El silencio acompañaba todo el aniversario. Las bolsas tiraban de los brazos y Almudena se encogió de hombros, acomodándose mejor las pesadas bolsas de tela. Falta poco para llegar a casa, pero justo entonces le empezó a doler la espalda. Almudena se detuvo un segundo, dejó las bolsas en la nieve y sacó el móvil. Su marido no había devuelto la llamada. ¿Para qué? Pedro tenía sus propios asuntos. Contuvo un suspiro, volvió a coger las bolsas y se encaminó al portal.
—¡Almudena, querida! —la llamó la vecina del primer piso. Una mujer corpulenta, en bata de casa, estaba apoyada en el portal con un cigarrillo entre los dedos. —¿Cómo está tu madre? ¿Dicen que ya cumple noventa?
—Ochenta y cinco —corrigió Almudena, sintiendo cómo le temblaban las piernas por el cansancio.
—¡Vaya! ¿Y cómo está? ¿Bien?
—Sí, gracias, Ana.
—¿Le vas a dar el saludo? —insistió la vecina, dándose otra calada.
—Sí, el aniversario es el sábado.
—Ah, pues nos vemos. Yo le paso el regalo a Carmen.
Almudena asintió y se apresuró a entrar. No le quedaba energía para charlar.
En casa la recibió el polvo y el silencio. La penumbra del vestíbulo la envolvía, y no quería romperla con ruido ni luz. Llegó a la cocina, dejó la compra sobre la mesa y se dejó caer en el taburete. La cabeza le daba vueltas. Se había levantado a las cinco de la mañana para llegar al trabajo a las ocho. Luego, la jornada laboral. Después, a casa de su madre, preparar la cena y ayudar con la limpieza. Y, por último, al supermercado a comprar los víveres para el aniversario. Ahora, en su sofá, lo único que deseaba era caer en la cama.
Un golpe sordo anunció la llegada de Pedro, que entró cansado, con el pelo canoso despeinado, la corbata desabrochada y los ojos llenos de agotamiento.
—¿Almudena, estás en casa? —dijo su voz, tan cansada como la suya propia.
—Sí, en la cocina.
Pedro se sentó en el mismo taburete. —Te llamé, pero no pillé nada —comentó.
—Qué raro, no tengo llamadas. —Almudena revisó el móvil. —¡Ah! Lo había puesto en silencio y se me olvidó.
—Nada importante. Solo quería decirte que me retraso.
—¿Qué pasa en el curro? —preguntó ella.
—Lo de siempre. Un contrato nuevo, mil cláusulas. Los abogados están con los dedos cruzados —desabrochó la corbata por completo y se la quitó. —¿Me haces un café?
—Enseguida.
Almudena sacó la cafetera, vertió el café y la puso a calentar. En los últimos días apenas hablaban; se pasaban frases sobre la compra, la ropa, la basura. No podía recordar la última vez que tuvieron una conversación de verdad.
—Mi madre llamó —interrumpió Pedro.
—¿Qué quiere? —Almudena se tensó al instante.
—Nada, solo quería saber cuándo llegamos al aniversario.
—¿Y tú?
—Dijo que el sábado a las dos, como habíamos acordado. Está inquieta.
—Con razón. Ochenta y cinco años no son cualquier cosa.
Almudena sirvió el café en dos tazas y se sentó frente a Pedro. Bebían en silencio, mientras ella observaba sus manos, grandes, con venas marcadas. Siempre le habían parecido firmes y seguras; ahora solo mostraban cansancio.
— Mañana me levanto temprano —dijo Almudena—. Tengo que ayudar a mi madre con la limpieza; van a venir familiares de toda la provincia.
—Te llevo.
Almudena levantó la vista, incrédula.
—¿En serio?
—Sí. Puedo pasar a las nueve y volver por la tarde si necesitas.
—Estaría genial, gracias, cariño.
Se quedó otro momento en silencio, una especie de presión que parecía más agua que aire entre ellos.
El apartamento de la madre los recibió con aroma a vainilla y canela. Carmen, con delantal, estaba en la cocina preparando tartas.
—¡Mamá, dije que yo las haría! —exclamó Almudena, quitándose el abrigo y yendo al fogón.
—¡No, no! Yo tengo la mano cansada, mis tartas siempre salen perfectas —replicó la anciana sin volverse. —Y tú mejor limpia las habitaciones, que el polvo ya no lo soporto.
Almudena asintió. Carmen siempre había sido incansable, a pesar de la edad y los achaques. Había sobrevivido a la guerra, a años difíciles, a un divorcio, y siempre se había mantenido firme como una roca, sin quejarse ni derramar lágrimas, al menos en público.
—¿Llamó tu hermana? —preguntó Almudena mientras quitaba el polvo del salón.
—Sí, vendrá mañana por la noche con su marido y sus hijos.
—¿Se quedarán a pasar la noche? —calculó Almudena, pensando en cómo acomodar a todos. El piso de su madre era de tres habitaciones, pero pequeño.
—Sí, ya puse el sofá en el salón.
—Lourdes llegará el viernes; la recibiré en la estación —añadió Almudena, refiriéndose a su prima de Tordesillas.
—Qué bien —dijo Carmen, secándose las manos en el delantal. —Almudena, ¿y tú y Pedro? ¿Todo bien?
La pregunta tomó a Almudena por sorpresa. Se quedó inmóvil, el trapo en la mano.
—Sí, claro. ¿Qué pasa?
—No sé, tu voz suena… triste últimamente.
—Te lo imaginas —replicó Almudena, siguiendo con los estantes. —Estamos bien, solo cansados los dos.
—Mira, hija, no me meto en tus asuntos, pero si necesitas algo, dímelo. Aunque sea vieja, a veces tengo algún consejo útil —añadió la madre, mirándola fijamente, como si pudiera ver a través de ella.
—Todo bien, mamá.
Carmen se encogió de hombros y volvió a sus tartas. Almudena sintió una punzada de culpa; realmente no le había contado a su madre los problemas. La había protegido, o quizá no quería admitirse a sí misma que su matrimonio estaba al borde del colapso.
—Te ves, y me recuerdas a mí a tu edad —continuó la madre—. Yo también callé hasta el final, pensando que todo se arreglaría solo. Pero no fue así. Con tu padre, la cosa terminó sin decirnos la verdad.
—Con Pedro es distinto —repuso Almudena.
—Claro que sí, todas son distintas, pero el silencio siempre termina por ahogarnos —sonrió Carmen.
Almudena no dijo nada. ¿Qué más decir cuando la madre, en el fondo, tenía razón?
El día transcurrió entre faenas. Al atardecer, ambas estaban exhaustas, pero el apartamento relucía y la cocina mostraba tartas recién horneadas, ensaladas y gelatinas.
—Ya solo falta poner la mesa mañana y listo —concluyó Carmen, acomodándose en su silla favorita del salón.
—¿A quién más invitaste? —preguntó Almudena.
—Como siempre, a Tamara y su marido, los vecinos del tercer piso, a Zulema, mi amiga del sanatorio, y a toda la familia







