Diario de Lucía, 14 de marzo, Madrid
Hoy me ha pasado una de esas cosas que ni imaginando. Mi gato, Teodoro, ha tenido más aventura que yo misma. Resulta que, mientras recogía el salón, él, tan curioso como siempre, ha encontrado mi móvil nuevo debajo del sofá. El aparato todavía guardaba el perfume de mis manos y, además, seguía caliente, tras todo el día en mi bolso.
Teodoro, encantado con el calorcito, se ha tumbado encima, como si protegiera un tesoro, y de repente ¡el móvil se ha encendido! Ni yo, con ese móvil, he conseguido manejarlo tan bien como él con una simple patita.
Me da pena, porque no he podido disfrutar ni 24 horas de ese móvil. Me costó un dineral, casi 400 euros de los de ahora, que ahorré revisando hasta el último céntimo. Desde el primer momento no funcionó bien, se calentaba con solo mirarlo Y encima, ya lo he perdido. Ni cambiarlo puedo; simplemente ha desaparecido.
Esta noche me he sentido tonta perdida. He cogido mi viejo Alcatel con teclas, como de otra época, y he marcado mi número para ver si tenía suerte. Ton, ton, ton pero nadie contestaba.
Tan nerviosa me puse, que me serví unas gotitas de valeriana, esperando relajarme. Me tumbé, repasando mentalmente todo lo que había hecho hoy, intentando recordar dónde podría haber olvidado el dichoso móvil. De repente, el Alcatel vibró bajo mi almohada. Era mi propio número. Contesté con el corazón casi en la boca.
¿Sí? ¿Quién es?
Pero solo escuchaba un leve roce, como unos bufidos y de repente:
¡Miaaau!
Colgué de golpe. Venga ya, se están riendo de mí, pensé. Encima, al móvil nuevo ni siquiera le había puesto el código de bloqueo. Tendría cualquiera mi móvil en las manos jugando a gastarme bromas. No terminó ahí: otro timbrazo. El mismo ruido, el mismo bufido, otro maullido lastimero.
¡Dejad de llamarme! grité frustrada.
Pero no paraban. Al final, harta, me vestí, cogí las llaves y bajé a la calle. No podía quitarme la sensación de que el gracioso estaría cerca de donde perdí el móvil. Solo tenía que volver a recorrer mis pasos.
Iba marcando mi número, de vez en cuando. Y milagro, escuché mi tono de llamada, ese que tanto me gustaba, sonando cerca de los soportales de la calle Mayor. Allí me imaginaba ya lo que le iba a decir al que estuviera cachondeándose.
Pero la realidad fue diferente. Debajo de un olmo, agazapado, estaba Teodoro, mi propio gato. Su pelaje encendido parecía aún más desamparado a la luz de una farola. Y él, tan digno como siempre, daba manotazos al móvil, que no paraba de sonar. Al verme, se me tiró a los brazos, como si me hubiese echado de menos siglos.
Mi enfado se evaporó al instante. Entre ronroneos intensos y caricias, sentí el frío que traía encima. No era raro que buscara abrigo en lo primero que pilló caliente: mi maldito móvil. Me frotó la cara como si quisiera darme besos, y el corazón se me ablandó. No podía dejar allí a semejante criatura.
Volví a casa con el móvil a buen recaudo y Teodoro en brazos, dándole vueltas a si existe eso del amor a primera vista Al fin y al cabo, después de su despliegue de cariño, ¿cómo negarme a su presencia?
Eso sí, la explicación a todo el misterio era mucho más sencilla de lo que pensé: un rato antes, el sofá olía a valeriana, la misma que usé para tranquilizarme. Mi querido Teodoro estaba embriagado de ese aroma y, claro, tenía que encontrar en mi móvil caliente el mejor refugio del mundo.
Supongo que así es la vida: puedes perder un móvil, pero a veces, encuentras una historia para el recuerdo, y un gato casi tan cariñoso como tú misma sueñas.







