Eres más acomodado que los demás, así que tus regalos deberían reflejarlo, murmuró la suegra entre las sombras y vasos de Rioja.
Era una noche fría pero suave en Madrid cuando Gonzalo se dejó caer en el sofá junto a su esposa, Carmen.
¿Qué le regalamos este año a tu madre? Ni siquiera tengo una pista dijo, con la voz arrastrada como hojas en otoño.
Carmen suspiró, como si con ello pudiera barrer de la sala el dilema de siempre. Elegir un regalo para su suegra era un laberinto sin Minotauro, pero con muchas puertas cerradas.
La relación con Rosario Ruíz había sido complicada desde el inicio, como un cuadro colgado torcido que nadie se atrevía a enderezar.
Gonzalo ya asumía la distancia gélida de su madre, y juntos, la pareja había aprendido a poner un océano imaginario de por medio.
No se debían nada; apenas llamadas fugaces y, si el calendario presionaba mucho, alguna comida en grupo, donde la conversación era tan transparente como un vidrio empañado.
Este año, Rosario había decidido celebrar por todo lo alto su setenta cumpleaños en Salamanca. Invitó a toda la familia, incluyendo a los jóvenes esposos.
Por cierto, mamá dice que le hará ilusión cualquier regalo recordó de pronto Gonzalo, como si ese matiz lo salvara de algo.
Eso lo repite siempre, pero luego pone cara de alcachofa amarga rió Carmen, arrugando el ceño. Tu hermana puede regalarle lo que quiera, pero nosotros siempre tenemos que pasarnos de listos.
Recordaba muy bien aquel último Día de la Madre. Le habían regalado un lujoso set de cremas. Lo único que Rosario obtuvo de ello fueron lágrimas en los bolillos y un reproche: ¿Tan vieja y fea me creéis ya?.
¿Ha habido algún regalo nuestro que le agrade realmente? Sólo el oro y los aparatos electrónicos. Porque su precio se calcula de un vistazo suspiraba Carmen, como si recitara una maldición.
Quizás debería llamarla y preguntarle directamente dudó Gonzalo, girando su móvil entre las manos.
Haz lo que quieras replicó Carmen, negando con la cabeza, como quien acepta que va a soñar de nuevo el mismo sueño.
Gonzalo marcó el número de Rosario, cruzando los dedos en busca de una pista sobre el regalo adecuado.
Ay hijo, no me falta de nada. Que vengáis ya es un regalo respondió Rosario, tímida, como quien esconde un as de bastos bajo la manga.
De verdad, mamá, ¿no te molestarás si te llevamos algo pequeño? insistió Gonzalo, con la inquietud de quien espera que la lotería no toque.
¡Claro que no! Cualquier cosita me basta se rió la madre, pero la carcajada le sonaba a eco de pozo.
Dice que lo que queramos, resumió Gonzalo para Carmen, con un despiste de monje en el claustro.
Carmen miró a su marido, escéptica. No se fiaba de la franqueza de la suegra ni con un seguro de vida.
Como Gonzalo insistía en elegir el regalo a su gusto, ella cedió, resignada, como quien mira llover por la ventana.
Pues propongo un robot aspirador, así no tiene que pelearse más con el dichoso tubo por la casa comentó Carmen, tras ajustar el presupuesto con la calculadora y el anhelo.
Eso decidieron. Compraron un robot aspirador más de mil euros y pusieron rumbo a Salamanca, con el alma algo más ligera.
Rosario los recibió con sonrisas de porcelana entre volantes, pero en cuanto vio la caja del robot, su rostro se cubrió de nube y relámpago.
¿Y esto para qué? susurró casi para sí, soltando un suspiro que enredó al viento. Déjalo ahí, hijo, en el despacho.
Carmen se quedó unos minutos de pie, sin comprender por qué Rosario valoraba tan poco su regalo, igual que si le hubiesen traído un pez de papel.
Poco después llegaron la cuñada, Lola, y su marido. Lola se lanzó al cuello de su madre y anunció:
¡Mami, esto es para ti!
¡Gracias, reina! Sois fantásticos exclamó Rosario mientras abrazaba a su hija, derramando entusiasmo sobre un simple envoltorio.
Carmen, curiosa, escudriñó el paquete que tanto entusiasmo despertaba en la homenajeada y no pudo reprimir el asombro: era apenas un set de cremas básicas del supermercado, no costaría ni diez euros.
Buscó la mirada de Gonzalo, quien también había presenciado el misterio en technicolor.
En la cara de Gonzalo se leía la frustración, un mapa de decepción en cada arruga de la frente.
Las horas pasaban densas como miel, hasta que Rosario volvió a alabar las cremas de Lola y a Gonzalo se le incendió la paciencia.
Mamá, ¿podemos hablar? le pidió, llevándola a un rincón de la fantasía.
¿Qué pasa ahora? preguntó ella, alzando una ceja tan afilada como una guitarra flamenca. ¿Hay algún drama?
Sí, mamá. ¿No recuerdas lo que me dijiste sobre el regalo? reclamó Gonzalo, con el eco del cuarto de baño en la voz.
Pues claro.
¿Entonces por qué desprecias nuestro regalo y te deshaces en halagos con ese paquete barato? inquirió, dolorido. No me digas que todo me lo invento.
No lo diré. Vosotros sois más ricos que Lola. Vuestros regalos deberían estar a la altura rezongó Rosario, como quien cuenta pesetas en un sueño eterno.
¿Y según tú, qué deberíamos regalarte, entonces? insistió Gonzalo, con el ceño tan arrugado como un churro mojado en chocolate. ¿Regalos con factura adjunta para que estés tranquila?
Venga, que empezamos de nuevo atajó Rosario, queriendo cerrar el telón. ¿Qué culpa tengo de que me gusten más los regalos de Lola?
¿Será porque no sabes cuánto cuesta el nuestro? espetó Gonzalo, casi sarcástico. Por si te interesa, cuesta más de mil euros.
¿Tan caro? dijo Rosario, con una sorpresa falseada, como si el tiempo retrocediera hacia la peseta.
Pero enseguida buscó escapar del laberinto con nueva lógica onírica.
¿Sabes por qué valoro más los regalos de Lola? Porque da lo que puede, y vosotros parecéis marcar la X en la casilla, sin sentirlo dijo Rosario, levantando la barbilla como quien desafía a la luna.
¿Hablas en serio, mamá? Gonzalo pasaba la mano por el pelo, como quien busca la raíz cuadrada del sueño.
¿Parece esto una broma? Con vuestro sueldo, unas vacaciones termales hubieran sido más apropiadas sentenció Rosario, estirándose en el asiento como una reina destronada.
Gonzalo quedó tan estupefacto que la miró con los ojos abiertos de par en par, sin parpadear, como una estatua en el Retiro.
¿De verdad crees que el dinero nos cae como maná del cielo? logró decir tras unos instantes de silencio de feria.
El debate atrajo a Carmen y a la cuñada, que se asomaron a la puerta, sorprendidas por el estruendo de palabras.
Lola, ágil cual gato, captó el sentido y se puso del lado materno.
Mamá no quería un robot. Se le rompió el humidificador hace tres días. Si os preocuparais más por su vida, lo sabríais reprochó Lola, afilando la frase como una daga.
¡Pero si he preguntado explícitamente! bufó Gonzalo entre dientes. ¿Os burláis de mí? ¡Basta de regalos! Solo recibimos reproches. El robot te parece mal y ahora resulta que querías un humidificador. ¡Disculpa que no hayamos adivinado tus sueños! Carmen, nos vamos.
Rosario se desplomó en lágrimas, y mientras Lola intentaba consolarla, Gonzalo y Carmen desaparecieron entre las calles adoquinadas con paso rígido.
Gonzalo mantuvo su promesa evaporada: para no comprar más regalos ni sentirse el bufón del sueño familiar, decidió que nunca más pisaría una fiesta en casa de su madre y así evitarse tempestades de domingo.







