Nueve rosas rojas… La suegra llegó para pasar unas horas, y el yerno comprendió: no podía aguantarlo…

Nueve rosas rojas

La suegra llegó para pasar unas horas y Antonio pensó: Esto no hay quien lo aguante. Dijo que se iba a la sauna. Se vistió sin prisa y salió pitando.

Pero el destino tenía otra travesura preparada: la sauna estaba cerrada por reformas. El humor, ya por los suelos, se hundió bajo tierra.

No era plan de volver a casa tan pronto. Así que se puso a deambular por las calles de Madrid. Entrar en una tienda tampoco era plan, eso no va con él. Se sentó en un banco, rumiando su hastío.

Entonces se fijó en una pareja de unos sesenta, paseando despacio, bien arreglados. Ella cogida del brazo de él, charlando tranquilamente de sus cosas.

Antonio se quedó observando: Mira qué bien. Estos sí que tienen de qué hablar. Nosotros, después de quince años, ya lo hemos contado todo. Por lo general, estamos mudos.

De pronto el marido le recolocó suavemente la bufanda a su esposa, y siguieron paseando.

Antonio pensó: Alucinante. Han conseguido no perder el cariño. ¡Si nosotros ni nos fijamos el uno en el otro ya!

Su mujer, Carmen, es pequeñita y delgaducha, del gremio de las eternamente cansadas, esas que se conforman con el mínimo. Trabaja en una fábrica, tienen dos hijos, su cabeza siempre metida en mil tareas.

No para quieta: que si la casa, que si los niños, siempre con la bata vieja y el pelo alborotado, acelerando de un lado para otro con el estropajo en la mano.

Hace siglos que no sonríe, siempre tiene el ceño fruncido, la expresión invariable. La peluquería solo la pisa cuando ya la vergüenza no le deja salir a la calle.

Antonio se preguntó: ¿Y todo ese amor de antes? ¿A dónde se ha esfumado?

Intentó rescatar aquel sentimiento perdido. Al fin, lo logró: le atravesó una punzada de ternura, algo cálido y suave.

Recorrió su alma, dejando un reguero de calor. De repente, le dio muchísima pena su mujer, y le entraron unas ganas enormes de hacer algo bonito.

Sentado no podía quedarse. Había que hacer el bien YA. ¿Por qué? Vete tú a saber: se levantó y se puso a andar sin rumbo.

Y, casi chocando con un puesto de flores, halló la inspiración. ¿Flores? Bah, si se las llevo me llamará tonto y dirá que he tirado veinte euros a la basura. Si tengo que comprarle a Lucía unas zapatillas para gimnasia, que no tiene dónde ir

Dudó. ¿Qué hacía? Pero aquel regusto de ternura seguía latiendo dentro, tentador.

Finalmente, fue valiente. Entró, la florista le saludó con una sonrisa. Él, claro, no compraba flores desde hacía quince años. Pensó: Igual con una rosa vale

Pero algo dentro le susurraba: No seas cutre, una sola no dice nada de nada.

Así que, con un arrebato, pidió nueve rosas. ¡Nueve! Casi se asustó de su propia locura. Pero oye, lo dicho, dicho está.

Salió con el ramo y le pareció que todo el mundo le miraba raro por la calle.

Antes de subir a casa llamó para asegurarse de que la suegra ya se había marchado.

Subiendo las escaleras, le temblaban las piernas. Estoy loco Carmen me suelta un grito y acabo tirando las rosas al cubo de la basura.

Carmen estaba dejando la bolsa de harina en la mesa, aún sin mancharse las manos. Él se acercó, ella ni se lo imaginaba. Se detuvo delante, sin decir ni pío, la emoción le apretaba el pecho. Ella se giró, vio el ramo y se quedó helada.

Carmen, son para ti. Me ha apetecido. ¿No te enfadas?

Ella tardó en reaccionar, miraba el ramo como si fuese un espejismo.

Para ti, Carmen, de verdad.

Al fin lo cogió, se lo acercó a la cara, sonrió levemente. Y en ese instante desaparecieron la fábrica, los problemas, los quince años. Solo quedó ella, ligera y contenta.

Casi susurró: Gracias

El jarrón quedó en el centro de la mesa, las nueve rosas rojas alumbraban el salón entero.

Carmen las acarició despacio, y se quedó absorta frente al espejo, acomodándose el pelo.

Sus facciones se suavizaron, la preocupación dio paso a un aire soñador. Antonio se le acercó, la rodeó por la cintura. Se quedaron ahí, en silencio. Un instante para Carmen. Solo un instante.

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Nueve rosas rojas… La suegra llegó para pasar unas horas, y el yerno comprendió: no podía aguantarlo…
Un armario caótico, montones de ropa sin planchar, sopa agria en la nevera: todo esto es nuestro hogar. Decidí plantear estas cuestiones con delicadeza a mi esposa, pero de algún modo terminé recibiendo reproches. Me enamoré de María a primera vista, en cuanto la vi. No pude resistirme a su belleza y encanto. Pensé que era increíblemente afortunado de compartir mi vida con una mujer tan inteligente, atractiva y pulcra, así que no dudé en pedirle matrimonio. Decidimos irnos a vivir juntos y, desde el principio, María me dejó claro que no le gustaban las tareas domésticas. Prefería centrarse en su carrera y repartir las labores del hogar de forma equitativa. No vi ningún inconveniente y acepté, pensando que era lo más justo y razonable, aunque no sabía lo que nos esperaba. Nos dividimos las tareas domésticas y María me aseguró que podía desenvolverse perfectamente tanto en el trabajo como en casa. Confié en su opinión y no insistí en la mía. Pasaron seis meses y empecé a notar que las cosas no salían como esperábamos. Profesionalmente, María no tenía la estabilidad que deseaba: trabajaba media jornada en una empresa poco conocida, con un sueldo irregular y un horario cambiante. Además, gastaba lo que ganaba únicamente en sí misma. Mientras tanto, yo trabajaba sin parar de sol a sol. Sin embargo, María recordaba muy bien el reparto de tareas y a veces hacía la vista gorda ante sus propias responsabilidades. Al principio cumplía con su parte con dedicación, pero poco a poco su entusiasmo fue decayendo. La casa se volvió cada vez más desordenada, con montones de ropa sin planchar por todas partes. Para mi sorpresa, me echó la culpa a mí, diciendo que debería ayudarla más. Esa actitud me dolió profundamente. Me resultaba casi imposible compaginar mi trabajo con el cuidado de la casa, cuando desde el principio habíamos acordado un reparto equitativo de responsabilidades. Esperaba que la situación mejorara tras el nacimiento de nuestro hijo, suponiendo que María se encargaría de la casa durante la baja por maternidad. Por desgracia, la situación empeoró. A veces pienso que estaría mejor sin mi esposa. Además, las discusiones constantes se han hecho parte de nuestra vida. Aunque intento comprender el punto de vista de mi esposa y ponerme en su lugar, no puedo evitar sentir que mis necesidades pasan desapercibidas. Trabajo tanto en la oficina como en casa, asumiendo diferentes responsabilidades, y también me encargo de tareas domésticas. Todo lo que quiero es poder descansar. Me pregunto qué hace María durante el día en su baja de maternidad, qué le impide preparar la cena o recoger el salón. Nuestro bebé solo tiene dos meses y duerme la mayor parte del día. Creo que yo podría encargarme de algunas tareas domésticas en ese tiempo. No puedo evitar preocuparme por cómo nos las apañaríamos si tuviéramos otro hijo. Estoy a favor de la igualdad y el apoyo mutuo, pero parece que a María le cuesta entenderlo. No quiero romper nuestra familia, porque quiero muchísimo a nuestro hijo. Sin embargo, siento que he llegado al límite de mi paciencia. No sé cómo seguir viviendo así. ¿Tú de qué lado estás en esta historia?