Había pedido una pizza tras un día larguísimo. Mientras esperaba al repartidor, decidí ponerme una m…

Tía, te tengo que contar algo que siempre me hace reír. Mira, aquel día había tenido un día larguísimo en el curro en Madrid. Estaba reventada y pensé: Hoy toca cena fácil. Así que pedí una pizza de esas con mucho queso, que sabes que me pierden. Y mientras esperaba al repartidor, se me ocurrió ponerme una mascarilla facial, de esas blancas, espesas, que te dejan la cara como el fantasma de la ópera. El plan era fácil: cenar tranquila, cuidarme la piel y meterme a la cama pronto.

Pero claro, la pizza tardaba más de lo normal. Me tumbé en la cama *solo un minuto*, con el televisor puesto de fondo y caí frita, profundamente dormida. Con la mascarilla puesta, el pelo recogido como buenamente pude y una camiseta vieja de dormir.

De repente suena el timbre y me despierto sobresaltada, medio dormida y bastante descolocada. Sin pensarlo, me fui directa a la puerta.

Abro y pobre chaval del Glovo, me mira dos segundos como si hubiera visto una aparición. Y yo, con la cara totalmente blanca de la mascarilla, los ojos medio pegados y la voz grave de recién levantada, le suelto:

¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?

Él, súper serio y muy educado, me da la pizza y solo acierta a decir:

Buenas noches aquí tiene.

Intuía yo que algo raro pasaba, pero en ese momento solo quería mi pizza. Le pagué los 16 euros, cerré la puerta y cuando me vi en el espejo casi me muero de risa.

Ahí entendí la cara que puso. Me lavé la cara, me senté a comer y solo pensaba: Pobrecillo le he dado un susto de muerte.

Una semana después, fui al cumpleaños de mi amiga Carmen. Una fiesta normalita, amigos y risas. Estaba yo charlando y, de pronto, llegan unos conocidos con un chico y dicen:

Chicos, os presento a Jaime.

Nada más verle, le reconocí al instante.

Sin poder evitarlo, me reí y dije:

¡Madre mía, si yo a ti te conozco!

Él, flipando, pregunta:

¿En serio? ¿De qué?

Y yo:

Soy la chica de la pizza la del careto blanco.

Él se quedó un segundo callado y de repente se parte de risa, como si recordara la escena más surrealista de su vida. Y allí, delante de todos, cuenta cómo una chica le abrió la puerta con la cara completamente blanca, medio dormida y con voz de ultratumba y que casi le da un patatús.

Nos partimos de la risa el resto de la noche.

Desde esa noche no dejamos de hablarnos. Todo empezó entre nosotros así: risas, bromas, historias absurdas. Primero amigos, luego algo más. Un año de novios lleno de anécdotas locas, planes sencillos y mucha risa. Nunca fue complicado. Nunca hubo líos.

Ahora llevamos tres años casados.

Y seguimos igual de locos y divertidos. Cada vez que vamos a una reunión, algún amigo saca la historia de la pizza, y nos reímos como la primera vez.

Lo nuestro no es una historia de drama ni tragedias sino de risas y momentos que, en el fondo, son los mejores.

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