Cuanto más lejos, más cerca del corazón… —¿Sabes qué, mi querido nieto? ¡Si tanto te molesto, solo hay una solución! Ni pienso irme a vivir con mis hijas, ni a buscar amigas por ahí, ni mucho menos buscarme un “abuelito” para casarme a estas alturas. —¡Abuela, eso mismo te llevamos diciendo la madre y yo! Lo que te toca es irte a una residencia para mayores. Tú sólo tienes que poner la casa a mi nombre, y allí te darán una habitación. Mamá se encarga. Así tendrás compañía, vecinas con quien charlar, y no nos molestarás. —De mi casa no me saca nadie. Te lo digo ya, Santi. Si tanto te molesto, ahí tienes la puerta, siete caminos tienes. Eres joven, con cabeza, búscate piso y vive como quieras. No has querido estudiar, ve a trabajar. Trae novias a diario si quieres. Yo, con 65 años que cumplo el mes que viene, lo único que quiero es paz y silencio. He andado de un lado para otro ya bastante, es hora de volver a casa. No es de recibo, hijo, que me echéis de mi propia casa mientras vivís a costa de mi pensión con tus novias. Que mi pensión no es elástica, ¿eh? Así que tienes una semana. Si no encuentras piso, vete con amigos o con esa tuya… siempre olvido su nombre, pero hoy mismo quiero la casa libre. ¡Lo que hay que ver! ¡Primero me buscan marido a mi edad y luego quieren meterme en una residencia! Santi seguía protestando, pero doña Lidia ya no le escuchaba. Se fue a su cuarto y cerró la puerta con un dolor de cabeza horroroso. Pensó en tomarse una pastilla; pero al final encontró un poco de agua en una botella por el cuarto, y se apañó así. *** Ni ella misma esperaba tanta determinación. Tantos años callando… Y ahora, por fin, lo soltó todo de golpe. Dos años yendo de casa en casa, ayudando a una hija, luego a otra, y después otra vez vuelta a casa propia… Ahora el nieto mandando en su casita: primero una novia, luego otra, y la abuela como un estorbo que interrumpe el romanticismo hasta con sus estornudos. —Abuela, podrías irte a casa de alguien de visita, así Dasha, Marta, Laura, Irene (tacha lo que no proceda: las novias cambian) y yo estaríamos tranquilos. Entonces Lidia visitaba primas, amigas y excompañeras… hasta que vio que su presencia ya no era bienvenida: demasiadas visitas abruman hasta a los mejores amigos. *** Cuando ya no tenía dónde ir, la hija mayor dio a luz. Con hipoteca y colegio, necesitaban a la abuela y Lidia fue rauda a ayudar. Al principio, todo eran agradecimientos: cenas calientes, casa limpia, nietos perfectos. Pero pronto el yerno (diez años menor que ella, por cierto), empezó con observaciones: —¡Lidia, por favor, esas salchichas no! ¡Con lo fácil que sería preparar unas albóndigas o filetes…! —¡Lidia! Muy bien las albóndigas, pero gasta usted mucho, hay que ahorrar… —¡Lidia! ¿Qué soy yo, un herbívoro? Menos verduras, más carne… Siempre una queja. Encima, ¿para qué pagar clases particulares a la nieta si hay abuela en casa? La nieta mayor, con mucho carácter, también tenía quejas: la abuela no viste a la moda, la avergüenza y encima ¡la obliga a estudiar! —¿Para qué has venido, abuela? Tienes tu casa en el pueblo, vete allí y manda tú. Lidia lo aguantaba todo, incluso comprar carne al yerno y darle a la nieta “dinero por las molestias”. A Santi, el vago nieto que ni estudiaba ni trabajaba, también le mandaba algo para la luz y el agua. Pero a la hija ni quejarse: valora demasiado a su marido. Solo le soltaba un “mamá, aguanta un poco, por favor. Es por mi bien.” Cuando la nieta pequeña fue a la guardería, ya nadie necesitaba a Lidia. El yerno fue franco: “Gracias, Lidia, pero ya no te necesitamos. Puedes volver a tu casa.” Qué alivio. ¡Por fin sola! Pero no… El nieto, Santi, instalado en la casa de la abuela. Y no solo, con novia. La casa hecha un desastre y las deudas al borde del corte del agua y la luz. No tuvo más remedio que pedir un crédito, pagar las deudas, limpiar la casa y, respirando aliviada, encontrarse de nuevo con el nieto descontento porque la abuela no deja “vida privada”. Y otra vez, la hija pequeña a punto de dar a luz: “Mamá, vente a ayudarme.” ¿A dónde va a ir? Se fue y, tras tres meses, volvió a sentirse un estorbo. Así que se fue antes de que la echasen. Otra vez en casa y otra vez con el nieto descontento. Quizá habría seguido tolerándolo todo, de no ser por aquel incidente al volver. De nuevo la casa limpia y sin deudas. *** —Santi, hoy voy a casa de la madrina, es su cumpleaños, llego tarde, cierra bien y entro por detrás para no molestar. —¿Y por qué no te quedas a dormir allí? Así nos dejas tranquilos. —¿Acaso no te valen siete días solo conmigo en casa? —Hombre, una semana ya cansa. ¿No te quedas a dormir, no? —No, a casa vuelvo. La fiesta estuvo bien, y cuando ya se iba, la madrina recibió una llamada: era la hija de Lidia, diciendo que si podía quedarse su madre allí a dormir, que Santi necesitaba la casa con su novia. —Lidia, quédate, así me cuentas todo. —Nada pasa, todo va bien. —Cuando todo va bien, las hijas no llaman a pedir que te acoja nadie. Si tu hija busca un “abuelo con piso” para emparejarte y que tú te mudes, es que quieren tu casa. Lidia contó la verdad: el yerno al que no gustaba nunca nada, la nieta “avergonzada” por tener abuela, Santi siempre viviendo a su costa, y ella siempre de más, siempre fuera de sitio, incluso en su propia casa. —Ni en mi casa soy la dueña. Santi nunca encajó ni en casa de su madre ni en la mía, pero aquí lleva ya dos años colgado de mi pensión. No durmió fuera. Volvió a casa y, al llegar, le dijo al nieto todo lo que llevaba años callando. Este se quejó a su madre, que llamó para regañar a su madre, pero Lidia le repitió lo mismo que a Santi. Santi se fue de casa diciendo que jamás volvería ni ayudaría… pero Lidia no le guarda rencor. En su casa, ella manda. Que las hijas traigan los niños si quieren, pero ella ya no se mueve. Aquí es feliz, tranquila y dueña de sí misma. Lidia dice: cuanto más lejos, más cerca me siento de los míos. Y creo que tiene razón.

Cuanto más lejos, más cerca se siente el hogar…

¡Mira, nieto mío, escucha bien lo que te digo! Si tanto te molesto, ya veo que solo hay una salida. No pienso irme más a casa de ninguna de mis hijas, ni tampoco andar de casa en casa de amigas por ahí. Y ni hablar de ponerme a buscar un abuelo por ahí, ¿pero tú te crees? ¡Ahora resulta que queréis casarme a estas alturas de la vida!

Pero abuela, ¡si es justo lo que te decimos mamá y yo desde hace tiempo! Y mi madre lo tiene clarísimo: vente ya a una residencia de mayores. Mira que sencillo: ponme la casa a mi nombre y te buscan una habitación allí, mamá te lo gestiona todo. No estarás sola, tendrás con quien charlar, las vecinas al lado y a mí no me estorbarás.

Yo de mi casita no me muevo, Santi. Y escucha bien, hijo: si te molesto tanto, ahí tienes la puerta, ya sabes dónde está la calle, vete por una de las siete salidas que tiene Madrid. Eres joven, tienes buena cabeza, búscate un piso y vive como te dé la gana. No quisiste ir a la universidad, pues a trabajar, hijo. Puedes traer a una chica diferente cada día si te apetece, pero yo soy ya mayor, Santiago, que en un mes cumplo 65. Quiero tranquilidad, mi vida calmada.

Ya me he estado dando tumbos estos dos años, que si a casa de una hija, que si a casa de la otra, y en cuanto notaban que me quedaba mucho, ya estaban con lo del ¿no te has pasado con la visita, mamá?. Y ahora estás tú, manejando mi casa para tus fiestas. No me parece bien, Santi, que con la excusa termines viviendo de mi pensión y trayéndote a tus novias. Mira, la pensión no es el chicle, que no se estira, ¿vale? Una semanita tienes para encontrar piso. Si no lo haces, pues a casa de tu colega Rubén o de tu novia, esa ¿cómo se llamaba? Siempre se me olvida. Pero aquí hoy, ni ella ni tú. Y vamos, lo de buscarme un pretendiente o meterme en una residencia de ancianos ¡qué ideas tenéis!

El pobre Santi intentó decirme algo, pero yo, Carmen Lozano, no le escuché más, me fui a mi habitación y cerré la puerta tras de mí. Me empezó a doler la cabeza de golpe. Tendría que tomarme una pastilla, pero para eso tendría que cruzarme con él en la cocina, así que ni ganas. Miré la habitación, pequeña pero mía, y vi una botella de agua con gas con un poco en el fondo. Pues ya tengo para el trago.

***

Ni yo misma me esperaba tener tanta decisión, pero fue que ya tenía el enfado acumulado y salió todo de golpe. Callada dos años enteros, aguantando, corriendo al teléfono cada vez que me llamaba una hija que si ven, que si quédate unos días, pero basta una insinuación para que sienta que ya sobraba y tuviese que volverme corriendo a mi pueblo.

Y ahí estaba el nieto, con veinte años, haciendo y deshaciendo en mi casita. Y cada semana una novia nueva de esas que dice que van a ser la mujer de su vida. Y la abuela, que estorba detrás de las paredes, tosiendo y fastidiando la atmósfera romántica.

¡Abuela, podías irte a pasar unos días a ver a alguna amiga, no? Así estaría solo con Marta, Lucía, Inés o Paula (la que sea, que cambian cada quince días). Pero Carmen Lozano hacía acopio de paciencia y se iba, sea donde sea: una vez a casa de mi prima, otra a mi cuñada, otra a una antigua compañera del cole, y me quedaba hasta tarde para no molestar a los jóvenes.

Al principio todos lo agradecían, pero cuando la visita se convertía en rutina, esa alegría inicial desaparecía y yo notaba que ya no hacía tanta gracia mi presencia.

***

Justo cuando ya no sabía dónde más ir, mi hija mayor dio a luz. Vida en Madrid capital, hipoteca, y el hijo mayor en el cole, así que el permiso de maternidad tenía las horas contadas, y mi ayuda les venía de perlas.

Me fui para allá. Al principio todo bien: cenas calientes, casa limpia, nietos arreglados. Pero a los pocos meses, ya empecé a notar cómo el yerno, que por cierto solo es diez años más joven que yo, empezó a mirar con lupa todo.

¡Carmen, esas salchichas no las compres más, que nos van a sentar fatal! Y si estás todo el día en casa, ¿tan difícil es hacer una comida decente? Unas albóndigas, un filete…

Las albóndigas muy bien, pero te gastas un dineral en la compra ¡un poco de ojo, mujer, que hay que ahorrar!

¿Pero yo soy una vaca para todo verduras? El ahorro vale, pero algún filete de vez en cuando, Carmen…

Y así todo el rato. Que si puedes ayudar con la nieta mayor en los deberes, para qué vamos a pagar profesoras particulares teniendo abuela; que si estoy mucho al teléfono, que si no te vistas tan anticuada que luego la niña dice que la avergüenzo, que si mando demasiado… Y la niña, con diez años, de armas tomar.

Abuela, ¿por qué has venido? ¿Por qué no te quedas en tu casa en el pueblo y ya está?

Yo, callada garantizando tranquilidad, ayudando, dando hasta mis ahorros para que todos fueran felices, hasta para Santi, el nieto que ni estudia ni trabaja, y que le iba ingresando lo poco que me quedaba para que al menos tuviera luz y agua pagada.

A mi hija era imposible decirle nada. Tiene miedo a enfadar al marido, y después de todo, suficiente tuvo con luchar por ese hombre y casarse de mayor con dos hijos.

A veces mi hija, cuando el yerno no estaba, se sinceraba: Mamá, aguanta un poco, es por nosotros, te lo pido. Y punto.

Pero en cuanto la niña pequeña empezó la guardería, ya no necesitaban la ayuda de la abuela. El yerno, tan claro, un día me dice: “Gracias Carmen, pero ya no hace falta, puedes volver al pueblo”.

Y yo, uf, feliz, volvía a mi casa. Volvía a gestionar mi vida, cuando quiero descansar, descanso, y cuando no, a lo mío. Pero Santi estaba allí, había hecho de mi casita su piso de soltero, con su novia. Todo manga por hombro y las facturas por pagar. Terminé pidiendo un microcrédito, ajustando las cuentas, limpiando a fondo y dejando la casa decente. Y todavía Santi se queja del tamaño de la casa y que no tiene intimidad.

Total, que la pequeña de las hijas también me necesitó para el tercer nieto. ¡A por allí que me fui! Pero basta unos meses para volver a sentirme de más, y sin esperar a que me lo pidieran, cogí las maletas y volví al pueblo. Y vuelta a la misma historia… el nieto protestando por compartir la casa.

Seguramente habría seguido soportándolo todo, si no fuera por lo que pasó después de esa última vuelta. Limpié la casa de arriba a abajo. Sin deudas porque yo pagué todo, pero ahí estaba otra vez, para Santi yo era la estorbo de siempre.

***

Santi, hoy me voy a ver a mi amiga Joaquina, es su cumpleaños, volveré tarde. Cierra con llave si quieres, entro por la puerta de atrás para no despertaros.

¿Y por qué no te quedas a dormir? Es mejor, así no hace ruidos a medianoche. Quédate un par de días para que podamos descansar.

¿Y de qué vais a descansar, si llevo solo una semana aquí?

Una semana es mucho, abuela. ¿Venga, no te quedas entonces?

No, que duermo mejor en mi cama.

La fiesta fue estupenda. Primero tapeamos en un bar, luego los de confianza fuimos a casa de Joana. Risas, recuerdos intentábamos no hablar mucho de los problemas, que para eso estaban las cervezas y el jamón. Ya me iba cuando a mi amiga la llamaron por teléfono. Vino Joaquina y me dice:

Era tu hija, Marta. Dice que todo está bien, pero que mejor que te quedes a dormir aquí.

Pero, ¿por qué? Le he dicho a Santi que volvía.

Pues Santi ha llamado a su madre, que quieren estar tranquilos en casa y que tú molestas. Y Marta me ha pedido que te quedaras aquí. Y la verdad, Carmen, déjales descansar y cuéntame cómo va todo.

Pues nada, todo bien.

Mira, Carmen, cuando todo va bien, las hijas no llaman a las amigas para pedir que acojan a su madre. Si te soy sincera, la semana pasada Marta me preguntó si conocía algún hombre mayor con piso propio para que tú pudieras irte a vivir con él y dejarle la casa a Santi para que se case. Así están las cosas.

Y lo solté todo: cómo acabé saliendo rebotada de la casa de la mayor, cómo de la pequeña tampoco funcionó, y lo del nieto, que nunca encaja y tiene la manía de que le molesto. Dos años fuera de lugar yo, y mi propia casa parecía que ya no era mía.

Yo es que, Joaquina, ni en mi casa mando. Desde que Santi acabó el bachillerato se vino aquí a vivir. En Madrid, con la madre y el padrastro, nada, el hombre ese nunca le quiso allí. Pero al volver aquí, ni estudió ni trabajó. Mientras iba al instituto, Marta le pasaba dinero, pero cuando cumplió 18, se acabó el grifo. Y ahora, a vivir de mi pensión.

Me fui a casa esa noche, no me quedé en lo de Joaquina. Y al volver, le solté todo al nieto, sin filtro. Claro que Santi corrió a quejarse a su madre, a decir que la abuela se había vuelto loca, que le echaba de casa. Marta me llamó furiosa, pero yo le repetí lo mismo que a Santi.

Así que el chico se fue de casa, pero no sin advertirme que no esperara su ayuda nunca más. Y mira, yo sola, pero más tranquila que nunca. Después de tantísimos años adaptándome a los demás, al fin respiro.

Toda la vida pendiente de las hijas, que si estaba sola mal, pero si tenía novio también era mal; que si de viuda sola criando niñas; que si todo el mundo a mi costa. Quise hacerlo todo por todos y acabé por criar a unos buenos dependientes.

No es justo, que te quieran echar de tu propia casa. ¿Qué vida es esa, que eres una extraña en tu propio hogar?

Luego, Santi volvió para pedirme perdón. Yo ya hacía tiempo que le había perdonado, pero invitarle a vivir, ni de broma. Que venga a visitarme todo lo que quiera, pero convivir, no. Él es joven, con novias en la cabeza, y yo ya quiero mi paz.

Las hijas ahora también me llaman para que les eche una mano con los niños, pero Carmen Lozano ya no se mueve de casa. Que me traigan a los nietos y yo encantada de cuidarlos, que aquí hay aire limpio y en mi casa mando yo.

Así que ella siempre dice: cuanto más lejos, más cerca se siente el hogar. Y yo creo que tiene toda la razón.

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Cuanto más lejos, más cerca del corazón… —¿Sabes qué, mi querido nieto? ¡Si tanto te molesto, solo hay una solución! Ni pienso irme a vivir con mis hijas, ni a buscar amigas por ahí, ni mucho menos buscarme un “abuelito” para casarme a estas alturas. —¡Abuela, eso mismo te llevamos diciendo la madre y yo! Lo que te toca es irte a una residencia para mayores. Tú sólo tienes que poner la casa a mi nombre, y allí te darán una habitación. Mamá se encarga. Así tendrás compañía, vecinas con quien charlar, y no nos molestarás. —De mi casa no me saca nadie. Te lo digo ya, Santi. Si tanto te molesto, ahí tienes la puerta, siete caminos tienes. Eres joven, con cabeza, búscate piso y vive como quieras. No has querido estudiar, ve a trabajar. Trae novias a diario si quieres. Yo, con 65 años que cumplo el mes que viene, lo único que quiero es paz y silencio. He andado de un lado para otro ya bastante, es hora de volver a casa. No es de recibo, hijo, que me echéis de mi propia casa mientras vivís a costa de mi pensión con tus novias. Que mi pensión no es elástica, ¿eh? Así que tienes una semana. Si no encuentras piso, vete con amigos o con esa tuya… siempre olvido su nombre, pero hoy mismo quiero la casa libre. ¡Lo que hay que ver! ¡Primero me buscan marido a mi edad y luego quieren meterme en una residencia! Santi seguía protestando, pero doña Lidia ya no le escuchaba. Se fue a su cuarto y cerró la puerta con un dolor de cabeza horroroso. Pensó en tomarse una pastilla; pero al final encontró un poco de agua en una botella por el cuarto, y se apañó así. *** Ni ella misma esperaba tanta determinación. Tantos años callando… Y ahora, por fin, lo soltó todo de golpe. Dos años yendo de casa en casa, ayudando a una hija, luego a otra, y después otra vez vuelta a casa propia… Ahora el nieto mandando en su casita: primero una novia, luego otra, y la abuela como un estorbo que interrumpe el romanticismo hasta con sus estornudos. —Abuela, podrías irte a casa de alguien de visita, así Dasha, Marta, Laura, Irene (tacha lo que no proceda: las novias cambian) y yo estaríamos tranquilos. Entonces Lidia visitaba primas, amigas y excompañeras… hasta que vio que su presencia ya no era bienvenida: demasiadas visitas abruman hasta a los mejores amigos. *** Cuando ya no tenía dónde ir, la hija mayor dio a luz. Con hipoteca y colegio, necesitaban a la abuela y Lidia fue rauda a ayudar. Al principio, todo eran agradecimientos: cenas calientes, casa limpia, nietos perfectos. Pero pronto el yerno (diez años menor que ella, por cierto), empezó con observaciones: —¡Lidia, por favor, esas salchichas no! ¡Con lo fácil que sería preparar unas albóndigas o filetes…! —¡Lidia! Muy bien las albóndigas, pero gasta usted mucho, hay que ahorrar… —¡Lidia! ¿Qué soy yo, un herbívoro? Menos verduras, más carne… Siempre una queja. Encima, ¿para qué pagar clases particulares a la nieta si hay abuela en casa? La nieta mayor, con mucho carácter, también tenía quejas: la abuela no viste a la moda, la avergüenza y encima ¡la obliga a estudiar! —¿Para qué has venido, abuela? Tienes tu casa en el pueblo, vete allí y manda tú. Lidia lo aguantaba todo, incluso comprar carne al yerno y darle a la nieta “dinero por las molestias”. A Santi, el vago nieto que ni estudiaba ni trabajaba, también le mandaba algo para la luz y el agua. Pero a la hija ni quejarse: valora demasiado a su marido. Solo le soltaba un “mamá, aguanta un poco, por favor. Es por mi bien.” Cuando la nieta pequeña fue a la guardería, ya nadie necesitaba a Lidia. El yerno fue franco: “Gracias, Lidia, pero ya no te necesitamos. Puedes volver a tu casa.” Qué alivio. ¡Por fin sola! Pero no… El nieto, Santi, instalado en la casa de la abuela. Y no solo, con novia. La casa hecha un desastre y las deudas al borde del corte del agua y la luz. No tuvo más remedio que pedir un crédito, pagar las deudas, limpiar la casa y, respirando aliviada, encontrarse de nuevo con el nieto descontento porque la abuela no deja “vida privada”. Y otra vez, la hija pequeña a punto de dar a luz: “Mamá, vente a ayudarme.” ¿A dónde va a ir? Se fue y, tras tres meses, volvió a sentirse un estorbo. Así que se fue antes de que la echasen. Otra vez en casa y otra vez con el nieto descontento. Quizá habría seguido tolerándolo todo, de no ser por aquel incidente al volver. De nuevo la casa limpia y sin deudas. *** —Santi, hoy voy a casa de la madrina, es su cumpleaños, llego tarde, cierra bien y entro por detrás para no molestar. —¿Y por qué no te quedas a dormir allí? Así nos dejas tranquilos. —¿Acaso no te valen siete días solo conmigo en casa? —Hombre, una semana ya cansa. ¿No te quedas a dormir, no? —No, a casa vuelvo. La fiesta estuvo bien, y cuando ya se iba, la madrina recibió una llamada: era la hija de Lidia, diciendo que si podía quedarse su madre allí a dormir, que Santi necesitaba la casa con su novia. —Lidia, quédate, así me cuentas todo. —Nada pasa, todo va bien. —Cuando todo va bien, las hijas no llaman a pedir que te acoja nadie. Si tu hija busca un “abuelo con piso” para emparejarte y que tú te mudes, es que quieren tu casa. Lidia contó la verdad: el yerno al que no gustaba nunca nada, la nieta “avergonzada” por tener abuela, Santi siempre viviendo a su costa, y ella siempre de más, siempre fuera de sitio, incluso en su propia casa. —Ni en mi casa soy la dueña. Santi nunca encajó ni en casa de su madre ni en la mía, pero aquí lleva ya dos años colgado de mi pensión. No durmió fuera. Volvió a casa y, al llegar, le dijo al nieto todo lo que llevaba años callando. Este se quejó a su madre, que llamó para regañar a su madre, pero Lidia le repitió lo mismo que a Santi. Santi se fue de casa diciendo que jamás volvería ni ayudaría… pero Lidia no le guarda rencor. En su casa, ella manda. Que las hijas traigan los niños si quieren, pero ella ya no se mueve. Aquí es feliz, tranquila y dueña de sí misma. Lidia dice: cuanto más lejos, más cerca me siento de los míos. Y creo que tiene razón.
— Papá, ¿te acuerdas de Nadezhda Oleksándrovna Martynenko? Hoy ya es tarde, pero mañana ven a verme. Te presentaré a mi hermano pequeño, que también es tu hijo. Ya está. Hasta luego. El niño dormía justo al lado de su puerta. Irina se sorprendió: ¿qué hacía un niño durmiendo tan temprano en el portal de otra casa? Ella era maestra con diez años de experiencia y no podía pasar de largo. Se inclinó sobre él y le sacudió suavemente el hombro: — ¡Eh, joven! ¡Despierta! — ¿Qué? —el niño se incorporó torpemente. — ¿Quién eres? ¿Por qué duermes aquí? — No duermo. Es sólo que… tenéis el felpudo blandito. Me senté y me quedé dormido sin querer —respondió. Irina llevaba solo medio año viviendo en aquel edificio, tras haberse comprado un piso después de divorciarse. Apenas conocía a los vecinos, pero le quedó claro que el niño no era de allí. Debía tener unos diez u once años, vestía ropa vieja pero limpia, se balanceaba nervioso de un pie a otro. Irina entendió que necesitaba ir al baño. — Corre, pero rápido, que llego tarde al trabajo —le abrió la puerta de casa. Él la miró con desconfianza con unos ojos sorprendentemente azul claro. “Qué raro ese color”, pensó de repente. Mientras el pequeño se lavaba las manos en el baño, Irina le preparó unos bocadillos de embutido. — Toma, para que almuerces. — ¡Gracias! —ya estaba en la puerta—. Me habéis salvado. Ahora puedo esperar tranquilo. — ¿Y a quién esperas? —preguntó Irina. — A la abuela Antonia Petrovna. Vive cerca de vosotros. Igual la conoces. — A Antonia Petrovna la conozco un poco, pero la llevaron al hospital anteayer, un ambulancia. Yo volvía cuando la sacaban en camilla del portal. — ¿Y en qué hospital está? —preguntó alarmado el niño. — Ayer estaba de guardia la 20ª municipal. Seguramente la llevaron allí. — Entiendo. ¿Y cómo se llama usted? —decidió por fin presentarse el niño. — Irina Fedorovna —respondió Irina, ya casi saliendo de casa. En el trabajo, aunque la absorbían los problemas escolares, Irina no lograba apartar al niño de su pensamiento. “Será el instinto maternal insatisfecho”, se dijo con tristeza. No tenía hijos, de ahí el divorcio. Había dejado marchar a su exmarido con serenidad, cuando él encontró a otra que sí le dio una hija. En la pausa larga llamó al hospital y averiguó que la vecina había sufrido un ictus; el pronóstico no era bueno: tenía 78 años. Al salir del trabajo encontró de nuevo al niño en su portal, sentado en el alféizar. — Le estaba esperando —le sonrió el chico—. No me dejaron ver a la abuela, va para largo. Irina le preguntó cómo se llamaba. Se llamaba Fedor. Fedor, no Fedya. Ya lavado y alimentado, Irina le “interrogó”: — ¿Te has escapado de casa? ¿Tus padres estarán preocupadísimos? — No tengo padres. Vivo con mi tía. — Entonces tu tía estará buscándote —se inquietó Irina. — No, le dije que iba a casa de la abuela. Ella no sabe que está en el hospital. No quiero volver con ellos, aunque la tía es bondadosa y casi nunca bebe. Pero el tío sí, y se pone muy malo. Tienen cuatro hijos suyos y viene otro en camino, y encima yo. Dijeron que me mandarían a un orfanato, y yo no quiero ir ahí. ¿Le molesto mucho? Mamá decía que era un niño hiperactivo, igualito a papá, de ojos tan claros como él. Mamá murió hace dos años. — ¿Cómo se llamaba tu madre? — Nadezhda Oleksándrovna Martynenko. Era muy buena y guapa. Trabajaba de secretaria del director en una fábrica química, pero no recuerdo el nombre. — ¿Y tu padre? —preguntó Irina con un presentimiento. — Papá no hubo nunca. Nunca —respondió Fedor con tristeza. Irina comprendió de pronto por qué le había impactado tanto ese niño de ojos azul claro. ¡Esos ojos! Solo los había visto en una persona. Su propio padre. ¡Su padre, que era director de una fábrica! Irina sintió que le faltaba el aire: “Una historia común: director y secretaria, pero… ¿Sabía él que su secretaria tuvo un hijo suyo? ¿Se dio cuenta de su desaparición? ¿Ella? ¿Le puso su nombre al niño porque le amaba, le amaba de veras?” Irina era hija única. De pequeña siempre quiso un hermano. — Ve a la panadería, está enfrente —despidió a Fedor. Llamó a su padre de inmediato. — Papá, ¿te acuerdas de Nadezhda Oleksándrovna Martynenko? Hoy ya es tarde, pero mañana ven a verme. Te presentaré a mi hermano pequeño y a tu hijo. Eso es todo. Hasta mañana. —Colgó. — Te he preparado la cama en el sofá del salón. Date una ducha y a dormir —le dijo a Fedor al regresar. No sabía cómo iban a ir las cosas, pero sí sabía que no iba a dejar a su hermano en una familia problemática ni ¡mucho menos! en un orfanato… El padre llegó a primera hora. Irina, que solía dormir hasta tarde los domingos, apenas había pegado ojo. Amaba a su padre. Siempre había estado allí para ella, a diferencia de su madre. Desde pequeña fue su salvador y apoyo constante. Él la animó a estudiar magisterio aunque su madre se enfadase. Bendijo su matrimonio y luego la consoló tras el divorcio. Amor El padre, impecable, perfumado, elegante como siempre. —¿Pero qué lío es ese de un hermano? Apenas dormí, he estado preocupado —dijo nada más llegar. —Baja la voz, papá, mi invitado todavía duerme —le llevó a la cocina—. Vamos a desayunar y te lo cuento. Durante el desayuno le explicó todo. —Es muy raro esto —dijo él—. Sí, mi secretaria fue Nadezhda Martynenko: guapa, joven, inteligente. Se me notaba que me gustaba, aunque tenía mis años… Confieso que caí. Ya sabes que hombres cien por cien fieles hay pocos. Me halagaba que me mirase así. Lo siento, no soy santo. Pero nunca pensé abandonar a tu madre. Un día Nadya me preguntó de broma si no quería tener un hijo. Dije que ya tenía una hija y que para mí de hijo ya era tarde. Poco después su madre enfermó. Nadya pidió una larga excedencia para cuidar de ella y se fue al pueblo. Había una suplente, una mujer mayor. Nadya volvió al año, más guapa todavía, fresca como una manzana. Le bromeé si se había casado. Me dijo que sí, que tenía un hijo y un buen marido. Que vivían de alquiler y que el apellido seguía siendo Martynenko. Ahora todos viven en parejas de hecho… Desde entonces solo relación laboral, ningún otro trato. Ella con su vida, yo con la mía. Al tiempo cayó enferma y murió. Me enteré cuando firmé ayuda económica. Una pena, tan joven. Pero me quieres colar un hijo, hija mía. Ella tenía marido —concluyó. En esto apareció el invitado, saludó cortésmente desde la puerta de la cocina. En ese momento, el padre se quedó pálido. Al estar juntos, el parecido era innegable. —Vamos a presentarnos… —propuso el padre, tendiendo la mano, temblorosa de emoción—. Fedor Nikoláyevich. —Fedor Fédorovich Martynenko —contestó el niño, colocando su mano en la del adulto. Ambos alzaron las cejas exactamente igual. —Hoy sólo tengo Fedores de visita —sonrió nerviosa Irina. Fedor (el pequeño) fue a lavarse, el mayor miró asombrado a su hija. —No entiendo nada. Es igual que yo de niño. Ella dijo que tenía marido, ¿no? —Nunca estuvo casada. Se fue al pueblo para ocultarte el embarazo —explicó Irina—. Pide en contabilidad qué tiempo pidió permiso por maternidad. Se inventó el marido para no molestarte. Se ve que te quiso mucho. Fedor insiste en que jamás tuvo un padre. ¿Lo entiendes? —Espera, otra cosa: Nadya no tenía hermanos. Era hija única y su madre murió hace tiempo. ¿De dónde salen tía y abuela? —reflexionó el padre. Fedor (ya de vuelta) respondió: —¿Hablan de mi mamá? La tía Valia no es mi tía, es una pariente lejana. Llegaron cuando mi madre ya no podía levantarse. La abuela Tonia es madre de Valia. Cuando murió mi madre, la tía me cogió. Teníamos que dejar el piso. Los parientes me recogieron. Incluso cobran dinero por mí, aunque mi tío siempre dice que es poco. ¡Y yo sí me acordaba de usted, Fedor Nikoláyevich! Su foto estaba en el espejo de mi madre. Ahora la tengo en el álbum. Al principio pensaba que era un artista famoso. Le preguntaba: ¿quién es este señor? Ella me prometía contármelo cuando fuese mayor. Irina preparó el desayuno a Fedor y lo mandó al cine. El cine estaba cerca. —¿Y bien, papá? ¿Te quedan dudas? —preguntó Irina. —Creo que no, pero habrá que hacer la prueba de ADN. Habrá que probarlo legalmente —dijo el padre. Después vinieron el drama, simulacros de crisis hipertensiva y supuesta pre-infarto por parte de Ludmila Ivanovna, la esposa de Fedor Nikoláyevich. Se tranquilizó y se fue de vacaciones al mar. Más adelante conoció al niño. Fedor le cayó bien, pero no quería vivir con él. De visita, sí; pero criarle, imposible. Por su salud y sus nervios. —Tengo asistenta, pero no es niñera —dijo. Nadie insistía. Fedor Nikoláyevich pasaba mucho tiempo con su hijo. Cada vez encontraba más parecidos con el niño: a ambos no les gustaba la sémola y ambos adoraban los gatos. Pero la mujer de Fedor mayor era alérgica a los gatos, y nunca Fedor pequeño había tenido una casa donde poder tener uno. Ambos ceceaban un poquito. Y eso sin hablar del increíble parecido físico… Finalmente, tras meses de trámites legales para establecer la paternidad, Fedor Nikoláyevich fue a buscar a Fedor y le dijo: —Desde hoy eres legalmente mi hijo. Aquí tienes tu documento. ¿Lo entiendes? Siempre lo has sido, pero antes no lo sabía. Perdóname si puedes. No puedo obligarte a que me llames papá. Llámame como quieras, pero sabes que no estás solo: siempre tendrás mi apoyo y tu hermana Irina. —Yo ya sabía que eras mi padre —sonrió Fedor—. Lo supe desde el primer momento en que te vi. —Los niños son cada día más listos —sonrió el padre abrazando a su hijo. Irina vio lágrimas en los ojos de su padre, pero él rápidamente se repuso. Fedor se quedó con Irina, pero visita de vez en cuando a Ludmila Ivanovna, y su padre viene cada día. Ah, y ahora tienen un gatito… Un anciano regalaba gatitos en el súper; Fedor eligió el más débil. Lo llamaron Murzik. En ese momento, Fedor se sintió la persona más feliz del mundo. PD: Fedor Nikoláyevich mandó poner una lápida de mármol blanco a Nadezhda. Él y Fedor van a menudo a visitarla y llevan flores. Una vez, tras dejar flores frescas, Fedor dijo: —¿Sabes, papá? El día antes de irse, mamá me dijo que no llorase mucho. Que no desaparecería del todo. Solo pasaría a otro mundo y desde allí me cuidaría. Y que intentaría ayudarme incluso desde lejos. Ahora sé que fue ella quien hizo que Irina y tú me encontraseis. ¡Lo sé seguro! ¿Tú me crees, papá? —Por supuesto que te creo —respondió el padre.