Me llamo Juan y tengo 61 años. Ahora mismo no vivo en España. Hace tres años enviudé. Cuando Silvia …

Me llamo Alonso y tengo 61 años. Ahora mismo no vivo en España, aunque es lo que siempre he considerado mi hogar.

Hace tres años que soy viudo. Cuando Lucía falleció, me quedé viviendo en la misma casa en la que criamos a nuestros hijos; de repente, todo se me hizo demasiado grande y vacío. Mis hijos viven en ciudades distintas, tienen sus propias familias. Me llaman los domingos, nos vemos en Navidad, pero el resto del año solo me acompaña el silencio.

Trabajé durante 38 años como maestro de primaria. Me jubilé pensando que por fin podría descansar, pero la realidad es que no sabía qué hacer con tanto tiempo libre. Los primeros meses los pasaba delante de la tele, comía cualquier cosa y dejé de cuidarme.

Un día, cuando mi hija Vega vino a verme, casi se le saltan las lágrimas al verme:
“Papá, tienes aspecto de fantasma.”
Tenía toda la razón.

Hace unos seis meses, me di cuenta de que no podía continuar así. Empecé a salir a pasear cada mañana por el Retiro, que me pilla cerca de casa. Hay un banco bajo un plátano enorme, justo delante de un estanque pequeño donde vienen patos. Me siento allí todos los días. El sitio es tranquilo, pero no solitario: hay vida, movimiento.

Hará cosa de dos meses, empecé a fijarme en una mujer. Pelo canoso y corto, gafas grandes, siempre vestida con jerséis de colores aunque haga calor. Nos sentamos en bancos enfrentados. Solo nos saludábamos con un leve gesto de cabeza.

Hasta que un día vino y se sentó a mi lado.
“¿Es este su banco?” me preguntó con una sonrisa.
“No, pero… suelo sentarme aquí.”
“Entonces, si le parece, siéntese conmigo. Hay sitio de sobra para los dos.”

Así empezó todo.

Le hablé de Lucía. De cómo le gustaban los patos. De cómo decía que los patos parecían libres, pero que se quedaban porque alguien les cuidaba.
Ella me miró con esa mirada que solo tienen quienes han pasado por una pérdida.
“Cinco años para mí,” dijo bajito. “Mi marido. Cáncer.”

Desde aquel día nos hicimos compañeros de banco.

A veces charlábamos, otras nos quedábamos en silencio. Un día me trajo café en un termo. Otro día yo llevé pan para los patos. Se reía, de verdad, mientras los alimentábamos.

Se llama Carmen.

Un día, me regaló un jersey de punto hecho por ella azul, mi color favorito, sin que yo se lo hubiera dicho nunca.
“Le veo cada día,” sonrió. “Al final se te queda grabado todo.”

Hablamos sobre la vida, las pérdidas, el presente. Sobre el hecho de que el amor no se reemplaza, pero el corazón es más grande de lo que creemos.

Ayer, por primera vez en tres años, invité a alguien a mi casa. Preparé una receta de Lucía. No salió perfecta, pero fue genuino.

Charlamos largo rato. Nos reímos, compartimos recuerdos.

Al despedirse, me dio un abrazo largo.
De esos que te recuerdan que sigues aquí, que sigues siendo.

Hoy he vuelto al parque. Estaba allí. Traía dos libros.
“Uno es para ti”, me dijo. “Para que leamos juntos.”
Me senté un poco más cerca.

Y, por primera vez en tres años, sentí esperanza.

No sé lo que somos Carmen y yo, ni tengo prisa en saberlo.
Lo único que sé es que ya no temo al mañana.

Me llamo Alonso,
y una desconocida en el parque me devolvió las ganas de vivir.

¿Crees en las segundas oportunidades?
¿Alguna vez un desconocido se volvió importante para ti?
¿Qué es lo que más echas de menos cuando no tienes con quién compartir la vida?

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

seven + 8 =

Me llamo Juan y tengo 61 años. Ahora mismo no vivo en España. Hace tres años enviudé. Cuando Silvia …
Que tu familia se sienta como en casa, esto no es un hotel.