Nos conocíamos desde siempre, pero nunca habíamos sido cercanos.
Éramos de esas personas en los pueblos castellanos que se reconocen de vista: nos saludábamos al cruzarnos, coincidíamos en grupos de amigos cuando volvíamos por las fiestas, sabíamos quién estudiaba qué y dónde vivía cada uno, pero nada más. No nos escribíamos durante el año, no hablábamos por teléfono, y jamás compartimos secretos. Cada quien llevaba su vida en una ciudad diferente. Yo estudiaba en una universidad a unas tres horas del pueblo, él en otra ciudad, casi a cinco horas de camino. Solo nos veíamos en Navidad o en verano, durante las grandes reuniones, los cumpleaños, las fiestas o simplemente si coincidíamos paseando por la plaza.
Con el tiempo, todos terminamos la universidad. Yo me quedé a trabajar en la ciudad donde había estudiado, y él regresó a nuestro pueblo porque encontró trabajo allí. Todo seguía igual: un trato cordial de conocidos. Yo sabía que él trabajaba en el pueblo, y él sabía que yo seguía en la ciudad, pero el contacto era nulo. Ni siquiera puedo decir que pensase en él con frecuencia. Siempre lo vi simpático, sí, pero de esos chicos guapos a los que ves y luego sigues tu camino: atractivo pero lejano.
Todo cambió cuando, por motivos prácticos, decidí volver al pueblo. Me ofrecieron un contrato mucho mejor pagado y, haciendo cuentas vida cerca de la familia, sin alquiler, menos gastos y más estabilidad, todo tenía sentido. Volví sin imaginar que volveríamos a coincidir, y mucho menos que acabaríamos trabajando en la misma empresa, aunque en departamentos totalmente distintos. Al principio, lo de siempre: saludos en los pasillos, conversaciones breves, algún cruce durante las reuniones. Nada fuera de lo normal.
Con los meses, comenzamos a hablar más. Al principio sobre trabajo, luego sobre cualquier cosa. Sin darme cuenta, ya nos estábamos escribiendo a diario. Empecé a verlo de otra manera. Ya no era el chico del pueblo que recordaba, sino alguien diferente: más maduro, trabajador, deportista, seguro de sí mismo. No fue algo repentino, ni forzado. Simplemente ocurrió. Y aun así, ninguno decía nada. Hablábamos de todo menos de lo que estaba surgiendo entre nosotros.
Una noche, después del trabajo, decidimos salir a cenar. Era un miércoles cualquiera, sin planes ni expectativas. Tras cenar, él propuso tomar algo en un bar tranquilo. El local estaba casi vacío. Charlamos largo rato y entonces noté que aquella salida no era tan casual como parecía. Él estaba nervioso, distinto. Al poco, me dijo que quería contarme algo importante.
Me confesó que me conocía desde siempre, pero que solo en los últimos meses había empezado a verme de otra manera. Que no había dicho nada porque no quería estropear lo que estaba naciendo entre nosotros y quería primero conocernos, hablar, compartir, ver si sus sentimientos tenían sentido. Me dijo que no buscaba juegos ni algo pasajero, que lo que sentía no era solo físico, y que quería intentarlo conmigo, pero sólo si yo sentía lo mismo.
Le respondí con la misma honestidad. Le dije que a mí me pasaba igual, que no lo había planeado y que jamás lo hubiese esperado, pero que a su lado me sentía tranquila, segura y feliz. Aquella noche no hubo grandes promesas ni discursos eternos. Simplemente decidimos intentarlo. Y ese mismo día comenzó nuestra relación.
Hoy celebramos cuatro años juntos. Una relación sin dramas innecesarios, construida poco a poco, con muchas charlas, compromisos y respeto. Ya estamos organizando nuestra boda para julio. A veces pienso que lo mejor de nuestra historia es que nació no por necesidad o pasión, sino por el tiempo, las coincidencias y el hecho de que ambos llegamos al mismo lugar justo cuando estábamos preparados.
¿Creéis en historias de amor bonitas, sin dramas ni villanos?






