Un gato tropieza por azar con un móvil… El objeto olía a humano y desprendía un calor sorprendente. Tras acomodarse bien, lo abrazó con las patas y se tumbó encima—y el smartphone, de repente, se encendió con un ligero roce gatuno. Rita no tuvo tiempo ni de alegrarse por su nuevo móvil: desde el primer minuto salió defectuoso, calentándose con cualquier uso. Y para colmo, acabó perdiéndolo. Una pena… era un móvil estupendo: pantalla grande, batería potente—justo la que terminó por fallar. Ahora ya no hay forma de devolverlo: el aparato ha desaparecido. Más detalles Rita, llamándose “tonta”, cogió su viejo móvil de botones y marcó su número. Sonaban los tonos, pero nadie contestaba. Después de tomar unas gotas de valeriana para los nervios, se tumbó intentando recordar por dónde había estado ese día; quizás, si recorría el camino otra vez, aparecería el móvil. De repente, algo vibró bajo su almohada—la llamaban. En la pantalla apareció un número dolorosamente familiar—el suyo. —¿Diga? Solo se oían susurros, respiraciones cortas… y de pronto: —Miau… Rita colgó de golpe. “Se están riendo de mí”, pensó. Qué rabia no haber puesto ni bloqueo—ahora alguien se divierte con su móvil. Pero sonó otra llamada. Lo mismo: suspiros, susurros… y de nuevo, un maullido al responder. —¡Deja de molestarme!—estalló ella. Pero las llamadas no paraban. Al final, harta, Rita se abrigó y salió a la calle. Los sonidos venían claramente de fuera—el bromista debía de estar en el lugar donde encontró su móvil. Solo había que rehacer el trayecto. Fue llamando a su número mientras caminaba. De pronto, sin apenas esperanza, escuchó su melodía familiar. Siguió el sonido, dispuesta a plantar cara al gracioso que jugaba con su pérdida. Mientras tanto, el gato, acurrucado junto al objeto caliente, miraba sorprendido cómo aquel aparato “cobraba vida” y le hablaba. Él lo olisqueó y el móvil no paraba de parlotear. Así que el gato respondió educadamente. De golpe el smartphone sonó con música. Asustado, el gato le dio un zarpazo, pero no callaba. Luchando con el “móvil cantarín”, el gato ni se dio cuenta de que, bajo el árbol, ya no estaba solo. Toda su indignación desapareció cuando Rita vio al verdadero “culpable”. Debajo del árbol estaba un gato pelirrojo, de aspecto desvalido, que aporreaba furioso el móvil con la pata intentando hacerlo callar. Pero en cuanto vio a Rita… Se lanzó hacia ella como si fuera de la familia. Cómo ronroneaba, cómo se le pegaba—era imposible resistirse. Rita se quedó paralizada por esa avalancha de ternura pelirroja. El gato se restregaba por sus mejillas, como si la besara. Notó enseguida lo frío que estaba—no era raro que se hubiera calentado con su móvil caliente. Con el móvil ya en el bolsillo y el gato en brazos, Rita volvió a casa pensando en el amor a primera vista. ¡Cómo le había gustado a ese pelirrojo! Después de semejante muestra de cariño, no podría dejarlo nunca bajo ese árbol. Y el gato, feliz como nunca, se retorcía en sus brazos, restregándose por sus labios y barbilla, aunque Rita intentaba esquivarle—aunque, en el fondo, le encantaba. Quién lo diría, un gato callejero tan mimoso. Aunque el secreto era más sencillo de lo que parecía… El gato estaba embriagado por el aroma a valeriana que, una hora antes, Rita se había preparado para calmar los nervios.

Mira, te tengo que contar lo que me pasó porque todavía me estoy riendo. Una gata, sí, una auténtica gata castiza, se topó de casualidad con un móvil tirado en la calle… El aparato olía mucho a humano y estaba increíblemente calentito. La gata no se lo pensó dos veces: se acomodó, lo abrazó con las patitas y se tumbó encima. Y de repente, zas, el móvil se encendió solo con ese toque suave felino.

Clara, la dueña del móvil, ni siquiera llegó a disfrutar su teléfono nuevo. Le duró un suspiro y ya venía con fallos: cada vez que lo usaba se ponía ardiendo. Y después, para colmo, fue y lo perdió por ahí, ¡un desastre! Una pena… Porque el móvil era una joya: pantallón, batería de las que duran justo eso fue lo que la dejó tirada. Y claro, ya ni devolverlo podía si no tenía ni idea de dónde lo había dejado.

Clara se llamó de todo menos guapa, agarró su viejísimo móvil de teclas y marcó su número. Sonó el tono, sonaba y sonaba… pero nadie cogía. Se echó unas gotitas de valeriana en un vaso, se tumbó intentando repasar todo el recorrido de ese día, pensando que igual si lo andaba otra vez aparecía. De repente, algo vibró a su lado. La estaban llamando. Miró la pantalla y… ¡su número! De esos momentos en los que piensas que el destino te gasta una broma pesada.

¡Diga! contestó, medio en shock.

Solo se oían ruidos, suspiros breves… Y de pronto, un maullido. Clara colgó asustada. “Menudos cachondeos”, pensó. Le daba rabia porque ni le había puesto bloqueo y ahora cualquiera podía jugar con su teléfono. Cuando justo volvía a sonar.

Lo mismo: suspiro, roce extraño… y otro maullido en respuesta.

¡Dejad de llamarme ya! gritó, harta.

Pero el dichoso teléfono no paraba. Así que cuando se hartó, pensó que peor no podía ir la cosa, se puso el abrigo y se fue a la calle. Los sonidos parecían venir desde fuera, así que quizá el graciosillo seguía más o menos por la zona en que lo perdió. Decidió rehacer su camino, marcando su número cada poco. Hasta que, ya sin ninguna fe, oyó su tono de llamada a lo lejos. Clara anduvo hacia él, imaginando ya el sermón que le iba a soltar al bromista que se entretenía con lo ajeno.

Mientras tanto la gata, tan a gusto encima del móvil calentito, alucinaba cada vez que el cacharro “despertaba” y soltaba voces. Lo olisqueó, lo tocó… y el aparato seguía con su murmullo. Así que la gata, muy correcta, le respondió con un maullido.

El móvil calló. La gata volvió a darle con la zarpa y se puso a hablar otra vez. Y cada vez estaba más calentito. Si fuera invierno, eso sería mejor que una estufa. La gata, encantada, le dio otro toque.

Y entonces el móvil empezó a sonar una melodía. Del susto, la gata le dio un zarpazo, pero aquello seguía. En la pelea con el “cacharro cantarín”, ni se dio cuenta de que ahora bajo el árbol no estaba sola.

A Clara se le bajó todo el enfado cuando vio al supuesto “gamberro”: bajo un árbol estaba una gata rubia, con cara de llevar una vida dura, dándole con decisión al móvil con su pata, intentando callarlo. Pero en cuanto vio a Clara

¡Salió corriendo hacia ella como si fuera su vieja conocida! Y cómo ronroneaba, y cómo se le subía a los brazos… Imposible resistirse. A Clara le temblaba la ternura porque aquella gata era una bola de amor, restregando su nariz por las mejillas de Clara como si la besara. Notó muy fría a la gata no me extraña que buscara calor en el móvil recién perdido.

Con el móvil recuperado en el bolsillo y la gata en brazos, Clara se fue a casa dando vueltas a lo de los flechazos. Le hacía una ilusión increíble llevarse a esa gata pelirroja, tan cariñosa. De momento, ni pensárselo en dejarla bajo aquel árbol.

La gata, que no cabía en sí de la felicidad, ronroneaba y se restregaba por la cara y el cuello de Clara, que intentaba esquivarla aunque en el fondo le encantaba. Quién diría que era callejera, con lo amorosa que resultaba.

La clave de todo era más sencilla de lo que parecía La gata estaba entonada de la valeriana que una hora antes había derramado Clara para tranquilizarse. ¡Menuda historia para contar!

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Un gato tropieza por azar con un móvil… El objeto olía a humano y desprendía un calor sorprendente. Tras acomodarse bien, lo abrazó con las patas y se tumbó encima—y el smartphone, de repente, se encendió con un ligero roce gatuno. Rita no tuvo tiempo ni de alegrarse por su nuevo móvil: desde el primer minuto salió defectuoso, calentándose con cualquier uso. Y para colmo, acabó perdiéndolo. Una pena… era un móvil estupendo: pantalla grande, batería potente—justo la que terminó por fallar. Ahora ya no hay forma de devolverlo: el aparato ha desaparecido. Más detalles Rita, llamándose “tonta”, cogió su viejo móvil de botones y marcó su número. Sonaban los tonos, pero nadie contestaba. Después de tomar unas gotas de valeriana para los nervios, se tumbó intentando recordar por dónde había estado ese día; quizás, si recorría el camino otra vez, aparecería el móvil. De repente, algo vibró bajo su almohada—la llamaban. En la pantalla apareció un número dolorosamente familiar—el suyo. —¿Diga? Solo se oían susurros, respiraciones cortas… y de pronto: —Miau… Rita colgó de golpe. “Se están riendo de mí”, pensó. Qué rabia no haber puesto ni bloqueo—ahora alguien se divierte con su móvil. Pero sonó otra llamada. Lo mismo: suspiros, susurros… y de nuevo, un maullido al responder. —¡Deja de molestarme!—estalló ella. Pero las llamadas no paraban. Al final, harta, Rita se abrigó y salió a la calle. Los sonidos venían claramente de fuera—el bromista debía de estar en el lugar donde encontró su móvil. Solo había que rehacer el trayecto. Fue llamando a su número mientras caminaba. De pronto, sin apenas esperanza, escuchó su melodía familiar. Siguió el sonido, dispuesta a plantar cara al gracioso que jugaba con su pérdida. Mientras tanto, el gato, acurrucado junto al objeto caliente, miraba sorprendido cómo aquel aparato “cobraba vida” y le hablaba. Él lo olisqueó y el móvil no paraba de parlotear. Así que el gato respondió educadamente. De golpe el smartphone sonó con música. Asustado, el gato le dio un zarpazo, pero no callaba. Luchando con el “móvil cantarín”, el gato ni se dio cuenta de que, bajo el árbol, ya no estaba solo. Toda su indignación desapareció cuando Rita vio al verdadero “culpable”. Debajo del árbol estaba un gato pelirrojo, de aspecto desvalido, que aporreaba furioso el móvil con la pata intentando hacerlo callar. Pero en cuanto vio a Rita… Se lanzó hacia ella como si fuera de la familia. Cómo ronroneaba, cómo se le pegaba—era imposible resistirse. Rita se quedó paralizada por esa avalancha de ternura pelirroja. El gato se restregaba por sus mejillas, como si la besara. Notó enseguida lo frío que estaba—no era raro que se hubiera calentado con su móvil caliente. Con el móvil ya en el bolsillo y el gato en brazos, Rita volvió a casa pensando en el amor a primera vista. ¡Cómo le había gustado a ese pelirrojo! Después de semejante muestra de cariño, no podría dejarlo nunca bajo ese árbol. Y el gato, feliz como nunca, se retorcía en sus brazos, restregándose por sus labios y barbilla, aunque Rita intentaba esquivarle—aunque, en el fondo, le encantaba. Quién lo diría, un gato callejero tan mimoso. Aunque el secreto era más sencillo de lo que parecía… El gato estaba embriagado por el aroma a valeriana que, una hora antes, Rita se había preparado para calmar los nervios.
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