¡Me voy a vivir con mi padre, al que tú me arrebataste! ¡Ya no te quiero! me espetó mi propia hija.
Mi hija Lucía tiene ya trece años, y este verano se fue al pueblo a pasar las vacaciones con su abuela. Aunque mi esposo y yo llevamos años divorciados, jamás la he molestado con temas de su familia. La madre de mi exmarido, doña Carmen, siempre fue una mujer encantadora. Jamás dudé de que cuidaría bien de mi hija. Juegos familiares, todo muy castizo.
Hace cinco años que Julián, el padre de Lucía, y yo nos divorciamos. Él se enamoró locamente y la chica nueva se quedó supuestamente embarazada. Julián no tardó en comunicarme que quería separarse. Sin embargo, en medio del proceso, salió a la luz que aquella mujer, en verdad, no estaba embarazada.
Entonces, Julián intentó retractarse y me rogó posponer el divorcio. Nunca solicité pensión alimenticia; él me cedió su parte del piso y nunca firmamos acuerdo alguno, Julián confiaba en mi honradez.
Procuré no discutir con él por nuestra hija, aunque no siempre era posible. Una vez se llevó a Lucía dos días, pero luego, repentinamente, decidió traerla de vuelta la misma noche, justo cuando yo ya me encontraba a doscientos kilómetros de Madrid. Tuve que correr a casa. Otra vez, la llamó diciendo que iría a recogerla ese día, y Lucía se quedó esperando todo el día al padre, que ni siquiera se dignó avisar de su cambio repentino de planes.
Siempre llevé buena relación con mi exsuegra, Carmen. Viudísima y absorbida por su trabajo, no prestaba atención ni a su hijo ni a su nieta. Pero tras jubilarse, dedicó de pronto todo su tiempo a Lucía.
Este verano, sin embargo, todo se torció, y el regreso de Lucía de casa de la abuela supuso el inicio de una guerra doméstica. Además de Lucía, aquel verano también estaba de vacaciones en el pueblo el otro hijo de Carmen y su esposa embarazada, de apenas veinte años. El nuevo marido de la joven conocía una versión alternativa del divorcio, que le convenía. Según él, yo fui quien engañó a Julián, y afirmaba haberme pillado en flagrante varias veces.
Almudena, la nuera embarazada, no dudó en contarle a la niña de trece años qué tipo de madre tenía. Lucía buscó explicaciones en casa de la abuela. Julián se mantuvo firme, y Carmen, temiendo perder autoridad ante la nieta y la nuera, lo apoyó.
Por aquel entonces, no entendía por qué Julián dejó a Lucía en la puerta y se largó enseguida. Lucía entró en casa volando y, desde el umbral, empezó a acusarme de haber destrozado nuestra familia.
Me voy a vivir con mi padre, al que tú apartaste de mí. ¡Te odio! me gritó Lucía.
Intenté explicarle que todo eran mentiras, pero no me escuchó, y me advirtió que, si no la dejaba ir con Julián, se escaparía.
Si de verdad quieres irte, es tu derecho, vamos a prepararte la mochila le contesté.
La dejé frente a la puerta. Esperé un rato y me marché. Ellos habían montado el lío, así que les tocaba arreglarlo. Al día siguiente pedí el día libre en el trabajo y me fui a casa de mi amiga, sólo podía pensar: ¡A la porra todo esto!
Mi exmarido empezó a llamarme y a bombardearme con mensajes. Me acusaba de abandonar a nuestra hija por él, y aseguraba que Lucía estaba haciendo la vida imposible a su esposa embarazada. Contesté a todos sus mensajes con una sola respuesta, sugiriéndole que le contara de una vez la verdad a nuestra hija sobre por qué nos divorciamos.
Al poco, apareció Carmen y empezó a acosarme con preguntas: que por qué obligaba a Lucía a elegir entre su padre y su abuela. Luego dijo que la niña ya era mayor, que sobreviviría a esa pequeña mentira. Pero Almudena, la nuera embarazada, si se enteraba de la verdad, se enfadaría muchísimo, y si le pasaba algo a su bebé, yo lo tendría en mi conciencia.
Lo que me mató fue la lógica de Carmen: no le apenaba la nieta, sino que temía por el matrimonio de su hijo, que empezó con una mentira.
No recogeré a mi hija hasta que le digáis la verdad. le dije a Carmen.
El asunto ardía cada día más, pero por principios me negué a recibir a Lucía mientras no conociera la verdad. Julián intentó zafarse del asunto y me insistía para que la recogiera, pero todo seguía igual.
Cuando regresé de casa de mi amiga, alquilé un piso para evitar que Julián me dejara a Lucía y todas sus cosas, por error, en la puerta. El verano casi acababa y la cosa seguía sin resolverse. Si Julián y Carmen no le contaban a mi hija la verdad, que ellos mismos la llevaran al instituto. Yo no iba a convivir con una niña que sólo sentía odio hacia mí.
Todo parecía flotar en el aire, como si el sol y las sombras se mezclaran y las voces salieran de cuadros y relojes, y Lucía se transformara fugazmente en pájaros y perros, pidiendo respuestas mudas entre maletas y llaves de platino. Nadie encontraba la puerta real; la verdad, como un río subterráneo, seguía sin fluir, y la casa se volvía una ruina donde sólo el eco contestaba a los reproches. Cada conversación era una frontera borrosa, cada recuerdo un laberinto sin salida, y yo, desvanecida en aquel sueño extraño, sólo quería despertar en alguna estación de tren donde la tristeza no tuviera nombre.







