El Hada Ya en sexto de primaria estaba claro que Elisa Bogajo sería una magnífica médica. Por aquel entonces, un niño del barrio se cayó del columpio y se abrió la rodilla y la cabeza de una forma espantosa, nada apto para quienes carecen de estómago. Pero la niña, de apenas doce años, no se amedrentó lo más mínimo…

El Hada

Ya en sexto de primaria quedaba claro para todos que Lucía Fernández sería una excelente médica. En una ocasión, un chaval del barrio se cayó de un columpio del parque y se hizo una herida horrible en la rodilla y en la cabeza. Aquello era una visión poco apta para estómagos delicados, pero la niña de doce años no perdió la calma.

Yolanda, tráeme agua, una venda y agua oxigenada le dijo a su amiga, que vivía justo en el portal de enfrente, y esta salió corriendo en busca de lo que le pidió.

Cuando la madre del niño, la tía Carmen, llegó presa del pánico al enterarse de la noticia nadie sabe por quién, Lucía ya había limpiado, desinfectado y vendado las heridas con sorprendente profesionalidad. Tía Carmen no salía de su asombro al enterarse de quién había hecho la primera cura. Dándole las gracias, concluyó:

Tú serás médico. Y no cualquiera: una gran médico. Has estado rápida y hábil. Ojalá la atención fuera siempre así de buena, incluso mejores que algunos médicos de verdad.

En las excursiones, Lucía era insustituible. Nadie quería hacerse daño, claro, pero con Lucía Fernández cerca, las heridas eran menos preocupantes.

Después vinieron la facultad de Medicina, las prácticas, la residencia y muchos cursos de actualización profesional. Una vez, le tocó sustituir a la jefa del servicio de diagnóstico funcional en el hospital, donde era médico de plantilla.

El respeto y el afecto que le tenían a la doctora Lucía Fernández García ya Lucía Gómez tras casarse eran bien conocidos. Había que decir que el ambiente del hospital era fantástico, salvo por don Manuel Ruiz, el subdirector médico, ya mayor, eterno gruñón y una fuente inagotable de conflictos, auténtico vampiro emocional. Parecía que solo vivía para crear bronca. Lucía procuraba no caer en sus provocaciones, aun sabiendo lo difícil que le resultaba aguantarse.

Por suerte, Lucía y el subdirector no se cruzaban demasiado. Solo coincidían en las reuniones semanales del comité médico, donde se debatían los casos nuevos. Pero esas reuniones no eran agradables.

Ruiz discutía mucho con Lucía y le lanzaba pullas sarcásticas a veces. Notaba que ella intentaba no hacerle caso, y eso le provocaba aún más, le encantaba molestar. Lucía lo comentaba a menudo en casa mientras cenaban:

No hay manera con este hombre, Ricardo. Poco me pasa a veces para no perder la paciencia, siento que busca sacarme de quicio adrede.

Estoy seguro de que saldrás ganando le sonreía su marido. Si alguien puede con ese carácter, eres tú. Tienes una diplomacia que ya quisieran muchos.

Mamá, es verdad añadía su hijo David de trece años. Si te acabas cansando de ser médico, te puedes dedicar a la diplomacia, que además se gana más.

Bueno, lo pensaré contestaba ella entre risas.

Lucía siempre fue diplomática, pero una persona, no un robot. Y como todas las personas, tenía un límite. Sabía que tarde o temprano acabaría saltando por algún motivo serio.

Al día siguiente, en otra comisión médica, todo iba como siempre… hasta que Lucía, cumpliendo con su deber de médico responsable, expuso el caso clínico de una paciente de unos sesenta años, que esperaba inquieta enfrente.

La dinámica era la de siempre: presentación clínica, y si el paciente estaba estable podía marcharse, quedando para discutir su caso la jefa de servicio, el médico y el subdirector. Pero ese día, la paciente no se contuvo:

Dígame la verdad, ¿es muy grave? ¿Me curaré? Aún tengo que sacar adelante a mi nieta, que es huérfana…

La voz de la señora temblaba, a punto de echarse a llorar. Había tanta esperanza en aquellos ojos cansados…

Lucía se preparaba para consolarla cuando Ruiz soltó, seco y sin compasión:

¿Con ese diagnóstico? Mire, señora, lo tiene todo tan avanzado que ningún médico con sentido común le dará garantías. ¿En qué estaría pensando mientras la cosa iba a peor?

La paciente se quedó petrificada, con los labios temblorosos. Pero Ruiz seguía:

Ya me conozco este cuento. Todo el mundo aguanta, se automedica, y cuando la cosa va mal, corre al médico. Nosotros no hacemos milagros…

La pobre mujer rompió a llorar y salió apresurada. Lucía se lamentó después por no haber parado a Ruiz. Se quedó bloqueada. Gritar así a una señora mayor, con todo lo que tendría encima… Eso no era humano. La jefa del servicio tampoco aprobó la actitud de Ruiz y negó con la cabeza.

En el fondo, las dos sabían que Ruiz tenía algo de razón: cuanto antes se pilla una enfermedad, más fácil es tratarla. Pero podrían haberlo dicho con más tacto, ¡al menos por respeto a la edad de la señora!

Y ahí Lucía no aguantó más. ¡Se acabó! Iba a ponerle las cosas claras.

Don Manuel, con todos los respetos, ¿se da usted cuenta de lo que acaba de hacer?

¿Qué he hecho yo? respondió Ruiz. No somos magos. Está bien que los pacientes se enteren de una vez. Todo sería más fácil si acudieran antes. No me diga que no lo sabe.

Lucía, al ver su cara satisfecha por la provocación, no pudo evitar una mueca de desagrado. La jefa sabía perfectamente de qué iba el juego. Ruiz estaba encantado de haberla irritado. ¡Ahora se iba a enterar!

Don Manuel, tiene razón en que la prevención es clave y que muchas veces no hay otra opción que atajar una enfermedad a tiempo. Pero, ¿sabe cuántos esfuerzos me ha costado convencer a esa mujer para que se tratara? Había conseguido que tuviera fe en sí misma, esperanza, ¡y usted lo ha echado todo por tierra en un segundo! ¡Así no se ayuda a nadie!

Lucía hizo un gesto resignado, y Ruiz, pillado por sorpresa, intentó imponer su autoridad, pero al poco supo que era inútil. Había visto ya muchas veces que Lucía sabía bien cuánto valía, y que su valía era alta.

Él aún farfulló, pero Lucía ni siquiera le escuchaba. Solo percibía cómo la jefa se levantaba y salía del despacho. Al quedarse solos, a Lucía le faltaba el aire: ni respirar con Ruiz presente podía. Eso sí que era un vampiro energético.

Lucía miraba seria al rincón, en silencio. ¿De qué podía hablar con él ahora?

Sentía ganas de llorar, pero pensó: No, no le voy a dar ese gusto. Se acercó entonces a la ventana. De pronto oyó la puerta cerrarse. Al volver la vista, comprobó que estaba sola en el despacho.

Se sentó a la mesa y abrió el registro de pacientes. El trabajo no esperaba.

Doctora Fernández escuchó de pronto una voz tímida. Hasta que no levantó la cabeza, no supo quién era. Esa humildad no era propia de don Manuel Ruíz, pero era él.

En la mano traía un frasco de valeriana y el rostro desencajado, inseguro. Por raro que parezca, Lucía no se sintió satisfecha. Le dio pena el hombre. Decían que Ruiz era muy solitario. ¿No vendría de ahí ese carácter suyo?

Doctora Fernández, tome… musitó el subdirector. Y… perdóneme, por favor. Igual tiene usted razón…

Don Manuel, en parte usted también la tiene rebajó ella el tono. Pero estamos aquí para sanar y, por lo menos, dar un poco de esperanza. A veces la esperanza logra milagros. Seguro que eso usted lo sabe tan bien como yo.

Sí, sí, desde luego… decía Ruiz distraído.

Aquella transformación era sorprendente. Pero Lucía no tenía tiempo para sorprenderse. Mejor zanjar la cuestión.

Don Manuel dijo entonces con firmeza. Recuérdelo siempre: no toleraré jamás que nadie, ni usted ni otro, eleve la voz o cuestione mi profesionalidad delante de un paciente, sea quien sea.

Por supuesto, doctora Fernández. Le aseguro que lo he entendido.

Esperemos que sea verdad, pensó Lucía mirando el reloj. El día no hacía más que comenzar, y le quedaba mucho por hacer.

Una hora después entraba en la habitación de la paciente. Se llamaba Verónica Martín. Sobre la mesilla había un ramo de tulipanes. Al verla, la señora sonrió:

Fíjese, ha venido su jefe a verme dijo. Me trajo flores y me pidió disculpas. Además, me dijo: Vamos a hacer lo imposible para curarla.

Muy bien le respondió Lucía, acariciando la mano de la paciente. De verdad, sacaremos fuerzas de donde sea: usted tiene mucha vida por delante. Y le aseguro que parece más joven, parece hasta de casadera.

¡Qué bromista! rió la señora.

Al mes siguiente, Verónica empezó a mejorar. El día que le dieron el alta, Ruiz fue a verla con una caja de bombones de los caros.

Tome, para su nieta le dijo, algo avergonzado.

¡Ay, muchas gracias! contestó la señora.

Y esto, para usted le entregó un ramo de rosas.

¡Qué flores tan bonitas! Gracias de corazón, hace siglos que nadie me regalaba flores. Y gracias al equipo médico, de verdad.

Casi dan ganas de decirle: Vuelva cuando quiera bromeó Ruiz, pero no es plan, solo como visita. Cuídese mucho.

Todos en la planta se quedaron atónitos. “¿Qué le habrá pasado a este hombre?”, pensaban. Nadie creía que Ruiz supiese siquiera decir cosas amables.

Entre Lucía y don Manuel se estableció, si no una amistad, sí una relación cordial. A veces tomaban café tras la comisión, o coincidían en la cafetería cerca del hospital.

No se encuentra la felicidad en la vida se sinceró Ruiz un día. Por eso tengo este carácter, seguro. La vida pasó sin que yo me diera cuenta.

¿Cómo que no? se extrañó Lucía. Si ocupa usted un puesto importante, no es poca cosa.

Ya, pero aun así… Echo en falta la felicidad de antes. Tuve algo de ella, pero se esfumó.

“Vaya, ya lo tengo claro”, pensó Lucía, y añadió para sí: “No es fácil abrirse así, no debería bromear”.

Lucía cada vez sentía más simpatía por ese hombre que todos temían.

Las conversaciones de Lucía con el temido subdirector no pasaban desapercibidas. Sin embargo, a nadie se le ocurrió lanzar rumores malintencionados: la doctora Fernández no era de ese tipo, y Ruiz tampoco tenía pinta de conquistador.

¿Qué le has hecho? le preguntó una tarde la enfermera Alba en el clásico té de mujeres. Nunca le había visto así. Incluso sonríe, poco, pero sonríe…

Cada semana, enfermeras, doctoras, auxiliares, lo que fuera, organizaban una merienda en la cocina del hospital con pastas, tortitas, tartas y la mejor mermelada, obra de la jefa de servicio de cocina, Carmen.

Aquella tarde estaban tomando té y mermelada de ciruela.

Todas miraban a Lucía como si fuera a revelar el secreto del siglo. Y en parte, así era.

Nada fuera de lo normal sonrió Lucía. Es más sencillo de lo que pensáis.

¿Seguro? protestó la señora Dolores, la encargada del vestuario.

De verdad. Todo depende de una misma. Lo importante es la confianza y la dignidad. Sin eso, no se va a ningún lado.

Bueno, pero tú puedes, porque eres una gran médica y tienes respeto, pero yo, ¿qué hago si soy auxiliar? Cuando lo veo, se me ponen los pelos de punta dijo la joven Nuria.

Eso no se debe decir le replicó Lucía. Todos tenemos derecho a la dignidad, seamos lo que seamos. Y la confianza propia nunca sobra.

Cierto asintió la psiquiatra Mercedes. Y más con vampiros emocionales: si te notas fuerte, intentan evitarte.

Yo creo que Ruiz, más que malvado, es triste reflexionó la cocinera Carmen.

Todas lo admitieron, salvo Lucía, que lo sabía bien.

¿Me he perdido algo? entró la encargada de almacén, Pilar, con voz entrecortada.

Nada, llegas justo a tiempo le contestó Mercedes. Hablábamos de don Manuel.

¡Vaya! Pues os adelanto una noticia: ¡se casa!

¿En serio?

¡Vaya sorpresa!

Antes hiela el infierno…

Así murmuraban entre risas.

Lucía, no digas que no lo sabías insinuó la jefa de cocina.

¡No tenía ni idea! Hemos hablado de muchas cosas, pero no de eso…

No me extraña apuntó la psicóloga Teresa. Gente como él nunca muestra que también tienen sentimientos.

“Es cierto”, pensaba Lucía. “Seguro que le da pudor. Me pregunto con quién será. ¿De dónde habrá salido la noticia?”

¿Y sabes con quién? preguntó Nuria.

No lo tengo claro respondió Pilar, sirviéndose té. Me han dicho que con una paciente.

¿Con una paciente? exclamó Carmen. Y Lucía sonrió: ella tenía una ligera sospecha.

Chicas, ¿no creéis que la ocasión merece un brindis? El té está bien, pero una copita de buen vino no iría mal…

Y lo celebraron todas, deseando salud y felicidad al serio don Manuel. ¿Quién sabe? Quizá el amor lo volvía más humano.

Al día siguiente, tras las rondas, Lucía tomaba café cuando se acercó Ruiz, radiante. Lucía decidió no decirle que ya sabía lo de la boda.

Está usted estupendo, don Manuel le saludó.

Sí, estoy muy feliz. ¡Me caso, doctora Fernández!

¿De verdad? ¿Y quién es la afortunada? Si puede saberse, claro.

La mejor mujer del mundo para mí contestó, ilusionado.

Pero, ¿quién? ¿O es todavía un secreto?

No hay secreto. Es Verónica, la paciente por la que discutimos aquella vez. Me gustó mucho y decidí ir a buscarla, tenía su historial, la fui a ver, en plan seguimiento.

¡Menudo intrigante está hecho usted! rió Lucía. Me alegro, es una gran elección.

Y quiero invitarle a la boda. Venga con su familia. Gracias a usted he tenido una segunda oportunidad. Debería dedicarse usted a la diplomacia…

¡Anda! Si el destino quiere, ya se encuentran dos personas.

La boda fue una fiesta. El traje le sentaba bien al novio. La novia estaba guapísima. Nadie la reconocería: la mujer mayor y enferma había dado paso a una dama elegante de cabello castaño oscuro.

Verónica Martín no se cansaba de dar las gracias a Lucía. Y nadie dudaba ya que en ese hospital, hasta las personas más difíciles podían cambiar.

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El Hada Ya en sexto de primaria estaba claro que Elisa Bogajo sería una magnífica médica. Por aquel entonces, un niño del barrio se cayó del columpio y se abrió la rodilla y la cabeza de una forma espantosa, nada apto para quienes carecen de estómago. Pero la niña, de apenas doce años, no se amedrentó lo más mínimo…
La lista en el barrio Nadiezhda Semiónovna caminaba por el pasillo del ambulatorio, sujetando con el codo una pesada pila de historias clínicas. El bolsillo de plástico del carnet estiraba el cuello de la bata y las gafas se le deslizaban cada dos por tres hasta la punta de la nariz. En el pasillo zumbaban voces y crujían sillas; alguien estornudaba fuerte, y sobre todo aquello flotaba el olor resistente a lejía y jabón que salía de los baños. — Enfermera, ¿falta mucho? — preguntó una mujer corpulenta, sentada bajo la pared vestida con un abrigo acolchado y con una bolsa de análisis apretada contra el pecho. — Por orden de llegada —respondió sin mirar Nadiezhda Semiónovna—. ¿Ya entregaron sus historias? Pues a esperar. Giró hacia la sala de curas, dejó las historias sobre la mesa, se quitó los guantes —aún pegajosos— y suspiró. Faltaban tres días para Nochevieja, aunque se notaba solo por los escasos espumillones en las puertas de los despachos y porque la gente en la cola se quejaba no solo de la tensión, sino también de los precios de las tiendas. — Nadia, ¿cómo vas? — preguntó la médica de familia, flaquita, con su sempiterno recogido, asomándose por la puerta—. Te he dejado dos visitas domiciliarias más, no me regañes. Son nuestros abuelos. — No tengo otro remedio —respondió Nadiezhda Semiónovna—. Dame. Cogió el papel con las direcciones, lo guardó en el bolsillo del pecho, revisó el bolso con el tensiómetro y las jeringuillas. Las visitas eran de su zona: algunos bloques de nueve plantas donde ya distinguía cada portal y casi cada ascensor por el ruido. A la hora de comer, la llegada de pacientes remitió. Nadiezhda Semiónovna se puso encima de la bata una chaqueta caliente, se enfundó las botas de fieltro que guardaba bajo la mesa y salió a la calle. La nieve crujía bajo los pies, los coches estaban aparcados entre terrones sucios, apenas asomando las ruedas. Sujetó el bolso de los instrumentos bajo el brazo y se dirigió a la parada. La primera visita era al bloque de al lado. Fachada gris, portal con puerta pesada que había que empujar con la cadera para que cerrase. Dentro olía a comida de gato y fregonas mojadas. La bombilla del techo parpadeaba, arriba resonaba música. El piso estaba en el quinto sin ascensor. Mientras subía, Nadiezhda Semiónovna contaba escalones. En el tercer piso se detuvo a tomar aire, se apoyó en la pared. Oía el latido en los oídos y sentía las rodillas doloridas. Pensó de reojo que pronto sería ella quien pidiera “que vengan a casa” y no quien fuera corriendo por las de otros. Le abrió la puerta una mujer delgada de más de cuarenta, con el jersey dado de sí. — Pase —dijo, gritando hacia adentro—: Mamá, es la enfermera. En la sala, junto a la ventana, en el sofá, estaba tumbada una anciana con rebeca de punto. En el alféizar había tres macetas, entre ellas una bola solitaria de cristal. — Se le dispara la tensión —dijo la hija, arreglándole la manta—. Y la tos. La doctora me dijo que la mirase usted. Nadiezhda Semiónovna sacó rutinariamente el tensiómetro y ciñó el manguito al antebrazo huesudo. La anciana la observaba con ojos atentos y algo lánguidos. — ¿Ya están preparando el fin de año? —preguntó de pronto, mientras el aparato silbaba soltando aire. — ¿Preparar yo? —se encogió Nadiezhda Semiónovna—. Me toca guardia y visitas. Pondré el televisor, haré una ensalada y ya. — Nosotros… —la anciana giró la cabeza hacia la ventana— Colgamos la bola, para que no se nos olvide que es fiesta. Mi hija está de turno. Yo recibiré el año sola. Pero nada, ya estoy acostumbrada. Lo dijo sin queja y a Nadiezhda Semiónovna le entró una incomodidad extraña. Pensó en su piso de una habitación, con el tendedero sin recoger desde otoño y el eneldo seco en un vaso. No había puesto árbol en cinco años; la caja de adornos cogía polvo en el altillo. — La tensión está bien, abuela —dijo mirando los números—. Siga con las pastillas. Ahora escucho la tos. Apresó el estetoscopio contra el pecho esmirriado, escuchó el silbido al inspirar y el exhalar leve. En la sala solo se oían los tic-tac del reloj y el tintinear lejano de vajilla en casa de los vecinos. — ¿Vendrá antes de la fiesta? —preguntó la anciana cuando recogía los aparatos. — Si hay llamada, vengo —respondió—. Pero si no, no nos permiten ir sin motivo. — Ya… —asintió la anciana, y preguntó—: ¿Y usted tendrá visita? ¿Alguien en casa para brindar? La pregunta era sencilla, pero sonó demasiado directa. Nadiezhda Semiónovna se encogió de hombros. — ¿A quién le hago falta yo? —dijo, y se arrepintió del tono—. Los hijos viven en otra ciudad, cada cual con su vida. Llamarán, claro. La anciana la miró con comprensión y una calidez inesperada. — Pues entonces veremos el televisor “juntas” —dijo—. Yo desde aquí, usted desde allí. Bajando pensó en aquellas palabras, “veremos juntas”. Recordó cómo el año anterior se había dormido antes de las uvas, con la lámpara encendida y el televisor zumbando en la cocina. Había despertado por la mañana, apagado todo y salido a trabajar, sin distinguir el festivo del resto de los días. La segunda visita fue en su propio bloque, pero en otro portal. “Paciente encamado”, ponía en la nota. Conocía el piso: un hombre solo tras un ictus, atendido por cuidadoras rotatorias. El portal era como el suyo: paredes grises, buzones antiguos numerados a rotulador. Abrió la puerta una cuidadora con chaleco abultado. En la sala, el hombre, de sesenta y largo, estaba tendido y fuerte, con los brazos fláccidos. El televisor frente a la cama pasaba una película antigua. — ¿Cómo va nuestro campeón? —preguntó Nadiezhda Semiónovna, arqueando las cejas. — Pues… —suspiró la cuidadora—. Tosió de madrugada y la tensión se disparó. Llamé a la doctora y ella la mandó a usted. Él miraba el techo, apenas movía los labios. — Buenas tardes —saludó Nadiezhda Semiónovna, inclinándose—. Hombre, con el fiestón y usted aquí tumbado. Así no vale. Esbozó una ligera sonrisa. — Para mí no hay fiesta —murmuró—. Mientras no sea de noche. Ella midió la tensión, revisó la vía, anotó en la libreta. Olía a medicinas y algo hervido desde la cocina. En el alféizar quedaba un jarrón vacío, de donde recordaba que alguna vez hubo caramelos para visitas. — ¿Familia? —preguntó a la cuidadora al salir al pasillo. — Una hermana. Vive lejos y no vendrá en Nochevieja, lo dijo por teléfono. Estaré yo de noche, es mi turno. Bajando por la escalera, Nadiezhda Semiónovna pensó que justo en su mismo bloque había gente que recibiría el año en silencio y tumbada. Y ella, pared con pared, solo los conocía por avisos. Volvió al ambulatorio de noche cerrada. Por la ventana del despacho, bajo la luz de la farola, caían copos dispersos. En el cuarto de personal alguien mordisqueaba un bocadillo; el televisor mascullaba noticias. — Nadia, ¿por qué esa cara? —preguntó la médica servida de té—. ¿Estás molida? — Como todos —contestó, quitándose la chaqueta—. Oye, ¿tenemos muchos solos de verdad en el barrio? Pero de los que no tienen a nadie. — ¿Qué crees tú? —sonrió la doctora, removiendo el té—. La mitad de las historias. Algunos sin familia, otros solo en papeles. ¿Por qué preguntas? Nadiezhda Semiónovna miró el listado colgado en la pared, repitiendo frases ajenas en la mente: “Yo sola lo recibiré”, “Para mí no hay fiesta”. — Pues… —se frotó el entrecejo—. Pensaba si podríamos… No sé. Felicitarles, mandarles unas mandarinas, un té. Pasar por casa. La médica la miró sorprendida. — Pero estás loca —dijo sin maldad—. Nos pueden llamar la atención. Nada de regalos, ni iniciativas personales. Sabes cómo está ahora todo. — Ya sé —se apresuró—. No de parte del ambulatorio, sino… como personas. Pero los conozco como enfermera, y lo pienso. La médica suspiró. — Eres muy buena, Nadia, pero no lo cargues todo tú. Bastante tenemos. Si quieres, hazlo tú misma, pero, sin nosotros y nada de decir que vienes del centro. Si no, hay quejas. La palabra “quejas” sonó helada. Nadiezhda Semiónovna sabía cuánto temían esas hojas de reclamación. Volvió a casa por la calle oscura, el aire frío le quemaba la garganta. Acarreaba su bolso, más pesado que nunca. En las ventanas parpadeaban luces navideñas; en el bajo, niños giraban en torno al árbol de plástico y hacía ruido el espumillón. En el portal todo estaba silencioso. Alguien había puesto un pequeño arbolito en el alféizar, al lado un bote con tierra y un tallo seco. En la pared, un aviso de la comunidad sobre el corte de agua caliente, pegado con celo. En su piso, Nadiezhda Semiónovna encendió la luz, dejó el bolso sobre un taburete y notó el fresco de la cocina. Puso la tetera al fuego, llenó la taza de té y, mientras hervía el agua, abrió el bloc de notas. En la primera página escribió: “A quien esté solo”. Luego pensó. Recordó a la abuela del balón, al hombre del ictus, a la señora del bloque vecino que siempre decía “nadie me viene”. Apuntó sus nombres y direcciones: eran unos diez. Miró aquellos nombres y sintió un cansancio aplastante. En la cabeza resonaron los reparos: “No es tu asunto”, “No tienes por qué”, “Te faltan fuerzas”. Se frotó la frente. — Podría comprar unas mandarinas y dejarlas —pensó—. Sin discursos, sin cartelitos. Solo llamar y felicitar. Si quieren, las aceptan. Si no, cierran la puerta. Le inquietaba menos el rechazo, más el tener que acercarse, hablar, explicarse. En la sala de curas dominaba el terreno: jeringuillas, tensión, historias. Pero esto era invadir la vida ajena, aunque solo fuera un minuto. La tetera sonó. Llenó la taza, se sentó y volvió a mirar la lista. Al final, sin pensar, añadió: “Piso 87, vecina de arriba, encamada”. Solo la conocía por el ruido de los bastones y el olor a sopa desde esa puerta. Al día siguiente llegó antes al centro. La sala estaba vacía salvo por el limpiador, frotando el suelo en el pasillo. Colgó la bata, sacó el bloc y lo dejó sobre la mesa. Al poco entró la auxiliar, una chica de hombros anchos y pelo corto. — Buenos días —saludó con un gesto—. Hoy nos espera un gentío. Todos recuerdan que hay que curarse antes de las fiestas. — Oye —la detuvo Nadiezhda Semiónovna mientras se ponía los guantes—, pensaba… Tenemos pacientes muy solos. ¿Y si ponemos cien euros cada una y compramos mandarinas, té? Yo los reparto por la tarde. La auxiliar la miró sorprendida. — ¿Y no nos…? —no acabó la frase. — No de parte del centro —dijo rápido—. Solo de gente, sin listas ni firmas. Ni nombrarte. Para que no parezca todo tan vacío. Ella dudó, luego sacó del bolsillo un billete doblado. — Vale —dijo—. Pero sin decirlo. Si no, dirán que no hago mi trabajo. A mediodía el bloc tenía varios billetes entre sus páginas; algunos colaboraban con veinte, otros con cien, uno se excusó diciendo que apenas llegaba a fin de mes. Una médica resopló: — ¿Crees que con tus mandarinas se les va a pasar? Mejor que les diesen los medicamentos gratis. Nadiezhda Semiónovna encogió los hombros. Sabía que la medicina era lo justo, pero no podía hacer nada por ella. Las mandarinas sí. Al acabar la jornada fue al supermercado. Estaba abarrotado; la gente chocaba carros y discutía con las botellas de champán. Compró dos kilos de mandarinas, varias cajas de té, unas galletas. La cajera marcó todo con desgana. — ¿Preparando la fiesta? —preguntó sin interés. — Sí —respondió Nadiezhda Semiónovna—. Un poco. En casa repartió la compra en bolsas limpias: algunas mandarinas, una caja de té, un par de galletas en cada una. Salieron nueve bolsas. Las miró y sintió una extraña inquietud, como antes de un examen. — Qué disparate —murmuró, pero no guardó las bolsas. Por la tarde, abrigada y con el pañuelo bien atado, llevó tres bolsas en cada mano; las otras dejaría para luego. Empezó por los del portal: el hombre encamado y la vecina de arriba. Primero subió al hombre del ictus. El corazón le latía deprisa, las palmas sudorosas. Llamó al timbre. Pasos, cerradura. Le abrió la misma cuidadora. — Usted otra vez —se sorprendió—. ¿Trae algo? — No —respondió rápido—. Solo esto, para la fiesta. Mandarinas y té. ¿Acepta? La cuidadora miró la bolsa extrañada. — ¿Y esto de quién es? —preguntó. — De los vecinos —tras un segundo—. De la gente. Para que no… esté solo. Desde adentro él preguntó: — ¿Quién hay? — Nada, regalos —dijo la cuidadora. — Qué regalos, no necesito nada —refunfuñó. Nadiezhda Semiónovna entró al pasillo, abrió la puerta de la sala. — Soy yo, la enfermera —dijo—. No se enoje. Son mandarinas, se las dejo y usted decide qué hacer. Él la miró de ceño fruncido, luego la bolsa en manos de la cuidadora. El rostro terso, pero en los ojos una mirada cálida. — Feliz año —añadió ella, consciente de lo absurdo que suena eso junto a una vía de suero. — Igualmente —dijo él, volviéndose al televisor. En la escalera respiró hondo. “No me echaron, menos mal”, pensó. Subió más despacio a la vecina de arriba. Puerta vieja, pintura rayada. Llamó; tardaron en abrir, casi se iba cuando se oyó el cierre y la señora apareció en bata y pañuelo. — Sí —dijo con prudencia. — Soy su vecina de abajo —explicó—. Solo nos conocemos porque fui alguna vez a atenderla. Traigo esto, por la fiesta. Mandarinas y té. ¿Lo acepta? La señora miró la bolsa, luego a ella. — ¿Y esto qué cuesta? —preguntó directo. — Nada —respondió—. Solo así. Feliz año. La señora dudó, luego cogió la bolsa como si pesara mucho. — Gracias —dijo bajito—. Justo pensaba: ojalá alguien llamara. Al menos alguien. Aquello le dolió más que cualquier queja. Nadiezhda Semiónovna asintió, sin saber qué contestar. — Si necesita algo, estoy abajo —dijo—. Llame si le hace falta. — No es lo suyo —balbuceó la señora—. Usted tiene su vida. — Bueno, nunca se sabe —respondió—. Me voy ya. Cogió las bolsas que quedaban y las llevó al siguiente bloque: la anciana de la bola de cristal. Parada bajo la fachada, miró los ventanales. Tercero encendido, flores en el alféizar. Subió, contando escalones. Abrió la hija, se sorprendió. — ¿Por urgencia? —preguntó. — No —contestó Nadiezhda Semiónovna—. Solo pasaba. ¿Puedo? En la sala la anciana seguía igual, pero la bola brillaba con la luz. — Ay, pensé que no vendría —dijo ella—. Ha venido. — Solo para traerle algo por la fiesta. Mandarinas, té. Nada especial. La anciana cogió la bolsa con dedos temblorosos. — Gracias —dijo—. Yo no puedo darle nada. — Ni falta hace —contestó Nadiezhda Semiónovna—. No quiero nada. — Entonces le diré esto —sonrió la anciana—. Usted es buena. ¿Eso cuenta? Se le hizo un nudo en la garganta; desvió la mirada al alféizar. — Sí —dijo—. Pero no se pase. Rieron y el ambiente se aligeró. Charló un poco de la lluvia, de las películas repetidas y se despidió. Las siguientes visitas fueron variadas. Una mujer, abriendo, dijo que no necesitaba nada y cerró la puerta antes de escuchar. Otra se disculpaba por no poder invitar a té porque tenía la casa desordenada. Un hombre con muletas sospechó si era una campaña publicitaria. Otros se alegraban, otros se avergonzaban, otros se quejaban de “mejor cambiar el asfalto”. Cada vez que bajaba las escaleras sentía cierto ridículo y cierto alivio. No salvaba ni resolvía gran cosa. Pero, en esos minutos, entre la puerta y la gente, ocurría algo distinto a lo habitual. En la vorágine previa a Nochevieja seguía corriendo por el ambulatorio. Los pacientes venían para “no estar mal en las fiestas”, traían cajas de bombones a los médicos y intentaban colarlas sin llamar la atención. En el cuarto de personal había ya bolsas de galletas y chocolate que alguien había traído para “todos”. La Dirección colgó un aviso prohibiendo regalos, pero nadie miraba mucho. — Nadia —le guiñó la auxiliar—, ¿ya repartiste a los tuyos? Por si acaso. — A los que pude —contestó—. El resto, la próxima vez. — Eres una heroína —admitió la chica—. Pero ni se te ocurra decir que lo dije. Al llegar la tarde bajó el número de pacientes. Los pasillos se vaciaron, solo la limpiadora enlodaba cerámicas. En la sala de curas quedaba el zumbido del viejo frigorífico de las vacunas. — Ya está, vayan a casa —ordenó la directora desde la puerta—. Mañana es fiesta, descansen. Nada de visitas, solo las urgentes. Nadiezhda Semiónovna colgó la bata, dejó rastro en el respaldo de la silla. Cogió el bolso, apagó la luz, salió al pasillo. Solo las lámparas nocturnas seguían encendidas, el aire más frío. Pasó por recepción, donde la compañera de guardia tejía con lana gris. Por el tablón de anuncios, repleto de recordatorios y horarios médicos. Por la puerta que de día siempre tenía cola, ahora vacía. Fuera, ya disparaban las primeras bengalas. En la distancia se oía una explosión, una chispa roja. La nieve crujía bajo las botas. Caminó despacio a casa, con dolor en la espalda y las piernas pesadas. En la puerta la abordó la vecina joven con carrito. — Nadiezhda Semiónovna —dijo—. ¿Usted fue la que visitó ayer a la abuela? Me ha contado que le vino “Papá Noel”. — ¿Qué Papá Noel? —bufó Nadiezhda Semiónovna—. Solo le llevé unas mandarinas. — Pues le ha hecho ilusión —sonrió la vecina. Charlaron un poco sobre lo asustados que estaban los niños por las tracas y la vecina siguió patio adentro. Nadiezhda Semiónovna entró en casa, alumbró el recibidor. Todo estaba silencioso. El reloj marcaba los segundos. Colgó el abrigo, dejó el bolso; fue a la cocina. Un plato de sopa fría sobre la mesa, sin terminar del desayuno. Se sentó, se sirvió té y añadió una rodaja de limón. En la sala el televisor estaba apagado. No tenía prisa por encenderlo. Afuera relucían bengalas, reflejadas en el cristal. Pensó en los rostros visitados: la abuela de la bola, el hombre del suero, la vecina con la bolsa que parecía de cristal. Recordó cómo una señora al aceptar el paquete dijo: “Pensé que ya nadie se acordaba de mí”. A mí tampoco me han dejado de lado, pensó de repente. No porque alguien le trajese un regalo, sino porque, al tocar otras puertas, esas puertas se abrieron. Y detrás había gente mirándola no solo como enfermera con tensiómetro, sino como persona que viene “porque sí”. Terminó el té, fue a la sala. Sobre el armario, una caja con adornos que apenas tocaba. La bajó, la abrió. Dentro, entre papeles, estaban bolas de cristal, figuritas, hilos brillantes. No había árbol, pero cogió una bola, la limpió con la manga y la colgó en el gancho de la ventana, donde guardaba las llaves. La bola se meció, atrapó luz y reflejó la cocina pequeña, la mesa, su figura. Miró ese reflejo y sintió aflojarse el pecho. No había pasado ningún milagro. Mañana habría avisos, colas, quejas. Seguiría fatigada, protestando por los papeles y los horarios. Pero ahora tenía esa lista en el bloc, donde junto a los nombres imaginó pequeñas marcas, no como informe, sino como recordatorio: hay gente a la que se puede ir, ya no solo con una inyección, sino también con una mandarina y un “buenas tardes”. Frente a la ventana sonó una traca, el cristal vibró. Ella se estremeció, luego sonrió. Se acercó al cristal: en el patio los niños correteaban con bengalas, los adultos vigilaban envueltos en sus abrigos. Nadiezhda Semiónovna aguardó unos minutos, apagó la luz de la cocina, pasó a la sala. Encendió el televisor, ya emitían la gala de fin de año. Presentadores y cantantes repartían sonrisas. Se sentó en el sillón, acomodó la almohada detrás, cogió el móvil. Pensó y envió un mensaje corto a su hija: “Feliz Año. Todo bien por aquí”. Otro —a la vecina de arriba: “Si hace falta, estoy en casa”. Las respuestas tardaron. La hija dijo que llamaría cerca de las uvas. La vecina escribió solo una palabra: “Gracias”. Nadiezhda Semiónovna dejó el móvil, se recostó en el sillón. Tras la pared sonaban brindis y risas. En su sala había silencio, pero no esa soledad amarga que antes sentía. Cerró los ojos, atendió a los sonidos de la casa, los petardos lejanos y su respiración tranquila. Tenía cansancio, pero no tanta soledad como antes. Y esa sensación, pequeña y porfiada, le pareció el más justo balance del año que terminaba.