Cuando regresé, la puerta estaba abierta. La primera sensación fue un escalofrío recorriéndome la espalda: alguien se había colado en casa, pensé. Seguro que esperaban encontrar algo de dinero o joyas escondidas, reflexioné con la niebla propia de los sueños.
Me llamo Margarita Castillo, tengo sesenta y dos años y hace cinco que me acompaña la soledad. Mi esposo se fue por el camino de las estrellas y mis hijos, ya mayores, han formado sus propias familias. Hasta que el viento no empieza a soplar frío, paso los días en una casita que tengo cerca de Segovia, y cuando el invierno llama a la puerta, regreso a mi piso de dos habitaciones en Madrid. Pero basta que el sol caliente la piedra vieja para que vuelva al campo y a mi jardín.
La vida rural me susurra cosas propias de otros tiempos. Respiro hondo el aire limpio, con su olor a tierra mojada, y cuido de los naranjos y membrilleros como si fueran antiguos amigos. Muy cerca, escondido entre encinas y álamos, hay un pequeño bosque donde al inicio de verano brotan setas y moras como en los cuentos.
Debí ausentarme durante una semana por asuntos que se desdibujan en la memoria de los sueños. Al regresar, la puerta se balanceaba suavemente, abierta a un mundo extraño. Ninguna cerradura forzada y nada parecía fuera de su lugar, solo una extraña sensación de que todo era igual y, sin embargo, nada pertenecía del todo a este mundo. En la mesa de la cocina, una sola señal de lo ajeno: un plato solitario. Jamás dejo la vajilla sin recoger, y mucho menos cuando sé que no volveré en días.
Fue entonces cuando entendí, en la extraña lógica onírica, que alguien había habitado mi casa en mi ausencia. Esto me llenó de una rabia aletargada, suave pero persistente. Al adentrarme por el pasillo, percibí que el tiempo se curvaba, y vi a un niño dormido plácidamente en mi sofá rojo de terciopelo, ajeno a todo salvo al silencio que lo arropaba.
El pequeño abrió los ojos, grandes como lunas llenas, y no mostró temor alguno. Se incorporó, frotándose los párpados, y en tono tímido me dijo:
Perdóneme, señora, por entrar así sin avisar.
Había en él una educación y modestia antigua, como si hubiera saltado de uno de esos cuentos ilustrados por Goya o Velázquez. De pronto, sentí ternura por aquella criatura perdida en el laberinto de mi sueño.
¿Desde cuándo te quedas en esta casa? pregunté.
Dos días respondió, mirando el suelo.
¿No tienes hambre? ¿Qué has comido?
Tenía unos bocadillos de atún. Aún me quedan, si quiere puede tomar uno.
Me tendió una bolsa de papel, donde reposaban unos restos ya resecos, envueltos en servilletas arrugadas.
¿Cómo te llamas?
Me llamo Eulalia.
Yo soy Margarita Castillo dije, ocultando mi sorpresa por encontrar allí a una niña con nombre de abuela. ¿Estás sola? ¿Te has perdido? ¿Dónde están tus padres?
Mi madre solía dejarme sola muchos días. Cuando volvía, siempre estaba enfadada y gritaba. Decía que yo era el gran problema de su vida, que si no fuera por mí, sería feliz. Hace dos días volvió a gritarme y entonces algo se rompió por dentro. Salí corriendo y ya no quise regresar.
¿Y si ahora te está buscando?
Lo dudo mucho. No es la primera vez que desaparezco durante días y a veces ni lo nota. Para ella, es mejor no tenerme cerca. Y a mí no me parece que le alegre cuando regreso.
Entre imágenes brumosas y palabras susurradas, supe que Eulalia vivía con una madre ausente, tan etérea como las nubes de Madrid. Ella andaba de aquí para allá buscando compañía, quedándose a dormir con conocidos, mientras Eulalia aprendía a sobrevivir sola, alimentándose de sobras y del calor que encontraba por azar.
Aquella noche, me sentí incapaz de devolver la niña a las calles de mis sueños. Ya soy jubilada, pensé, ningún funcionario de los servicios sociales de Castilla me dejaría ser su tutora. Y Eulalia no quería ni oír hablar de un centro de menores. La alimenté con tortilla y pan recién hecho, y le di permiso para quedarse una noche más, en la seguridad de mi refugio de piedra y glicinas.
Me pasé la noche en vela, cavilando sobre el destino de aquella pobre criatura. Al alba recordé a Basilisa Romero, una vieja amiga que trabaja en Servicios Sociales. Fue la primera a la que llamé en cuanto la luz rasgó las cortinas. Basilisa, con la calma de quienes han visto de todo, me prometió ayuda pero era necesario esperar. Tras tres semanas de trámites y vueltas burocráticas, logré adoptar a Eulalia como si así lo hubiera decidido el propio sueño.
Eulalia, radiante, me abrazó con lágrimas insólitas. Su madre firmó los papeles de la renuncia maternal como quien se quita una piedra del zapato. Ahora vivimos juntas, y Eulalia va contando por todas las plazas y parques que soy su abuela celestial. Yo, por mi parte, agradezco a la vida o quizás al caprichoso azar del sueño por regalarme esta nieta improbable.
La niña es lista y creativa, de esas que sorprenden a las maestras del colegio con sus respuestas. Este otoño empezó primero de primaria en la escuela del pueblo y las profesoras solo tienen palabras buenas para ella. Eulalia aprendió a leer en pocas semanas y ya suma y resta pesetas y euros con la soltura de una mercader de la antigua Castilla.







