Cuanto más lejos, más cerca se siente el hogar…
¡Mira, nieto mío, escucha bien lo que te digo! Si tanto te molesto, ya veo que solo hay una salida. No pienso irme más a casa de ninguna de mis hijas, ni tampoco andar de casa en casa de amigas por ahí. Y ni hablar de ponerme a buscar un abuelo por ahí, ¿pero tú te crees? ¡Ahora resulta que queréis casarme a estas alturas de la vida!
Pero abuela, ¡si es justo lo que te decimos mamá y yo desde hace tiempo! Y mi madre lo tiene clarísimo: vente ya a una residencia de mayores. Mira que sencillo: ponme la casa a mi nombre y te buscan una habitación allí, mamá te lo gestiona todo. No estarás sola, tendrás con quien charlar, las vecinas al lado y a mí no me estorbarás.
Yo de mi casita no me muevo, Santi. Y escucha bien, hijo: si te molesto tanto, ahí tienes la puerta, ya sabes dónde está la calle, vete por una de las siete salidas que tiene Madrid. Eres joven, tienes buena cabeza, búscate un piso y vive como te dé la gana. No quisiste ir a la universidad, pues a trabajar, hijo. Puedes traer a una chica diferente cada día si te apetece, pero yo soy ya mayor, Santiago, que en un mes cumplo 65. Quiero tranquilidad, mi vida calmada.
Ya me he estado dando tumbos estos dos años, que si a casa de una hija, que si a casa de la otra, y en cuanto notaban que me quedaba mucho, ya estaban con lo del ¿no te has pasado con la visita, mamá?. Y ahora estás tú, manejando mi casa para tus fiestas. No me parece bien, Santi, que con la excusa termines viviendo de mi pensión y trayéndote a tus novias. Mira, la pensión no es el chicle, que no se estira, ¿vale? Una semanita tienes para encontrar piso. Si no lo haces, pues a casa de tu colega Rubén o de tu novia, esa ¿cómo se llamaba? Siempre se me olvida. Pero aquí hoy, ni ella ni tú. Y vamos, lo de buscarme un pretendiente o meterme en una residencia de ancianos ¡qué ideas tenéis!
El pobre Santi intentó decirme algo, pero yo, Carmen Lozano, no le escuché más, me fui a mi habitación y cerré la puerta tras de mí. Me empezó a doler la cabeza de golpe. Tendría que tomarme una pastilla, pero para eso tendría que cruzarme con él en la cocina, así que ni ganas. Miré la habitación, pequeña pero mía, y vi una botella de agua con gas con un poco en el fondo. Pues ya tengo para el trago.
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Ni yo misma me esperaba tener tanta decisión, pero fue que ya tenía el enfado acumulado y salió todo de golpe. Callada dos años enteros, aguantando, corriendo al teléfono cada vez que me llamaba una hija que si ven, que si quédate unos días, pero basta una insinuación para que sienta que ya sobraba y tuviese que volverme corriendo a mi pueblo.
Y ahí estaba el nieto, con veinte años, haciendo y deshaciendo en mi casita. Y cada semana una novia nueva de esas que dice que van a ser la mujer de su vida. Y la abuela, que estorba detrás de las paredes, tosiendo y fastidiando la atmósfera romántica.
¡Abuela, podías irte a pasar unos días a ver a alguna amiga, no? Así estaría solo con Marta, Lucía, Inés o Paula (la que sea, que cambian cada quince días). Pero Carmen Lozano hacía acopio de paciencia y se iba, sea donde sea: una vez a casa de mi prima, otra a mi cuñada, otra a una antigua compañera del cole, y me quedaba hasta tarde para no molestar a los jóvenes.
Al principio todos lo agradecían, pero cuando la visita se convertía en rutina, esa alegría inicial desaparecía y yo notaba que ya no hacía tanta gracia mi presencia.
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Justo cuando ya no sabía dónde más ir, mi hija mayor dio a luz. Vida en Madrid capital, hipoteca, y el hijo mayor en el cole, así que el permiso de maternidad tenía las horas contadas, y mi ayuda les venía de perlas.
Me fui para allá. Al principio todo bien: cenas calientes, casa limpia, nietos arreglados. Pero a los pocos meses, ya empecé a notar cómo el yerno, que por cierto solo es diez años más joven que yo, empezó a mirar con lupa todo.
¡Carmen, esas salchichas no las compres más, que nos van a sentar fatal! Y si estás todo el día en casa, ¿tan difícil es hacer una comida decente? Unas albóndigas, un filete…
Las albóndigas muy bien, pero te gastas un dineral en la compra ¡un poco de ojo, mujer, que hay que ahorrar!
¿Pero yo soy una vaca para todo verduras? El ahorro vale, pero algún filete de vez en cuando, Carmen…
Y así todo el rato. Que si puedes ayudar con la nieta mayor en los deberes, para qué vamos a pagar profesoras particulares teniendo abuela; que si estoy mucho al teléfono, que si no te vistas tan anticuada que luego la niña dice que la avergüenzo, que si mando demasiado… Y la niña, con diez años, de armas tomar.
Abuela, ¿por qué has venido? ¿Por qué no te quedas en tu casa en el pueblo y ya está?
Yo, callada garantizando tranquilidad, ayudando, dando hasta mis ahorros para que todos fueran felices, hasta para Santi, el nieto que ni estudia ni trabaja, y que le iba ingresando lo poco que me quedaba para que al menos tuviera luz y agua pagada.
A mi hija era imposible decirle nada. Tiene miedo a enfadar al marido, y después de todo, suficiente tuvo con luchar por ese hombre y casarse de mayor con dos hijos.
A veces mi hija, cuando el yerno no estaba, se sinceraba: Mamá, aguanta un poco, es por nosotros, te lo pido. Y punto.
Pero en cuanto la niña pequeña empezó la guardería, ya no necesitaban la ayuda de la abuela. El yerno, tan claro, un día me dice: “Gracias Carmen, pero ya no hace falta, puedes volver al pueblo”.
Y yo, uf, feliz, volvía a mi casa. Volvía a gestionar mi vida, cuando quiero descansar, descanso, y cuando no, a lo mío. Pero Santi estaba allí, había hecho de mi casita su piso de soltero, con su novia. Todo manga por hombro y las facturas por pagar. Terminé pidiendo un microcrédito, ajustando las cuentas, limpiando a fondo y dejando la casa decente. Y todavía Santi se queja del tamaño de la casa y que no tiene intimidad.
Total, que la pequeña de las hijas también me necesitó para el tercer nieto. ¡A por allí que me fui! Pero basta unos meses para volver a sentirme de más, y sin esperar a que me lo pidieran, cogí las maletas y volví al pueblo. Y vuelta a la misma historia… el nieto protestando por compartir la casa.
Seguramente habría seguido soportándolo todo, si no fuera por lo que pasó después de esa última vuelta. Limpié la casa de arriba a abajo. Sin deudas porque yo pagué todo, pero ahí estaba otra vez, para Santi yo era la estorbo de siempre.
***
Santi, hoy me voy a ver a mi amiga Joaquina, es su cumpleaños, volveré tarde. Cierra con llave si quieres, entro por la puerta de atrás para no despertaros.
¿Y por qué no te quedas a dormir? Es mejor, así no hace ruidos a medianoche. Quédate un par de días para que podamos descansar.
¿Y de qué vais a descansar, si llevo solo una semana aquí?
Una semana es mucho, abuela. ¿Venga, no te quedas entonces?
No, que duermo mejor en mi cama.
La fiesta fue estupenda. Primero tapeamos en un bar, luego los de confianza fuimos a casa de Joana. Risas, recuerdos intentábamos no hablar mucho de los problemas, que para eso estaban las cervezas y el jamón. Ya me iba cuando a mi amiga la llamaron por teléfono. Vino Joaquina y me dice:
Era tu hija, Marta. Dice que todo está bien, pero que mejor que te quedes a dormir aquí.
Pero, ¿por qué? Le he dicho a Santi que volvía.
Pues Santi ha llamado a su madre, que quieren estar tranquilos en casa y que tú molestas. Y Marta me ha pedido que te quedaras aquí. Y la verdad, Carmen, déjales descansar y cuéntame cómo va todo.
Pues nada, todo bien.
Mira, Carmen, cuando todo va bien, las hijas no llaman a las amigas para pedir que acojan a su madre. Si te soy sincera, la semana pasada Marta me preguntó si conocía algún hombre mayor con piso propio para que tú pudieras irte a vivir con él y dejarle la casa a Santi para que se case. Así están las cosas.
Y lo solté todo: cómo acabé saliendo rebotada de la casa de la mayor, cómo de la pequeña tampoco funcionó, y lo del nieto, que nunca encaja y tiene la manía de que le molesto. Dos años fuera de lugar yo, y mi propia casa parecía que ya no era mía.
Yo es que, Joaquina, ni en mi casa mando. Desde que Santi acabó el bachillerato se vino aquí a vivir. En Madrid, con la madre y el padrastro, nada, el hombre ese nunca le quiso allí. Pero al volver aquí, ni estudió ni trabajó. Mientras iba al instituto, Marta le pasaba dinero, pero cuando cumplió 18, se acabó el grifo. Y ahora, a vivir de mi pensión.
Me fui a casa esa noche, no me quedé en lo de Joaquina. Y al volver, le solté todo al nieto, sin filtro. Claro que Santi corrió a quejarse a su madre, a decir que la abuela se había vuelto loca, que le echaba de casa. Marta me llamó furiosa, pero yo le repetí lo mismo que a Santi.
Así que el chico se fue de casa, pero no sin advertirme que no esperara su ayuda nunca más. Y mira, yo sola, pero más tranquila que nunca. Después de tantísimos años adaptándome a los demás, al fin respiro.
Toda la vida pendiente de las hijas, que si estaba sola mal, pero si tenía novio también era mal; que si de viuda sola criando niñas; que si todo el mundo a mi costa. Quise hacerlo todo por todos y acabé por criar a unos buenos dependientes.
No es justo, que te quieran echar de tu propia casa. ¿Qué vida es esa, que eres una extraña en tu propio hogar?
Luego, Santi volvió para pedirme perdón. Yo ya hacía tiempo que le había perdonado, pero invitarle a vivir, ni de broma. Que venga a visitarme todo lo que quiera, pero convivir, no. Él es joven, con novias en la cabeza, y yo ya quiero mi paz.
Las hijas ahora también me llaman para que les eche una mano con los niños, pero Carmen Lozano ya no se mueve de casa. Que me traigan a los nietos y yo encantada de cuidarlos, que aquí hay aire limpio y en mi casa mando yo.
Así que ella siempre dice: cuanto más lejos, más cerca se siente el hogar. Y yo creo que tiene toda la razón.






