¡Haz esto, haz lo otro, hazlo ya, hazlo siempre, hazlo tú! – Llevo escuchándolo toda mi vida. Ya estoy harta. A los 54 años, voy a divorciarme. Temprano por la mañana, una vecina me llamó y me preguntó: – ¿Has oído lo que ha hecho tu primo? – No, ¿qué ha pasado? – Parece que va a pedir el divorcio a los 54 años, después de 30 años de matrimonio. Al escuchar semejante noticia, como se suele decir, se me cayó la mandíbula. ¿Cómo es posible? Al fin y al cabo, parecen una familia normal, su marido no bebe, es ahora pensionista, nueve años mayor que ella. Tienen tres hijos adultos, todos viviendo aparte, y ya cinco nietos. Y, de repente, ella decide divorciarse. ¿Tal vez alguien se ha confundido? Así que llamé enseguida a mi prima y le propuse quedar. Acordamos encontrarnos en el parque para hablar con tranquilidad. Y esto fue lo que escuché… -Ya no puedo más, he dado vueltas como un hámster en una rueda toda mi vida. Mi marido trabajaba y yo también, pero tras una jornada de trabajo, él se tiraba al sofá y veía la tele o descansaba, o quizá se iba de cañas con los amigos, mientras yo comenzaba mi segundo turno, en casa. Creo que muchas mujeres saben a lo que me refiero. Llegas a casa tras el trabajo y empiezas: lavar la ropa, preparar la cena, dejar algo listo para el día siguiente, porque los niños van a necesitar comer después del colegio. Luego toca limpiar, lavar los platos, pasar la aspiradora porque el marido está cansado y los hijos no tienen tiempo, tienen deberes y actividades extraescolares. Y mil cosas más que conocemos todas las amas de casa. Siempre tuve la esperanza de que, cuando los niños crecieran, sería más fácil. Pero me equivoqué. Los niños crecieron, mi marido se jubiló y yo sigo trabajando. Y ahora, mi querido esposo está siempre en casa o de pesca, pero nunca hace nada en casa. Cada vez espera que llegue yo y que lo haga todo sola. La gota que colmó el vaso fue cuando me resfrié y, cuando volvió de pescar, no me preguntó cómo estaba ni si necesitaba algo, sino que abrió la nevera y empezó a gritar por qué no había nada de comer, que por lo menos podía haber hervido unas patatas, que total, no era tan difícil. Le contesté que, si tan fácil era, que lo hiciera él. Y me respondió: – ¿Para qué quiero una esposa si tengo que cocinar yo? Cuando escuché eso, le dije que estaba harta, que íbamos a divorciarnos. Vamos a dividir el piso y viviremos separados. Al menos viviré un poco para mí. A mis hijos no les gustó mi decisión. Dijeron que le dejo solo y que no sabe hacer nada, que va a morir de soledad. Pero ya no me importa. Esto se lo ha buscado él solo. Si no valora lo que tiene, que aprenda lo que es. Así es. Puede que al final todo se tranquilice, pero mi prima tiene las ideas muy claras. Yo tengo mis dudas, porque no es fácil quedarse solo en la vejez. ¿Y tú qué piensas?

Trae, trae, trae, trae, trae… llevo escuchando esto toda mi vida. Ya estoy harta. A los 54 años, voy a pedir el divorcio.

Esta mañana temprano, una vecina me ha llamado y me pregunta:

¿Has oído lo que ha hecho tu prima?

No, ¿qué ha pasado?

Pues parece que va a pedir el divorcio con 54 años, después de treinta años de matrimonio.

Sinceramente, me he quedado sin palabras ante esa noticia. Al fin y al cabo, parecía una familia normal. Su marido no bebe, está jubilado y tiene nueve años más que ella. Tienen tres hijos adultos, cada uno vive por su cuenta, y ya disfrutan de cinco nietos. Y de repente, ella decide separarse.

Pensé que quizá alguien se había equivocado. Así que llamé enseguida a mi prima y le propuse quedar. Decidimos vernos en el Retiro para charlar tranquilamente. Y esto fue lo que me contó

No puedo más, llevo años girando como un ratón en la rueda de la vida. Mi marido trabajaba y yo también, pero llegando a casa, él se tumbaba en el sofá a ver la tele o se iba de cañas con los amigos, y yo empezaba mi segundo turno, en casa. Creo que muchas mujeres saben a lo que me refiero.

Regresas del trabajo y empiezas: poner la lavadora, preparar la cena, dejar algo para el día siguiente porque los niños necesitarán comer algo al volver del colegio. Luego toca limpiar, fregar los platos, pasar la aspiradora, porque el marido está cansado y los niños están con los deberes y actividades extraescolares. Y muchas, muchas cosas más que conocen todas las amas de casa.

Pensé que todo mejoraría cuando los niños crecieran. Pero me equivoqué. Los hijos se hicieron mayores, mi marido se jubiló, y yo sigo trabajando.

Ahora, mi querido esposo está siempre en casa, o se va a pescar, pero nunca hace nada en el piso. Siempre espera a que vuelva y lo haga yo sola.

La última gota fue cuando cogí un resfriado y, al volver él de la pesca, ni preguntó cómo estaba ni si necesitaba algo; directamente abrió la nevera y empezó a gritar porque no había nada para cenar, que al menos podía haber cocido unas patatas, que tampoco era para tanto.

Le respondí que, si era tan fácil, que las hiciera él mismo. Y me contestó:

¿Para qué quiero una esposa si tengo que cocinar yo?

En ese momento le dije que estaba harta, que me iba a divorciar. Dividiríamos el piso y viviríamos cada uno por su lado. Y por fin podría vivir al menos un poco para mí.

A los hijos no les ha gustado mi decisión. Dicen que le abandono, que no sabe hacer nada y que se va a morir solo.

Pero a mí ya no me importa. Se lo ha buscado él. Si no valora lo que tiene, que vea lo que es estar solo.

Así están las cosas. Puede que todo se calme, pero mi prima está decidida.

Yo tengo mis dudas, porque tampoco es fácil quedarse solo y mayor.

¿Tú qué pensarías?

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¡Haz esto, haz lo otro, hazlo ya, hazlo siempre, hazlo tú! – Llevo escuchándolo toda mi vida. Ya estoy harta. A los 54 años, voy a divorciarme. Temprano por la mañana, una vecina me llamó y me preguntó: – ¿Has oído lo que ha hecho tu primo? – No, ¿qué ha pasado? – Parece que va a pedir el divorcio a los 54 años, después de 30 años de matrimonio. Al escuchar semejante noticia, como se suele decir, se me cayó la mandíbula. ¿Cómo es posible? Al fin y al cabo, parecen una familia normal, su marido no bebe, es ahora pensionista, nueve años mayor que ella. Tienen tres hijos adultos, todos viviendo aparte, y ya cinco nietos. Y, de repente, ella decide divorciarse. ¿Tal vez alguien se ha confundido? Así que llamé enseguida a mi prima y le propuse quedar. Acordamos encontrarnos en el parque para hablar con tranquilidad. Y esto fue lo que escuché… -Ya no puedo más, he dado vueltas como un hámster en una rueda toda mi vida. Mi marido trabajaba y yo también, pero tras una jornada de trabajo, él se tiraba al sofá y veía la tele o descansaba, o quizá se iba de cañas con los amigos, mientras yo comenzaba mi segundo turno, en casa. Creo que muchas mujeres saben a lo que me refiero. Llegas a casa tras el trabajo y empiezas: lavar la ropa, preparar la cena, dejar algo listo para el día siguiente, porque los niños van a necesitar comer después del colegio. Luego toca limpiar, lavar los platos, pasar la aspiradora porque el marido está cansado y los hijos no tienen tiempo, tienen deberes y actividades extraescolares. Y mil cosas más que conocemos todas las amas de casa. Siempre tuve la esperanza de que, cuando los niños crecieran, sería más fácil. Pero me equivoqué. Los niños crecieron, mi marido se jubiló y yo sigo trabajando. Y ahora, mi querido esposo está siempre en casa o de pesca, pero nunca hace nada en casa. Cada vez espera que llegue yo y que lo haga todo sola. La gota que colmó el vaso fue cuando me resfrié y, cuando volvió de pescar, no me preguntó cómo estaba ni si necesitaba algo, sino que abrió la nevera y empezó a gritar por qué no había nada de comer, que por lo menos podía haber hervido unas patatas, que total, no era tan difícil. Le contesté que, si tan fácil era, que lo hiciera él. Y me respondió: – ¿Para qué quiero una esposa si tengo que cocinar yo? Cuando escuché eso, le dije que estaba harta, que íbamos a divorciarnos. Vamos a dividir el piso y viviremos separados. Al menos viviré un poco para mí. A mis hijos no les gustó mi decisión. Dijeron que le dejo solo y que no sabe hacer nada, que va a morir de soledad. Pero ya no me importa. Esto se lo ha buscado él solo. Si no valora lo que tiene, que aprenda lo que es. Así es. Puede que al final todo se tranquilice, pero mi prima tiene las ideas muy claras. Yo tengo mis dudas, porque no es fácil quedarse solo en la vejez. ¿Y tú qué piensas?
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