Secretos de Familia: El regreso inesperado de Alicia desvela un pasado oculto, amores rotos y una hija desconocida que cambiará su vida para siempre en el corazón de Madrid

Secretos de familia

Lucía volvía a casa después de otro vuelo largo. Subió rápidamente a su piso en Madrid, se detuvo un momento ante la puerta para coger aire y se imaginó la cara de alegría de su marido al verla. Sonrió y pulsó el timbre, pero nadie le abrió. Volvió a llamar varias veces, pensando que Diego estaría profundamente dormido y no se enteraría de nada. Al ver que la puerta seguía cerrada, rebuscó el llavero en el fondo de su bolso y abrió la puerta.

¡Dieguito, ya estoy en casa! ¿Dónde estás, cariño?

¿A dónde podría haberse ido tan temprano? Si normalmente no se levantaba hasta las siete, porque al taller solo entraba a las nueve. Entró en el dormitorio y la cama estaba perfectamente hecha. En la cocina todo limpísimo, y la comida que había dejado preparada seguía intacta en la nevera.

No entiendo nada ¿Será posible que Diego me está siendo infiel? ¿Será que en mis ausencias se iba con alguna amante?

A Lucía se le encogió el corazón, las lágrimas le asomaban a los ojos y sentía un nudo amargo en la garganta que le impedía respirar con normalidad. Se dejó caer en el suelo del salón y miró su maleta, llena de cosas y de regalos que siempre le traía a Diego cuando volaba a algún país exótico. Esta vez le había traído una botella de sake y madre mía, lo que tuvo que hacer para pasarla a España. De pronto se levantó, se secó las lágrimas apresuradamente y marcó el número de su marido. En ese momento lo único que quería era soltarle todo lo que pensaba, pero el teléfono ni siquiera daba señal; la operadora repetía una y otra vez que el abonado estaba temporalmente inlocalizable, que lo intentara más tarde.

Ya No me esperaba esto de ti, hasta apagas el móvil para que nadie te moleste

Lucía empezó a ir y venir por la casa hecha una fiera, hablando sola como le pasaba siempre cuando se ponía nerviosa o de mal humor. El cansancio del vuelo y la incertidumbre le podían, así que se hizo un café bien fuerte y encendió un cigarro. Miles de pensamientos la rondaban, todos más terribles que el anterior. No entendía en qué momento se le había escapado todo y su marido llegó a esto. Sin querer, le vino a la cabeza la primera vez que se vieron, lo ingenuo y sencillo que era Diego, ese chico al que se enamoró locamente. Recordaba perfectamente el día que fue al taller a cambiar el aceite del coche; él vestía un mono lleno de grasa, pero tenía algo que conquistó a la joven azafata y fue ella misma la que le dio su tarjeta. Diego la llamó esa misma noche y estuvieron horas hablando. Luego supo que Diego había crecido en una residencia de menores y tras terminar la FP empezó a currar en el taller donde ya llevaba casi una década. Lucía también había crecido en un orfanato y sabía perfectamente lo que era pasarlas canutas. Jamás olvidará el horror que pasó con el director del centro, que la violó, hubo juicio y todo aquello. A los catorce años ya comprendió lo que era ser humillada del todo; encima resultó embarazada de ese desgraciado y la obligaron a abortar. Después de aquello, Lucía siempre fue desconfiando de los hombres, sobre todo los mayores. De no ser por la nueva directora del centro, no sabe dónde habría acabado: esa mujer la llevó al psicólogo, la acompañó siempre y, tras salir de allí, le ayudó con todo para entrar en la universidad de aviación civil.

Ahora Lucía era azafata, tenía un piso de tres habitaciones en Chamberí, un Audi recién comprado y todo de lo que nunca se hubiera atrevido ni a soñar. Lo único que le faltaba era tener la vida en pareja tranquila. Con su primer novio vivió tres años, pero tuvieron que dejarlo cuando Lucía supo, tras aquel maldito aborto, que nunca podría tener hijos. La ruptura fue dura, pero con el tiempo conoció a Pedro, que la cuidó tanto que pensó estar en un cuento. Sin embargo, la decepción volvió, porque Pedro estaba casado desde hacía años, y fue Lucía quien cerró esa historia para siempre.

Se prometió que no volvería a confiar en ningún hombre, pero había algo en Diego que la empujó a dar el primer paso. No se equivocó, empezaron a salir y al mes ya estaban viviendo juntos. Hace un año se casaron en el juzgado, sin celebración, pero le bastaba con haber encontrado a un chico sencillo, hogareño, trabajador y de los que hace falta poco para estar bien. Diego era de los que valía para todo: limpiaba, cocinaba cuando ella volvía de viaje, sacaba siempre la basura, y hasta hacía chapuzas la última, el baño, lo reformó él. En sus días libres, siempre se perdían juntos por El Retiro o a tomar algo por Malasaña. Parecían no cansarse nunca el uno del otro y Lucía de verdad pensaba que esa felicidad sería duradera. Por eso, ahora, no entendía qué había pasado para que Diego la engañara.

Se miró en el espejo; el uniforme de azafata le sentaba como un guante. Tenía el pelo largo, castaño, perfectamente recogido en un moño, y sus ojos azules le daban un aire de muñeca. Dejó la ropa colgada en el armario y se puso un chándal. Sin pensárselo mucho, fue al coche y condujo hasta el taller. Allí no estaba Diego, pero uno de sus compañeros le contó que había pedido dos días libres para arreglar asuntos familiares.

En la familia nunca había habido problemas, así que Lucía sintió en el estómago el presentimiento de que algo raro pasaba. Dio unas vueltas en coche por Madrid y, sin encontrar a Diego, volvió a casa. Pasaban las horas y no tenía noticias de él, y cuando cayó la noche y seguía sin aparecer, Lucía empezó a asustarse de verdad. Pasó la noche en vela y nada más amanecer fue a la comisaría para denunciar la desaparición de Diego. Lo encontraron en menos de veinticuatro horas, pero lo que vino después a Lucía le pareció una pesadilla.

Diego había tenido un accidente de tráfico y estaba ingresado en el hospital de Alcalá de Henares. No comprendía por qué allí y no en Madrid, hasta que el médico le explicó que el accidente había sido justo en las afueras del pueblo, así que los llevaron directamente a ese hospital. Todavía estaba asimilando la noticia cuando se le acercó una chica joven, desaliñada, que olía a vino barato.

¿Tú eres la mujer de Diego?

Sí, ¿y tú quién eres?

Yo Yo soy la madre de su hija.

¡Eso no puede ser!

Vaya que puede Estuvimos casados, pero lo dejamos porque a él no le gustaba que yo bebiera. Dejé la niña a mi madre y me vine a buscar trabajo a la ciudad. Aquí encontré otro hombre, pero no quiere saber nada de la niña. Diego les mandaba algo de dinero a mi madre cuando podía, pero hace poco mi madre murió y nadie puede cuidar ya de Marina. Yo no puedo, ya ves, y Diego tampoco quiso contártelo para que no te llevaras un disgusto Quise mandar la niña a un centro, pero Diego no me dejó, dijo yo me la llevo. Pero claro, justo entonces tuvo ese accidente No sé qué voy a hacer, quizás tenga que llevarla de todas formas

Espera, tráemela. Si Diego quería encargarse de la niña, la cuidaremos nosotros.

¿De verdad? ¿No te vas a arrepentir?

No me voy a arrepentir.

La mujer salió corriendo a por la niña, mientras Lucía se desplomó agotada en la silla del pasillo. Fíjate tú las vueltas que da la vida, ella que no puede tener hijos y otra que no sabe cómo quitárselos de encima por estar con otro hombre Y ella ahí, pensando que Diego le engañaba, cuando en realidad lo que le ocultó fue que tenía una hija y un pasado sobre sus hombros. Le quedaban por delante semanas complicadas: tendría que conocer a una niña a la que no quería nadie desde que nació, y a Diego le esperaba una recuperación larga. Pero Lucía tenía claro que saldrían adelante, que a esa niña la criaría como si fuera suya, y que a Diego lo sacaría adelante. Todo iba a salir bien, eso sí, que no haya más secretos en la familia, por favor.

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