Durante meses mi novio no paraba de criticar a una mujer que vivía cerca de su casa; cada vez que pa…

Querido diario,

Durante meses, mi novio no paraba de hablar mal de una mujer que vivía cerca de su piso en Salamanca. No era un simple comentario ocasional, ni alguna broma suelta: era constante, casi obsesivo. Cada vez que pasábamos por la calle donde vivía ella, comenzaba con sus críticas. Comentaba sobre cómo vestía, que si era demasiado llamativa, o que caminaba con una seguridad que según él, rayaba en lo insolente. Se burlaba de su forma de hablar, de la risa estridente que tenía, hasta de su trabajo, diciendo que no valía para nada. Llegué a pensar que la atención que le prestaba era, cuanto menos, extraña.

Incluso mencionaba a esa mujer cuando ni siquiera estábamos cerca. Si salía en la tele alguna chica parecida, él saltaba: Mira, igualita que esa vecina. O si en un bar alguien se reía alto, soltaba: Como la del barrio. Yo escuchaba todo aquello y, aunque me resultaba exagerado, jamás sospeché nada grave. Supuse que simplemente le caía mal.

Una tarde cualquiera, mientras estábamos en su casa tomando un café, la vimos pasar desde la ventana. Él se asomó primero y soltó una risa cargada de desprecio. Hizo un comentario sobre su maquillaje, diciendo que se arreglaba así de exagerada solo para que la miren. Le pregunté si realmente la conocía, y me dijo que no, que solo la había visto un par de veces y que le parecía vulgar. No insistí. Jamás pensé que hubiese algo más detrás.

Pero con el tiempo, empecé a notar cosas raras. Cuando ella estaba cerca, él se removía incómodo en la silla. Si estábamos sentados en la terraza y la veía al pasar, hablaba más bajo de repente. Si yo le preguntaba cualquier cosa, cambiaba de tema nervioso. También empezó a comportarse de forma distinta con el móvil: se iba al baño con él, contestaba mensajes en privado, ocultaba la pantalla dejándola boca abajo sobre la mesa.

La verdad me golpeó un día cualquiera, de forma totalmente inesperada. Un vecino me paró en la panadería y me preguntó sin rodeos si era su novia. Respondí que sí, y él me miró con cara de preocupación. Me dijo que había visto muchas veces a mi novio entrar en casa de esa mujer, incluso por la mañana, a horas cuando yo creía que estaba en el trabajo. Me confesó que no quería meterse, pero creía que merecía saberlo.

No pude dormir esa noche. Al día siguiente, encaré a mi novio. Al principio, lo negó todo, como siempre. Decía que la gente inventaba. Pero cuando mencioné días, horas y detalles concretos, se quedó callado. Y después lo admitió: llevaba meses viéndose con ella. Luego me confesó que toda esa maldad que decía sobre ella era para despistarme, para que no sospechara. Que era su manera de cubrirse, de distraer la atención.

Ahí fue cuando lo entendí todo.

Comprendí por qué la tenía tan presente en cada conversación. Por qué conocía cada detalle de su forma de vestir, de andar, de hablar. Nadie se fija así en alguien que le resulta indiferente. Nadie describe con tanta precisión a una persona a la que no observa demasiado de cerca.

Durante meses estuve escuchando cómo me describía, sin que yo lo supiera, a su amante.

Lo peor no fue la traición en sí. Lo peor fue darme cuenta de cómo me utilizó. De ver cómo me sentaba a su lado a escucharle desprestigiar a una mujer con la que, a escondidas, se acostaba. Cómo me miraba a los ojos y se reía, sintiéndose tan seguro de su propia mentira, tan protegido tras una cortina de frases venenosas.

He aprendido algo que no olvidaré jamás: cuando alguien siente la necesidad de hablar mal constantemente de otra persona, muchas veces es porque está escondiendo algo. Y, en mi caso, la verdad estaba justo delante de mis narices, disfrazada de palabras envenenadas.

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