Cuando sacaron a Vasquito Rogov del hospital al nacer, la comadrona le dijo a su madre: «Vaya tamaño. Será todo un titán». La madre no respondió nada. Ya entonces miraba el fardo como si no fuera su hijo. Vasquito no llegó a ser un titán. Se convirtió en el sobrante. De esos que, ya sabes, han nacido, pero nadie sabe muy bien para qué. —¡Otra vez tu hijo raro en el arenero, ha espantado a todos los niños! —gritaba la tía Loli desde el balcón del segundo piso, activista del barrio y altavoz de la justicia vecinal. La madre de Vasquito, una mujer agotada y con la mirada apagada, respondía escuetamente: —Si no te gusta, no mires. No molesta a nadie. Y la verdad es que Vasquito no molestaba a nadie. Era grande, desgarbado, siempre con la cabeza gacha y los brazos colgando. A los cinco años callaba. A los siete, berreaba. A los diez empezó a hablar, pero de tal manera que casi mejor si hubiera seguido callado: la voz ronca, rota. En el colegio le pusieron en la última fila. Los profesores suspiraban al ver su mirada vacía. —Rogov, ¿me oyes siquiera? —preguntaba la de mates, golpeando la pizarra con la tiza. Vasquito asentía. Oía, sí. Simplemente no veía sentido en contestar. ¿Para qué? Al final le pondrían un aprobado pelado para no estropear las estadísticas y le dejarían marchar en paz. Sus compañeros no le pegaban —les daba miedo. Vasquito era fuerte como un toro joven. Pero tampoco eran amigos suyos. Le esquivaban como se esquiva un charco profundo: con asco, haciendo un rodeo. En casa no era mejor. El padrastro, que apareció cuando Vasquito cumplió doce, marcó su territorio desde el principio: —Que no lo vea por aquí cuando vuelva del trabajo. Come mucho y aprovecha poco. Y Vasquito se esfumaba. Vagaba por obras, se sentaba en sótanos. Aprendió a ser invisible. Su único talento era fundirse con las paredes, con el hormigón gris, con el barro en el suelo. Aquella tarde en la que su vida dio un vuelco, caía una lluvia fina y desagradable. Vasquito, ya con quince años, estaba sentado en la escalera entre el quinto y el sexto piso. A casa no podía ir: el padrastro tenía invitados, iba a haber jaleo, humo y, probablemente, algún bofetón. La puerta del piso de enfrente chirrió. Vasquito se encogió en la esquina, intentando hacerse más pequeño. Salió doña Tamara Ilínichna. Una mujer ya mayor, por encima de los sesenta largo, aunque se movía como si no llegara a los cuarenta. Todo el barrio la consideraba rara. No se sentaba en el banco ni comentaba los precios de las lentejas y siempre caminaba con la espalda recta. Le miró. No con lástima ni con asco. Sino de una forma… analítica. Como quien observa un mecanismo roto para ver si tiene arreglo. —¿Qué haces ahí sentado? —preguntó. Tenía la voz grave, autoritaria. Vasquito se sonó la nariz. —Nada. —Nada, nacen los gatos —cortó ella. —¿Tienes hambre? Vasquito sí tenía hambre. Siempre tenía hambre. Su cuerpo en crecimiento pedía combustible, y en casa, ni para ratones en la nevera. —¿Bueno? No lo repito dos veces. Él se levantó, torpemente desplegando todo su tamaño, y la siguió. El piso de doña Tamara no era como los demás. Libros. Libros por todas partes: en estanterías, en el suelo, en las sillas. Olía a papel viejo y a algo suculento, carne guisada. —Siéntate —asintió ella hacia el taburete—. Primero lávate las manos. Allí, el jabón de toda la vida. Vasquito obedeció. Ella puso delante de él un plato de patatas con estofado de verdad, con trozos grandes de carne. No recordaba cuándo fue la última vez que comió carne, carne de verdad y no salchichas. Comía rápido, tragando sin apenas masticar. Doña Tamara le observaba con la mejilla apoyada en la mano. —¿A dónde vas con tanta prisa? Nadie te lo va a quitar —dijo tranquila—. Mastica, el estómago te lo agradecerá. Vasquito bajó el ritmo. —Gracias —murmuró, limpiándose la boca con la manga. —Con la manga no, hombre. Para algo se inventaron las servilletas —y le acercó un paquete—. Eres muy salvaje, chaval. ¿Y tu madre? —En casa. Con el padrastro. —Ya. Sobrante en la familia. Lo dijo tan simple que a Vasquito ni le dolió. Como quien constata que hoy llueve o que el pan ha subido. —Escúchame bien, Rogov —dijo de repente con severidad—. Tienes dos caminos. O dejas que la vida te arrastre y acabas perdido en cualquier esquina, o te espabilas. Fuerza tienes, te lo veo. Pero en la cabeza… viento. —Soy tonto —admitió Vasquito—. Eso dicen en el colegio. —En el colegio dicen muchas cosas. Eso es para mentes normales. Tú no lo eres. Eres distinto. ¿Sabes usarlas, esas manos? Vasquito miró sus palmas. Grandes, nudillos golpeados. —No sé. —Ya lo veremos. Mañana te pasas. Me arreglas el grifo, que pierde mucho. Te dejo herramientas. Desde aquel día, Vasquito empezó a ir todas las tardes. Primero arregló grifos, después enchufes, luego cerraduras. Descubrió que tenía manos de oro; entendía los mecanismos sin pensar, por pura intuición. Doña Tamara no mimaba. Enseñaba. Dura, exigente. —¡Así no se coge! —ordenaba—. ¿Qué es eso, una cuchara? ¡El firme, el apoyo! Y le daba con la regla de madera en los nudillos. Dolía, desde luego. Le prestaba libros. No de texto, no: sobre la vida. De gente que sobrevivía contra todo. De viajeros, inventores, pioneros. —Lee. El cerebro se oxida si no. ¿Crees que eres el único? Hubo millones como tú. Y salieron adelante. ¿Por qué tú no? Poco a poco, Vasquito fue conociendo su historia. Tamara Ilínichna trabajó de ingeniera en fábrica toda su vida. Se quedó viuda joven, no tuvo hijos. Cerraron la fábrica en los noventa, vivía de la pensión y de algunas traducciones técnicas. Pero no se doblegó ni amargó. Vivía recta, estricta y sola. —No tengo a nadie —dijo un día—. Y tú, en realidad, tampoco. Pero esto no es el final. Es el principio. ¿Entiendes? Vasco no entendía del todo. Pero asentía. Cuando cumplió dieciocho y le tocó la mili, ella organizó una merienda especial, con empanada y mermelada. —Escucha, Vasili —le llamó así, por primera vez, por su nombre completo—. No puedes volver aquí. Te perderías. Esto no va a cambiar jamás: mismo barrio, misma gente, misma desesperanza. Sirves, y búscate la vida en otro lugar. Vete al norte, a las obras, a donde sea. Pero aquí, ni muerto, ¿de acuerdo? —De acuerdo —dijo Vasili. —Toma —le tendió un sobre—. Hay treinta mil pesetas. Todo lo ahorrado. Te servirá para empezar, si eres listo. Y recuerda: no le debes nada a nadie. Solo a ti. Hazte persona, Vasili. No por mí. Por ti. Quiso rechazarlo, decirle que no aceptaría el dinero de su vejez. Pero vio su mirada dura, exigente, y supo que rechazar era imposible. Era su última lección. Su última orden. Se fue. Y no volvió. Veinte años después, el barrio había cambiado. Cortaron los viejos chopos y asfaltaron todo para hacer aparcamientos. Los bancos eran de hierro, incómodos. El edificio, envejecido y desconchado, seguía en pie como un viejo que no tiene dónde ir. Un todoterreno negro aparcó a la puerta. Bajó un hombre ancho y alto, con abrigo caro pero discreto. El rostro endurecido por los vientos del norte, pero ojos tranquilos, seguros. Era Vasili Rogov. Vasili Serguéyevich, así le llamaban ahora sus empleados. Propietario de una constructora en Siberia. Ciento veinte en la plantilla, tres grandes proyectos en marcha, fama de hombre que cumple. Se había hecho a pulso en las obras: peón, capataz, encargado. Estudió de noche, sacó el título. Ahorró, invirtió, arriesgó. Cayó dos veces y se levantó otras dos. Los treinta mil de Tamara Ilínichna hacía tiempo que los devolvió —le enviaba dinero todos los meses, aunque ella lo regañaba y amenazaba con tirarlo. Pero los aceptaba. Y un día empezaron a volver los envíos. “Destinatario desconocido”. Miró hacia las ventanas del quinto piso. Oscuras. En el patio, mujeres desconocidas. Todas las viejas se habían ido ya. —Perdón —se acercó a una de ellas—. ¿Saben quién vive en el 5ºB? ¿Tamara Ilínichna? Se animaron rápido: un hombre así, y en semejante coche… —Ay, majo, Tamara… —bajó la voz una—. Está muy mal. Perdió la memoria, se desorienta. Puso el piso a nombre de unos supuestos familiares y la llevaron a un pueblo, creo. Nines, ¿te acuerdas dónde? —En Sosnueva, diría —dijo otra—. Una casa vieja. Un sobrino apareció, dicen. Pero si siempre estuvo sola… Raro, la verdad. Y el piso lo venden. A Vasili se le heló la sangre. Conocía demasiado bien esa trampa: en Siberia lo había visto: encuentran un anciano solo, le engatusan para regalar o vender el piso, y luego lo llevan al olvido en cualquier pueblo perdido, si llega vivo siquiera. —¿Dónde está esa Sosnueva? —A unos cuarenta kilómetros, mala carretera, pero se puede ir. Vasili asintió, subió al coche y salió disparado. Sosnueva era un pueblo moribundo, tres calles. Media docena de casas cerradas, barro por todas partes. Unos pocos viejos y alguna familia a la que no le quedaba otro remedio. Dio con la casa por la descripción: cabaña torcida, valla tumbada. En el patio, barro, abandono. En la cuerda, trapos colgados. Abrió la cancela, que chirrió lastimosamente. Salió un hombre desaliñado, con camiseta sucia y ojos turbios del que empieza a beber al despertar. —¿Qué quieres, jefe? ¿Te has perdido? —¿Dónde está Tamara Ilínichna? —preguntó Vasili. —¿Qué Tamara ni qué niño muerto? Aquí no hay ninguna Tamara. Lárgate. Vasili no perdió el tiempo. Le echó mano del pecho y lo apartó sin esfuerzo. El otro gimió y se estampó contra la barandilla. Dentro la casa apestaba a humedad y agrio. En la cocina, platos sucios, botellas vacías, restos de comida. En la otra habitación… Allí, en una cama de hierro, estaba ella. Pequeña, casi seca. El pelo canoso enredado, piel apagada. Ojeras, labios resecos. Pero era ella. Su Tamara Ilínichna. La que le enseñó a coger el destornillador y a creer en sí mismo. La que le dio sus últimos ahorros y le dijo: «Hazte persona». Abrió los ojos, la mirada borrosa. —¿Quién anda ahí? —voz quebrada. —Soy yo, Tamara Ilínichna. Vasquito. Rogov. ¿Se acuerda? El de los grifos. Le costó reconocerle. Parpadeaba, intentando enfocar. Luego le brillaron los ojos de lágrimas. —Vasquito… —susurró—. Has vuelto… Pensé que lo estaba soñando. Qué grande estás. Un hombre… —Un hombre, Tamara Ilínichna. Gracias a usted. La envolvió en la manta —ligera, apenas un soplo— y la alzó con cuidado. Olía a enfermedad y humedad, pero bajo eso aún era ella: a papel viejo, a jabón de casa. —¿A dónde vamos? —preguntó ella, asustada. —A casa. Mi casa. Allí hay calor. Y libros. Muchos libros. Le gustará. En la puerta el tipo intentó ponerse delante: —¡Eh, tú!, ¿dónde te la llevas? ¡Enséñame los papeles! Me dejó la casa en herencia, ¡la cuido yo! Vasili le miró, tranquilo, sin rabia. Solo así, el otro palideció. —Eso se lo cuentas a mis abogados y a la policía. Y si resulta que la engañaste para llevártela, que lo sabremos, me encargaré de que pagues hasta el último día. ¿Entendido? El hombrecillo asentía encogido. El proceso fue largo: peritajes, juicios, papeles. Seis meses tardaron en anular la herencia fraudulenta, firmada cuando ella ya no estaba en sus cabales. El supuesto sobrino, pequeño estafador reincidente, acabó en la cárcel. El piso volvió a nombre de ella. Pero Tamara Ilínichna ya no necesitaba aquel piso. Vasili construyó una casa. Grande, de madera, en la periferia de la ciudad siberiana. No una mansión con columnas, sino una casa fuerte de alerce, con estufa rusa y ventanales. Ella vivía en la habitación más luminosa, en la planta baja. Los mejores médicos, cuidadora, buena comida. Recuperó peso, le volvió el color. La memoria nunca terminó de regresar; confundía fechas, olvidaba caras. Pero el carácter seguía: volvió a leer, aunque con gafas gruesas. Volvió a repartir órdenes: regañaba a la asistenta por el polvo en las estanterías. —¿Eso es una telaraña en la esquina? ¿Esto es casa o corral? Y Vasili sonreía. Pero no se detuvo ahí. Un día llegó del trabajo acompañado. De la furgoneta bajó un chaval delgaducho, receloso, con una vieja cicatriz en la mejilla y ropa tres tallas grande. —Mire, Tamara Ilínichna, —presentó Vasili—. Este es Alex. Se nos ha enganchado en la obra. No tiene dónde vivir. Del orfanato, recién cumplidos los dieciocho. Manos de oro y tormenta en la cabeza. Doña Tamara apartó su libro, se ajustó las gafas, inspeccionó al chico de arriba a abajo. —¿A qué esperas, chaval? —gruñó con su voz cascada—. A lavarse las manos y a la mesa. Allí tienes el jabón bueno. Hoy hay albóndigas. Alex retuvo la respiración. Miró a Vasili, que esbozó apenas una sonrisa y asintió. Un mes después apareció una niña. Katia. Doce años, cojeaba de una pierna, la cabeza baja. Vasili la tenía en acogida ahora; quitaron la custodia a la madre por alcohol y malos tratos. La casa se iba llenando. No era caridad de escaparate. Era familia. Familia de los que no importaban a nadie. Familia de rechazados que se encontraron los unos a los otros. Vasili veía cómo doña Tamara enseñaba a Alex a usar la garlopa, dejándose la regla en sus nudillos. Cómo Katia leía en voz alta, despacio, pero leía. —¡Vasili! —llamó Tamara Ilínichna—. ¿Qué haces plantado ahí? ¡Ayuda, que el armario no se mueve solo! —Voy —respondió él. Iba hacia ellos. Hacia su familia rara, impura, difícil. Y por primera vez en cuarenta años sentía que no sobraba. Que estaba en su sitio. —Bueno, Alex, —le preguntó una noche mientras el chico miraba las estrellas en el porche. El cielo de Siberia, negro y puro, lleno de luz fría—. ¿Qué tal aquí? —Bien, tío Vasco. Solo que… —¿Qué? —Es raro. ¿Por qué? Si yo no soy nadie. Vasili se sentó a su lado, sacó una manzana del bolsillo y se la ofreció. —Sabes, alguien me dijo una vez: «Nada, nacen los gatos». Alex esbozó una mueca. —¿Y eso qué significa? —Significa que nada ocurre porque sí. Ni lo bueno ni lo malo. Todo tiene su razón. Tú y yo estamos aquí por algo. En la casa, la luz de la habitación de Tamara Ilínichna. Volvía a leer hasta tarde, desobedeciendo al médico. Vasili negó con la cabeza: —Vete a dormir, Alex. Mañana toca arreglar la valla. —Vale. Buenas noches, tío. —Buenas noches. Se quedó solo en el porche. El silencio era real, sonoro. No había gritos madrugadores, ni sustos, ni miedo. Solo grillos y el rumor lejano de la carretera. Sabía que no salvaría a todos. A todos los lobeznos arrojados al borde de la vida. Pero a estos sí. A Tamara Ilínichna. Y a sí mismo. Y, por ahora, bastaba. Luego, se levantaría y seguiría andando. Como ella le enseñó un día.

Cuando sacaron a Asunción Navarro del hospital de la Maternidad de Valladolid, la comadrona le dijo a su madre: «Qué niña más grande. Será toda una luchadora». Su madre no respondió. Ya entonces miraba el fardo con esa distancia de quien no acaba de reconocer en esos ojos a su propia hija.

Asunción no fue ninguna luchadora. Fue siempre la de más. Sabéis, esa persona que, aunque haya nacido, nadie decidió aún para qué exactamente.

¡Otra vez la rara de tu hija en el parque, asustando a todos los niños! gritaba desde el segundo piso la tía Eulalia, vecina de toda la vida y portavoz de la moral comunitaria.

La madre de Asunción, mujer agotada, de mirar apagado, respondía sin ganas:
Pues no la mires, Eulalia. No le hace daño a nadie.

Y era verdad que Asunción no molestaba a nadie. Era grande, desgarbada, con la cabeza siempre gacha y los brazos demasiado largos, colgando como las ramas de un sauce. A los cinco años apenas pronunciaba palabra. A los siete, solo emitía gruñidos ininteligibles. A los diez empezó a hablar, aunque mejor hubiera seguido callada: su voz era ronca y desgarrada.

En el colegio la sentaron en la última fila. Los profesores suspiraban al cruzarse con su mirada vacía.

Navarro, ¿me oyes por lo menos? preguntaba la de matemáticas, golpeando la pizarra con la tiza.

Asunción asentía. Escuchaba, sí, pero responder le parecía inútil. ¿Para qué? Al final le pondrían un suficiente, para no estropear la estadística, y la dejarían en paz.

Los compañeros no la pegaban la temían. Asunción era fuerte como una ternera joven. Pero tampoco la aceptaban en el grupo. La evitaban con la distancia con la que se esquiva un charco hondo: con recelo, por el lateral.

En casa la cosa no mejoró. El padrastro apareció cuando Asunción ya tenía doce años y enseguida dejó claras sus intenciones:

Que ni se le ocurra dejarse ver cuando vuelva del trabajo. Come mucho y no sirve para nada.

Y Asunción desaparecía. Vagabundeaba por solares vacíos, se colaba en sótanos húmedos. Aprendió a ser invisible. Era su único talento: mimetizarse con las paredes, con el gris del hormigón y la mugre de la acera.

Aquella noche en que su vida cambió por completo, llovía una de esas lloviznas finas, persistentes, que calan el ánimo. Asunción, ya con quince años, estaba sentada en la escalera del portal, entre el quinto y el sexto. No podía ir a casa: el padrastro tenía invitados, muchas voces, mucho humo y, probablemente, algún golpe flojo.

La puerta de enfrente crujió. Asunción se encogió en el rincón, tratando de hacerse invisible.

Salió doña Carmen Ortega. Mujer sola, de más de sesenta, aunque en el porte mantenía la firmeza de alguien mucho más joven. El vecindario la consideraba peculiar. Nunca se sentaba en los bancos a cotillear sobre el precio del kilo de patatas, se paseaba siempre erguida.

Miró a Asunción. Ni con lástima ni con asco. La miró con atención, como quien observa un mecanismo estropeado para decidir si merece ser arreglado.

¿Por qué estás aquí sentada? le preguntó, con voz grave y firme.

Asunción resopló por la nariz.

Por nada.

Por nada, dice. Por nada ni nacen los gatos replicó. ¿Quieres comer algo?

Asunción sí quería. Siempre tenía hambre. El cuerpo en crecimiento exigía combustible y en su nevera solo había telarañas.

Bueno, ¿qué? No voy a repetirlo.

Se puso en pie, torpe y desproporcionada, y la siguió.

El piso de doña Carmen era distinto de todos los demás. Libros por todas partes. En estanterías, apilados por el suelo, sobre las sillas. Olía a papel antiguo y a algo rico, carne guisada quizá.

Siéntate le indicó, señalando un taburete. Pero primero lávate las manos. Allí tienes jabón Lagarto.

Asunción obedeció. Se lavó. Carmen le puso delante un plato de patatas y carne en salsa de las de verdad. Trozos generosos de ternera. Asunción no recordaba cuándo fue la última vez que probó carne que no fuera fiambre barato.

Comía deprisa, casi sin masticar. Doña Carmen la observaba con una mano apoyada en la mejilla.

No te lo van a quitar. Mastica. Si no, el estómago te pasará factura.

Asunción ralentizó su ritmo.

Gracias masculló, limpiándose la boca con la manga.

La manga no, mujer, hay servilletas le acercó el paquete. Hay que ver, pareces salvaje. ¿Dónde está tu madre?

En casa. Con el padrastro.

Ya, el elemento de más en la familia.

Lo dijo tan sencillamente que a Asunción ni le dolió. Era un hecho. Como cuando se dice hoy llueve o la barra de pan está a un euro y medio.

Mira, Navarro añadió Carmen con dureza, tienes dos caminos. Te dejas llevar y terminas por ahí tirada o pones cabeza y te haces valer. Fuerza tienes, eso lo veo. Pero en la cabeza, mucho aire circula.

Soy tonta confesó Asunción. En el cole lo dicen.

En el colegio se dicen muchas tonterías. Tienen una educación para mentes de término medio. Y tú no eres del montón. Eres distinta. ¿Te has fijado en tus manos?

Asunción estudió sus palmas, grandes, con los nudillos pelados.

No sé.

Ya lo iremos descubriendo. Mañana ven. Arreglarás el grifo de la cocina. Pierde mucha agua, y llamar al fontanero cuesta un dineral. Te dejaré las herramientas.

Así, Asunción empezó a visitar a doña Carmen casi todos los días. Arregló grifos, enchufes, cerraduras. Descubrió que sus manos eran de oro, que entendía los mecanismos, no con la cabeza, sino con una intuición pura.

Carmen no le daba cuartelillo. Enseñaba con severidad y exigencia.

Eso no se coge así ordenaba. ¿Quieres sujetar el destornillador como una cuchara? ¡Haz palanca!

Y le atizaba en los nudillos con una regla de madera. Dolía, vaya si dolía.

Le daba libros. No manuales, sino historias de gente que sobrevivió a todo: exploradores, inventoras, pioneras.

Lee le exigía. La cabeza debe funcionar, o acaba enmohecida. ¿Te crees que eres la única diferente? Como tú ha habido miles. Y salieron adelante. No eres menos que nadie.

Poco a poco, Asunción fue conociendo la historia de Carmen. Trabajó de ingeniera toda su vida en una fábrica de Miranda de Ebro. Viuda prematura, sin hijos. Cerraron la fábrica en los noventa, vivió de una pensión y alguna traducción de textos técnicos. No se rindió, ni se volvió amarga. Simplemente siguió: firme, recta, sola.

No tengo a nadie dijo un día. Tú, más o menos, tampoco. Pero eso no es el final. Es el principio. ¿Lo entiendes?

Asunción no entendía mucho, pero asentía.

Cuando Asunción cumplió dieciocho y le tocó marchar a la mili el servicio militar era obligatorio entonces, Carmen la llamó para hablarle muy en serio. Puso la mesa como en las grandes ocasiones: empanadas, dulce de membrillo.

Escucha, Asunción por primera vez, la llamó por su nombre completo. No vuelvas aquí cuando termines. Te perderás. Este barrio te traga. Aquí nunca cambiará nada: la misma plaza, la misma gente, la misma miseria. Cuando salgas, busca tu camino fuera. Vete a Euskadi, a Barcelona, donde sea, menos aquí. ¿Lo has entendido?

Entendido respondió Asunción.

Y toma esto le entregó un sobre. Son tres mil euros. Todo lo ahorrado. Para empezar te servirá, si lo usas con cabeza. Y no lo olvides nunca: solo te debes a ti. Hazte persona, Asunción. Por ti, no por mí.

Asunción quiso negarse, devolver el dinero. Pero al mirarla a los ojos esa mirada inquebrantable y exigente supo que no podía. Era su última lección. Su última orden.

Se fue.

Y no volvió.

Pasaron veinte años.

El barrio había cambiado. Derribaron los olmos. Todo hormigón, ya solo parking. Bancos de metal, incómodos. El edificio envejecido, pero aún en pie, testarudo como un anciano sin hogar.

Hasta ahí llegó un todoterreno negro, imponente. Bajó un hombre. Alto, ancho de espaldas, con un abrigo caro y discreto. Rostro marcado por los vientos, pero mirada serena y firme.

Era Asunción Navarro. Doña Asunción, le llamaban en su empresa. Propietaria de una constructora en Burgos. Más de cien empleados, tres grandes obras en curso, la fama de constructora honesta.

Empezó en Euskadi levantando tabiques, luego encargada, luego jefa de obra. Estudió por las noches, sacó grado. Invirtió, arriesgó. Cayó y resurgió. El dinero de Carmen se lo devolvió diez veces en transferencias que ella aceptaba a regañadientes.

Hasta que empezaron a devolverse los envíos: Destinataria desconocida.

Miró hacia las ventanas del quinto. Oscuras.

En el banco del portal había mujeres, desconocidas ya. Las viejas del barrio se habían marchado.

Perdonen preguntó a una de ellas. ¿Queda alguien en el piso 5B? Carmen Ortega. ¿Sigue viviendo ahí?

Las mujeres alzaron la mirada, curiosas.

Ay, cielo contestó una en voz baja, Carmen está muy mal. Perdió la memoria, empezó a liar nombres y cosas. Dicen que firmó el piso a unos familiares lejanos y se la llevaron al pueblo. Nines, ¿te acuerdas dónde?

A Valdetorres, creo añadió la otra. Ahí tiene una casa vieja. Apareció un sobrino, pero ¿de dónde?, si nunca tuvo hijos. Un misterio, vamos. El piso ya lo están vendiendo.

A Asunción se le heló el corazón. Aquella historia la conocía de sobra: gente sola, alguien les engaña y se quedan sin nada. Lo había visto muchas veces en los pueblos.

¿Dónde está Valdetorres?

Pasado Medina, unos cuarenta kilómetros. Mal camino, pero se llega.

Asunción asintió y salió disparada.

Valdetorres era una aldea moribunda. Tres calles, casas abandonadas, el barro tragándose las ruedas. Solo quedaban ancianos y gente sin otra opción.

Dieron con la casa por las indicaciones de los lugareños. Una tapia vencida, el patio invadido de malas hierbas, ropa mal colgada.

Asunción empujó la verja, que chilló como un lamento.

Salió un hombre, barba descuidada, camiseta sucia, ojillos turbios de quien bebe al levantarse.

¿Qué quieres? ¿Buscas a alguien, jefa?

Vengo a por doña Carmen Ortega.

No hay ninguna Carmen aquí. Lárguese gruñó el hombre.

Asunción no discutió. Lo apartó sin esfuerzo, le plantó el brazo y aquel se escurrió contra la barandilla.

Dentro, el olor a humedad y abandono le cortó la respiración. Vasos mugrientos, botellas vacías, restos en la mesa.

En la cama de hierro, la vio. Pequeña, encogida. Pelo canoso, rostro gris. Ojeras pronunciadas, labios resecos.

Era ella. La que le enseñó a usar un destornillador y a creerse capaz. La que le entregó sus últimos euros y le mandó a hacerse persona.

Abrió los ojos, vidriosos, perdidos.

¿Quién está ahí? voz débil, cascada.

Soy yo, doña Carmen. Asunción. Navarro. ¿Se acuerda? La de los grifos.

La miró largamente, parpadeando. Unas lágrimas asomaron.

Asunción… volviste… Pensé que era un sueño. Cuánto has crecido. Ya eres una persona, hija…

Una persona, gracias a usted.

La cobijó en una manta ligera, irreal y la levantó. Bajo el olor a enfermedad, reconocía aún el aroma a libro viejo y jabón Lagarto.

¿Adónde me llevas? preguntó asustada.

A casa. A la mía. Allí hace calor. Y hay libros. Muchos libros. Le va a gustar.

Al salir, el hombre intentó forzarla a quedarse:

Eh, ¿dónde vas con la vieja? ¡Deja los papeles! ¡Ese piso es mío, que me lo cedió, cuido de ella!

Asunción le dirigió una mirada serena, sin odio. El otro se desinfló de puro miedo.

Todo eso lo explicarás a mis abogados. Y a la Guardia Civil. Y a la Fiscalía. Si resulta que la llevaste aquí engañada, y lo sabremos, te quedas sin chimenea, ¿entiendes?

El hombre solo pudo asentir, vencido.

El proceso fue largo. Pruebas, juicios, papeles. Seis meses hasta anular la donación por incapacidad. El hombre, un estafador reincidente. El piso volvió a ser de Carmen, pero a ella ya le daba igual.

Asunción construyó un hogar. Grande, de madera, a las afueras de Burgos. No una mansión, un verdadero hogar de roble, con estufa y ventanales luminosos.

Carmen vivía en la mejor habitación. Atención médica, cuidadora, alimentación digna. Revivió, aún confusa con fechas y nombres, pero mandona y lectora incansable, aunque fuera con las gafas de culo de vaso.

¿Qué es esa telaraña en la esquina? regañaba. ¿Esta casa o un trastero?

Y Asunción respondía con una sonrisa.

Pero no paró ahí.

Un día llegó con un chico joven. Delgado, torpe, mirada huidiza, ropa dos tallas grande y una vieja cicatriz en la mejilla.

Mire, doña Carmen, le presento a Paco. Apareció en una obra. Sin casa, huérfano de orfanato, acaba de cumplir dieciocho. Las manos de oro y la cabeza… la tiene deshabitada.

Carmen dejó el libro, se ajustó las gafas y repasó al muchacho de arriba abajo.

¿Tú qué haces ahí parado, Pasmarote? ¡A lavarse las manos! El jabón, en el baño. Hoy hay croquetas.

Paco titubeó, miró a Asunción. Este asintió con media sonrisa.

Al poco, llegó otra más. Marisol. Doce años. Cojeaba de la pierna izquierda, cabeza bajada. Asunción la acogió: la madre, apartada por la justicia.

La casa se fue llenando. No era caridad. Era familia. Una familia de los que no caben en ningún sitio. Una familia de rechazados que, al fin, se encontraron.

Asunción veía cómo Carmen enseñaba a Paco a usar el cepillo, dándole un golpecillo en los nudillos con su inseparable regla. Cómo Marisol leía en voz alta, lenta y atropellada, pero alta.

¡Asunción! gritaba Carmen. ¿Te has quedado ahí pasmada? ¡Ven a ayudar! El armario no se va a mover solo.

Ya voy.

Iba. Iba hacia su familia, especial, imperfecta, suya. Por primera vez en cuarenta años sentía que era ella quien había encontrado su lugar.

¿Y qué tal, Paco? le preguntó una noche, ya todos acostados.

El chico estaba en el porche, mirando las estrellas. El cielo de la Castilla profunda era negro y punteado de frío.

Bien, doña Asun. Aunque…

¿Aunque qué?

Es raro todo esto. ¿Para qué me quiere aquí? No soy nadie.

Asunción se sentó a su lado. Sacó una manzana, la película más auténtica posible, y se la ofreció.

Una vez, alguien me dijo: Por nada ni nacen los gatos.

Paco sonrió, inseguro.

¿Y eso qué significa?

Que nada ocurre porque sí. Ni lo bueno ni lo malo. Todo tiene un porqué. Tú ahora estás aquí por alguna razón. Yo también.

Desde la habitación de Carmen asomaba la luz caliente. Leía a deshoras, saltándose todas las restricciones de los médicos.

Asunción negó con la cabeza, sonriente.

A dormir, Paco. Mañana nos toca valla nueva.

Vale. Buenas noches, doña Asun.

Buenas noches.

Se quedó un rato sola en el porche. El silencio era profundo, de los de verdad. Sin gritos, sin portazos, sin miedo. Solo grillos y el rumor lejano de la autovía.

Sabía que no salvaría a todos. Pero a estos sí. Y a Carmen. Y a sí misma.

Por ahora, eso era suficiente.

Y después, seguiría avanzando. Como Carmen le enseñó.

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Cuando sacaron a Vasquito Rogov del hospital al nacer, la comadrona le dijo a su madre: «Vaya tamaño. Será todo un titán». La madre no respondió nada. Ya entonces miraba el fardo como si no fuera su hijo. Vasquito no llegó a ser un titán. Se convirtió en el sobrante. De esos que, ya sabes, han nacido, pero nadie sabe muy bien para qué. —¡Otra vez tu hijo raro en el arenero, ha espantado a todos los niños! —gritaba la tía Loli desde el balcón del segundo piso, activista del barrio y altavoz de la justicia vecinal. La madre de Vasquito, una mujer agotada y con la mirada apagada, respondía escuetamente: —Si no te gusta, no mires. No molesta a nadie. Y la verdad es que Vasquito no molestaba a nadie. Era grande, desgarbado, siempre con la cabeza gacha y los brazos colgando. A los cinco años callaba. A los siete, berreaba. A los diez empezó a hablar, pero de tal manera que casi mejor si hubiera seguido callado: la voz ronca, rota. En el colegio le pusieron en la última fila. Los profesores suspiraban al ver su mirada vacía. —Rogov, ¿me oyes siquiera? —preguntaba la de mates, golpeando la pizarra con la tiza. Vasquito asentía. Oía, sí. Simplemente no veía sentido en contestar. ¿Para qué? Al final le pondrían un aprobado pelado para no estropear las estadísticas y le dejarían marchar en paz. Sus compañeros no le pegaban —les daba miedo. Vasquito era fuerte como un toro joven. Pero tampoco eran amigos suyos. Le esquivaban como se esquiva un charco profundo: con asco, haciendo un rodeo. En casa no era mejor. El padrastro, que apareció cuando Vasquito cumplió doce, marcó su territorio desde el principio: —Que no lo vea por aquí cuando vuelva del trabajo. Come mucho y aprovecha poco. Y Vasquito se esfumaba. Vagaba por obras, se sentaba en sótanos. Aprendió a ser invisible. Su único talento era fundirse con las paredes, con el hormigón gris, con el barro en el suelo. Aquella tarde en la que su vida dio un vuelco, caía una lluvia fina y desagradable. Vasquito, ya con quince años, estaba sentado en la escalera entre el quinto y el sexto piso. A casa no podía ir: el padrastro tenía invitados, iba a haber jaleo, humo y, probablemente, algún bofetón. La puerta del piso de enfrente chirrió. Vasquito se encogió en la esquina, intentando hacerse más pequeño. Salió doña Tamara Ilínichna. Una mujer ya mayor, por encima de los sesenta largo, aunque se movía como si no llegara a los cuarenta. Todo el barrio la consideraba rara. No se sentaba en el banco ni comentaba los precios de las lentejas y siempre caminaba con la espalda recta. Le miró. No con lástima ni con asco. Sino de una forma… analítica. Como quien observa un mecanismo roto para ver si tiene arreglo. —¿Qué haces ahí sentado? —preguntó. Tenía la voz grave, autoritaria. Vasquito se sonó la nariz. —Nada. —Nada, nacen los gatos —cortó ella. —¿Tienes hambre? Vasquito sí tenía hambre. Siempre tenía hambre. Su cuerpo en crecimiento pedía combustible, y en casa, ni para ratones en la nevera. —¿Bueno? No lo repito dos veces. Él se levantó, torpemente desplegando todo su tamaño, y la siguió. El piso de doña Tamara no era como los demás. Libros. Libros por todas partes: en estanterías, en el suelo, en las sillas. Olía a papel viejo y a algo suculento, carne guisada. —Siéntate —asintió ella hacia el taburete—. Primero lávate las manos. Allí, el jabón de toda la vida. Vasquito obedeció. Ella puso delante de él un plato de patatas con estofado de verdad, con trozos grandes de carne. No recordaba cuándo fue la última vez que comió carne, carne de verdad y no salchichas. Comía rápido, tragando sin apenas masticar. Doña Tamara le observaba con la mejilla apoyada en la mano. —¿A dónde vas con tanta prisa? Nadie te lo va a quitar —dijo tranquila—. Mastica, el estómago te lo agradecerá. Vasquito bajó el ritmo. —Gracias —murmuró, limpiándose la boca con la manga. —Con la manga no, hombre. Para algo se inventaron las servilletas —y le acercó un paquete—. Eres muy salvaje, chaval. ¿Y tu madre? —En casa. Con el padrastro. —Ya. Sobrante en la familia. Lo dijo tan simple que a Vasquito ni le dolió. Como quien constata que hoy llueve o que el pan ha subido. —Escúchame bien, Rogov —dijo de repente con severidad—. Tienes dos caminos. O dejas que la vida te arrastre y acabas perdido en cualquier esquina, o te espabilas. Fuerza tienes, te lo veo. Pero en la cabeza… viento. —Soy tonto —admitió Vasquito—. Eso dicen en el colegio. —En el colegio dicen muchas cosas. Eso es para mentes normales. Tú no lo eres. Eres distinto. ¿Sabes usarlas, esas manos? Vasquito miró sus palmas. Grandes, nudillos golpeados. —No sé. —Ya lo veremos. Mañana te pasas. Me arreglas el grifo, que pierde mucho. Te dejo herramientas. Desde aquel día, Vasquito empezó a ir todas las tardes. Primero arregló grifos, después enchufes, luego cerraduras. Descubrió que tenía manos de oro; entendía los mecanismos sin pensar, por pura intuición. Doña Tamara no mimaba. Enseñaba. Dura, exigente. —¡Así no se coge! —ordenaba—. ¿Qué es eso, una cuchara? ¡El firme, el apoyo! Y le daba con la regla de madera en los nudillos. Dolía, desde luego. Le prestaba libros. No de texto, no: sobre la vida. De gente que sobrevivía contra todo. De viajeros, inventores, pioneros. —Lee. El cerebro se oxida si no. ¿Crees que eres el único? Hubo millones como tú. Y salieron adelante. ¿Por qué tú no? Poco a poco, Vasquito fue conociendo su historia. Tamara Ilínichna trabajó de ingeniera en fábrica toda su vida. Se quedó viuda joven, no tuvo hijos. Cerraron la fábrica en los noventa, vivía de la pensión y de algunas traducciones técnicas. Pero no se doblegó ni amargó. Vivía recta, estricta y sola. —No tengo a nadie —dijo un día—. Y tú, en realidad, tampoco. Pero esto no es el final. Es el principio. ¿Entiendes? Vasco no entendía del todo. Pero asentía. Cuando cumplió dieciocho y le tocó la mili, ella organizó una merienda especial, con empanada y mermelada. —Escucha, Vasili —le llamó así, por primera vez, por su nombre completo—. No puedes volver aquí. Te perderías. Esto no va a cambiar jamás: mismo barrio, misma gente, misma desesperanza. Sirves, y búscate la vida en otro lugar. Vete al norte, a las obras, a donde sea. Pero aquí, ni muerto, ¿de acuerdo? —De acuerdo —dijo Vasili. —Toma —le tendió un sobre—. Hay treinta mil pesetas. Todo lo ahorrado. Te servirá para empezar, si eres listo. Y recuerda: no le debes nada a nadie. Solo a ti. Hazte persona, Vasili. No por mí. Por ti. Quiso rechazarlo, decirle que no aceptaría el dinero de su vejez. Pero vio su mirada dura, exigente, y supo que rechazar era imposible. Era su última lección. Su última orden. Se fue. Y no volvió. Veinte años después, el barrio había cambiado. Cortaron los viejos chopos y asfaltaron todo para hacer aparcamientos. Los bancos eran de hierro, incómodos. El edificio, envejecido y desconchado, seguía en pie como un viejo que no tiene dónde ir. Un todoterreno negro aparcó a la puerta. Bajó un hombre ancho y alto, con abrigo caro pero discreto. El rostro endurecido por los vientos del norte, pero ojos tranquilos, seguros. Era Vasili Rogov. Vasili Serguéyevich, así le llamaban ahora sus empleados. Propietario de una constructora en Siberia. Ciento veinte en la plantilla, tres grandes proyectos en marcha, fama de hombre que cumple. Se había hecho a pulso en las obras: peón, capataz, encargado. Estudió de noche, sacó el título. Ahorró, invirtió, arriesgó. Cayó dos veces y se levantó otras dos. Los treinta mil de Tamara Ilínichna hacía tiempo que los devolvió —le enviaba dinero todos los meses, aunque ella lo regañaba y amenazaba con tirarlo. Pero los aceptaba. Y un día empezaron a volver los envíos. “Destinatario desconocido”. Miró hacia las ventanas del quinto piso. Oscuras. En el patio, mujeres desconocidas. Todas las viejas se habían ido ya. —Perdón —se acercó a una de ellas—. ¿Saben quién vive en el 5ºB? ¿Tamara Ilínichna? Se animaron rápido: un hombre así, y en semejante coche… —Ay, majo, Tamara… —bajó la voz una—. Está muy mal. Perdió la memoria, se desorienta. Puso el piso a nombre de unos supuestos familiares y la llevaron a un pueblo, creo. Nines, ¿te acuerdas dónde? —En Sosnueva, diría —dijo otra—. Una casa vieja. Un sobrino apareció, dicen. Pero si siempre estuvo sola… Raro, la verdad. Y el piso lo venden. A Vasili se le heló la sangre. Conocía demasiado bien esa trampa: en Siberia lo había visto: encuentran un anciano solo, le engatusan para regalar o vender el piso, y luego lo llevan al olvido en cualquier pueblo perdido, si llega vivo siquiera. —¿Dónde está esa Sosnueva? —A unos cuarenta kilómetros, mala carretera, pero se puede ir. Vasili asintió, subió al coche y salió disparado. Sosnueva era un pueblo moribundo, tres calles. Media docena de casas cerradas, barro por todas partes. Unos pocos viejos y alguna familia a la que no le quedaba otro remedio. Dio con la casa por la descripción: cabaña torcida, valla tumbada. En el patio, barro, abandono. En la cuerda, trapos colgados. Abrió la cancela, que chirrió lastimosamente. Salió un hombre desaliñado, con camiseta sucia y ojos turbios del que empieza a beber al despertar. —¿Qué quieres, jefe? ¿Te has perdido? —¿Dónde está Tamara Ilínichna? —preguntó Vasili. —¿Qué Tamara ni qué niño muerto? Aquí no hay ninguna Tamara. Lárgate. Vasili no perdió el tiempo. Le echó mano del pecho y lo apartó sin esfuerzo. El otro gimió y se estampó contra la barandilla. Dentro la casa apestaba a humedad y agrio. En la cocina, platos sucios, botellas vacías, restos de comida. En la otra habitación… Allí, en una cama de hierro, estaba ella. Pequeña, casi seca. El pelo canoso enredado, piel apagada. Ojeras, labios resecos. Pero era ella. Su Tamara Ilínichna. La que le enseñó a coger el destornillador y a creer en sí mismo. La que le dio sus últimos ahorros y le dijo: «Hazte persona». Abrió los ojos, la mirada borrosa. —¿Quién anda ahí? —voz quebrada. —Soy yo, Tamara Ilínichna. Vasquito. Rogov. ¿Se acuerda? El de los grifos. Le costó reconocerle. Parpadeaba, intentando enfocar. Luego le brillaron los ojos de lágrimas. —Vasquito… —susurró—. Has vuelto… Pensé que lo estaba soñando. Qué grande estás. Un hombre… —Un hombre, Tamara Ilínichna. Gracias a usted. La envolvió en la manta —ligera, apenas un soplo— y la alzó con cuidado. Olía a enfermedad y humedad, pero bajo eso aún era ella: a papel viejo, a jabón de casa. —¿A dónde vamos? —preguntó ella, asustada. —A casa. Mi casa. Allí hay calor. Y libros. Muchos libros. Le gustará. En la puerta el tipo intentó ponerse delante: —¡Eh, tú!, ¿dónde te la llevas? ¡Enséñame los papeles! Me dejó la casa en herencia, ¡la cuido yo! Vasili le miró, tranquilo, sin rabia. Solo así, el otro palideció. —Eso se lo cuentas a mis abogados y a la policía. Y si resulta que la engañaste para llevártela, que lo sabremos, me encargaré de que pagues hasta el último día. ¿Entendido? El hombrecillo asentía encogido. El proceso fue largo: peritajes, juicios, papeles. Seis meses tardaron en anular la herencia fraudulenta, firmada cuando ella ya no estaba en sus cabales. El supuesto sobrino, pequeño estafador reincidente, acabó en la cárcel. El piso volvió a nombre de ella. Pero Tamara Ilínichna ya no necesitaba aquel piso. Vasili construyó una casa. Grande, de madera, en la periferia de la ciudad siberiana. No una mansión con columnas, sino una casa fuerte de alerce, con estufa rusa y ventanales. Ella vivía en la habitación más luminosa, en la planta baja. Los mejores médicos, cuidadora, buena comida. Recuperó peso, le volvió el color. La memoria nunca terminó de regresar; confundía fechas, olvidaba caras. Pero el carácter seguía: volvió a leer, aunque con gafas gruesas. Volvió a repartir órdenes: regañaba a la asistenta por el polvo en las estanterías. —¿Eso es una telaraña en la esquina? ¿Esto es casa o corral? Y Vasili sonreía. Pero no se detuvo ahí. Un día llegó del trabajo acompañado. De la furgoneta bajó un chaval delgaducho, receloso, con una vieja cicatriz en la mejilla y ropa tres tallas grande. —Mire, Tamara Ilínichna, —presentó Vasili—. Este es Alex. Se nos ha enganchado en la obra. No tiene dónde vivir. Del orfanato, recién cumplidos los dieciocho. Manos de oro y tormenta en la cabeza. Doña Tamara apartó su libro, se ajustó las gafas, inspeccionó al chico de arriba a abajo. —¿A qué esperas, chaval? —gruñó con su voz cascada—. A lavarse las manos y a la mesa. Allí tienes el jabón bueno. Hoy hay albóndigas. Alex retuvo la respiración. Miró a Vasili, que esbozó apenas una sonrisa y asintió. Un mes después apareció una niña. Katia. Doce años, cojeaba de una pierna, la cabeza baja. Vasili la tenía en acogida ahora; quitaron la custodia a la madre por alcohol y malos tratos. La casa se iba llenando. No era caridad de escaparate. Era familia. Familia de los que no importaban a nadie. Familia de rechazados que se encontraron los unos a los otros. Vasili veía cómo doña Tamara enseñaba a Alex a usar la garlopa, dejándose la regla en sus nudillos. Cómo Katia leía en voz alta, despacio, pero leía. —¡Vasili! —llamó Tamara Ilínichna—. ¿Qué haces plantado ahí? ¡Ayuda, que el armario no se mueve solo! —Voy —respondió él. Iba hacia ellos. Hacia su familia rara, impura, difícil. Y por primera vez en cuarenta años sentía que no sobraba. Que estaba en su sitio. —Bueno, Alex, —le preguntó una noche mientras el chico miraba las estrellas en el porche. El cielo de Siberia, negro y puro, lleno de luz fría—. ¿Qué tal aquí? —Bien, tío Vasco. Solo que… —¿Qué? —Es raro. ¿Por qué? Si yo no soy nadie. Vasili se sentó a su lado, sacó una manzana del bolsillo y se la ofreció. —Sabes, alguien me dijo una vez: «Nada, nacen los gatos». Alex esbozó una mueca. —¿Y eso qué significa? —Significa que nada ocurre porque sí. Ni lo bueno ni lo malo. Todo tiene su razón. Tú y yo estamos aquí por algo. En la casa, la luz de la habitación de Tamara Ilínichna. Volvía a leer hasta tarde, desobedeciendo al médico. Vasili negó con la cabeza: —Vete a dormir, Alex. Mañana toca arreglar la valla. —Vale. Buenas noches, tío. —Buenas noches. Se quedó solo en el porche. El silencio era real, sonoro. No había gritos madrugadores, ni sustos, ni miedo. Solo grillos y el rumor lejano de la carretera. Sabía que no salvaría a todos. A todos los lobeznos arrojados al borde de la vida. Pero a estos sí. A Tamara Ilínichna. Y a sí mismo. Y, por ahora, bastaba. Luego, se levantaría y seguiría andando. Como ella le enseñó un día.
EL ASTUTO PLAN DEL HIJO — ¿Y adónde va la abuela? — preguntó Dima a su madre, al ver por la ventana cómo su padre ayudaba a la suegra a salir del taxi y sacar las maletas del maletero. — Si te molestaras en escuchar de vez en cuando de qué hablamos, sabrías que tu abuela va a vivir con nosotros — respondió la madre, negando con desaprobación. — ¿Y eso por qué? — se sorprendió Dima. — Porque ya le cuesta estar sola, nosotros no siempre podemos ir a verla a diario, y a ti ni con presión te conseguimos que vayas a visitarla — explicó Alexandra, y se fue a abrir la puerta. — Por cierto, le he preparado la habitación contigua a la tuya. — Yo, por si acaso, trabajo — protestó Dmitri ante la indirecta de su madre — y no tengo tiempo de nada. — Por eso mismo la hemos traído aquí — zanjó ella. Dima era hijo único. Siempre había recibido lo mejor, nunca conoció la palabra “no”. Sus padres no eran ricos, pero mimaban al único hijo todo lo que podían. «¡Vaya suerte! — pensó Dima — la abuela se muda aquí, su piso se queda vacío. ¿No me lo regalarán mis padres siendo ya adulto? Tengo que conseguir que me lo den a mí». La idea lo entusiasmó. Solo había que idear la maniobra, y sin Lenka, difícilmente podría hacerlo. Lena era la novia de Dima desde hacía tres años, pero él no parecía tener prisa por casarse. Ella vivía con su abuela en un piso pequeño. Solo podían estar solos si la abuela se iba al jardín todo el verano o salía con amigas. Dima no era de invitarla mucho a casa y tampoco corría para casarse — no se sentía responsable todavía. Ni hablar de hijos: eso sí que le asustaba. Pero ahora el sueño del piso propio lo eclipsaba todo. — Hola, ¿te apetece que demos una vuelta después del trabajo? — llamó a Lena. Ella se extrañó — no era habitual que Dima le propusiera pasear. Normalmente estaban en casa, ella cocinaba y veían alguna peli si la abuela estaba. Si no, hacían cosas más de adultos. Él tenía veinticinco, ella veintidós — ya eran mayores. — ¿Ha pasado algo? — preguntó con cautela. — De momento no, pero puede ser — contestó él enigmático. Lena apenas pudo esperar a acabar la jornada y fue casi corriendo hacia la salida, donde Dima la esperaba. — No te he traído flores, que se me congelan. No es mayo — dijo, tomándola del brazo y llevándola a una cafetería. — ¿Y por qué habría que traer flores? — se le aceleró el corazón: ¿sería posible que por fin le pidiera matrimonio? — Vamos a sentarnos, hace frío fuera. ¡Ya tengo las orejas heladas! — se encogió Dima. Era verdad, diciembre ya terminaba y el Año Nuevo estaba cerca. Dentro hacía calor y sonaba música suave, los camareros iban de aquí para allá y todo el mundo buscaba refugiarse del frío. Se sentaron en una mesa libre. Lena estaba nerviosa, y Dima no sabía cómo empezar. Al fin se lanzó: — Llevamos tres años juntos. ¿No crees que ya va siendo hora de dejar de esconderse como escolares? — se frotó la nariz, asumiendo que no había vuelta atrás. — ¿Nos casamos? Ella lo miraba incrédula. Incluso su abuela le había preguntado una vez: — ¿Tu novio va a marearte hasta la jubilación o qué? ¿Por qué no te pide que te cases? ¡A ver si te va a dejar plantada después de probar! Si en tres años no lo ha hecho, ¿qué esperas? Pero por fin, ¡había llegado ese momento! Lena quería llamar a su abuela y restregarle que se había equivocado con Dima. — ¿Qué pasa, por qué te has quedado pillada? — agitó Dima la mano ante Lena. — No, es solo que me ha pillado de sorpresa — mintió, pues no podía aceptar de inmediato. — Necesito pensarlo. — ¿Qué hay que pensar? — se desconcertó Dima, esperando otra reacción. Su sueño del piso parecía desvanecerse. — Después de Año Nuevo echamos la solicitud y en un mes somos marido y mujer. ¿No lo quieres? — Sí quiero — admitió Lena. Podía casarse allí mismo. — Perfecto — Dima respiró aliviado. — Y en Nochevieja se lo contamos a mis padres. Lena voló a casa como si tuviera alas. — ¡Abuela! — entró Lena en casa y la llamó ilusionada. — ¿Qué te pasa, te han dado una paga extra? — asomó la abuela desde la cocina. — ¡Mejor! — se rió Lena — ¡Dima me ha pedido matrimonio! — ¿De verdad? — la abuela se llevó las manos a la cara — ¿Qué mosca le ha picado? — ¡Abuela! — protestó Lena — ¿Por qué no le tienes aprecio? — Yo no tengo que quererle, que tú lo hagas y él a ti, eso basta — la abrazó la abuela. — Y que nunca te haga daño, que no habrá quien te defienda cuando yo ya no esté. — ¡Abuela, deja de decir eso! Además, él es buena persona. — Ojalá, hija, ojalá — suspiró la abuela. — Mamá, papá — empezó Dima a preparar el terreno —, ¡Lenka y yo vamos a casarnos! Después de Año Nuevo presentaremos la documentación en el Registro. Ella vendrá en Nochevieja, lo hablamos todo. — Dima, ¿estás seguro de esto? — su madre lo miró dudosa; nunca había notado verdadero amor en su hijo hacia esa chica. No tenía nada malo que decir de Lena, incluso le caía bien. Pero Dima siempre trataba a Lena de modo distante. — Claro, mamá — sonrió Dima por dentro: “¡más que seguro!”. — Bueno, hijo, no te voy a convencer de lo contrario — Alexandra miró a su marido. Este solo se encogió de hombros, ya todo estaba decidido. El 31 de diciembre Lena se puso su vestido más bonito, cogió los regalos para sus futuros suegros y, tras besar a su abuela, se fue a celebrar el año nuevo con la familia de Dima. Él la esperaba en la puerta. — Oye, Lena — subiendo las escaleras, Dima la detuvo en mitad del rellano, — ¿y si les decimos que estás embarazada? Lena se quedó boquiabierta. Él le tapó los labios con el dedo: — Será una alegría para los míos. Llevan tiempo queriendo saber cuándo les daré nietos. Y mi abuela, ¡será bisabuela! ¿Lo imaginas? — Dima, ¿y cuando pasen nueve meses y no haya bebé? ¿Cómo lo explicas? — preguntó Lena, sin entender el sentido. — Diremos que fue un error. Y quizá para entonces haya noticias de verdad — la guiñó, acariciando su tripa por encima del abrigo. — Ay, Dima, no sé… No está bien — dudó Lena. — Confía en mí. ¡No pasa nada! — la tranquilizó él. — Si hay problema, me hago el despistado. Recibieron a Lena con cariño y todos se sentaron a la mesa. — Pronto celebraremos así siempre — Dima creyó que era el momento de hablar de regalos. Seguro que le iban a regalar el piso. ¡Con tanto motivo: boda, Año Nuevo y hasta el niño! — incluso con incorporación familiar. Lena se sonrojó y las mujeres se asombraron. — ¿Es cierto? — preguntaron la madre y la abuela de Dima. — Sí, sí — intervino Dima rápidamente para distraer la atención de Lena. — Lo acabamos de saber. — ¡Eso merece un brindis! — dijo el padre por fin. — ¡Ay, a Lena no le conviene! — recordó la abuela, quitándole la copa que Dima le entregaba. — Aquí tenéis regalos — Lena sacó un bolso de cuero para el futuro suegro, un chal para la abuela y una cajita para joyas para la suegra, y a Dima unos auriculares. Para todos hubo algo. — Pues nosotros también tenemos un regalo para los dos — Alexandra se levantó, sacó un sobre del mueble y se lo dio a Dima — para ti, como nuevo jefe de familia. Dima esperaba una caja con llaves sobre un cojín. Al ver el sobre aún pensó que estarían dentro. Pero no, solo había un fajo de dinero considerable. — ¿Y esto? — preguntó Dima sorprendido. — Es para la entrada de vuestro piso — le dijo Alexandra sin entender su reacción. — ¿Y el piso? — empezó a perder la paciencia Dima al lanzar el sobre sobre la mesa como si nada valiera. — ¡¿Dónde está el piso de la abuela?! Me lo tenéis que regalar. — Mitia, lo vendimos — la abuela pensó que los padres lo habían informado — vendimos el piso y compramos una casa en el pueblo. Lo que queda os lo damos a vosotros. — ¿Y para qué queréis una casa? — explotó Dima, indignado por el giro de los acontecimientos — ¿Y ahora a pagar hipoteca toda la vida? ¡Solo pensáis en vosotros! ¡Tenía mi vida planeada! ¡¿Cómo no me lo regaláis si ya os he dicho que me caso?! ¡¿No podíais regalarme el piso?! — Dima, por Dios — Lena intentó serenarlo — ¡Es mucho dinero! Deberíamos estar agradecidos. Tienes suerte de tener una familia tan generosa y atenta. ¡Ya ahorraremos para el piso! — ¿Ahorraremos nosotros? — la interrumpió Dima — Olvídate, se acabó. ¡Fin de la comedia! — ¿Mitia, y la boda? — preguntó la abuela. Alexandra también se quedó sin habla. — ¡Que os den! — gritó él — ¡Casaros vosotros, ingenuos! Yo no pensaba hacerlo, ni lo haré. — ¿Y el niño? — la abuela se tapó la cara con las manos. — ¡No hay niño! — se burló Dima con crueldad. Lena, harta de humillaciones, le dio una bofetada y salió corriendo. — ¡Perdón! No quería hacer esto… — susurró entre lágrimas mientras salía. Alexandra fue tras ella, pero Lena ya se había ido. — ¿Qué has hecho, desgraciado? — se enfadó el padre, agarró el sobre de dinero y golpeó la mesa — ¡Y que no vuelvas a poner el pie aquí! ¿Quieres piso? Gánatelo. Ya está bien de tanto privilegio. ¡Eres tan listo, pues espabila! Te doy tres segundos. El dos ya ha pasado. Dima vio que hablaba en serio, hizo la maleta y se marchó. Vivió un tiempo en casa de amigos, hasta que también se cansaron y tuvo que alquilar una habitación y buscar una novia… con piso. Su padre no permitió que volviera. — Aquí nada de compasión — amenazó a Alexandra y la suegra. Lena, tras la ruptura, lloró varios días. Su abuela, al conocer la razón, la abrazó y le dijo: — No llores, hija, todo pasa. No te aferres al pasado. La vida es solo una, cuídala y quiérete. Cuando tenga que ser, la felicidad llamará sola. Y Lena entendió que aquella relación tóxica, aunque acabara mal, lo hacía justo a tiempo. — Gracias, abuela, por tu sabiduría. Ojalá te hubiera escuchado antes… — suspiró.