Cuando cumplí los 67, me dejé caer en mi butaca preferida y eché la vista atrás. Caí en la cuenta de que no solo estaba llegando a la última etapa, sino que además las ilusiones a las que me había aferrado durante décadas se iban disolviendo, reemplazadas por verdades menos ruidosas, pero mucho más certeras.
Me percaté de que los hijos construyen sus propias vidas, que la vitalidad no es infinita y que esperar a que el mundo venga a solucionarte los problemas es como esperar a que llueva en agosto: inútil y frustrante. Envejecer no es solo cuestión de huesos gastados y canas, sino más bien de quitarse de encima mentiras cómodas.
Por eso, me inventé siete mandamientos con los que encarar esta última temporada con un poco más de gracia:
La libertad financiera es dignidad.
Ama a tus hijos hasta el infinito, pero que no sean tu plan de pensiones. Ese colchoncito en el banco aunque solo sean unos euros es tu salvavidas.
La salud es tu trabajo a jornada completa.
Muévete lo que puedas, estírate y protégete el sueño como oro en paño. Las enfermedades saludan primero al que se descuida.
Sé el arquitecto de tu alegría.
No delegues tu felicidad en otros. Saborea un desayuno tranquilo, disfruta de un buen libro. Cuando cultivas tu propia paz, la soledad se vuelve una vecina bastante educada.
Deja la impotencia fuera.
Quejarse es la trampa. La resiliencia tiene imán. A la gente le atraen quienes mantienen la cabeza alta, no los que siempre tiran la toalla.
Suelta el pasado.
La nostalgia está muy bien para una tarde tonta, pero quedarse a vivir ahí es regalarle el presente al ayer.
Protege tu tranquilidad.
No todos los debates merecen tu saliva. No todo primo lejano necesita llave maestra de tu alma. La paz interior cuesta, úsala con cabeza.
Nunca dejes de aprender.
El día en que aparcas la curiosidad, es el día en que empiezas de verdad a envejecer. Mantén el cerebro andando y saltando.
Envejecer es el examen más solitario.
Puedes quedarte sentado esperando a que alguien te rescate spoiler: igual no vendrá nadie,
o puedes levantarte y ser tú quien lleve el timón de tu propio barco.







