Cuando Beatriz tenía seis años, mi esposa falleció. Desde entonces, la vida ya no volvió a ser lo que era. En el entierro le prometí que cuidaría de nuestra hija y que la querría el doble, por los dos, hasta el fin de mis días. Mi Beatriz creció siendo una chica lista, aplicada, de esas que hacen la cama y te ayudan a pelar patatas, y cocinaba como su madre: rico, rico, de chuparse los dedos.
Con el tiempo, Beatriz empezó la universidad. Claro, allí las notas ya no fueron las mismas, pero tampoco tenía tanta importancia, porque mi hija, además, trabajaba y seguía echándome una mano con la casa. Luego apareció Manuel en su vida, y pronto me lo trajo a casa. Me daba el pego de buen chico y, sinceramente, me puse contentísimo cuando me dijeron que después de casarse querían quedarse a vivir conmigo.
Y ahí, justo tras la boda, la cosa empezó a torcerse. Mi yerno resultó ser un pelmazo maleducado, siempre con una mala cara o pegando gritos.
Así que, cuando mi hija vino con la idea de vender nuestra vieja casa de dos habitaciones y comprar un pisazo más grande en Madrid, puse una condición: el piso debía estar a mi nombre. Manuel, como era de esperar, montó el numerito soltando que no confiaba en él. Pero yo no tenía nada que esconder. Se lo dije clarito: Necesito la seguridad de que no acabaré durmiendo en un banco del Retiro cuando sea viejo. Cuando yo falte, el piso será vuestro y haréis con él lo que os salga del alma.
Mi hija y su marido empaquetaron sus cosas, lanzándome más de un improperio que haría sonrojar a la Virgen de la Macarena, y a los dos días ya estaban montando la vida en la ciudad.
Desde aquel pollo, Beatriz se olvidó de que tenía padre, pero en el fondo yo tenía la esperanza de que se le pasara el berrinche y que recapacitara. Pasaron unos meses y llegaron mis 60 años; pensaba que, al menos ese día, Beatriz me sorprendería con una visita, así que dejé el piso reluciente, cociné todos sus platos favoritos, me puse la camisa buena y me senté a esperar.
Me pasé el día mirando por la ventana, pendiente de que la puerta del patio se abriera, soñando con ver aparecer a Beatriz. Esperé hasta la noche, y al final, me quité la camisa, me metí en la cama dejando toda la comida intacta, lloré un rato, hablé con la foto de mi esposa y no sé ni cómo me dormí. ¿Tan enfadada estaba Beatriz conmigo como para ni siquiera llamarme? ¿O quizá le pasó algo? Bah, mi Beatriz, mi niña ella no podría olvidarse así de su viejo padre ¿verdad?






