Alisió la tierra. Hizo a Carmen unos parterres para flores. Construyó una pérgola en el jardín. Y dentro de la casa también se notaba una mano fuerte y masculina. Vamos, Carmen sí que había elegido bien a su marido. Muy bien. Y además Tomás era de los que trabajaban y no paraban, siempre intentando sorprenderla con algún detalle.
Tú nunca me quisiste. Te casaste conmigo sin amor. Ahora me dejarás, en cuanto me ponga enfermo…
¡Jamás! dijo Carmen abrazándole. ¡Eres el mejor esposo que existe! No te dejaré nunca…
A Tomás le costaba creer que eso fuera cierto. Últimamente su ánimo no era bueno, y el de Carmen tampoco…
Carmen llevaba veinticinco años casada, y en todos esos años seguía cautivando a los hombres. Desde jovencita había sido la más solicitada tanto en el instituto como en la universidad.
¡Y eso que ni siquiera era la más guapa! Pero su madre siempre se asombraba de la cantidad de pretendientes que tenía su hija.
¿Qué les das tú? ¡Si no eres una belleza! decía entre risas su madre.
Madre, la belleza no lo es todo. Lo importante es el carisma de una mujer, ese algo especial.
Carmen nunca se separó de su primer marido, aunque él tenía un carácter muy particular. Vivió con Ramón hasta que él falleció. Criaron a su hija y la casaron. El yerno se llevó a Lucía a Florencia, y ahora le mandaban muchas fotos y la invitaban a visitarlos. Pero ni Carmen ni Ramón acabaron de decidirse a ir. Quizás Carmen vaya algún día, pero el tiempo de Ramón ya pasó.
El marido de Carmen falleció en un accidente de coche. Una de esas tragedias absurdas. Luego le dijeron que seguramente le dio un infarto al volante y perdió el control.
¿Crees que se desmayó? preguntó Carmen.
Ya nunca lo sabremos suspiró su amiga, la doctora Laura. Motivo: lesiones múltiples incompatibles con la vida.
Carmen quedó en estado de shock. Laura la ayudó a organizarlo todo y averiguó detalles por sus contactos médicos. Ramón fue enterrado y Carmen se quedó sola en aquella casa grande que juntos habían construido durante toda una vida.
No era demasiado grande para dos, si venían visitas. Pero para una sola mujer era enorme, y además un peso sobre los hombros.
Una casa es una casa. Siempre hace falta en ella una mano masculina
Lucía vino para despedirse de su padre. Habló con la madre sobre vender la casa, buscar un piso y tanteó el posible traslado de Carmen a Italia.
¡No! exclamó Carmen. No he construido esta casa para venderla, ni quiero irme a Italia. Sabes bien cómo es aquello
¡Mamá!
Ay, Lucía, hija, ¡qué seria te pones! sonrió Carmen entre lágrimas. Solo bromeo.
Bueno, si bromeas, no será todo tan negro.
Las cosas no eran blancas o negras, igual que Ramón no lo había sido. Por un lado, muy atento y cariñoso; por otro, capaz de agotar la paciencia de cualquiera en un día malo. Luego se arrepentía y Carmen, que era de espíritu fácil, le perdonaba todo. Así pasaron veinticinco años. ¡Una vida entera!
Lucía se marchó de vuelta a Italia y Carmen se quedó sola. Pero no por mucho tiempo, según se conocía a sí misma.
Así fue. Lloró medio año y, cuando secó las lágrimas, ya vio que a su alrededor se había formado un pequeño círculo de pretendientes.
Incluso su madre no entendía el fenómeno.
¿Pero qué tienes tú, hija mía? ¡Van cayendo rendidos a tus pies! Y guapa, lo que se dice guapa, no eres
Es el encanto, madre. Una mujer ha de tener ese misterio.
Anda, vete, vete, que el pretendiente se te cansa de esperar decía su madre riendo.
Vendrá otro contestaba Carmen encogiéndose de hombros.
Treinta años después de aquella conversación, nada había cambiado. Muchas mujeres se quejaban de que a partir de los cuarenta ya no quedaban hombres solteros con los que casarse. Carmen nunca comprendió ese problema. Con cuarenta y seis años, tenía dos pretendientes y ambos buenos.
Su corazón se inclinaba por Alfonso. Le gustaba tanto su aspecto, como al hablarle. Educado, simpático, nunca se aburría Carmen a su lado.
Pero Alfonso era galán de palabra, no de hechos. Con los años, Carmen comprendía que no era un hombre de hogar, no para su gran casa.
El segundo pretendiente, Tomás, era un hombre sencillo y muy trabajador. De esos que, si hay que beber, beben a gusto, pero que con las manos son capaces de arreglarlo todo. De carácter tranquilo, a la vez fuerte.
Con su esposa, era todo ternura, pero si hacía falta, movería montañas por ella. A Carmen, sin embargo, le atraía menos caprichos de la lógica femenina.
Tomás no era de mucho hablar. En cambio, al tomar algo podía soltar chistes y bromas, pero en el día a día era más callado. Eso sí, si bebía, era capaz de mucho, pero al día siguiente a trabajar, como uno más. Carmen lo eligió a él.
Alfonso, ofendido, desapareció.
Carmen se casó con Tomás, quien fue el hombre más feliz del mundo. En la boda se pasó un poco con el vino, cantó y bailó sin parar.
Tía, Carmen, ¡qué rapidez la tuya! se reía Laura. Hace un año que falleció Ramón y ya estás casada. Muchas no encuentran un hombre ni con linterna y tú sales y ¡venga pretendientes!
No comentes, que ya bastante lo dice mi madre: ¿Pero qué te ven si no eres guapa?. No sé qué ven, Laura. Pregúntaselo a mi madre.
Y Carmen se fue a bailar con su marido, lanzando a Laura una mirada divertida. Mientras bailaba, disipaba las dudas que pudiera tener.
¿Y qué? ¿Tomás era simple? Pero era fuerte. Aparejador. ¿No hablaba mucho? ¡Mejor! De palabras bonitas no se vive.
En pocos meses, Tomás transformó el jardín de Carmen en un paraíso. Quitó los árboles sobrantes.
Alisó la tierra. Hizo unos parterres. Construyó una pérgola. Y en la casa, la fuerza de Tomás lo llenaba todo.
Sin duda, Carmen había elegido bien.
Además, Tomás trabajaba y aportaba dinero, siempre quería alegrar a Carmen con algún regalo.
Comparando ese corto periodo de vida juntos con los veinticinco años del primer matrimonio, Carmen lamentó sinceramente no haber conocido antes a Tomás.
En las tardes de verano asaban carne y cenaban en la pérgola, Tomás había instalado una mesa y bancos de madera.
Carmen, tras hartarse de chuletillas, sonreía como una gata satisfecha y Tomás le devolvía la sonrisa.
¿En qué piensas, Tomás?
En nada, sólo soy feliz.
Su primera esposa había sido una mujer difícil. Jamás habría pensado encontrar a una como Carmen. Disfrutaron de cuatro años de felicidad, hasta que Tomás empezó a sentirse mal.
Se cansaba, adelgazaba, y si bebía que le gustaba a veces acababa fatal.
Tomás, ¡hay que ir al médico! decía Carmen. Esto no es normal.
Qué tontería, Carmen. Se me pasará.
¿Tontería? ¿Y si no se pasa? ¿Tienes miedo a los médicos, como la mayoría de los hombres?
No.
Pero Tomás callaba lo que de verdad temía: que si tenía algo grave, Carmen lo abandonaría. Sabía que ella se casó con él por razones prácticas, no por amor desbordado. Pero él, sin remedio, la amaba.
La vio un día en el mercado, encallada buscando la cartera en el bolso, y se enamoró. Su torpeza le enterneció el alma.
Su madre, al conocer a Carmen, le dijo:
Hijo, tú sabrás. Pero ¿qué le ves? No es guapa. Ya pasados los años. Tú podrías tener a quien quisieras.
A Tomás nadie le interesaba más que Carmen. Pero si ahora caía enfermo, ¿ella le querría? No logró convencerle de ir al médico. Un sábado recibieron a Laura y su marido, Javier. Tomás y Javier asaban carne, Laura y Carmen preparaban ensalada en la cocina.
¿Está enfermo Tomás? preguntó Laura.
No lo sé se sinceró Carmen. No consigo que vaya al médico. Tú eres doctora, ¿qué te parece?
Lo veo más apagado y algo amarillento de piel, la verdad.
¡Madre mía! Laura, convéncelo tú, por favor. A ti te escuchará, eres médica.
Laura miró a Carmen con atención.
Carmen ¿le quieres? Recuerdo tus dudas del principio
Carmen mordió sus labios y calló.
Pero Laura no tuvo tiempo de convencerle: Tomás se desmayó durante la cena. Llegó la ambulancia y Carmen no se separó de él. No se despertaba, y ella rezaba con su mano entre las suyas.
Le operaron enseguida.
Un tumor en el hígado.
¿Cáncer? preguntó Carmen, angustiada.
Aún no lo sabemos hasta los análisis.
Era benigno, pero ya de buen tamaño.
Le prohibieron casi todo. La recuperación sería lenta e incierta. La edad no jugaba a su favor.
Tomás se deprimió por completo. Le visitó su madre, Pura. Carmen estaba trabajando, ella le llevó algo de comida permitida.
Hijo, ¡no te reconozco! Estás aquí, ¡y gracias! No tienes cáncer. Hay que celebrarlo. Anda, come estas albóndigas al vapor.
No tengo hambre.
Y tienes que tenerla. ¿Carmen viene?
Sí… de momento.
¿Qué dices? ¿Crees que te va a dejar? ¡Sería una insensata!
No valgo ya para nada, madre. Ni trabajar puedo. Me siento inválido. ¿Para qué sirve un inválido como yo?
¿Qué ocurre aquí? entró Carmen de pronto. ¡Qué voces dais! Buenas tardes, doña Pura.
Me voy, Carmen. Que os vaya bien.
¿Qué ha pasado?
Su suegra se despidió con un gesto y Carmen se lavó las manos y se acercó al lecho de su marido abatido.
¿Por qué te amargas, inválido? Tienes brazos y piernas, el resto se cura. ¿Sabes lo que he leído del hígado?
Dime.
El hígado es el órgano que mejor se regenera. Si queda el cincuenta y uno por ciento, vuelve a crecer. Y tú conservas el sesenta por ciento. Dale tiempo al hígado. Todo saldrá.
¿Tendré ese tiempo?
¿Qué?
¿Tendré tiempo de recuperarme?
Tomás, ¿pasa algo que no sé? ¿Has pedido a los médicos que me oculten algo?
No va por ahí…
Tomás salió del hospital. Y comenzó la peor etapa de su vida. En cuanto hacía cualquier esfuerzo, se agotaba de inmediato. Eso le alentaba la tristeza.
Y se acercaba su cumpleaños, que le llenaba de melancolía. Ni comer, ni beber. ¡Menuda fiesta!
Carmen parecía no notarlo. Compartía con él hasta la dieta, con alegría.
Carmen, se atrevió a decirle, dime, ¿qué va a ser de nosotros ahora?
¿Qué quieres decir?
Que tardo en recuperarme. Seguro que acabarás por dejarme, ¿verdad? Mejor dímelo.
¿Por qué habría de dejarte? Estoy feliz contigo.
Pero eso era cuando podía hacerlo todo, y ahora soy inútil hasta yo me aguanto poco.
Pues yo no pienso igual. ¡Venga, anímate!
Lo intento. Pero doy dos martillazos y ya no puedo más.
Carmen le abrazó por la espalda y le apoyó la mejilla en el cuello.
Te quiero. Y jamás te dejaré. Recupera a tu ritmo. No tengas prisa.
¿De verdad?
De verdad, de verdad.
Carmen no deja a Tomás. Poco a poco, él mejora.
El cumpleaños lo celebraron sin alcohol, para que no le doliera. Vinieron unos amigos, cenaron en la pérgola, jugaron al dominó.
Qué suertudo eres con tu mujer, Tomás le decían al irse.
¿Oye, vais a ir a un bar a brindar por mi salud? sugirió con ironía.
Se rieron y se fueron. Aquella tarde, Carmen y Tomás se sentaron juntos en el porche bajo el cielo estrellado. Felices.
Por primera vez en mucho tiempo, Tomás sintió que todo iría bien.
Se permitió creer que se recuperaría, y que Carmen de verdad nunca le abandonaría. Le abrazó con fuerza.
¿Qué pasa, Tomás?
¡Todo está bien! respondió él.
Por fin sonrió Carmen, y le besó en la mejilla.
Eran felices. Y comprendieron que, en la vida, lo importante no es la perfección ni la belleza, sino tener a alguien que jamás te suelte la mano cuando llegue la tormenta.







