Hada
Desde sexto de Primaria ya estaba claro para todos que Lucía Fernández sería una excelente médica. Fue el año en el que un chaval del vecindario se cayó del columpio, haciéndose una herida fea en la rodilla y en la cabeza. Aquello no era espectáculo para gente aprensiva, pero la niña, con apenas doce años, no se inmutó.
Laura, ve a por agua, una venda y agua oxigenada le ordenó a su amiga, que vivía en el edificio de enfrente, y la otra salió volando hacia casa sin protestar.
Para cuando llegó corriendo la madre del chico, la tía Carmen, que se había enterado a saber cómo, Lucía ya le había limpiado las heridas, las había desinfectado y vendado con sorprendente destreza. Cuando la mujer supo quién había ayudado a su hijo, no salía de su asombro. Tras dar las gracias, concluyó:
Vas a ser médica. Pero no una cualquiera, ¡una de las buenas! Qué temple, chica, hay médicos que no se atreven a tanto, y tú, así, tan joven.
En las excursiones, nadie quería hacerse daño, pero, con Lucía Fernández cerca, las cosas no daban tanto miedo.
Después siguió el camino natural: la Facultad de Medicina, residencia, especialidad y cursos continuos de formación.
Un día, a Lucía que ya ejercía de médico especialista le tocó asumir el cargo de jefa del Servicio de Diagnóstico Funcional de su hospital.
Lucía Fernández Gómez, que tras casarse era ahora Lucía Alonso, era respetada y apreciada por todos en el hospital. El equipo era fantástico, salvo por el jefe de atención médica, el doctor Víctor Ruiz, un hombre mayor, cascarrabias, criticón y, siendo honestos, un poco “vampiro energético”. Al hombre le encantaba discutir por todo. Lucía hacía lo posible por no entrar en sus juegos, aunque sólo ella sabía lo que le costaba.
Por suerte, no se veían tan a menudo, salvo cada semana durante la comisión médica, en la que se revisaban los diagnósticos de los nuevos pacientes. De todas formas, esos encuentros no eran precisamente agradables.
Ruiz solía discutir con Lucía, soltando a menudo comentarios cargados de sarcasmo. Sabía que ella intentaba mantener la calma, y eso parecía espolearle aún más.
Imposible este hombre solía desahogarse Lucía con su marido, Rafael, durante la cena. De verdad, siempre he intentado ser paciente, pero lo de Víctor busca la provocación a propósito.
Seguro que tú sabrás manejarlo sonreía Rafael. Eres la mejor diplomática que conozco.
Mamá, si te cansas de ser médica, podrías ser diplomática añadía su hijo Sergio, de trece años. Cobran más, creo.
Bueno, lo pensaré contestaba ella entre risas.
Por muy diplomática que fuera, Lucía también era humana, y sentía que tarde o temprano, explotaría por culpa del jefe Ruiz, y que habría motivos importantes para ello.
Al día siguiente, durante otra comisión médica, todo fue como siempre hasta que le llegó el turno a Lucía de explicar el caso de una paciente de sesenta años que se sentaba al otro lado de la mesa.
Normalmente, tras la exposición del caso, si el estado del paciente lo permitía, éste salía del despacho, y la jefa de servicio, junto al médico responsable y el jefe médico deliberaban sobre la situación.
Pero aquella vez, la señora preguntó:
Doctora, ¿de verdad es grave lo mío? ¿Me voy a curar? Que tengo una nieta huérfana que criar
La voz de la paciente temblaba, y en sus ojos gastados brillaba la esperanza. Lucía se estaba preparando para animar a la pobre mujer, cuando Víctor Ruiz bramó:
¿Con ese diagnóstico? ¡Vamos, mujer, que lo suyo está tan avanzado que ningún médico sensato puede prometerle nada! ¿Por qué no vino antes?
La paciente se quedó helada y, antes de que nadie pudiera reaccionar, el jefe siguió despotricando:
Ya les conozco yo: aguantan, se automedican, y cuando no pueden más, vienen al médico. Pero nosotros no hacemos milagros…
La mujer estalló en lágrimas y salió. Lucía se recriminó el no haber parado a Ruiz a tiempo, pero se quedó en estado de shock. Gritar así a una paciente mayor que ya bastante tenía con lo suyo no era de recibo. La jefa de servicio también negó con desaprobación.
Aunque ambas sabían que, en el fondo, el jefe tenía razón, también pensaban que podía haberse expresado de otra forma. Más respeto, por lo menos, por la edad de la paciente.
Lucía no pudo más. Ahora diría lo que pensaba.
Doctor Ruiz, con todos los respetos, ¿cómo puede permitirse ese trato?
¿Qué tiene de malo? se encogió de hombros. No somos hadas, y los pacientes deberían asimilarlo. Todo es más fácil si se trata a tiempo, eso lo sabes de sobra.
Lucía percibió el gesto de satisfacción en su cara, pensando que había conseguido provocarla.
Tiene razón, Víctor: cuanto antes se ataque la enfermedad, mejor. Pero usted no sabe el esfuerzo que me costó convencer a esa mujer de que iniciara el tratamiento. Por fin confiaba en que se pondría bien. Y usted, en un instante, ha destruido toda esa esperanza Qué pena.
El jefe intentó imponerse, pero pronto comprendió que Lucía no daba marcha atrás. Sabía defender su criterio y nadie la iba a doblegar.
Ella, menospreciando sus gritos, se quedó mirando al vacío, sin fuerzas para seguir discutiendo. No le daría el gusto de verla derrumbarse; se fue a la ventana mientras veía cómo él salía del despacho dando un portazo.
Lucía se sentó, sacó el historial clínico y se centró en el trabajo.
Doctora Alonso le llegó un tímido saludo. Cuando levantó la vista, era Ruiz, ahora con la cara descompuesta y un frasco de valeriana en la mano. Lucía no sintió ningún triunfo, más bien pena por él. Decían que era un hombre solo. Quizá de ahí venía su mal carácter.
Por favor, tómese esto balbuceó el jefe. Y perdóneme. Tal vez tenga razón…
Usted también tiene razón en lo suyo, Víctor suavizó el tono. Pero estamos aquí para curar y para dar esperanza, aunque sea una chispa. A veces, eso es lo que obra los milagros, y usted lo sabe tan bien como yo.
Sí sí repitió distraídamente. Tienes razón.
Aquella transformación sorprendía, pero Lucía no quería dejar pasar la ocasión de aclarar las cosas.
Doctor Ruiz, quiero que quede claro: jamás permitiré que se cuestione mi competencia ni que se levante la voz delante de un paciente, sea quien sea.
Sí, claro. Lo entiendo.
Bien, si es así, pensó Lucía. El día todavía nos deparaba muchas visitas.
Una hora después, Lucía visitó a la paciente, que se llamaba Verónica García. En su mesilla había un ramo de tulipanes. Al verla, la mujer sonrió:
Imagínese, ha pasado el jefe a verme dijo. Me ha traído flores, me ha pedido perdón y me ha prometido que harían lo posible y aún más por curarme.
Claro que sí asintió Lucía, acariciándole la mano. Vamos a hacer todo lo posible. Y usted aún tiene mucho por vivir, ¿eh? ¡Como una jovencita en busca de novio!
¡Ay, qué bromista! rió la enferma.
Un mes después, Verónica mejoraba a pasos agigantados. El día que le dieron el alta, el propio doctor Ruiz le trajo una caja de dulces y un ramo de rosas.
Para su nieta dijo, algo apurado.
¡Mil gracias! sonrió la mujer.
Y este es para usted.
Qué bonitas flores, ¡muchas gracias! Hacía siglos que nadie me regalaba flores. Y usted, doctora, también, muchísimas gracias: me han devuelto la vida.
Dan ganas de decirle que vuelva más bromeó Ruiz. Pero mejor, si es por visita y no por enfermedad. ¡Cuídese mucho!
Todos los presentes estaban sorprendidos: nadie recordaba al jefe diciendo palabras tan amables. ¿Qué le habría pasado?
Desde entonces, la relación entre Lucía y Víctor fue mucho más cordial. Tomaban café después de las reuniones, y ocasionalmente coincidían en la cafetería cercana al hospital.
No tengo suerte en la vida se sinceró Ruiz un día. Debe ser por eso que tengo tan mal carácter. Se me ha ido la vida y no he hecho nada.
¿Cómo que no ha hecho nada? le dijo Lucía. Tiene un puesto relevante y mucha gente le aprecia, por mucho que no lo admita.
Bueno pero la felicidad se me escapó asintió él.
Lucía comprendió, y empezó a mirarle con otros ojos. Sabía que detrás de su rudeza había tristeza.
Este cambio de Ruiz no pasó desapercibido entre las compañeras, quienes, en su tertulia semanal de la merienda en la que cada una aportaba galletas, tortillas, empanadillas o la mejor mermelada, preguntaban con picardía a Lucía:
¿Qué le has hecho al jefe? ¡Hasta se le ha visto sonreír! le espetó Cristina, la enfermera.
Nada especial, chicas se rió Lucía. El secreto está en una misma: seguridad y dignidad ante cualquier situación.
Eso, tú, como gran doctora, te lo puedes permitir comentó Nerea, la celadora. Pero las demás
Vamos, Nerea, todas tenemos derecho a sentirnos valiosas, sea como enfermera, médica o limpiadora. Si uno se tiene confianza, hasta los más problemáticos lo notan.
Estoy de acuerdo intervino Mercedes, la psiquiatra. Los que chupan energía sólo buscan gente vulnerable. Si sienten firmeza, se alejan.
Tal vez, en el fondo, sólo sea un hombre triste reflexionó María, la cocinera.
Todas asintieron, salvo Lucía, que sabía que era cierto.
De repente, llegó Pilar, la encargada de lencería, algo sofocada.
¿De qué habláis tan animadas? preguntó.
Del jefe.
¡Ah! Entonces ya sabéis la noticia
¿Qué noticia?
¡Que se casa el doctor Ruiz!
¿De verdad? ¡No me lo creo!
¿Y quién será la afortunada?
Dicen que una paciente, pero no sé el nombre…
¡Vaya sorpresa! exclamó Lucía, sospechando de quién se trataba.
Chicas, este notición merece otro brindis propuso Lucía. El té está bien, pero hoy merecemos un poquito de buen vino.
Y todas estuvieron de acuerdo, deseando que el futuro matrimonio hiciese al jefe un poco más amable.
Al día siguiente, mientras Lucía tomaba café tras su ronda, llegó el flamante novio, resplandeciente de felicidad. Lucía decidió disimular que ya había oído algo.
Hoy se le ve especialmente bien, doctor Ruiz comentó.
Sí, por fin tengo un motivo de alegría. Me caso, Lucía.
¿Ah, sí? ¿Y quién es la afortunada? ¿Se puede saber? Espero que sea una gran persona.
La mejor del mundo para mí: me caso con Verónica, de la que tú tanto me hablaste y me hiciste ver la verdadera importancia de la esperanza.
¡Vaya! Pues será todo un honor asistir a la boda.
Eso espero, porque en parte ha sido gracias a ti. Deberías ser diplomática, Lucía.
Ay, no exagere, doctor. Las cosas suceden porque tienen que suceder.
La boda fue maravillosa. Verónica estaba radiante, rejuvenecida, llena de vida, y Lucía se sintió agradecida de haber jugado su pequeño papel.
Y así, entre risas y confidencias, Lucía aprendió una valiosa lección: por muy difíciles que sean las personas, un poco de empatía y firmeza pueden obrar milagros. La vida, al fin y al cabo, siempre reserva sorpresas cuando menos lo esperas.







