Mi esposo volvió de una larga temporada de trabajo, pero no regresó solo: en brazos traía a un pequeño niño
Carmen sacó del horno una bandeja de empanada gallega, inundando la cocina con el aroma del atún y el tomate que tanto le gustaban a su marido, Víctor. En la encimera hervía una olla de cocido madrileño y en el fuego terminaba de hacerse un compot típico de manzana. Solo faltaban unos minutos para que todo estuviera listo; Carmen quería que el aroma lo recibiera nada más cruzar la puerta.
Cubrió la empanada con un paño blanco y se asomó a la ventana. Su casa, una vivienda unifamiliar en el centro de Salamanca, quedaba justo enfrente de la parada de autobús donde debía bajarse Víctor, de vuelta de Almería. Hacía tres meses que no lo veía; trabajar a turnos en la obra lo tenía casi toda la mitad del año lejos y, aunque el dinero venía bien, para Carmen era durísimo pasar noventa días completamente sola. La casa siempre exigía arreglos, y no hay paredes que resistan una gotera sin una mano de hombre en condiciones.
La casa era de ella, heredada de sus padres. Cuando se casaron, Víctor vendió su piso en Alcalá de Henares para iniciar un pequeño negocio con el dinero, pero la cosa salió mal y acabó dedicándose a ir de obra en obra por toda España. Todo el mundo le decía que al menos el sueldo era decente, pero a Carmen la soledad le estaba empezando a pesar; tenía veintiocho años y a ratos hasta olvidaba que estaba casada.
No habían tenido hijos porque Víctor decía que todavía no era el momento, y lo repetía cada vez que el tema salía a la mesa.
Mira, Carmen, ahora mismo estoy fuera tres meses seguidos, ¿cómo vas a apañarte sola con un bebé? Aguantemos así un poco, cuando pueda dejar los turnos busco una faena en Salamanca y ya pensamos en ampliar la familia.
Pero ese aguantemos un poco se había convertido en rutina, y por si fuera poco, justo esa semana se había abierto una mancha de humedad en el techo de la habitación que Carmen no podía dejar de mirar. Le puso un barreño debajo cada vez que llovía; ya le había contado a Víctor que al llegar tendría que reparar el tejado, y ella sabía que eso le pondría de mal humor: caro y engorroso como pocos trabajos.
A pesar de todo, Carmen lo esperaba con cariño. Víctor era atento, cariñoso, la llamaba cada día y le preguntaba si necesitaba algo. Ella lo amaba y siempre pedía el día en el trabajo cuando él volvía, para recibirlo con toda la casa bien guisada y el postre en la mesa.
Ese día, el avión había aterrizado en Madrid ya hacía horas. A Víctor solo le quedaba coger el autobús de línea hasta Salamanca. Carmen sintió un cosquilleo extraño en el pecho cuando vio llegar el autobús. Desde la ventana, lo vio bajar, con su mochilón de siempre, pero algo la dejó petrificada: venía con un niño pequeño en brazos. Un niño muy chico, de esos que aún llevan chupete. Carmen, que apenas trataba con niños, no supo calcular la edad. Víctor tenía rostro serio y no la saludó con su animoso gesto habitual, y cómo iba a hacerlo, si traía los brazos llenos.
Se le heló la sangre al ver que caminaba hacia la casa. ¿Sería algún familiar? ¿Habría pasado algo? ¿Por qué traía a ese niño consigo? Y sobre todo, ¿por qué no la había avisado?
Víctor abrió la puerta, dejó la mochila caer y depositó con cuidado al niño en el suelo. El pequeño se agarró a su pierna y miró a Carmen con unos ojos enormes y asustados, chupándose el dedo. Estaban los tres congelados en el recibidor, sin atreverse a moverse.
¿No me vas a dar un beso tras tanto tiempo, Carmen? dijo Víctor, abriendo los brazos. Pero en su voz no había alegría, y en sus ojos no chispeaba la broma de siempre.
Carmen lo abrazó, con una extraña rigidez, contestando apenas a su beso antes de preguntar a media voz:
¿Y este niño? ¿Qué pasa, Víctor?
Él suspiró tan hondo que a Carmen le dio miedo la respuesta. Tomó la mano del niño y dijo:
Ven, Pablo, vamos a quitarnos los zapatos y te enseño una cosa. Siéntate en la cama y ponte a jugar con este avión dijo, dándole su adorado modelo de aeroplano, ese al que nunca dejaba ni que tocara el polvo. Carmen se quedó aún más inquieta.
En cuanto cerró la puerta, Víctor volvió a la cocina, se sentó y pidió, con media sonrisa:
¿Me sirves algo de comer?
Carmen le puso un cuenco de cocido bien caliente y trozos de la empanada gallega, sentándose enfrente y esperando, como quien teme una condena.
Víctor comía sin levantar la mirada, sabiendo que tenía que soltarlo, hasta que casi de golpe dijo:
Es mi hijo. Ese niño, Pablo, es hijo mío.
Carmen jadeó como si se le escapara el aire. Rezó por que fuera una broma de mal gusto, pero el rostro triste de Víctor no dejaba lugar a dudas.
Siguió él, atragantado:
Fue un error, Carmen Allí, en la obra, fueron un par de veces con una cocinera de Asturias. No me lo dijo, y de repente, un día, aparece con el bebé. Dijo que era mío, y créeme si te digo que se parece a mí declaró, seguro.
Carmen se quedó helada, sin saber si era peor la traición o la mentira. Notó que la rabia la invadía, apenas pudo articular:
¿Tú, que nunca querías hijos, y resulta que ya tienes uno? ¿Cómo has podido?
No creas que buscaba esto. Ella no me dijo nada cuando se quedó embarazada. Y ha muerto, Carmen. Un accidente absurdo. Un jabalí la atacó volviendo del trabajo por un camino solitario. Yo era su padre oficial y he tenido que hacerme cargo de Pablo.
¿Y ahora qué piensas hacer? preguntó Carmen, desbordada.
Lo que tú me digas. Si nos echas, nos vamos. Pero quiero que sepas que eres lo más importante de mi vida. Fue un desliz, no volverá a pasar. Pero Pablo no tiene a nadie más. Si me perdonas, estaré a tu lado para siempre.
Carmen miró a su marido y vio en sus ojos la verdad. Él siempre volvía, ella siempre lo esperaba. Sabía que lo perdonaría, tarde o temprano. Aun así, al niño no podía ni mirarlo.
Con la cabeza ardiendo, salió de la casa y caminó sin rumbo bajo la lluvia que ya moqueaba por el cielo de la ciudad dorada. Desquiciada, acabó sentada junto al río Tormes, pero muy en el fondo de su ser, supo en ese instante que no dejaría que Víctor y el niño se fueran. No podía vivir sin su marido, y aprendería a vivir con el niño.
Volvió bien entrada la noche. El niño dormía en un sillón cama, bajo la luz cálida de una lámpara. Carmen se acercó, lo miró: un chiquillo delgado, con ojeras y sueño inquieto. Era imposible que le naciera un solo atisbo de ternura; solo sentía rechazo.
Pablo tenía dos años, era callado y asustadizo. Carmen hacía todo lo posible por no mostrarle desprecio, pero los niños notan cualquier cosa, y Pablo jamás se acercaba a Carmen, siempre pegado a Víctor. Pero ni siquiera Víctor era muy tierno con él; cumplía, lo bañaba y alimentaba, solo lo justo para que el niño no molestara mucho.
La primera semana Carmen no habló ni con Víctor ni con Pablo. Iba por su casa como un fantasma, topándose sin querer con la presencia del niño. Víctor, al notar que ella no los echaba, empezó a comportarse como siempre, arreglando la gotera y tapando los desconchados. Poco a poco, la rutina volvió, la hostilidad se fue enfriando. Al cabo del primer mes, Carmen ya lo había perdonado de alma para afuera, aunque seguía ignorando al pequeño.
Dos meses después, cuando Víctor iba a regresar a la obra, Carmen preguntó con tono frío:
¿Qué vas a hacer con el niño cuando te vayas?
No puedo llevármelo a la obra, Carmen, ¿dónde lo dejo yo en una caseta entre grúas? Ya tiene plaza en la guardería de la calle Azafranal. Solo tendrías que llevarlo y recogerlo cada día.
Viendo la expresión iracunda de Carmen, añadió:
No te pido que lo quieras, sé que eso es mucho. Solo cuida de él; no te dará problemas, es un niño muy independiente.
En ese momento, Pablo salió de la habitación, ojos grandes y tristes, y Carmen pensó: ¿qué entenderá un niño de dos años de todo este desamor?
Más de lo que pensaba, resultó. Tras la marcha de Víctor, Pablo se volvió aún más ausente. Se vestía solo, callado, no pedía ni agua. Carmen lo recogía cada tarde y le servía la cena en silencio.
Hasta que una tarde, Pablo apartó el plato y murmuró que no quería comer, retirándose a su cuarto.
No jugaba, ni leía cuentos, ni hacía ruido. Carmen lo miró de reojo y le llamó la atención su carita roja como un tomate. Al tocarle la frente, sintió que quemaba. Se asustó, lo sacudió para despertarlo, y al verle tan aturdido, empezó a temblar.
¿Te duele algo, Pablo?
Mucho, la cabeza y la garganta. Y ayer vomité en el cole.
Sin pensarlo, fue a buscar el termómetro: cuarenta grados. Llamó corriendo a urgencias.
Tardarán, pensó mientras le daba un jarabe y se asomaba a la ventana esperando la ambulancia, con el corazón en un puño.
Ay, Pablo, qué injusto he sido contigo ¿Qué mal has hecho para que te rechace así? Si eres solo un pobre niño asustado
La enfermera, al llegar, sentenció:
Este niño hay que ingresarlo urgentemente.
Carmen lo envolvió en una manta y se lanzó a la ambulancia como un rayo.
En el hospital, cuando le preguntaron el parentesco, dudó un momento, pero acabó diciendo:
Es hijo de mi marido. Estoy en proceso de adoptarlo, pronto será mi hijo oficialmente.
En ese instante, Carmen supo que era verdad, que lo haría. Durante esas dos largas semanas en el hospital, su corazón cambió. Medía la fiebre de Pablo cada hora, agitaba a los médicos, dormía poco y mal, pero cada vez que el niño se abrazaba a su cuello murmurando mamá, sentía que por fin tenía un hijo, no solo en los papeles, sino en el alma.
Cuando Víctor regresó, Pablo la llamó mamá delante de él. Carmen lloró toda la noche, pero ya lo había inscrito oficialmente como suyo.
Un año y medio después, Pablo era un niño completamente diferente: alegre, vivaracho, todo el día buscando los brazos de Carmen. Apenas le hacía caso a Víctor, lo que a él no le molestó demasiado.
Pero el destino es cruel; a los pocos meses, mientras Víctor volvía de la obra, un accidente de autocar en la sierra lo dejó desaparecido. Jamás recuperaron su cuerpo. Carmen, destrozada, solo pudo aferrarse a Pablo para seguir adelante.
Un año después, la justicia declaró a Víctor difunto legalmente. Dos semanas antes de hacerse oficial, una tarde lluviosa, Carmen entró con Pablo tras un paseo. Dejó que el niño se cambiara y fue a la cocina a preparar la merienda.
Allí, sentando en la mesa y comiendo la empanada como si nada, estaba Víctor, vivo y saludable.
Tranquila, Carmen, soy yo. No iba en ese autocar, no estaba allí dijo él levantándose al ver la expresión de ella.
Ella, pálida, preguntó:
¿Dónde estuviste estos dos años?
Me fui con una vieja conocida mía al sur. Quería comprar una casa en la Costa del Sol. Cuando supe del accidente, pensé que era una señal del destino. Decidí que para ti yo estaría muerto y me quedé con ella. Ahora vengo a pedir el divorcio y a llevarme a Pablo.
Carmen, helada, susurró:
¿Para qué quieres a Pablo?
Mi nueva pareja no puede tener hijos. Es rica, mayor, quiere un niño. Me caso con ella y nos llevamos a Pablo.
¡Nunca! gritó Carmen, temblando de rabia. Alzó una cuchara y la apretó hasta casi romperla.
No voy a dejar que te lo lleves. Lo inscribí como hijo mío. Para ti será solo un capricho, pero para mí es mi hijo de verdad. Nadie lo va a tratar como una mascota, ¿me oyes?
Víctor reculó, asustado por la determinación de Carmen. Al ver la escena, Pablo corrió a abrazar a Carmen, llorando:
Mamá, quiero quedarme contigo, no quiero irme.
Carmen acogió al niño y lo sentó en sus rodillas.
Tú eres mi hijo, Pablo. Ni sueñes con tocarlo, Víctor. Ya puedes irte.
Víctor masculló algo entre dientes, terminó el trozo de empanada que quedaba y salió del todo abatido, lanzando una última amenaza.
A ver quién te quiere ahora, con un hijo que no es tuyo.
Ni falta que me hace, ¡tonto! le gritó Carmen cerrando la puerta. A nosotros nos basta con ser dos. Y no nos hace falta nadie más en el mundo.






