Mira, te tengo que contar esto como cuando nos tomamos un café y hablamos de los tiempos duros. El invierno del 87 fue uno de esos inviernos en los que la gente ya no recordaba el frío que hacía, sino lo largas que eran las colas en las tiendas del barrio. Había nieve para aburrir, pero el barrio siempre se despertaba antes que el sol. A las cinco de la mañana, delante del ultramarinos de la calle Mayor, aún estaba todo a oscuras, pero la cola ya estaba formada.
Nadie tenía claro qué iban a traer ese día. Un rumor corría entre susurros: Hoy hay carne y leche. Y así iban llegando, cada uno con su botella vacía en la bolsa, el abrigo más gordo que encontraban y la cara todavía pegada a la almohada. Se ponían en fila sin prisa, como si llevaran haciéndolo toda la vida.
A Inés le tocó la sexta. Tenía treinta y ocho años y trabajaba en una fábrica textil. Había puesto el despertador a las cuatro y media, se tomó el café en penumbra y salió de casa sin hacer ruido. En el piso quedó su marido, medio dormido, soñando con tener algo diferente en la mesa ese día.
La cola creció en un santiamén. Se organizaron con listas en papeles arrancados, alguien llevaba la cuenta de los números y otro se permitía ir y volver a casa. Había quien repartía té de un termo, alguna que otra broma seca para aguantar el frío y el aburrimiento, pero nadie se quejaba demasiado alto; no valía para nada.
A eso de la mitad de la cola, Inés la vio. Estaba un poco apartada, pegada al muro frío del edificio, menuda, con un pañuelo fino anudado bajo la barbilla y un abrigo que no soportaba aquellas temperaturas. Le temblaba el cuerpo, la bolsa colgando floja de la mano.
Era doña Pilar.
Inés la reconoció al instante. Vivía dos portales más allá. Se había quedado viuda hacía nada, apenas dos meses. Desde que su marido se fue de repente, casi no se la veía por la calle. Ahora estaba allí, callada, con la mirada clavada en el suelo.
¡Doña Pilar! llamó Inés.
La mujer levantó la cabeza despacio, como si no esperara una voz amiga. Al verla, sonrió, leve.
Inés miró su sitio en la fila. Era el quince. Miró otra vez a la anciana.
Venga, doña Pilar, venga para acá. Póngase donde estaba yo, aquí delante. No puede quedarse ahí pasando frío.
Doña Pilar intentó protestar, pero Inés ya estaba apartándose para abrirle paso. Nadie dijo nada, pero todo el mundo entendió lo que pasaba. Alguien murmuró déjala, hija. La anciana tomó el sitio de Inés y ella se fue para atrás, tan tranquila.
Pasaron casi cuarenta minutos más. La cola avanzaba muy despacio. Cuando por fin abrieron el ultramarinos, la noticia llegó sin rodeos: La leche y los huevos solo alcanzan para los doce primeros.
Inés repasó rápido y supo, así de golpe, que ya no le iba a tocar nada esa mañana. Pero se alegró al pensar que, al menos, doña Pilar, que estaba adelante gracias a su sitio, no se iba a ir a casa con las manos vacías.
¿Dónde vas? Vuelve aquí, era tu puesto, niña. Yo soy ya mayor, no necesito tanto. Y tú no puedes marcharte sin nada le gritó la buena mujer.
No hace falta, de verdad, doña Pilar. Le cedo mi sitio encantada, me las arreglaré hasta otro día.
Anda, muchacha, ven aquí conmigo, colócate a mi lado. Yo me voy, ya no espero más
Los demás miraban la escena con esa mezcla de sorpresa y admiración que da el ver algo bueno cuando todo está cuesta arriba. Era raro, porque hacer favores con el estómago vacío no estaba al alcance de todos, y menos en público.
Inés se acercó, un poco desconcertada por la cabezonería de la mujer. La agarró del brazo y le susurró:
Quédese aquí, doña Pilar, no se vaya. Si quiere, nos quedamos las dos en la cola. Y lo que nos den, lo compartimos. Pero no se vaya con las manos vacías.
La anciana asintió, callada. Se arrimaron para darse calor, dos figuras chicas y apretadas, pegadas una a la otra, dejando pasar el tiempo hasta que, por fin, les tocó. Quedaba solo una ración: algo de leche, unos cuantos huevos y un trozo pequeño de carne.
Inés ni lo dudó:
Lo repartimos.
La dependienta las miró, a sus manos agitadas por el frío, la manera que tenía la viejita de apoyarse en Inés, y cómo las dos ni miraban el reloj, como si lo importante fuese no irse sin nada. Ella también lo pensó un segundo, dejó la balanza, bajó un poco la persiana para que los de atrás no vieran, y sacó la última botella de leche, la que guardaba por si acaso. La puso sin decir palabra en la bolsa de doña Pilar.
Después, partió la carne en dos, puso su parte justa de huevos y cerró bien las bolsas.
Así va mejor, dijo bajito. Para que os llegue a las dos.
Inés iba a decir algo, pero no le salió. Doña Pilar bajó la cabeza, murmuró un que Dios se lo pague que se perdió entre los murmullos y el traqueteo de las cajas.
La dependienta levantó la mano, despidiéndolas.
Hale, id tirando, que ya habéis pasado bastante frío.
Salieron al aire, sin mirar atrás. Nevaba despacio. La cola se había hecho más pequeña. La gente, los que vieron la escena, no decían nada, pero lo recordaban bien.
Esta historia no es de las que salen en los periódicos. Quedó solo entre los que estaban esa mañana en la cola del ultramarinos de la calle Mayor, pero llegó donde tenía que llegar: al corazón de unos cuantos que necesitaban saber que no estaban solos aunque nadie lo dijera en alto.
Más adelante, la gente la contaba en voz baja, sin adornos. ¿Sabes lo que pasó una vez en la cola de la tienda? Así empezaban las historias. Nadie las decía como cosas de película; eran recuerdos sencillos.
Porque en aquellos años, las colas no iban solo de comida: iban de gente. De cómo nos mirábamos sabiendo quién iba antes, de guardar el sitio si alguien tenía que irse un segundo, de dejar pasar delante a un abuelo o a una madre cansada. De cómo, con ese poquito de cada uno, montábamos una especie de normalidad.
Lo de Inés y doña Pilar es solo un ejemplo de los muchos que ocurrieron ante tantísimos ultramarinos y tantas mañanas frías. No todas acabaron bien, pero hubo suficientes para que no se olviden.
Y es que, a veces, cuando todo faltaba, lo único que no se acabó nunca fue la humanidad.
Si esta historia te ha traído un recuerdo, cuéntalo, hombre, que hay relatos que solo piden seguir viviendo.






