¡Jack, no cuentes los cuervos! Llevaba ya varios días Jack rechazando la comida que le ofrecía Ludm…

¡Elías, deja de contar grajos!

Llevo ya varios días rechanzando la comida que me deja Clara. Ella, con paciencia, insiste:

Venga, bonito, son las mismas albóndigas que siempre te traía don Manuel. Él no vendrá por ahora No lo esperes suspira ella y se encoge de hombros.

Qué escena más curiosa. En la larga parada amarilla del autobús, los obreros de la fábrica, que esperan para subir, siempre se agrupan de un extremo. El otro lado queda vacío, salvo por mí, el perro pelirrojo de pelo enmarañado, que me estiro a mis anchas delante del banco.

Ya voy para cuatro años y conozco la vida como mis propias cuatro patas. Todos mis días los paso aquí, en la parada al lado del antiguo colegio de la ciudad. Detrás está la fábrica y, tras ésta, los campos. Ya nada me sorprende: he recorrido esos lugares mil veces.

No recuerdo exactamente cuándo empecé a llamarme Elías; fueron unas chicas jóvenes del colegio, que apiadadas de mi suerte, me pusieron nombre y, de vez en cuando, me traían algo de comer. Pero la mayoría de la gente, a decir verdad, me rehúye.

No espere nadie que les mire con ojos tristes ni que mueva el rabo de alegría No, yo soy otro tipo de perro. A mis tres años largos, ya soy como un viejo cascarrabias, descontento con todos. Espanto a la gente simplemente con mi mal humor.

¿Y qué se puede decir de los humanos? ¿De la mayoría de ellos? Pues nada bueno. Exceptuando a esas dos jóvenes que me alimentan, no tengo aprecio por nadie.

No me gustan las personas, y tampoco las grajas… y ni hablar de los gorriones chillones que chapotean en los charcos. De cachorro uno cree inocentemente que todo humano se te acerca para acariciarte, pero esa época ya pasó para mí.

En mi opinión perruna, personas y grajos compiten en hacer ruidos irritantes. En la parada arman discusiones, se empujan, me echan para que no moleste.

¿Por qué iba a quererlos?… Ni siquiera merece la pena buscarle una respuesta.

Con las grajas la cosa es distinta, esas descaradas intentan robarme cada migaja que me dejan las chicas del colegio.

Las persigo y ellas se van, pero regresan y me desafían sin miedo. Así pasa el día: discuto con las aves, las cuento a ver cuántas presuntuosas quedan aún enteras, le ladro a los de dos patas…

En el fondo, no está tan mal vivir en la parada amarilla. No es ningún palacio, claro. Pero te puedes resguardar de la lluvia y el viento, y en verano hay sombra. Eso sí, a veces hay demasiada gente.

¡Vaya, ahí tumbado como un marqués! ¡Haz sitio, que quiero sentarme! Un zapato interrumpe mi siesta.

Abro los ojos. La puntera trata de pasarme por encima, pero no, aquí mando yo.

¿Quieres pelea? ¡Pues espera y verás!

Salto de golpe. El zapato batalla por salir ileso, pero justo entonces llega su autobús.

Lo que más detesto es ver cómo la gente se escapa a sus autobuses, esos de los que tanto hablan mientras esperan. Así se me han ido muchos de mis enemigos.

Esta vez, el zapato quedó tirado en la parada, solo, sin dueño. Nadie lo recogió.

¡Bien merecido!, pensé saboreando mi victoria, mordiendo el trofeo por todos lados antes de arrastrarlo triunfante junto a la papelera.

Clara, apártate de ese bicho raro una mujer rubia tira de su amiga.

Es un chucho peligroso, no hay forma de controlarlo asiente un señor con un cigarro en la boca.

El cigarro acaba casi en mi hocico y, con un par de ladridos, hago que el hombre se marche gruñendo al otro extremo.

*****

Al día siguiente, vuelvo a ver al dueño del zapato, esta vez acompañado.

¡Ese! el dedo del zapato apunta feroz hacia mí, manteniéndose lo más lejos posible. ¡Hagan algo con ese perro agresivo!

¿El qué? el otro hombre, encogiendo hombros. No es la primera vez que nos lo piden. Pero aquí en Ávila no tenemos recogida de animales.

Zapato baja el dedo y gesticula como una urraca parlanchina. Yo me limito a escuchar atentamente.

El segundo tipo también acaba cabreándose y, satisfecha, observo la escena. El último espectáculo del día; mucho mejor que una pelea de grajas por una nuez.

Zapato incluso cree ver una sonrisa maliciosa en mi cara peluda. No puede ser, se dice, eso no existe.

¡Yo solo vigilo el colegio, no la parada! espeta el vigilante, volviendo a su puesto, aunque añade: Tírele un hueso, verá cómo no lo molesta.

¡Ah, muchas gracias! ¿No quiere que le traiga también la mitad de la comida del comedor? se burla zapato, y mirándome añade. Y tú, chucho, ¿por qué no ladras? ¿Te da miedo o qué? ¡Bestia!

Como si entendiera que van por mí, acelero el paso y hago que el hombre se suba a su autobús huyendo como alma que lleva el diablo. Yo le ladro rabioso mientras su cara colorada se queja detrás del cristal empañado…

Era imposible que no nos volviéramos a cruzar. El hombre, don Manuel para todos, acababa de ser nombrado subdirector en la fábrica. Todo era nuevo para él y encima su coche estaba en el taller. Cada mañana se encontraba con mi ladrido en la parada. ¿Por qué ese chucho se ha encariñado conmigo?, pensaría.

Fue a partir de aquel día que pareció que solo él existía para mí. Esperaba, alerta, la llegada de su autobús y su pie pisando el andén.

Cansado de ser el hazmerreír de los de la fábrica, don Manuel decidió escuchar el consejo del vigilante y compró una albóndiga en la cafetería del colegio para mí.

Toma y dejó la albóndiga cerca, mirándome de reojo, observando mi reacción.

Estaba listo para otra batalla, pero el aroma irresistible me pudo. Me acerqué, olí y devoré la albóndiga como si nunca hubiera existido.

Le miré, relamiéndome.

¡Válgame Dios! ¿Aún quieres más? Ni tengo mujer ni sé hacer albóndigas; si me toca traértelas todos los días, seguro que tu mala cara se mejora.

*****

A la mañana siguiente, la joven secretaria, Clara, se reía con las mejillas sonrosadas:

Don Manuel, ¿será que Elías ya no le ladra? ¡Mírelo, ni se inmuta!

Será que me respeta, Clara respondió don Manuel con una media sonrisa y, sorprendido, volvió a mirarme.

Desde ese día, el solitario perro pelirrojo se fue acostumbrando a su ritual: cada mañana, albóndiga por cortesía de don Manuel.

¿Sería que no todos los humanos eran tan tontos como pensaba? ¿Sería que sí había diferencia con las grajas que chillan por cualquier tontería?

El frío comenzó a calar. Una mañana, la parada amaneció cubierta de una fina capa blanca. Con los primeros copos llegó también el viento helado.

Don Manuel dejó la albóndiga que traía y otros manjares frente a mi hocico. Tiritando, apenas alcancé a husmear la albóndiga antes de engullirla de un bocado. Maldita sensación, parecía que la comida desaparecía antes de probarla.

Don Manuel me miraba, y Clara le llamó para que no perdiera el autobús, pero él solo agitó la mano, murmurando contrariado, y se volvió por donde vino.

Al cabo de un ratito, una mano con guante de cuero negro me acarició suavemente.

¿Tienes frío, amigo? Ya no eres tan fiero, ¿eh? Anda, échate en el cartón. Así estarás menos helado… Mira, aquí te pongo esta caja y otra albóndiga.

*****

El sábado don Manuel se quedó en casa. Las jardineras de su chalé, a las afueras de la ciudad, dormían bajo un grueso abrigo de nieve. Un viento frío jugaba danzando copos en el aire.

Él preparó un bocata de chorizo con huevos, desayunó, fue al garaje y cogió la pala. Retirando nieve de la acera, su mente vagaba lejos…

De pronto, detuvo la pala y miró las vueltas de los copos, murmuró algo ininteligible, soltó la pala y echó a correr calle abajo.

En la parada aquella mañana no había nadie. Yo sabía que a veces pasaba: los días de mucha nieve apenas bajaban pasajeros. El autobús abría sus puertas y bajaban unos pocos.

Esos días, el estómago vacila aún más fuerte. Ni rastro de las chicas del colegio…

Me levanté, sabiendo que tocaba ir a rogar cerca de los comercios del barrio. Si nadie en la parada me daba nada, habría que ir más lejos.

Justo iba a salir de mi refugio cuando se paró el autobús delante de mis narices.

¿A dónde piensas ir con este temporal?

Don Manuel bajó y me sacó un paquete de salchichas. Comí como si fueran a desaparecer.

Hoy no hay albóndigas, está cerrado el comedor se disculpó, pero he traído esto…

Apareció una caja grande con una manta vieja y desgastada en su interior. No se me ocurre otra cosa. Ven, métete dentro; así estarás mejor…”

De pronto nieve y frío desaparecieron de mi mente. Dentro, algo cálido me llenó. Nadie me había traído jamás un sitio así…

*****

A los pocos días volví a rechazar la comida que me traía Clara.

Vamos, chico, son las mismas albóndigas que Manuel te traía. No vendrá por ahora, está muy resfriado… No lo esperes resignada, me miró y se marchó.

Desanimado, me tumbé sobre mi manta en la caja. Detrás de la parada, las grajas peleaban por un trozo de pan que se disputaban con afán. Cada una quería llevárselo a su escondite.

Les ladré; ¡pájaras insulsas! Yo también tenía mi tesoro: un agujero bajo la parada, junto a la papelera.

Corrí hacia él. No soy como esas grajas escandalosas, que se olvidan de sus escondites. Ahí estaba: el zapato. Lo recordaba bien; antes lo odiaba. Y ahora…

¿Qué sentimiento era este que me removía por dentro? Saqué el zapato. ¿Dónde estaba don Manuel? Ya sabía cómo lo llamaban los demás: mi persona.

¿Pero es que era mi amigo? ¿Cómo iba a ser buen perro, si había conseguido tener persona y la había perdido?

Gruñí furioso a las grajas. Algo nuevo despertaba. ¡Basta! ¡Me he cansado de vosotras! No me quedaré aquí.

¡Manuel! ¡Don Manuel! Clara hablaba por teléfono, y yo, con esperanzas renovadas, le miraba atentamente.

No se oye bien… Entro en el autobús. Llevo la carpeta con los papeles a firmar…

Clara subió al autobús y, sin que se percatara, yo me colé tras ella, llevando firme el zapato en la boca.

*****

El perro, con esperanza, miraba a la chica que repetía el nombre de su hombre una y otra vez.

Al bajar del autobús, Clara se abrigó bien el pañuelo y, sin advertir mi presencia, llegó a la verja de la casa. Di un brinco tras ella. En mi boca, el zapato negro bien apretado.

Por primera vez, la nieve me pareció hermosa. Cualquier rincón sonaba alegre bajo las botas de Clara.

Ella tocó el timbre y, al poco, la voz de don Manuel se oyó tras la verja. Le ladré emocionado. Ella, sorprendida, resbaló, y la carpeta con los papeles cayó entre la nieve.

Don Manuel, ¿me puede ayudar a levantarme antes de abrazar a su perro?

Los ojos de don Manuel se humedecieron, casi como si mirara a través de un cristal empañado.

¿Has venido a por mí? ¿De verdad? Y encima con regalo… repetía, abrazándome con un brazo y agarrando el zapato con el otro.

A Clara la ayudaron a levantarse y le dieron té caliente.

Hay algo que no entiendo, don Manuel dijo mientras yo me paseaba por la cocina. ¿Por qué no se llevó antes al perro? Tiene jardín de sobra…

Tenía miedo suspiró él. He estado solo mucho tiempo. Un perro es una responsabilidad, casi una familia pequeña… Pero ahora ya no lo dejo ir. En cuanto me recupere, aprenderé a hacer albóndigas

¡Habrá que tomar la casa al asalto entonces! rió Clara, negando con la cabeza. Menos mal que Elías supo venir él solito.

Y ella ocultó su sonrisa tras una taza de té caliente.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

eleven − six =

¡Jack, no cuentes los cuervos! Llevaba ya varios días Jack rechazando la comida que le ofrecía Ludm…
— Te harás cargo de la hipoteca. ¡Tienes la obligación de ayudar! — me dijo mi madre. Nosotros te criamos y te compramos una vivienda. — Ay, hija, qué distante te has vuelto… — mi madre servía té, moviéndose entre la vitro y la mesa, como siempre hacía. — Vienes una vez al mes y sólo te quedas dos horas. Mi padre permanecía frente a la tele. Había bajado el volumen pero no la había apagado. Por la pantalla corrían futbolistas, y aunque fingía no prestar atención, de vez en cuando miraba las repeticiones de los goles. — Trabajo, mamá… — levanté la taza con ambas manos para calentarme los dedos. — Hasta las nueve casi todos los días. Cuando vengo y vuelvo… ya es medianoche. — Todos trabajan. Pero la familia no se olvida. Fuera anochecía. En la cocina solo estaba encendida la lámpara sobre la mesa, dejando los rincones en sombra. Sobre la mesa, una empanada de repollo. Mi madre la hace siempre que vengo. Lo gracioso es que desde niña odio el repollo cocido. Pero nunca supe decírselo. — Está rico — mentí, y bebí un poco de té. Ella sonrió satisfecha. Después se sentó frente a mí, apoyó las manos sobre la mesa — ese gesto lo recuerdo desde la infancia. Así empezaban todas las “conversaciones importantes”. Así fue cuando me cargaron la primera hipoteca. Así fue cuando me convencieron de dejar a alguien que “no era para mí”. — Ayer llamó tu hermana — dijo ella. — ¿Y cómo está? — Cansada… la residencia, el ruido… comparte habitación con más chicas. Dice que no puede estudiar. Va a la biblioteca, pero no siempre hay sitio. A veces se sienta en el alféizar del pasillo… Asentí. Ya veía por dónde iba la conversación. Mi madre siempre abordaba los temas desde lejos. Poco a poco. Gota a gota, hasta llegar al asunto real. — Me da tanta pena… — suspiró. — Se esfuerza tanto, estudia, está con beca… y no tiene condiciones. — Lo sé… me ha escrito. Se quedó en silencio, luego bajó la voz, como si fuera a confiarme un secreto. — Tu padre y yo hemos pensado… — murmuró. — Necesita su propio piso. Aunque sea pequeño. Un estudio, al menos. Que tenga su propio rincón. Que pueda estudiar tranquila. Dormir como una persona. No puede seguir así… Apreté la taza con más fuerza. — ¿A qué te refieres con “piso”? — Nada de gran apartamento… — quitó importancia con la mano. — Un estudio pequeño. Hay baratos. Se encuentra algo. Por unos ciento cincuenta mil… más o menos. La miré directamente. — ¿Y cómo pensáis conseguirlo? Mi madre miró a mi padre. Tosió un poco y volvió a bajar el volumen de la tele. — Estuvimos en el banco — suspiró. — Hablamos con uno, luego con otro… No tenemos oportunidad. Por la edad, por los ingresos… No nos lo aprueban. Y entonces dijo lo que ya temía: — Pero a ti sí te lo aprobarán. Tienes un buen salario. Llevas seis años pagando hipoteca. Nunca te has retrasado. Tu historial es perfecto. Una segunda hipoteca, te la dan sin problema. Nosotros ayudaremos… hasta que tu hermana pueda valerse por sí misma. Luego ella trabajará y pagará sola. Por dentro sentí como si alguien quitara el aire de la habitación. “Nosotros ayudaremos.” Esa misma frase escuché hace seis años. En la misma mesa. Bajo la misma lámpara. Con la misma empanada. — Mamá… si ahora mismo ya casi no puedo con lo que tengo… — Anda ya. Tienes tu piso, tienes tu trabajo. ¿Qué más quieres? — Tengo piso… pero no tengo vida — dije en voz baja. — Seis años girando en una rueda. Cada día trabajando hasta tarde. A veces incluso el fin de semana. Para que me alcance. Tengo veintiocho y ni siquiera puedo salir a una cita — o no tengo fuerzas, o no tengo dinero. Mis amigas ya se han casado, tienen hijos… y yo sigo sola y siempre cansada. Mi madre me miró como si exagerara. — Siempre dramatizas. — ¿Cómo voy a asumir otra hipoteca, mamá? Si yo sola no me tengo en pie. Frunció los labios y empezó a alisar el mantel, como si el problema estuviera ahí y no en sus palabras. — Nosotros te ayudamos… vendimos la casa del pueblo de tu abuela para la entrada. No somos ajenos. Entonces… no aguanté más. — Mamá… esa era mi parte de la herencia. Su rostro cambió. — ¿Qué “tu parte”? ¡Todo es de la familia! Lo dimos por ti. ¡Nosotros fuimos con los papeles, al banco! — Vosotros invertisteis mi dinero… y lleváis seis años recordándome cómo me ayudasteis. Mi padre finalmente se giró. Tenía la mirada pesada. — Entonces… ¿ahora vas a empezar a echar cuentas? ¿Tus padres te son ajenos? — No echo cuentas… solo digo la verdad. Golpeó la mesa con la palma, no muy fuerte, pero fue suficiente para sentir frío. — La verdad es que te compramos un piso, y tú no quieres ayudar a tu hermana. Sangre de tu sangre, por si lo olvidas. Sentí un nudo en la garganta, pero me obligué a hablar tranquila. — No me comprasteis un piso. La hipoteca está a mi nombre. Usasteis mi parte de la herencia. Los dos primeros años, a veces “ayudabais” — diez mil, quince mil. Luego dejasteis de hacerlo. Y yo llevo pagando sola seis años. Y ahora queréis que saque OTRA hipoteca. — ¡Nosotros pagaremos! — dijo mi madre, paciente, como si fuera una niña pequeña. — No se te pide nada más que la pidas. — ¿Y yo… cuándo podré ponerme de pie? Silencio. Hasta la televisión calló — hubo anuncios. Mi padre volvió a darme la espalda. Mi madre me miraba como si hubiese dicho algo vergonzoso. — Me voy — me levanté y cogí el bolso. — Espera… quédate un poco más… — intentó. — Habla como una persona… — Estoy cansada, mamá. Me fui sin mirar atrás. La empanada quedó intacta. En el portal me apoyé en la pared y cerré los ojos. El móvil vibró — una amiga. — ¿Dónde te has metido? ¿No quedábamos? — Estaba en casa de mis padres… — ¿Y qué tal? Guardé silencio un segundo. — Un horror. Quieren que pida otra hipoteca. Para mi hermana. — ¿Cómo? ¡Si ni has terminado de pagar la primera! — Exacto. Dicen que el banco me la dará porque soy cumplidora. Que ellos la pagarán hasta que mi hermana se estabilice… — Eso es una trampa — respondió. — Lo vas a terminar pagando tú. Hasta el final. Apreté el móvil. — Lo sé… Me contó entonces cómo a unos familiares suyos les intentaron hacer lo mismo — pedirles la firma, promesas de “tranquila, no pasa nada” — y después casi pierden su casa. Y concluyó: — Tienes derecho a decir “no”. No es egoísmo. Es supervivencia. Me senté en un banco frente al bloque y respiré. Por primera vez en mucho tiempo me senté sin más… diez minutos… sin correr. En mi cabeza giraban los números. La primera hipoteca — tanto al mes. Me quedan nueve años. Si saco la segunda — el doble. Me quedaría con dinero que ni alcanza para comer. Viviría para pagar. No para vivir. Tres días después mi madre vino sin avisar. Por la mañana. Temprano. Mientras me preparaba para el trabajo. — Te traje pasteles — sonrió. — Quiero hablar tranquilamente. Sin tu padre. La dejé pasar. Puse la tetera. Dejé los pasteles cerrados. Se sentó y empezó: — No dormí en toda la noche… Debes entenderme. Tu hermana es pequeña. Inmadura. Y tú eres fuerte. Se puede confiar en ti. La miré y le dije algo que nunca había dicho: — Mamá… no soy fuerte. Simplemente no tengo elección. Hizo un gesto con la mano. — Lo tienes todo. Piso. Trabajo. Tu hermana no tiene nada. Entonces saqué la libreta. Le mostré la página donde tenía todo calculado hasta el último céntimo. — Aquí está. Salario. Primera hipoteca. Facturas. Comida. Transporte. Me queda… casi nada. Si me pongo enferma o algo se estropea — se acabó. Mi madre apartó la libreta como si fuera una mosca molesta. — Eso lo sumas en papel. En la vida es diferente. Siempre te apañas. — Ese “de alguna manera” es mi vida. Seis años. Seis años sin descanso. Sin ropa. Sin nada. Mis amigas se van al mar, y yo en vacaciones trabajo más, para hacerme un “colchón”. Alzó la voz. — ¡Nosotros prometimos que pagaríamos! — También lo prometisteis la otra vez. Sus ojos brillaron. — ¿Me estás reprochando?! — No. Solo digo la verdad. Se levantó de golpe. — ¡Nosotros te criamos! ¡Te educamos! ¡Te conseguimos vivienda! — No digo que no me hayáis criado. Digo que no puedo más. Mi madre dijo, helada: — No puedes… o no quieres? Y entonces… por primera vez la miré a los ojos sin apartar la mirada. — No quiero. Se hizo silencio. Después su cara se puso roja a manchas. — Así que… para ti tu hermana es una extraña. Nosotros no significamos nada. Está bien. Recuérdalo. Cogió el bolso y se marchó. La puerta se cerró de un portazo, vibró hasta el espejo del recibidor. Yo me quedé en la cocina. Los pasteles seguían en la mesa — inútiles, cerrados, como un chantaje envuelto. Por la tarde escribí a mi hermana: “Hola. El sábado quiero ir a verte. ¿Te va bien?” Contestó rápido: “¡Genial! ¡Ven!” Y fui. Quería ver con mis ojos el “drama” del que hablaba mi madre. La residencia era normal. Pequeña. Sí. Ruidosa. A ratos. Pero limpia. Ordenada. Y mi hermana… no parecía una víctima. Me abrazó, se rió: — ¿Por qué no avisaste antes? ¡Habría recogido! Miré la habitación — varias camas, armarios, una mesa. En la pared sus fotos y una guirnalda. Intentaba crear ambiente propio. Nos sentamos y charlamos. Entonces le pregunté: — ¿Has hablado con mamá sobre lo del piso? Me miró asombrada. — Sí… pero… pensé que ellos lo comprarían. No tú… — No pueden. Quieren que lo compre yo. Le cambió la cara. — Espera… pero tú sigues pagando tu hipoteca… — Sí. — ¿Y cuánto pagas? Se lo dije. Se quedó boquiabierta: — No lo sabía… Mamá nunca contó que te costara tanto… Y entonces mi hermana dijo algo que me liberó: — Yo no lo exijo. De verdad. Yo aquí estoy bien. Tengo amigas. Y… hasta he conocido a un chico hace poco. Es divertido. Si me hiciera falta, podría buscar trabajo y ayudarme sola. La miré y no sabía si reír o llorar. Tanto tiempo me hicieron creer que era indefensa… Y solo era “una razón conveniente”. En el tren de regreso miré por la ventanilla y por primera vez no tuve culpa. Mi hermana saldrá adelante. No es una niña. Ni es incapaz. Y yo… yo no voy a pagar más decisiones ajenas. Llamé a mi madre. — Fui a ver a mi hermana. — ¿Y?! ¿Has visto cómo vive?! — Mamá… no la está pasando mal. Está bien. No lo exige. Mi madre resopló: — ¡Es una cría! ¡No sabe nada! ¡Su orgullo no le deja pedir ayuda! Y entonces dije claro: — Mamá… no voy a sacar la hipoteca. Su voz se volvió fría, desconocida. — ¿Así que no confías en tus padres? ¡Nosotros pagaremos! — Ya lo dijisteis antes. — ¡Basta de repetir eso! — No repito. Solo… no quiero destruirme. Empezó a gritar: que soy una desagradecida que soy una traidora que “la familia” no se abandona que algún día necesitaré ayuda y lo recordaré Y al final colgó. Después tampoco respondió mi padre. Mensaje tras mensaje, sin respuesta. Se hizo silencio. Y me quedé sola. Lloré. Sí. Mucho. Lloré de dolor, no de culpa. Porque que te digan: “O vas con nosotros, o eres nuestra enemiga” no es amor. Es control. Y esa noche comprendí algo: A veces decir “no”… no es traicionar. A veces “no” es el único modo de salvarte. Porque la vida es larga. Y si tengo que vivirla… la viviré a mi manera, y no siguiendo el guion ajeno que escribieron mis padres. ❓Y tú, ¿crees que un hijo tiene la obligación de “devolver” siempre a los padres, incluso si eso le destruye la vida?