El Hada
Ya en sexto de primaria quedaba claro para todos que Lucía Fernández sería una excelente médica. En una ocasión, un chaval del barrio se cayó de un columpio del parque y se hizo una herida horrible en la rodilla y en la cabeza. Aquello era una visión poco apta para estómagos delicados, pero la niña de doce años no perdió la calma.
Yolanda, tráeme agua, una venda y agua oxigenada le dijo a su amiga, que vivía justo en el portal de enfrente, y esta salió corriendo en busca de lo que le pidió.
Cuando la madre del niño, la tía Carmen, llegó presa del pánico al enterarse de la noticia nadie sabe por quién, Lucía ya había limpiado, desinfectado y vendado las heridas con sorprendente profesionalidad. Tía Carmen no salía de su asombro al enterarse de quién había hecho la primera cura. Dándole las gracias, concluyó:
Tú serás médico. Y no cualquiera: una gran médico. Has estado rápida y hábil. Ojalá la atención fuera siempre así de buena, incluso mejores que algunos médicos de verdad.
En las excursiones, Lucía era insustituible. Nadie quería hacerse daño, claro, pero con Lucía Fernández cerca, las heridas eran menos preocupantes.
Después vinieron la facultad de Medicina, las prácticas, la residencia y muchos cursos de actualización profesional. Una vez, le tocó sustituir a la jefa del servicio de diagnóstico funcional en el hospital, donde era médico de plantilla.
El respeto y el afecto que le tenían a la doctora Lucía Fernández García ya Lucía Gómez tras casarse eran bien conocidos. Había que decir que el ambiente del hospital era fantástico, salvo por don Manuel Ruiz, el subdirector médico, ya mayor, eterno gruñón y una fuente inagotable de conflictos, auténtico vampiro emocional. Parecía que solo vivía para crear bronca. Lucía procuraba no caer en sus provocaciones, aun sabiendo lo difícil que le resultaba aguantarse.
Por suerte, Lucía y el subdirector no se cruzaban demasiado. Solo coincidían en las reuniones semanales del comité médico, donde se debatían los casos nuevos. Pero esas reuniones no eran agradables.
Ruiz discutía mucho con Lucía y le lanzaba pullas sarcásticas a veces. Notaba que ella intentaba no hacerle caso, y eso le provocaba aún más, le encantaba molestar. Lucía lo comentaba a menudo en casa mientras cenaban:
No hay manera con este hombre, Ricardo. Poco me pasa a veces para no perder la paciencia, siento que busca sacarme de quicio adrede.
Estoy seguro de que saldrás ganando le sonreía su marido. Si alguien puede con ese carácter, eres tú. Tienes una diplomacia que ya quisieran muchos.
Mamá, es verdad añadía su hijo David de trece años. Si te acabas cansando de ser médico, te puedes dedicar a la diplomacia, que además se gana más.
Bueno, lo pensaré contestaba ella entre risas.
Lucía siempre fue diplomática, pero una persona, no un robot. Y como todas las personas, tenía un límite. Sabía que tarde o temprano acabaría saltando por algún motivo serio.
Al día siguiente, en otra comisión médica, todo iba como siempre… hasta que Lucía, cumpliendo con su deber de médico responsable, expuso el caso clínico de una paciente de unos sesenta años, que esperaba inquieta enfrente.
La dinámica era la de siempre: presentación clínica, y si el paciente estaba estable podía marcharse, quedando para discutir su caso la jefa de servicio, el médico y el subdirector. Pero ese día, la paciente no se contuvo:
Dígame la verdad, ¿es muy grave? ¿Me curaré? Aún tengo que sacar adelante a mi nieta, que es huérfana…
La voz de la señora temblaba, a punto de echarse a llorar. Había tanta esperanza en aquellos ojos cansados…
Lucía se preparaba para consolarla cuando Ruiz soltó, seco y sin compasión:
¿Con ese diagnóstico? Mire, señora, lo tiene todo tan avanzado que ningún médico con sentido común le dará garantías. ¿En qué estaría pensando mientras la cosa iba a peor?
La paciente se quedó petrificada, con los labios temblorosos. Pero Ruiz seguía:
Ya me conozco este cuento. Todo el mundo aguanta, se automedica, y cuando la cosa va mal, corre al médico. Nosotros no hacemos milagros…
La pobre mujer rompió a llorar y salió apresurada. Lucía se lamentó después por no haber parado a Ruiz. Se quedó bloqueada. Gritar así a una señora mayor, con todo lo que tendría encima… Eso no era humano. La jefa del servicio tampoco aprobó la actitud de Ruiz y negó con la cabeza.
En el fondo, las dos sabían que Ruiz tenía algo de razón: cuanto antes se pilla una enfermedad, más fácil es tratarla. Pero podrían haberlo dicho con más tacto, ¡al menos por respeto a la edad de la señora!
Y ahí Lucía no aguantó más. ¡Se acabó! Iba a ponerle las cosas claras.
Don Manuel, con todos los respetos, ¿se da usted cuenta de lo que acaba de hacer?
¿Qué he hecho yo? respondió Ruiz. No somos magos. Está bien que los pacientes se enteren de una vez. Todo sería más fácil si acudieran antes. No me diga que no lo sabe.
Lucía, al ver su cara satisfecha por la provocación, no pudo evitar una mueca de desagrado. La jefa sabía perfectamente de qué iba el juego. Ruiz estaba encantado de haberla irritado. ¡Ahora se iba a enterar!
Don Manuel, tiene razón en que la prevención es clave y que muchas veces no hay otra opción que atajar una enfermedad a tiempo. Pero, ¿sabe cuántos esfuerzos me ha costado convencer a esa mujer para que se tratara? Había conseguido que tuviera fe en sí misma, esperanza, ¡y usted lo ha echado todo por tierra en un segundo! ¡Así no se ayuda a nadie!
Lucía hizo un gesto resignado, y Ruiz, pillado por sorpresa, intentó imponer su autoridad, pero al poco supo que era inútil. Había visto ya muchas veces que Lucía sabía bien cuánto valía, y que su valía era alta.
Él aún farfulló, pero Lucía ni siquiera le escuchaba. Solo percibía cómo la jefa se levantaba y salía del despacho. Al quedarse solos, a Lucía le faltaba el aire: ni respirar con Ruiz presente podía. Eso sí que era un vampiro energético.
Lucía miraba seria al rincón, en silencio. ¿De qué podía hablar con él ahora?
Sentía ganas de llorar, pero pensó: No, no le voy a dar ese gusto. Se acercó entonces a la ventana. De pronto oyó la puerta cerrarse. Al volver la vista, comprobó que estaba sola en el despacho.
Se sentó a la mesa y abrió el registro de pacientes. El trabajo no esperaba.
Doctora Fernández escuchó de pronto una voz tímida. Hasta que no levantó la cabeza, no supo quién era. Esa humildad no era propia de don Manuel Ruíz, pero era él.
En la mano traía un frasco de valeriana y el rostro desencajado, inseguro. Por raro que parezca, Lucía no se sintió satisfecha. Le dio pena el hombre. Decían que Ruiz era muy solitario. ¿No vendría de ahí ese carácter suyo?
Doctora Fernández, tome… musitó el subdirector. Y… perdóneme, por favor. Igual tiene usted razón…
Don Manuel, en parte usted también la tiene rebajó ella el tono. Pero estamos aquí para sanar y, por lo menos, dar un poco de esperanza. A veces la esperanza logra milagros. Seguro que eso usted lo sabe tan bien como yo.
Sí, sí, desde luego… decía Ruiz distraído.
Aquella transformación era sorprendente. Pero Lucía no tenía tiempo para sorprenderse. Mejor zanjar la cuestión.
Don Manuel dijo entonces con firmeza. Recuérdelo siempre: no toleraré jamás que nadie, ni usted ni otro, eleve la voz o cuestione mi profesionalidad delante de un paciente, sea quien sea.
Por supuesto, doctora Fernández. Le aseguro que lo he entendido.
Esperemos que sea verdad, pensó Lucía mirando el reloj. El día no hacía más que comenzar, y le quedaba mucho por hacer.
Una hora después entraba en la habitación de la paciente. Se llamaba Verónica Martín. Sobre la mesilla había un ramo de tulipanes. Al verla, la señora sonrió:
Fíjese, ha venido su jefe a verme dijo. Me trajo flores y me pidió disculpas. Además, me dijo: Vamos a hacer lo imposible para curarla.
Muy bien le respondió Lucía, acariciando la mano de la paciente. De verdad, sacaremos fuerzas de donde sea: usted tiene mucha vida por delante. Y le aseguro que parece más joven, parece hasta de casadera.
¡Qué bromista! rió la señora.
Al mes siguiente, Verónica empezó a mejorar. El día que le dieron el alta, Ruiz fue a verla con una caja de bombones de los caros.
Tome, para su nieta le dijo, algo avergonzado.
¡Ay, muchas gracias! contestó la señora.
Y esto, para usted le entregó un ramo de rosas.
¡Qué flores tan bonitas! Gracias de corazón, hace siglos que nadie me regalaba flores. Y gracias al equipo médico, de verdad.
Casi dan ganas de decirle: Vuelva cuando quiera bromeó Ruiz, pero no es plan, solo como visita. Cuídese mucho.
Todos en la planta se quedaron atónitos. “¿Qué le habrá pasado a este hombre?”, pensaban. Nadie creía que Ruiz supiese siquiera decir cosas amables.
Entre Lucía y don Manuel se estableció, si no una amistad, sí una relación cordial. A veces tomaban café tras la comisión, o coincidían en la cafetería cerca del hospital.
No se encuentra la felicidad en la vida se sinceró Ruiz un día. Por eso tengo este carácter, seguro. La vida pasó sin que yo me diera cuenta.
¿Cómo que no? se extrañó Lucía. Si ocupa usted un puesto importante, no es poca cosa.
Ya, pero aun así… Echo en falta la felicidad de antes. Tuve algo de ella, pero se esfumó.
“Vaya, ya lo tengo claro”, pensó Lucía, y añadió para sí: “No es fácil abrirse así, no debería bromear”.
Lucía cada vez sentía más simpatía por ese hombre que todos temían.
Las conversaciones de Lucía con el temido subdirector no pasaban desapercibidas. Sin embargo, a nadie se le ocurrió lanzar rumores malintencionados: la doctora Fernández no era de ese tipo, y Ruiz tampoco tenía pinta de conquistador.
¿Qué le has hecho? le preguntó una tarde la enfermera Alba en el clásico té de mujeres. Nunca le había visto así. Incluso sonríe, poco, pero sonríe…
Cada semana, enfermeras, doctoras, auxiliares, lo que fuera, organizaban una merienda en la cocina del hospital con pastas, tortitas, tartas y la mejor mermelada, obra de la jefa de servicio de cocina, Carmen.
Aquella tarde estaban tomando té y mermelada de ciruela.
Todas miraban a Lucía como si fuera a revelar el secreto del siglo. Y en parte, así era.
Nada fuera de lo normal sonrió Lucía. Es más sencillo de lo que pensáis.
¿Seguro? protestó la señora Dolores, la encargada del vestuario.
De verdad. Todo depende de una misma. Lo importante es la confianza y la dignidad. Sin eso, no se va a ningún lado.
Bueno, pero tú puedes, porque eres una gran médica y tienes respeto, pero yo, ¿qué hago si soy auxiliar? Cuando lo veo, se me ponen los pelos de punta dijo la joven Nuria.
Eso no se debe decir le replicó Lucía. Todos tenemos derecho a la dignidad, seamos lo que seamos. Y la confianza propia nunca sobra.
Cierto asintió la psiquiatra Mercedes. Y más con vampiros emocionales: si te notas fuerte, intentan evitarte.
Yo creo que Ruiz, más que malvado, es triste reflexionó la cocinera Carmen.
Todas lo admitieron, salvo Lucía, que lo sabía bien.
¿Me he perdido algo? entró la encargada de almacén, Pilar, con voz entrecortada.
Nada, llegas justo a tiempo le contestó Mercedes. Hablábamos de don Manuel.
¡Vaya! Pues os adelanto una noticia: ¡se casa!
¿En serio?
¡Vaya sorpresa!
Antes hiela el infierno…
Así murmuraban entre risas.
Lucía, no digas que no lo sabías insinuó la jefa de cocina.
¡No tenía ni idea! Hemos hablado de muchas cosas, pero no de eso…
No me extraña apuntó la psicóloga Teresa. Gente como él nunca muestra que también tienen sentimientos.
“Es cierto”, pensaba Lucía. “Seguro que le da pudor. Me pregunto con quién será. ¿De dónde habrá salido la noticia?”
¿Y sabes con quién? preguntó Nuria.
No lo tengo claro respondió Pilar, sirviéndose té. Me han dicho que con una paciente.
¿Con una paciente? exclamó Carmen. Y Lucía sonrió: ella tenía una ligera sospecha.
Chicas, ¿no creéis que la ocasión merece un brindis? El té está bien, pero una copita de buen vino no iría mal…
Y lo celebraron todas, deseando salud y felicidad al serio don Manuel. ¿Quién sabe? Quizá el amor lo volvía más humano.
Al día siguiente, tras las rondas, Lucía tomaba café cuando se acercó Ruiz, radiante. Lucía decidió no decirle que ya sabía lo de la boda.
Está usted estupendo, don Manuel le saludó.
Sí, estoy muy feliz. ¡Me caso, doctora Fernández!
¿De verdad? ¿Y quién es la afortunada? Si puede saberse, claro.
La mejor mujer del mundo para mí contestó, ilusionado.
Pero, ¿quién? ¿O es todavía un secreto?
No hay secreto. Es Verónica, la paciente por la que discutimos aquella vez. Me gustó mucho y decidí ir a buscarla, tenía su historial, la fui a ver, en plan seguimiento.
¡Menudo intrigante está hecho usted! rió Lucía. Me alegro, es una gran elección.
Y quiero invitarle a la boda. Venga con su familia. Gracias a usted he tenido una segunda oportunidad. Debería dedicarse usted a la diplomacia…
¡Anda! Si el destino quiere, ya se encuentran dos personas.
La boda fue una fiesta. El traje le sentaba bien al novio. La novia estaba guapísima. Nadie la reconocería: la mujer mayor y enferma había dado paso a una dama elegante de cabello castaño oscuro.
Verónica Martín no se cansaba de dar las gracias a Lucía. Y nadie dudaba ya que en ese hospital, hasta las personas más difíciles podían cambiar.






