Una respuesta inesperada Laura no soportaba a Sergio. Durante los siete años que estuvo casada con …

Respuesta inesperada

Nunca soporté a Ernesto. En los ocho años que estuve casado con su mejor amigo, Rodrigo, su presencia siempre me sacaba de mis casillas.

Me molestaba esa risa atronadora, su chaqueta de cuero gastada que parecía sacada de una tienda de segunda mano y esa manía de darle palmadas en la espalda a Rodrigo mientras gritaba: ¡Hombre, Rodrigo, ya te veo la cara! ¿Otra vez tu mujer con ganas de pelea?. Aquello me revolvía el estómago.

Rodrigo siempre restaba importancia: Es un raro, pero tiene un corazón de oro. Entonces me enfadaba con él también; pensaba que por muy bueno que fuera su corazón, nada justificaba que me arruinara cada velada.

Cuando Rodrigo murió un resbalón tonto, una caída absurda, Ernesto, con esa eterna chaqueta ridícula, apareció en el cementerio, apartado, callado, mirando por encima de las cabezas como si pudiera ver algo que todos los demás ignoraban.

Aquella tarde pensé: Ya está. Por fin me dejará en paz. Gracias a Dios.

Pero no. No se fue. Una semana más tarde, llamó a la puerta de mi piso, silencioso y vacío, y cuando abrí, con voz tímida soltó:

Clara, si quieres, pelo unas patatas o dime si necesitas cualquier cosa.

No hace falta, gracias le dije desde el otro lado, seria, sin vida.

Hace falta contestó tozudo y, antes de que pudiera impedirlo, se coló en la entrada como el viento.

Así empezó todo.

Ernesto venía a arreglar cualquier cosa que se rompía. Llegué a pensar que los grifos y los cierres de las ventanas se estropeaban solos, sólo para darle excusas para regresar.

Traía la compra en bolsas enormes, como si abasteciera a todo un pueblo durante el asedio de un ejército. Sacaba a pasear a mi hijo Martín por el Retiro, de donde volvía sonriente y charlatán, tan diferente a ese niño callado que era al lado de Rodrigo.

El dolor me acompañaba a todas horas. Era afilado si encontraba un antiguo calcetín olvidado de Rodrigo. Sordo y persistente cada vez que preparaba dos tazas de té por costumbre. Y distinto, un dolor extraño e intenso, al verle a Ernesto poniendo los platos en la mesa equivocada, tropezando con los cubiertos.

Era como tener un recordatorio viviente de Rodrigo, un espejo torcido y deformado. Sufría por su presencia y, sin embargo, acabé por temerle a su ausencia; no sabría cómo llenar el vacío si se iba.

Mis amigas susurraban: Clara, ese lleva años coladito por ti ¡No lo dejes escapar!. Mi madre sentenciaba: Es buena persona, hija, no le quites ojo. Pero yo sólo sentía rabia. Pensaba que Ernesto estaba robándome el derecho a mi duelo, cambiándolo por su obsesivo cuidado.

Un día, cuando llegó cargado con otro saco enorme de patatas (¡A euro el kilo, no podía dejarlo pasar!), exploté:

¡Basta, Ernesto! Estamos bien. Ya sé lo que intentas que te preocupas por nosotros

Pero no puedo. Ni podré. Eres amigo de Rodrigo, sólo amigo, quédate ahí.

Esperaba excusas, alguna protesta, indignación. Pero él sólo bajó la cabeza, muy colorado, como un crío culpable:

Entendido. Perdona.

Y se fue. La ausencia de Ernesto resonaba por toda la casa: atronadora en su silencio.

Martín, al poco, preguntó: ¿Dónde está el tío Ernesto? ¿Por qué ya no viene?. Y yo, abrazando a mi hijo, pensé: Porque no tengo dos dedos de frente. Eché a la única persona que venía solo para darte algo, no para llevarse nada.

Ernesto tardó quince días en volver. Llamó tarde, aquella noche llovía y olía a otoño y a vino barato. Tenía la mirada perdida, empañada pero valiente.

¿Puedo pasar? Es sólo un minuto. Quiero decirte algo.

Le dejé entrar.

Se sentó en el taburete, chorreando y sin quitarse la chaqueta mojada.

No debería, pero no puedo callármelo más empezó él, con voz rota. Tenías razón, me he comportado como un imbécil. Pero le di mi palabra.

Me apoyé contra la pared, de repente sin fuerzas.

¿Qué palabra? logré preguntar, el corazón encogido.

Ernesto me miró con tanta pena en los ojos que dolía.

Rodrigo lo sabía, Clara. No con certeza, pero lo sospechaba. Llevaba una bomba en la cabeza, una aneurisma, los médicos decían que podría reventar de un día para otro. Le dieron un año, dos como mucho. No quería asustarte y por eso no te lo dijo. Pero a mí sí. Me lo contó un mes antes de caer.

El poco mundo que me quedaba se vino abajo. Me deslicé hasta el suelo y me quedé sentada en el recibidor.

¿Y qué más dijo? susurré.

Me miró y dijo: Ernesto, sólo confío en ti. Si pasa algo, cuida de los míos. Martín es pequeño y Clara por fuera es fuerte, pero por dentro puede romperse. No la dejes romperse, Ernesto. Y yo me reí, le dije: ¡Venga ya, Rodrigo, vas a enterrarnos a todos!. Y él la voz le temblaba me miró tranquilo y añadió: Haz lo que puedas para que Clara se enamore de ti. No debe estar sola, y tú siempre la has querido bien. Eso sería lo correcto.

Ernesto se quedó callado.

¿Eso es todo? pregunté, conteniendo la respiración.

Aún me dijo que tú primero me odiarías. Por ser recordatorio constante de él. Pero que aguantara. Que te diera tiempo que quizá te acostumbraras. Y que después lo que Dios quiera.

Se fue levantando con dificultad.

Eso es todo. Intenté hacerlo a mi manera. Pensé: igual Y tú me miraste y lo supe. No iba a funcionar. Para ti siempre seré Ernesto, el amigo de mi marido. Así que lo siento, Rodrigo, no he cumplido. Perdóname.

Alargó la mano hacia la puerta.

Fue en ese instante cuando logré aceptar la verdad, cruel pero irrefutable. Aceptar el amor tremendo de Rodrigo, que pensó en nosotros con la muerte asomándosele ya por los ojos. Aceptar la nobleza terca, absurda y honesta de Ernesto, que llevó dos años la cruz sin esperar nada.

Ernesto llamé.

Se giró, agotado, sin esperanza.

Arreglaste el grifo que Rodrigo nunca tocó en dos años.

Llevaste a Martín a la casa del pueblo el día que yo lloraba encerrada en el baño.

Bueno

Recordaste el cumpleaños de mi madre, y ni siquiera yo lo había hecho.

Asintió en silencio.

¿Y todo eso sólo porque él te lo pidió?

Ernesto suspiró.

Al principio sí. Luego era porque tenía que hacerlo. Porque no podía evitarlo.

Me levanté, me acerqué, miré su chaqueta absurda, su rostro cansado. Y vi, por fin, a Ernesto, no al eco triste de Rodrigo: un hombre que había sido amigo de mi esposo y que ahora sentía la obligación de cuidar a su familia.

Quédate dije, convencido por primera vez en años. Tómate un té calentito. Estás empapado

Me miró sin creérselo.

¿Como amigo? añadí, y mi voz sonó por fin cálida y viva. Como el mejor amigo de Rodrigo. Hasta que te canses.

Ernesto soltó esa sonrisa torcida de siempre, la que antes me sacaba de quicio.

¿Té? ¿Y una caña no tendrás por ahí?

Reí. De verdad, reí después de mucho tiempo. Y sentí, en lo profundo, que no volvería a rechazar la mano que se ofrece, aunque tiemble de cansancio y pese una chaqueta ridícula.

Hoy, escribiendo todo esto, pienso que las personas elegidas para ayudarnos llegan de maneras inesperadas. Dejarse ayudar no es rendirse, es honrar la memoria de quien nos amó y aprender a aceptar la ternura, venga de donde venga.

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