero te ha cambiado…
No, he aprendido a valorarme. Adiós, Bea.
Me fui, taconeando, sintiéndome ligera. Ya no me pesaba su pena, ni su mirada. No sentí la tentación ni de volverme.
Esa noche se lo conté a Pablo.
¿Y qué sientes, Lucía?
Nada. Ni rabia, ni pena, ni esperanza de reconciliación. Es como si nos hubiéramos visto en el metro y no pasa nada. Y, ¿sabes? Qué alivio más grande…
Estoy orgulloso de ti me dijo Pablo, besándome en la cabeza. Has elegido cuidarte.
Miré por la ventana y pensé que la vida es demasiado corta para ser el basurero de las penas de los demás. Que hay que dejar entrar aire limpio y gente que te sume, no que te reste.
A veces, para llenar de agua limpia, hay que vaciar la sucia. Y lo hice. La amistad es intercambio, de alegría, apoyo, calor. Si solo das y nunca recibes, eso no es amistad sino parasitismo. Y lo único que lo cura es un corte claro. Duele, sí, pero merece la pena.
Ahora tengo cerca a gente que aporta, que celebra, que me acompaña. Y eso, amiga, es otro nivel de vida.







