¿QUE SÍ, QUE ME HE CALENTADO…! — Pero, ¿a ti quién te va a necesitar, vieja chocha? Eres una carga …

¡ANDA, QUE SÓLO HA SIDO UN ARRANQUE!

Pero vamos a ver, ¿quién te necesita, vieja chocha? Eres un lastre para todos. Vas por aquí oliendo a alcanfor. Si fuera por mí Pero nada, toca aguantarte. ¡Te odio!

Pilar estuvo a punto de atragantarse con el té. Justo acababa de hablar con su abuela, Doña Carmen Rodríguez, por videollamada. La abuela se levantó del sillón a trompicones.

Espera un momento, mi sol, que ahora vuelvo dijo con su voz tan melodiosa y serena. Un segundito.

Dejó el móvil sobre la mesa. Cámara encendida, micrófono también. Pilar se entretuvo con la pantalla del ordenador. Y entonces pasó. Voz de pasillo. Siniestra. Amenazante.

Pilar creyó que había alucinado. Y, probablemente, así habría seguido pensando si no hubiera mirado al móvil. Por el sonido de la puerta, se notaba que alguien había entrado. Primero aparecieron unas manos desconocidas, luego medio cuerpo, y finalmente una cara.

Olga. La esposa del hermano. Hombre, claro, la voz también era suya.

Se acercó a la cama de la abuela y levantó la almohada. Después, el colchón, buscando algo entre las sábanas.

Ahí está, apoltronada, tomando el té Si por lo menos se muriese ya, de verdad. ¿Para qué alargar esto? Si ya ni para dar sombras vale refunfuñó la querida cuñada.

Pilar se quedó paralizada. Durante unos segundos dejó de respirar.

Poco después, Olga se fue, sin percatarse de la cámara. Un par de minutos después volvió la abuela. Sonrió, pero de esas sonrisas que sólo tocan los labios.

Ya estoy aquí. Por cierto, no te he preguntado, ¿qué tal el trabajo, todo bien? interrogó doña Carmen como si nada hubiese pasado.

Pilar asintió a trompicones. Todavía intentando digerir lo que acaba de presenciar. Todo en ella pedía saltar a la casa y sacar a empujones a aquella petarda. Ya, pero racionalizar nunca fue tan fácil

Carmen Rodríguez siempre le había parecido a Pilar de hierro forjado. Jamás levantaba la voz. Tenía esa autoridad de maestra que se cultiva a base de años en las aulas, lidiando con niños y un par de generaciones de madres castizas.

Durante cuarenta años enseñó literatura. Nadie explicaba el Siglo de Oro como doña Carmen. Los alumnos la adoraban: hacía interesante hasta El Quijote.

Cuando murió el abuelo, no se vino abajo. Pero su espalda derecha empezó a arquearse. Fue saliendo menos, la sonrisa se le puso estrecha. Aun así, la abuelita nunca perdió su energía. Estaba convencida de que cada edad era preciosa. Nunca dejó de disfrutar las pequeñas cosas.

Pilar quería a su abuela porque junto a ella se sentía segura. Pase lo que pase, tu abuela te saca del apuro. En su día, Carmen le dio el piso de la playa al nieto para pagar la matrícula en Salamanca y a su nieta Pilar los últimos ahorros, que sirvieron de entrada para el piso.

Cuando el hermano de Pilar, Jorge, recién casado, se quejó de lo cara que era la alquiler en Madrid, doña Carmen propuso que se vinieran a vivir con ella: Total, en un piso de tres habitaciones hay hueco de sobra y así me vigiláis, que nunca se sabe cuándo se me dispara la tensión.

A mí me aburre estar sola, y a vosotros os viene bien. Anda, déjame ser útil, mujer decía ilusionada.

Jorge se encargaba de alguna compra y recados. Pilar ayudaba con comidas, medicinas y hasta le pagaba la comunidad. Su sueldo llegaba, y la conciencia más aún. A veces le daba dinero en efectivo, otras se lo mandaba por Bizum. Y si veía que la abuela guardaba la pasta bajo el colchón por si acaso, compraba directamente la comida: pescados, carne, yogures, frutas Todo para que no le faltase de nada.

Es tu salud, sobre todo con ese dichoso colesterol, abuela le repetía Pilar.

La abuela agradecía, pero agachaba la mirada, molesta por sentirse carga.

Desde el principio, a Pilar, la cuñada Olga le olió a rancia. Amabilidad fingida, sonrisas de azafata pero los ojos fríos, de esos que nunca miran, sólo evalúan. Pero Pilar no se metía: total, cada casa es un mundo. Sólo preguntaba: ¿Va todo bien? Y la abuela

Sí, cariño le aseguraba doña Carmen, Olga cocina bien, limpia el piso Bueno, aún es joven, pero ya irá aprendiendo.

Ahora, sin embargo, la mentira se caía como un azulejo mal pegado. Olga, delante de la gente, una santa. Sin testigos, peor que las meigas.

Abuela… he escuchado todo. ¿Qué ha sido eso?

La abuela se quedó petrificada. Desvió la vista, como quien oye llover.

No es nada, Pili Olga está cansada, tienen una mala racha y Jorge sigue en las guardias. Por eso se pone así.

Pilar la examinó como si la mirara por primera vez. Cada arruga le contaba algo, intuía el cansancio y el orgullo sobreviviendo al miedo. Una mirada que ya no tenía el brillo de antes. Pero sí nueva, y evidente: miedo.

¿Cansada? ¿Tú has oído lo que decía? Eso no es un simple arranque, abuela

Pilu le interrumpió Carmen. Yo aguanto. Bah, un pronto. Ella es joven, aún le hierve la sangre. Y yo soy vieja, ¡qué más me da a mí!

No me vaciles, abuela. O me lo cuentas todo, o cojo el coche y me planto ahí en media hora. Decide.

La abuela se quedó callada unos segundos. Suspiró, bajó los hombros; la magia se rompió y, de pronto, Pilar vio a una viejita indefensa, no a la de hierro.

No quería preocuparte habló, resignada. Bastantes líos tienes ya. Yo pensaba que se pasaría todo esto

El capítulo de Olga, por lo visto, era más largo y cutre de lo que Pilar jamás habría imaginado.

Los jóvenes llegaron a casa de la abuela con tres maletas y un plan Napoleónico: ahorrar para la entrada del piso en seis meses. Al principio, aquello era hasta divertido: trajín en la cocina, pasos por el pasillo, conversación y risas, aunque forzadas. La Olga al poco cocinaba empanadillas, servía infusiones, la llevó al ambulatorio dos veces

Y entonces Jorge se fue de guardia fuera, y cambió todo de golpe.

Primero se puso arisca contaba Carmen. Yo pensé, mejorará cuando vuelva Jorge Luego empezó a llevarse mis cosas: Si Pilar trae mucha compra, ¿para qué quieres tú tanto, abuela? Y que a ella le hacía más falta, para el niño que venía, que estaba embarazada… Y yo, pues mira, adelgazar hasta viene bien.

Hasta le pidió dinero prestado el que Pilar le daba para las medicinas. Con eso Olga se compró una nevera y la puso en SU habitación, que encima cerraba con candado. Todo lo bueno: yogures, embutido, fruta ahí se quedaba.

Y devolver, claro, ni un euro. Al revés: Olga empezó a rastrear posibles ahorros por la casa. Un día desapareció hasta la tele.

Dijo que me estropeaba la vista. También me apaga el wifi. Y claro, ¿tú sabes lo sola que es la casa sin noticias, sin recetarios, sin poder hablar contigo? Me siento, Pili, como si estuviera en la cárcel.

¿Y todo esto, Jorge no lo sabe?

La abuela negó.

Me dijo que si le contaba algo, iba a decir que perdió el niño por mi culpa, de los disgustos Y yo ni sé si estaba embarazada, pero dice que la van a compadecer a ella, que a mí me linchan.

Pilar no sabía qué contestar. Ganas de gritar, de maldecir, pero

Abuela, nadie puede tratarte así. Nadie, sean los jóvenes, los viejos; de la familia o de la feria.

La abuela se echó a llorar. Pilar la consolaba como podía. Ya lo tenía claro: había que dar un golpe en la mesa. Nada de callarse.

Media hora después, Pilar y su marido iban directos a casa de Carmen. Por el camino le puso al tanto. Él alucinaba, pero no tenía razones para no creerla.

La abuela abrió la puerta enseguida. Palpando un trozo de trapo y evitando el contacto visual.

Pero niñas, ¿sin avisar? Por lo menos os ponía un café…

No hemos venido a merendar, abuela. Hemos venido a buscar justicia. ¿Dónde está Olga?

Ha salido no sé a dónde. Yo ya ni pregunto Pasad, anda.

Carmen se apartó y ellos directos a la cocina. El frigorífico daba pena. Un par de bricks de leche a punto de explotar, media docena de huevos y un bote de pepinillos con moho. En el congelador, sólo hielo.

Pilar miró a Jaime, y él asintió. Manos a la obra. El cuarto de Olga, efectivamente, tenía cerrojo baratero. Jaime lo rompió con un destornillador.

¡Bingo! Nevera propia. Allí estaban los yogures que Pilar había comprado la semana anterior. Y también queso, chorizo, tomates Lo mejor, a salvo de la abuela.

A Pilar le hervía la sangre, pero se aguantó. Se metieron en la habitación de la abuela para montar guardia.

Olga volvió a los treinta minutos.

¡¿Quién ha tocado mi puerta?! ladró.

En cuanto la vio, Pilar salió a su encuentro.

He sido yo.

A Olga se le fue el ímpetu. Lo intentó:

¿Y tú quién te crees para entrar en mi cuarto?

Pilar se acercó, dispuesta a arrasar.

Soy la nieta de la dueña de esta casa. ¿Y tú qué? Tienes diez minutos para recoger tus trastos y, si no, echo tus bragas por la ventana. ¿Me pillas?

¡Se lo pienso decir a Jorge!

Díselo a quien te dé la gana. Aquí Jorge ni está ni se le espera. Y si te pones farruca, te llevo de las orejas al portal.

Olga bufó, pero salió disparada. Fue empacando a gritos, intentando provocar a Pilar, que ni se inmutó.

La abuela seguía en el recibidor, sorbiéndose las lágrimas.

Ay, Pili ¿Era necesario montar este escándalo? Los vecinos

Sólo entonces Pilar corrió a abrazarla.

Esto no es un escándalo, abuela. Esto es tirar la basura.

Se quedaron a dormir con Carmen. A la mañana, le llenaron la nevera y la botica. Al despedirse, la abuela lloraba otra vez. Pilar esperaba que no fuera por miedo o soledad. Terminantemente prohibió dejar pasar de nuevo a Olga.

Ese mismo día llamó Jorge. Gritaba como si le fuera la vida.

¡¿Pero de qué vas?! ¡Olga está llorando, la has echado de casa! ¿Te crees que tienes carta blanca porque tienes más dinero que nadie?

Pilar colgó. A las horas, le mandó una nota de voz:

Aclara antes de ladrar, hermano. Tu angelito llevaba semanas maltratando a la abuela, dejándola sin comida, ni tele, ni wifi. Recuerda que la abuela, hace tiempo, se quitó de todo para que tú te sacaras una carrera. Si os presentáis de nuevo los dos, os pongo de patitas en la calle.

Jorge, ni pío.

La Olga, por lo que supieron, se instaló temporalmente en casa de una amiga. En sus redes colgaba frases del palo: familia tóxica y gente falsa Jorge pinchaba me gusta. Y Pilar, ni caso.

En la casa de doña Carmen se respiraba paz, aunque mucho silencio. A las semanas, la abuela le pidió a Pili que le enseñase a ver series en el móvil. Empezó con El Ministerio del Tiempo, luego se enganchó a comedias. A veces veían pelis juntas.

¡Uy, cuánto hacía que no me reía así! le confesó un día la abuela. Se me va a desencajar la mandíbula, ¡madre mía!

Pilar sólo sonreía. Ahora sí, sentía tranquilidad. Cuando era niña, la abuela le protegía de todo. Ahora le tocaba a Pilar cuidar de la abuela.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

four × five =

¿QUE SÍ, QUE ME HE CALENTADO…! — Pero, ¿a ti quién te va a necesitar, vieja chocha? Eres una carga …
Divorciarse en la vejez buscando compañía: la inesperada respuesta que transformó su vida