La cuñada prometió ayudar en el huerto, pero apareció con tumbonas y sus amigas

Diario de Elena, 18 de julio

Mañana llegamos a tu casa de campo y lo dejamos todo niquelado, ¡no te preocupes, Helena! Me lo decía Marisa por teléfono, y la notaba tan convencida que durante un instante hasta aparté el cuchillo y dejé de trocear la lechuga para la ensalada. Que vamos a ser muchas, mujer. Yo, Rocío, e igual se apunta Teresa también. Nos ponemos todas juntas y en media mañana tienes las patatas aporcadas y la fruta recogida. Tú solo ve encendiendo las brasas; el trabajo es nuestro, la mesa tuya.

Yo apreté el móvil contra la oreja con el hombro mientras me limpiaba las manos mojadas en el delantal, mirando por la ventana: los surcos del huerto de patatas quemaban bajo el sol de julio, e igual los zarzales de grosellas, las ramas dobladas de tanto fruto. Ni de broma iba a acabar todo sola, sobre todo ahora que la espalda me dolía desde el sábado anterior.

¿Pero, Marisa, de verdad te ves capaz? Mira que hace un calor de muerte, y esto no es solo sacar cuatro hierbas, hay que trabajar de verdad, le advertí. Si vais solo a daros un baño de sol, mejor lo dejamos para otro día, cuando Daniel y yo hayamos acabado.

Oh, ¡cómo eres! protestó ella. ¿Nos tomas por señoritas delicadas? Sé que a mi hermano la espalda lo tiene tieso, tú sola no puedes Así que espera, que a las doce llegamos. ¡Y tráete la ropa de faena!

Colgó. Miré a Daniel, sentado con cuidado a la mesa, untando mantequilla en una rebanada de pan con una lentitud dolorosa; hace dos semanas se fastidió la espalda cargando yeso y desde entonces iba por la finca a paso de caracol.

¿Vienen? preguntó, al ver mi cara.

Vienen, asentí empezando a trocear otra lechuga. Marisa promete traer cuadrilla. Dice que en un soplo lo hacen y después recogen toda la fruta.

Daniel soltó una risita.

Marisa y trabajo juntos difícil de ver. Mejor no te hagas ilusiones.

Venga ya, que igual ha cambiado y le da remordimiento, contesté. Lo he dejado bien claro: el asado será solo después de trabajar. Eso suele motivar bastante.

Ya veremos, murmuró, dejando el tema.

Quise pensar en positivo. Marisa ya tiene treinta y cinco, por mucho que deje siempre a los críos con la abuela y parezca que sigue de veinteañera. Y, oye, si alguien sabe distinguir entre el postureo y el trabajo de campo, debía de ser ahora.

Me puse manos a la obra. Si íbamos a ser unas cuantas, mejor que no pasen hambre: una olla grande de patatas nuevas al fuego, una ensaladilla hecha para refrescarnos y cuatro kilos de costillar de cerdo macerando en el frigorífico. Que suden y luego agradecerán una buena comilona, pensaba yo echando pimientos y laurel sobre la carne.

A las doce tenía todo preparado. Hasta había sacado un rato para quitar varias malas hierbas del bancal de zanahorias. Me duché, me puse una camiseta limpia y salí al porche a esperar. El sol estaba en todo lo alto y un aire a resina y eneldo flotaba en el ambiente.

Marisa ni apareció a las doce, ni a la una. Daniel, tumbado en la hamaca bajo el olivo, miraba el reloj y callaba por puro instinto de supervivencia. Yo, cada vez más inquieta. Las patatas enfriándose, la ensaladilla esperando en el frigo, y yo viendo salir el fresco de la buena mañana del campo por la ventana.

El rumor de un coche llegó a las dos y media. Un todoterreno plateado resopló delante de la verja, soltando al aire por las ventanillas abiertas el último reggaetón de moda. Corrí a abrir.

Emergió del coche Marisa, en unas gafas de sol que le tapaban media cara, vestida con un sombrero de paja enorme y un vestido de playa como para pasear por la Costa del Sol, no andar entre lodos. Rozando el ridículo, le seguían dos amigasRocío y Teresacon más de lo mismo: pareos, bikinis chillones, sandalias con plataformas y bisutería de la que hace sonar como restallar de castañuelas.

¡Holaaa, campesina mía! gritó Marisa a pleno pulmón, extendiendo los brazos. Menuda solana, casi morimos en la carretera. ¡No valía para nada el aire acondicionado!

Apreté los dientes y la recibí, aspirando el perfume empalagoso que ocultó el aroma a hinojo.

Hola, chicas, saludé, mirando sus modelitos. ¿No habéis traído ropa para trabajar? Tengo algún delantal y pantalones viejos, pero no para todas

Marisa agitó la mano como espantando moscas.

¿Ahora no, Helena? ¡Déjanos respirar después del viaje! Por dios, ¿dónde tienes la limonada bien fría?

Se dirigió resuelta al maletero. Yo ingenuamente creía que sacarían botas de goma o guantes. Pero lo primero que salió fue una pila de tumbonas plegables, una nevera portátil, un flamenco hinchable y un altavoz Bluetooth.

¿Y esto? murmuré, sintiendo la sangre subir a las mejillas.

¿Cómo que qué? ¡Para tomar el sol, mujer! contestó Rocío, hinchando los morros. Ya verás, haremos las dos cosas.

Lancé una mirada a Daniel. Arrastrándose fuera de la hamaca, miraba el circo con resignación.

Marisa Le dijo Elena que veníais a ayudar. La huerta está por trabajar y el fruto se nos cae

¡Ay, Danielito! Marisa le plantó un beso dejando marca de carmín. Qué soso eres. ¡Primero un copazo para aclimatar y luego arrasamos! ¿Verdad, chicas?

¡Y tanto! ya estaban instalando las tumbonas en el césped, ese que tanto tiempo me llevó dejar decente el fin de semana pasado.

Del maletero iban saliendo cremas solares, revistas gourmet, latas de tinto de verano. Yo, inmóvil, en la puerta, apretando la mandíbula.

¡Venga, Helena! No te quedes ahí de estatua, me gritó Teresa, pelándose el pareo y quedando en bikini. ¡Saca copas, que el cava se calienta! Y tráete algo para picar. ¿Dijiste que tenías ensaladilla?

Está en la nevera, para cuando acabemos… respondí despacio.

¡Uy, qué genio más raro! Marisa torció la boca. No seas rata, que nos morimos de hambre.

Yo tragué aire. Mandarlas de vuelta a Madrid, sí que me apetecía, pero con Daniel dolido no estaba para broncas.

Vale. Ahora os saco algo. Pero después, al huerto. Aquí no se viene solo a tumbarse.

Me giré y entré a por la comida. Daniel me acompañó, apurado.

No te calientes, me susurró. Ya salgo yo

No, Daniella cortébastante lío tienes, y tu hermana, si la aprietas, provoca aquí una tragedia griega. Que coman. Que igual les entra la dignidad después.

Durante la comida, ruido, chascarrillos, chistes privados y comentarios sobre bikinis y maridos. Yo apenas abría la boca. Ellas, eso sí, devoraban todo y pedían más. Después, al café, más exclamaciones de delicia.

¡Eres un hacha en la cocina, Helena! Por esto te quiero, decía Marisa, recostada. Ahora sí que va apeteciendo una siestita antes de darle a la azada

Son casi las cuatro. Ya va bajando el sol. Venga.

¿A dónde? preguntó Teresa, tapándose con sus gafas.

A la huerta. Ya os he dejado cubos y azadas. Guantes… bueno, sólo hay tres pares viejos, pero como vosotras no habéis traído

Se miraron entre ellas, estudiando la reacción.

¿En serio lo dices, ahora mismo? Marisa me miró por encima de las gafas, como si la estuviera volviendo loca. Con la tripa llena, sudando y acabamos de echarnos la crema, que tiene que hacer efecto.

Vosotras prometisteis, respondí.

Ya, ya haremos, pero cuando refresque más, se zafó riendo Marisa. Rocío, pon la música.

En un minuto el beat de discoteca llenó la finca. Y las tres, copas en mano, a las tumbonas como si aquello fuera Benidorm.

Yo, con los platos sucios en la mano, sentí un vacío que casi dolía. Daniel sentado cabizbajo, avergonzado de lo que veía.

Me voy al huerto, le dije. Sola.

Voy contigo intentó levantarse.

Quieto. Con esa espalda, peor lo pones. Quédate y haz compañía a las princesas.

Me cambié, me puse un pañuelo a la cabeza y agarrando la azada, marché entre los surcos. El calor era menos agobiante, pero la tierra seguía dura. Azada arriba y abajo, solo con la rabia vaciar el cansancio. Uno, dos tercones, y empiezo a sudar.

Los murmullos y risas del porche seguían. Cada poco: ¡Daniel, anímate, vente con nosotras! gritaban.

No escuché, seguí a lo mío. Un bancal, otro, luego la fruta. Me senté bajita junto a las grosellas, recogiendo rama a rama. Las manos se me mancharon de morado. Tenía las piernas dormidas.

A las siete, silencio. Levanté la vista y ellas venían por el sendero, risueñas, rojillas ya del tinto.

¡Mírala, la cenicienta agraria! reía Rocío. ¡Que queremos carne, Helena! Ve precalentando el carbón, que estamos hambrientas.

Me incorporé, sujetando el cubo de grosellas.

¿Venís a ayudar ahora? pregunté ronca.

¡Ay, déjanos ya, mujer!, Marisa fue directa al cubo. Trató de meter la mano, pero yo aparté el brazo en seco. No ves cómo estamos, que el sol nos ha dejado baldadas, y Rocío ni tocar el huerto con sus uñas recién hechas. Ya mañana con fresquito, ¿vale? Dame mejor el asado, que Daniel dijo que estaba marinando la carne. Se me hace la boca agua

La miré seria. Ya no había ni sombra de remordimiento, solo cara dura.

La carne no se sirve, contesté.

¿Cómo que no? ¡Lo habías prometido!

Sí, para quien ayudase. De vosotros no ha trabajado nadie. Os habéis bebido mi limonada, tumbado en mi césped, puesto mi música. Y yo, mientras, haciendo el trabajo de todas.

¡Qué delicadita! Nosotras somos huéspedes,” bufó Rocío.

No, huésped es quien respeta. Vosotras parásitas.

¡Qué grosera! chilló Marisa. ¡Daniel, oye cómo me habla tu esposa! ¡Soy tu hermana!

Daniel, que se acercaba despacio, dejó escapar un suspiro gris.

La escucho, Marisa. Y tiene razón.

¡¿Tú también?! ¡Títere de tu mujer! Nos volcamos y…

¿Volcaste qué, el solarium? Mira, esto se acabó. Recoged, sentencié, sacando las llaves del bolsillo.

¡Ni hablar! No me voy y menos después de beber. Me quedo a dormir. Y mañana, ya veremos. Pero ahora quiero MI carne.

La carne está bajo llave, como la casa, dije, tintineando las llaves.

¡No tienes derecho! ¡La casa es de mi hermano!

Es nuestra. Y aquí, manda Helena, añadió Daniel, serenamente. He aguantado mucho, Marisa. Pensé que serías adulta. En vez de ayudar, has montado una feria y dejado a mi mujer sola en el barro. ¿Has visto sus manos?

¡No quiero saber de vuestras patatas! Normal esto parece un cortijo. ¡La gente normal disfruta sus fines de semana!

Pues vete a tu hotel, al todo incluido, contesté. Aquí solo comemos quienes trabajamos.

Me largo en taxi, pero me lo pagas.

Te lo pagas tú. Tenéis veinte minutos antes de que suelte a Bruno.

Bruno era el mastín del vecino, que a veces venía a cuidar Daniel. No estaba allí, pero Marisa le tiene pánico a los perros y eso bastaba.

¡Bluf! No te atreves.

Pruébame. Y entré en casa.

Las amigas, nerviosas, empezaron a recoger.

Marisa, vámonos, cuchicheó Teresa. Que igual te sueltan el mastín y tenemos lío, y al final ni cena ni nada.

¡Aquí no vuelvo jamás! ¡Rácanos! rabió Marisa, atrapando el flamenco de plástico.

Entré en casa, eché el cerrojo y corrí las cortinas, viendo cómo apilaban tumbonas y gritaban entre ellas, encajando el flamenco (que no quería desinflarse) en el maletero.

Daniel, fuera, controlaba que se marcharan.

Veinte minutos después, un taxi recogía a Marisa y compañía. Ella, antes de cerrar su coche en la finca (no se atrevía a conducir), se despidió maldiciendo. Yo escuché el silencio al quedarse solas las chicharras de la noche.

Daniel entró en la cocina. Miré mi cubo de grosellas, agotada pero en paz.

¿Ya se han ido?

Sí.

Se acercó despacio y me abrazó, la mejilla sobre mi cabeza.

Perdona, Helena. Fui un imbécil. Al ver las tumbonas debí mandarlas a paseo.

Debiste, pero tú eres bueno. Es familia.

Hay familia que cansa más que los enemigos ¿Sabes qué pidió Marisa antes de irse? Me pidió dinero para la gasolina.

Me reí flojito.

¿Y qué le dijiste?

Que se lo descontaría del alquiler del césped y la carne que no ha probado.

Nos quedamos callados.

La carne ¿qué hacemos con ella?

Sonreí de verdad, por primera vez en todo el día.

No se tira. Ve encendiendo la barbacoa, pero hazlo despacio, que tienes la espalda así-así. Hoy cenamos juntos y tranquilos, solo con el ruido de los grillos.

Aquella noche fue la mejor del verano. El asado salió tierno, el refresco frío, y Daniel contó historias del trabajo mientras yo reía como hacía tiempo. Nos quedamos en la veranda hasta de madrugada, mirando la Vía Láctea.

El coche de Marisa se quedó tres días más en nuestra finca. Lo vino a buscar su marido: serio, callado, dijo nada más que un buenas y se marchó. Marisa, por su parte, no llamó en un mes, y cuando lo hizo fue para quejarse, inventando ante mi suegra que la echamos sin comer. Mi suegra, que sabe de qué pie cojea su hija, me llamó aparté y, tras escuchar toda la historia de las tumbonas y las grosellas, me dijo: Bien hecho, hija. Ya era hora.

Desde entonces, hay regla nueva en nuestra casa: en la puerta hay un cartelito de broma El que no trabaja, no comeque para la familia es ley.

Marisa acabó regresando un día, sola, en otoño, en busca de manzanas gratis. Le puse un cubo en la mano y la mandé a la huerta. Refunfuñó, pero obedeció. Aquí, tanto la llave de la nevera como la del respeto, la tengo yo.

Después, Daniel y yo nos autoregalamos dos tumbonas. Y las usamos cada tarde, viendo el atardecer, saboreando el descanso como solo disfrutan quienes valoran el sacrificio. Compartimos lo nuestro con quien, de verdad, lo merece.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

twenty − 14 =