Mira, te tengo que contar lo que me pasó porque todavía me estoy riendo. Una gata, sí, una auténtica gata castiza, se topó de casualidad con un móvil tirado en la calle… El aparato olía mucho a humano y estaba increíblemente calentito. La gata no se lo pensó dos veces: se acomodó, lo abrazó con las patitas y se tumbó encima. Y de repente, zas, el móvil se encendió solo con ese toque suave felino.
Clara, la dueña del móvil, ni siquiera llegó a disfrutar su teléfono nuevo. Le duró un suspiro y ya venía con fallos: cada vez que lo usaba se ponía ardiendo. Y después, para colmo, fue y lo perdió por ahí, ¡un desastre! Una pena… Porque el móvil era una joya: pantallón, batería de las que duran justo eso fue lo que la dejó tirada. Y claro, ya ni devolverlo podía si no tenía ni idea de dónde lo había dejado.
Clara se llamó de todo menos guapa, agarró su viejísimo móvil de teclas y marcó su número. Sonó el tono, sonaba y sonaba… pero nadie cogía. Se echó unas gotitas de valeriana en un vaso, se tumbó intentando repasar todo el recorrido de ese día, pensando que igual si lo andaba otra vez aparecía. De repente, algo vibró a su lado. La estaban llamando. Miró la pantalla y… ¡su número! De esos momentos en los que piensas que el destino te gasta una broma pesada.
¡Diga! contestó, medio en shock.
Solo se oían ruidos, suspiros breves… Y de pronto, un maullido. Clara colgó asustada. “Menudos cachondeos”, pensó. Le daba rabia porque ni le había puesto bloqueo y ahora cualquiera podía jugar con su teléfono. Cuando justo volvía a sonar.
Lo mismo: suspiro, roce extraño… y otro maullido en respuesta.
¡Dejad de llamarme ya! gritó, harta.
Pero el dichoso teléfono no paraba. Así que cuando se hartó, pensó que peor no podía ir la cosa, se puso el abrigo y se fue a la calle. Los sonidos parecían venir desde fuera, así que quizá el graciosillo seguía más o menos por la zona en que lo perdió. Decidió rehacer su camino, marcando su número cada poco. Hasta que, ya sin ninguna fe, oyó su tono de llamada a lo lejos. Clara anduvo hacia él, imaginando ya el sermón que le iba a soltar al bromista que se entretenía con lo ajeno.
Mientras tanto la gata, tan a gusto encima del móvil calentito, alucinaba cada vez que el cacharro “despertaba” y soltaba voces. Lo olisqueó, lo tocó… y el aparato seguía con su murmullo. Así que la gata, muy correcta, le respondió con un maullido.
El móvil calló. La gata volvió a darle con la zarpa y se puso a hablar otra vez. Y cada vez estaba más calentito. Si fuera invierno, eso sería mejor que una estufa. La gata, encantada, le dio otro toque.
Y entonces el móvil empezó a sonar una melodía. Del susto, la gata le dio un zarpazo, pero aquello seguía. En la pelea con el “cacharro cantarín”, ni se dio cuenta de que ahora bajo el árbol no estaba sola.
A Clara se le bajó todo el enfado cuando vio al supuesto “gamberro”: bajo un árbol estaba una gata rubia, con cara de llevar una vida dura, dándole con decisión al móvil con su pata, intentando callarlo. Pero en cuanto vio a Clara
¡Salió corriendo hacia ella como si fuera su vieja conocida! Y cómo ronroneaba, y cómo se le subía a los brazos… Imposible resistirse. A Clara le temblaba la ternura porque aquella gata era una bola de amor, restregando su nariz por las mejillas de Clara como si la besara. Notó muy fría a la gata no me extraña que buscara calor en el móvil recién perdido.
Con el móvil recuperado en el bolsillo y la gata en brazos, Clara se fue a casa dando vueltas a lo de los flechazos. Le hacía una ilusión increíble llevarse a esa gata pelirroja, tan cariñosa. De momento, ni pensárselo en dejarla bajo aquel árbol.
La gata, que no cabía en sí de la felicidad, ronroneaba y se restregaba por la cara y el cuello de Clara, que intentaba esquivarla aunque en el fondo le encantaba. Quién diría que era callejera, con lo amorosa que resultaba.
La clave de todo era más sencilla de lo que parecía La gata estaba entonada de la valeriana que una hora antes había derramado Clara para tranquilizarse. ¡Menuda historia para contar!







