Ya he cumplido mi deber — ¡Vamos, que sólo faltaba que lo llevarais a una casa de acogida, como si …

Vamos, que lo siguiente es llevarle a una guardería como si fuera un cachorro. Y encima pagando, ¿eh? Así ya podéis largaros y disfrutar de la vida, qué bonito, soltó con veneno Concepción Jiménez, la suegra.

Lucía apretó los labios, molesta, y tiró con fuerza de la cremallera de la maleta. Nada, que no subía. Igual que el disco rayado que ponía su suegra cada vez que ellos planeaban irse de viaje.

Mamá, ya basta, intentó calmarla Ramón, marido de Lucía. Pablo también se va de vacaciones, sólo que al pueblo. Ni siquiera se queda con extraños, estará con mi padre y mi madre. Va a tener aire fresco, huerto, la piscinita hinchable, leche fresca todos los días… Lo mejor para un crío de su edad.

¡Eso no son vacaciones, hijo, eso es destierro! protestó la suegra levantando los brazos. ¡El niño tiene tres años! ¡Necesita a sus padres! Pero claro, los padres se van a Madrid a corretear por museos. Y el crío, ¿qué? ¿Acaso no necesita cultura él también?

Lucía, que al fin logró domar la cremallera rebelde, se enderezó y le clavó una mirada seria a Concepción.

Ahora no, la verdad, contestó fría. Ahora lo que necesita es su rutina, sus siestas y tener el orinal cerca, no un vuelo de nueve horas con escala, liarse con el cambio de horario y patearse la ciudad. Dígame, doña Conchi, ¿cuándo fue la última vez que usted se fue con Pablo al menos a pasear por el parque?

¡Yo ya lo hice todo con mi hijo! exclamó alzando la barbilla con orgullo la suegra. A todos lados me lo llevaba. Aquí estoy, viva y coleando. Pero vosotros, todo comodidades. Hay que pensar un poco más en los demás, no sólo en uno mismo.

¡Eso, justo! saltó casi sin querer Lucía En los demás. Como los que viajan con nosotros en el avión, que tendrán que aguantar los gritos de Pablo durante horas. O los que quieren disfrutar una visita en silencio y no escuchar estoy cansado, quiero agua Vacaciones con un niño de tres no son vacaciones, doña Conchi. Es un suplicio. Para él también.

Concepción apretó la boca y se giró airada.

Claro, claro. Ya está. Se os acabó el juego de padres. Lo que queréis es quitaros el niño de encima. Si de verdad quisierais, os adaptaríais a él.

Lucía cerró los ojos y, en su cabeza, empezó a contar hasta cien. Si su suegra hubiera vivido lo que pasaron la última vez, quizás habría metido la lengua en el bolsillo. Pero, ¿cómo iba a saberlo ella, si apenas se implicaba en nada?

Lucía sí que lo tenía grabado. Todavía le temblaba el ojo izquierdo.

Eso fue el verano pasado. Se les ocurrió, ilusionados, escaparse al chalé de unos amigos. A sólo cien kilómetros. Allí también había otra niña, columpios y un jardín enorme. Sonaba idílico. Pero ya el plan empezó torcido.

El coche no arrancó, y los amigos esperando, con la barbacoa lista. Tuvieron que buscar billete de tren regional a toda prisa.

La meteorología tampoco les ayudó. Un calor de casi 40 grados. El aire acondicionado del vagón ni funcionaba. Las ventanas abiertas no servían de nada, y el tren, a tope. Costaba hasta respirar.

A Pablo le duró la paciencia diez minutos. Luego empezó a gimotear sin pausa, a quejarse del calor y el aburrimiento. Después, quería correr de arriba abajo por el vagón.

¡Suéltame! chillaba dando arco con el cuerpo entre los brazos de Ramón. ¡Quiero ir allí!

Pablo, corazón, no puede ser. Hay mucha gente, murmuraba Ramón, rojo ya de apuro, intentando sujetar al niño.

¡No quiero sentarme! ¡Aaaaah!

Los gritos de Pablo se oían más que el traqueteo del tren. Los pasajeros primero les miraban con comprensión, luego con rabia y al final con puro odio. Una señora de blusa blanca les llamó la atención y Pablo, en pleno berrinche, lanzó el zumo que llevaba. Les cayó a todos: padres y señora.

Fue un numerito de los buenos. La señora se puso a gritar que ni Pablo. Lucía, al borde del llanto, intentaba disculparse, metiéndole veinte euros a la mujer. Pablo seguía berreando porque se había quedado sin zumo. Ramón rechinaba los dientes.

Hora y media de puro infierno.

Cuando por fin bajaron a la estación, ya ni ganas de descansar les quedaban. Pablo, después del susto, ni quiso dormir la siesta, estuvo inaguantable todo el día y casi vuelca la barbacoa. La vuelta, igual de tortuosa.

¡Y eso eran sólo hora y media de trayecto! Y la señora Conchi pretendía que hicieran una semana de excursiones así. Vamos, ni hablar.

Es que no le sabéis educar, sentenciaba siempre la suegra cuando Lucía sacaba argumentos.

Doña Conchi era profesora, pero todo de teoría. Venía de visita cada dos semanas, traía plátanos o chocolate (chocolate, ¡que sabían perfectamente que le da alergia a Pablo!), le hacía mimos diez minutos y se iba. Como mucho, foto para mandar por WhatsApp.

Doña Conchi, y a usted, sinceramente, ¿qué más le da con quién se quede Pablo? le preguntó Lucía una vez ¡Si con usted no es!

¡Y yo qué obligación tengo! Que para eso tiene a sus padres. Si me necesitáis por hospital o trabajo, lo que sea, ahí sí ayudo. Pero esto Es que lo dejáis como un gatito que ya no sabéis dónde meterlo.

Estas diferencias al final pasan factura. La suegra inflexible, convencida de que sólo ella tiene razón.

Pero el tiempo pone todo en su sitio.

Cuatro años pasaron volando. Pablo ya tenía siete. Hablaba por los codos, iba al cole, hacía fútbol, teatro…

La vida de Concepción también cambió, y para peor: quedó viuda. Ahora, su piso, siempre lleno de ruido y con el runrún del marido, era todo silencio. Y sería por eso o porque quería demostrar que aún podía con todo, decidió hacer una generosidad sin precedentes.

Traedme al niño, dijo magnánima. Ya es mayor, sabré arreglármelas con él.

¿Está segura, doña Conchi? preguntó Lucía, prudente. Pablo tiene mucha marcha, requiere atención, aunque sólo sea un ordenador…

¡No me vengas con enseñanzas! resopló la suegra Yo he criado a tu marido, ¿eh? Unas lecturas, una partida de cartas, y punto, sin falta de ordenadores. Dejadlo en mis manos.

Así que, cruzando los dedos, les dejaron a Pablo dos semanas. Ellos aprovecharon para escaparse a una casa rural, sólo un finde, porque Lucía intuía que no durarían mucho.

Instinto de madre, que lo llaman.

La abuela ya se imaginaba el plan perfecto: nieto limpito, peinadito, leyendo una enciclopedia sobre animales, ella tejiendo calcetines, una sopa agradable Y luego, salida tranquila cogidos de la mano.

Se le cayó todo el castillo de naipes media hora después.

Yaya, ¡me aburro! anunció Pablo. ¿Tienes tablet?

No, hijo, ¿de dónde voy a sacar yo eso?

Pues jugamos a zombis entonces. Tú eres el zombi y yo el valiente.

¿Pero qué? balbució Concepción Pablo, siéntate, dibuja, que te he comprado una libreta para colorear.

No quiero eso, que es de pequeños y el niño empezó a dar vueltas como loco alrededor del sofá. ¡Anda, venga, juega conmigo! ¡Mira cómo lo hago! ¡Mira! ¡Y no me estás mirando!

Ni un minuto se estaba quieto. Si no era avión, era aporrear las tapas de las cacerolas, o querer envolver a la abuela en mil juegos incomprensibles. Nada de libros ni construcciones viejas. Él quería público, compañero de locuras y un animador personal en casa. Cada tres minutos: ¡Yaya, ¿y si?!, ¡Mira, yaya!, ¿Por qué?.

A la hora de comer, doña Conchi ya estaba agotada, como si hubiera descargado un camión de carbón. Y aún ni era el principio.

Con mucha ilusión había hecho sopa de carne. Ella nunca la cocinaba, sólo por el nieto.

Pero cuando Pablo vio el plato, puso cara como de asco.

Esto no me lo como.

¿Por?

Lleva cebolla. Hervida. No me gusta.

¡Anda ya! ¡Que eso es sano! ¡Cómelo y deja de tonterías!

¡Que no quiero!

¿Y qué quieres?

Pasta con queso. O salchicha. Pero la salchicha córtala en forma de pulpo.

La abuela arqueó las cejas, flipando.

¡No soy el camarero de un bar de carretera! le soltó.

Pablo se encogió de hombros y se fue al salón a construir una tienda de campaña con cojines y una lámpara de pie.

Cuando llegó la tarde, la tensión de la abuela subía y bajaba como una montaña rusa. Si intentaba tumbarse, Pablo la usaba de trampolín gritando ¡levántate, que los enemigos nos atacan!. Si quería ver las noticias, enseguida el niño exigía dibujos porque me aburro. Y con los dibujos no se calmaba nada. Al contrario, parecía activarse aún más.

Mientras tanto, Ramón y Lucía, en la terracita, trinando unas tapitas, viendo el atardecer y oyendo el chisporroteo de las brasas.

Qué paz, suspiró Lucía, relajada. Si es que parece mentira. Igual nos hemos pasado con tu madre, al final.

En ese mismo instante sonó el móvil de Ramón.

¿Dígame, mamá?

¡Venid ya, ahora mismo! se le oía histérica ¡Lleváos al niño! ¡En serio!

¿Qué ha pasado, mamá? ¿Todo bien?

¡Horror todo! ¡Que vuestro hijo es insoportable! ¡Me ha desmontado medio piso! ¡No come comida normal! ¡Salta por encima de mí como una cabra! ¡Me va a dar algo! ¡Si no venís enseguida, llamo al SAMUR y que se lo lleven ellos! ¡No aguanto ni un minuto más! ¡Os espero!

Colgó.

Lucía dejó la copa en la mesa en silencio. El vino, a medio beber. Las chuletillas, a medio hacer.

Anda, recoge, dijo Ramón, serio. Se acabaron las vacaciones…

El viaje de vuelta fue en un silencio rencoroso. Les sabía fatal. Fue ella quien lo propuso y ahora les hacía esto.

Nada más pulsar el timbre, se abrió la puerta. La suegra, blanca como el papel, olía a valeriana y parecía haber vivido la guerra de Vietnam.

Pablo salió tan risueño como siempre.

Que Dios os lo pague, suspiró Concepción empujando a Pablo hacia ellos ¡Llevadle! Y no me lo volváis a pedir nunca más. ¡¿Esto es un niño o un gremlin!? ¡¡Que si la sopa, que si el aburrimiento, que si saltar sobre la abuela…!

Sólo es un niño, mamá contestó Ramón, seco, dándole la mano a su hijo Un niño sano, con energía. Ya se lo advertimos. Tú dijiste que te apañabas.

¡Creía que era normal! ¡A ese niño hay que llevarlo al médico! lanzó la suegra, agarrándose al pecho. Ya podéis iros. Me voy a tumbar, que si no la palmo.

En el coche, Pablo, ya medio dormido, preguntó:

Mamá, ¿cuándo vamos a ver al abuelo Paco y la abuela Carmen?

Pronto, cariño. Muy pronto.

Menos mal susurró él, adormilado Que la abuela Conchi es muy rara. Todo el rato grita y no sabe jugar. Y su comida es fea.

Desde aquella noche, doña Conchi nunca más volvió a sacar el tema de irse juntos de vacaciones ni preguntó por qué no le dejaban al niño. Ahora, cuando se escapaban unos días, sólo les deseaba buen viaje.

Y Pablo pasaba todas sus vacaciones con los padres de Lucía. Allí jugaba en el huerto, cazaba bichos con el abuelo y se comía el cocido que le hacía la abuela Carmen. Sin cebolla, porque ella sí se sabía sus gustos.

La relación con su suegra no mejoró, pero a Lucía no le importaba. Más valía eso que soportar lecciones. La señora Conchi se quedó con sus verdades y las enciclopedias, que nunca abrió nadie.

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Adán no era el marido perfecto, pero la forma en que se comportó en el supermercado fue la gota que colmó el vaso.