Ya cumplí mi etapa — ¡Vamos, que faltó que lo enviarais a una casa de acogida, como si fuera un gat…

Pues podíais haber mandado al niño a una guardería como si fuera un gatito abandonado. ¿Y por qué no? Pagáis, y ale, ancha es Castilla, a disfrutar de la vida, soltó con venenoso sarcasmo la Señora Gloria Domínguez.

Clara, con el ceño fruncido y los labios apretados, forcejeó con la cremallera de la maleta. Nada, ni a tiros. Se había atascado, igual que el tema de siempre que su suegra sacaba en cada ocasión pre-vacacional.

Mamá, por favor, déjalo ya intentó calmarla Luis, el marido de Clara. Pablo también se va de vacaciones, sólo que al pueblo con mis padres. No es con desconocidos, va con su abuelo Manolo y su abuela Puri. Allí va a estar al aire libre, con la huerta, la piscinita hinchable y leche recién ordeñada. Que es justo lo que necesita para su edad.

¡Eso no son vacaciones, es una deportación! se ahogó la suegra en gestos ¡Que tiene tres años, en esta edad le hacen falta sus padres! ¿Y los padres, qué? ¡Que si a Madrid, que si a recorrerse museos! ¿Y el niño qué, no necesita museos ni cultura, acaso?

Por fin Clara domó la cremallera, se irguió y miró fijamente a Gloria Domínguez, con la misma serenidad que un torero mide a un morlaco.

Ahora mismo, ni museos ni gaitas. contestó la nuera con frialdad. Lo que más necesita es dormir su siesta, tener un orinal a mano y una rutina decente. No un vuelo de nueve horas con escala, cambio de horario y paseos turísticos. ¿Cuándo fue la última vez que usted llevó al nieto al parque, Gloria?

¡Yo ya cumplí mi cupo como madre! alzó la barbilla la matriarca ¡Me lo llevaba a todas partes! Y aquí sigo, bien viva. Pero lo vuestro es el camino más cómodo, sólo pensáis en vosotros, nunca en los demás.

¡Exacto! casi gritó Clara. En los demás. En los que van a aguantar el berrinche de Pablo en el avión un par de horas. O en los turistas que preferirán escuchar al guía en vez de me aburro, quiero agua, pipí, me duelen las piernas, ¿cuándo volvemos?. Irse de vacaciones con un niño de tres años no es vacaciones. Es un sufrimiento, también para el crío.

Gloria apretó los labios ofendida y giró la cara, más rígida que un roble.

Está claro. Ya os habéis cansado de ser padres. Aceptadlo: queréis quitároslo de encima. Si de verdad quisierais, siempre podríais adaptaros al niño.

Clara cerró los ojos y se puso a contar mentalmente hasta cien para no morderse la lengua. Si Gloria Domínguez hubiese pasado un solo calvario como el de las últimas vacaciones, quizá se callaría, pero cómo iba a saberlo si apenas veía al chaval.

Clara recordaba perfectamente. Tras aquel viaje, se le estuvo temblando el párpado izquierdo durante un mes.

Fue el verano pasado. Tuvieron la brillante idea de pasar un fin de semana en la casa de campo de unos amigos. Sólo eran cien kilómetros. También tenían una hija, columpios y un huerto gigante. Todo pintaba de fábula.

Pero desde el minuto uno, todo fue al revés.

El coche no arrancaba, claro. Los amigos esperando, la carne marinándose y ellos buscando billetes de tren como locos.

Por si fuera poco, la meteorología decidió fastidiar: subidón de treinta y cinco grados. El aire acondicionado del vagón ni funcionaba, las ventanas abiertas para nada y la gente apiñada como boquerones. Ni respirar se podía.

Pablo aguantó diez minutos. Luego empezó el repique de quejas, calor, aburrimiento y petición de correr arriba y abajo por el vagón.

¡Déjameeee! gritaba en los brazos de Luis, retorciéndose como un pulpo ¡Quiero ir ahí!

Pablo, cariño, no puede ser, ahí hay señores y señoras sentados mascullaba Luis, rojo de la vergüenza, tratando de sujetar aquel espagueti humano.

¡No quiero estar sentadooo! ¡Aaaah!

Los gritos de Pablo tapaban hasta el ruido de las ruedas. Al principio la gente les miraba con compasión; luego con fastidio; media hora después, con una hostilidad que cruzaba el ambiente. Una señora de blusa blanca hasta les llamó la atención y Pablo, ofendido, agitó la mano sujetando el zumo, salpicando a sus padres y a la pobre señora.

Se montó la de San Quintín. La mujer chillando a pleno pulmón, Clara llorando y pidiendo perdón mientras le ofrecía veinte euros de compensación, Pablo berreando porque se quedó sin zumo y Luis chirriando dientes.

Noventa minutos de vivir en Mordor.

Cuando pisaron el andén, lo de descansar era ya un chiste cruel. Pablo, alteradísimo, no quiso siesta: se dedicó a lloriquear toda la tarde y a punto estuvo de volcar la barbacoa. El viaje de vuelta, igual de terrorífico.

Y eso sólo habían sido hora y media. ¿Y Gloria pretende llevárselo una semana entera de monumentos? Ni de coña. Ni en sueños.

Pues mira que sois blandos criando repetía Gloria, encogiéndose de hombros cuando Clara ponía hechos sobre la mesa.

Eso sí, Gloria Domínguez era docente teórica. Venía cada dos semanas, traía plátanos o chocolate (al que Pablo era alérgico, aunque se lo habían contado cien veces), hacía monerías veinte minutos y luego desaparecía. Quizás una selfie y arreando al Facebook.

Gloria, ¿y a usted qué más le da con quién se queda Pablo? preguntó Clara en pleno rifirrafe. Si no es con usted

¡Yo no tengo por qué! ¡Para eso están los padres! Si fuera para el hospital o por trabajo, aún. Pero así Lo dejáis como si fuera un gato, ni sabéis dónde meterlo.

Estas discusiones no rompían nada, pero minaban los nervios. Gloria Domínguez, convencida de su verdad, ignoraba cualquier réplica de los jóvenes.

Pero la vida, como siempre, da sus lecciones.

Pasaron cuatro años volando. Pablo cumplió siete. Un chaval hecho y derecho: ya hablaba, iba al cole, tenía mil historias

La vida de Gloria Domínguez, por desgracia, cambió también, pero para peor: quedó viuda. Si antes en su piso siempre zumbaba la tele y se oía a su marido murmurar, ahora el silencio reinaba. Quizás para acallar la soledad, o para demostrarle al mundo que seguía siendo una campeona (y en especial a los suegros de su hijo), Gloria se propuso un acto de generosidad inédito.

Traedme al niño un tiempo, anunció magnánima Ya no es tan pequeño, sabremos entendernos.

Gloria, ¿segura está? preguntó Clara prudente Pablo es un terremoto, necesita atención, o al menos un ordenador.

Ay, no me des clases resopló la suegra ¡He criado a mi hijo! ¿Me cuentas ahora que no puedo con un nieto? Leemos, jugamos al parchís, aquí no hace falta tanta pantalla. Nada, traédmelo.

A regañadientes y cruzando los dedos, llevaron a Pablo a casa de la abuela. Dos semanas. Ni más ni menos. Ellos, a una casita rural de relax, por si acaso el tiempo de vacaciones se acortaba drásticamente. Clara se olía algo y su olfato materno, una vez más, no falló.

Gloria se había imaginado la escena perfecta: nieto limpito, peinado, hojeando la enciclopedia de animales mientras ella tejía calcetines y hacía comentarios sabios; almorzaban sopa y salían a pasear cogidos de la mano. Disney total.

La ilusión duró media hora desde que cerraron la puerta.

Yaya, me aburro soltó Pablo ¿Tienes tablet?

¿Tablet? ¡No! ¿Para qué la quiero?

Pues jugamos a zombis entonces. Tú eres la zombi y yo escapo.

¿Zombis? ¿Tú estás bien, Pablo? Anda, colorea, que te he comprado unos lápices.

¡No quiero colorear, eso es de bebés! y se puso a dar vueltas como el toro de Osborne por el sofá ¡Venga, yaya, juega! ¡Mira cómo salto! ¡Mírame! ¡Mírame! ¡No me miras!

No paraba un minuto. Tan pronto pilotaba el salón como avión, como aporreaba cacharros, o intentaba arrastrar a Gloria a más juegos que la abuela no entendía. Las novelas de Cela no le interesaban, ni el puzle de hace veinte años; necesitaba público, compañeros, animadores. ¡Yaya, ¿por qué?, ¡Yaya, ¿jugamos?, ¡Yaya, mira! Cada tres minutos.

A la hora de comer, Gloria sentía que le había pasado encima el AVE Madrid-Sevilla.

Y eso era empezar. Lo bueno llegó en la comida. Gloria preparó sopa de cocido, sólo para agasajar al nieto (porque para ella nunca se pone así).

Pero Pablo la miró como si le hubieran puesto mondadientes flotando.

Eso no me lo como.

¿Por qué, criatura?

Lleva cebolla cocida No me gusta.

¿¡Qué?! la abuela, al borde del colapso ¡Eso es buenísimo, hombre! ¡Venga, cómetelo!

Que no.

Pues ¿qué quieres?

Macarrones solos. Y queso rallado. Y la salchicha cortada como pulpo.

Gloria, boquiabierta, no daba crédito.

Esto no es un restaurante, ¿eh?

Pablo se encogió de hombros y se fue a la habitación a montar una tienda de campar con almohadas y la lámpara de pie.

Al llegar la tarde, la presión de Gloria iba y venía como la montaña rusa de PortAventura. Era imposible tumbarse: Pablo saltaba encima a gritos de ¡Arriba, que los malos están atacando!. La televisión, ni soñarlo: Pablo exigía dibujos y, encima, ni con ellos se calmaba; andaba dando vueltas como si le picara el trasero.

Mientras, Luis y Clara se asomaban a la terraza de la casita rural, viendo el atardecer y escuchando el chisporroteo de la barbacoa.

Qué silencio, por Dios suspiró Clara, medio dormida. Ya me sabe hasta mal lo de tu madre

En ese momento, sonó el móvil de Luis.

¿Sí, mamá?

¡Venid ya mismo! chilló Gloria nada más descolgar ¡Lleváoslo, no aguanto más! ¡Venid aquí YA!

¿Pero qué ha pasado? ¿Estáis todos bien?

¡Estamos en el apocalipsis! ¡Vuestro hijo es un terremoto! ¡Me ha destrozado media casa! ¡No me come, brinca encima mía como un corcel! ¡O estáis aquí en una hora, o llamo a urgencias y a la policía y que se lo lleven a él y a mí! ¡No puedo más, os espero!

Colgó.

Clara dejó la copa sobre la mesa. El vino, calentándose. La carne, cruda.

Anda, vamos gruñó Luis Se acabó la gloria.

Condujeron casi sin palabra. Tenían unas ganas de llorar

Apenas tocaron el timbre y la abuela abrió ya con una palidez digna de procesión, impregnada de olor a valeriana y cara de haber estado en plena guerra civil.

Pablo, sin embargo, salió saltando, más fresco que una lechuga.

Menos mal, exhaló Gloria, empujando al nieto como si fuera una mula Lleváoslo. Y no me lo volváis a dejar jamás. ¿Pero qué habéis criado? ¡Esto no es un niño, es un gremlin! ¡No come, me aburre, me asalta! ¡No pienso mover un dedo más!

Es sólo un niño, mamá contestó Luis, seco Niño normal, sano, vital. Te avisamos. Fuiste tú la que nos dijo que podías con él.

Yo pensaba que era un chico normal. ¡Este necesita un especialista! se llevó la mano al pecho Marchaos. Me voy a acostar, o me dejaréis tiesa.

Ya en el coche, Pablo se enroscó y preguntó:

Mamá, ¿cuándo vamos a ver al abuelo Manolo y la abuela Puri?

Pronto, hijo. Muy pronto.

Menos mal murmuró mientras se dormía Es que la yaya Gloria grita todo el rato, no sabe jugar y la comida sabe rara.

Desde entonces, Gloria Domínguez nunca más mencionó el tema de las excursiones ni preguntó por qué no lleváis al niño. Ahora, cada vez que Clara y Luis se iban de vacaciones, sólo les deseaba buen viaje con un suspiro resignado.

Y Pablo pasó todos los veranos en casa de los padres de Clara: excavaba lombrices con el abuelo, jugaba a indios y vaqueros, y tomaba sopa de la abuela, sin cebolla, porque Puri sí se sabía su gusto.

Las relaciones con la suegra no mejoraron, pero a Clara le iba bien así. Nadie más le cuestionaba la vida. Gloria, por su parte, se quedó sola con su verdad férrea, rodeada de enciclopedias, que ni Pablo ni nadie abrió jamás.

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Ya cumplí mi etapa — ¡Vamos, que faltó que lo enviarais a una casa de acogida, como si fuera un gat…
El perro no dejaba que los médicos se acercaran al niño y no permitía que lo llevaran a operarse