¡Jack, no cuentes los cuervos! Llevaba ya varios días Jack rechazando la comida que le ofrecía Ludm…

¡Elías, deja de contar grajos!

Llevo ya varios días rechanzando la comida que me deja Clara. Ella, con paciencia, insiste:

Venga, bonito, son las mismas albóndigas que siempre te traía don Manuel. Él no vendrá por ahora No lo esperes suspira ella y se encoge de hombros.

Qué escena más curiosa. En la larga parada amarilla del autobús, los obreros de la fábrica, que esperan para subir, siempre se agrupan de un extremo. El otro lado queda vacío, salvo por mí, el perro pelirrojo de pelo enmarañado, que me estiro a mis anchas delante del banco.

Ya voy para cuatro años y conozco la vida como mis propias cuatro patas. Todos mis días los paso aquí, en la parada al lado del antiguo colegio de la ciudad. Detrás está la fábrica y, tras ésta, los campos. Ya nada me sorprende: he recorrido esos lugares mil veces.

No recuerdo exactamente cuándo empecé a llamarme Elías; fueron unas chicas jóvenes del colegio, que apiadadas de mi suerte, me pusieron nombre y, de vez en cuando, me traían algo de comer. Pero la mayoría de la gente, a decir verdad, me rehúye.

No espere nadie que les mire con ojos tristes ni que mueva el rabo de alegría No, yo soy otro tipo de perro. A mis tres años largos, ya soy como un viejo cascarrabias, descontento con todos. Espanto a la gente simplemente con mi mal humor.

¿Y qué se puede decir de los humanos? ¿De la mayoría de ellos? Pues nada bueno. Exceptuando a esas dos jóvenes que me alimentan, no tengo aprecio por nadie.

No me gustan las personas, y tampoco las grajas… y ni hablar de los gorriones chillones que chapotean en los charcos. De cachorro uno cree inocentemente que todo humano se te acerca para acariciarte, pero esa época ya pasó para mí.

En mi opinión perruna, personas y grajos compiten en hacer ruidos irritantes. En la parada arman discusiones, se empujan, me echan para que no moleste.

¿Por qué iba a quererlos?… Ni siquiera merece la pena buscarle una respuesta.

Con las grajas la cosa es distinta, esas descaradas intentan robarme cada migaja que me dejan las chicas del colegio.

Las persigo y ellas se van, pero regresan y me desafían sin miedo. Así pasa el día: discuto con las aves, las cuento a ver cuántas presuntuosas quedan aún enteras, le ladro a los de dos patas…

En el fondo, no está tan mal vivir en la parada amarilla. No es ningún palacio, claro. Pero te puedes resguardar de la lluvia y el viento, y en verano hay sombra. Eso sí, a veces hay demasiada gente.

¡Vaya, ahí tumbado como un marqués! ¡Haz sitio, que quiero sentarme! Un zapato interrumpe mi siesta.

Abro los ojos. La puntera trata de pasarme por encima, pero no, aquí mando yo.

¿Quieres pelea? ¡Pues espera y verás!

Salto de golpe. El zapato batalla por salir ileso, pero justo entonces llega su autobús.

Lo que más detesto es ver cómo la gente se escapa a sus autobuses, esos de los que tanto hablan mientras esperan. Así se me han ido muchos de mis enemigos.

Esta vez, el zapato quedó tirado en la parada, solo, sin dueño. Nadie lo recogió.

¡Bien merecido!, pensé saboreando mi victoria, mordiendo el trofeo por todos lados antes de arrastrarlo triunfante junto a la papelera.

Clara, apártate de ese bicho raro una mujer rubia tira de su amiga.

Es un chucho peligroso, no hay forma de controlarlo asiente un señor con un cigarro en la boca.

El cigarro acaba casi en mi hocico y, con un par de ladridos, hago que el hombre se marche gruñendo al otro extremo.

*****

Al día siguiente, vuelvo a ver al dueño del zapato, esta vez acompañado.

¡Ese! el dedo del zapato apunta feroz hacia mí, manteniéndose lo más lejos posible. ¡Hagan algo con ese perro agresivo!

¿El qué? el otro hombre, encogiendo hombros. No es la primera vez que nos lo piden. Pero aquí en Ávila no tenemos recogida de animales.

Zapato baja el dedo y gesticula como una urraca parlanchina. Yo me limito a escuchar atentamente.

El segundo tipo también acaba cabreándose y, satisfecha, observo la escena. El último espectáculo del día; mucho mejor que una pelea de grajas por una nuez.

Zapato incluso cree ver una sonrisa maliciosa en mi cara peluda. No puede ser, se dice, eso no existe.

¡Yo solo vigilo el colegio, no la parada! espeta el vigilante, volviendo a su puesto, aunque añade: Tírele un hueso, verá cómo no lo molesta.

¡Ah, muchas gracias! ¿No quiere que le traiga también la mitad de la comida del comedor? se burla zapato, y mirándome añade. Y tú, chucho, ¿por qué no ladras? ¿Te da miedo o qué? ¡Bestia!

Como si entendiera que van por mí, acelero el paso y hago que el hombre se suba a su autobús huyendo como alma que lleva el diablo. Yo le ladro rabioso mientras su cara colorada se queja detrás del cristal empañado…

Era imposible que no nos volviéramos a cruzar. El hombre, don Manuel para todos, acababa de ser nombrado subdirector en la fábrica. Todo era nuevo para él y encima su coche estaba en el taller. Cada mañana se encontraba con mi ladrido en la parada. ¿Por qué ese chucho se ha encariñado conmigo?, pensaría.

Fue a partir de aquel día que pareció que solo él existía para mí. Esperaba, alerta, la llegada de su autobús y su pie pisando el andén.

Cansado de ser el hazmerreír de los de la fábrica, don Manuel decidió escuchar el consejo del vigilante y compró una albóndiga en la cafetería del colegio para mí.

Toma y dejó la albóndiga cerca, mirándome de reojo, observando mi reacción.

Estaba listo para otra batalla, pero el aroma irresistible me pudo. Me acerqué, olí y devoré la albóndiga como si nunca hubiera existido.

Le miré, relamiéndome.

¡Válgame Dios! ¿Aún quieres más? Ni tengo mujer ni sé hacer albóndigas; si me toca traértelas todos los días, seguro que tu mala cara se mejora.

*****

A la mañana siguiente, la joven secretaria, Clara, se reía con las mejillas sonrosadas:

Don Manuel, ¿será que Elías ya no le ladra? ¡Mírelo, ni se inmuta!

Será que me respeta, Clara respondió don Manuel con una media sonrisa y, sorprendido, volvió a mirarme.

Desde ese día, el solitario perro pelirrojo se fue acostumbrando a su ritual: cada mañana, albóndiga por cortesía de don Manuel.

¿Sería que no todos los humanos eran tan tontos como pensaba? ¿Sería que sí había diferencia con las grajas que chillan por cualquier tontería?

El frío comenzó a calar. Una mañana, la parada amaneció cubierta de una fina capa blanca. Con los primeros copos llegó también el viento helado.

Don Manuel dejó la albóndiga que traía y otros manjares frente a mi hocico. Tiritando, apenas alcancé a husmear la albóndiga antes de engullirla de un bocado. Maldita sensación, parecía que la comida desaparecía antes de probarla.

Don Manuel me miraba, y Clara le llamó para que no perdiera el autobús, pero él solo agitó la mano, murmurando contrariado, y se volvió por donde vino.

Al cabo de un ratito, una mano con guante de cuero negro me acarició suavemente.

¿Tienes frío, amigo? Ya no eres tan fiero, ¿eh? Anda, échate en el cartón. Así estarás menos helado… Mira, aquí te pongo esta caja y otra albóndiga.

*****

El sábado don Manuel se quedó en casa. Las jardineras de su chalé, a las afueras de la ciudad, dormían bajo un grueso abrigo de nieve. Un viento frío jugaba danzando copos en el aire.

Él preparó un bocata de chorizo con huevos, desayunó, fue al garaje y cogió la pala. Retirando nieve de la acera, su mente vagaba lejos…

De pronto, detuvo la pala y miró las vueltas de los copos, murmuró algo ininteligible, soltó la pala y echó a correr calle abajo.

En la parada aquella mañana no había nadie. Yo sabía que a veces pasaba: los días de mucha nieve apenas bajaban pasajeros. El autobús abría sus puertas y bajaban unos pocos.

Esos días, el estómago vacila aún más fuerte. Ni rastro de las chicas del colegio…

Me levanté, sabiendo que tocaba ir a rogar cerca de los comercios del barrio. Si nadie en la parada me daba nada, habría que ir más lejos.

Justo iba a salir de mi refugio cuando se paró el autobús delante de mis narices.

¿A dónde piensas ir con este temporal?

Don Manuel bajó y me sacó un paquete de salchichas. Comí como si fueran a desaparecer.

Hoy no hay albóndigas, está cerrado el comedor se disculpó, pero he traído esto…

Apareció una caja grande con una manta vieja y desgastada en su interior. No se me ocurre otra cosa. Ven, métete dentro; así estarás mejor…”

De pronto nieve y frío desaparecieron de mi mente. Dentro, algo cálido me llenó. Nadie me había traído jamás un sitio así…

*****

A los pocos días volví a rechazar la comida que me traía Clara.

Vamos, chico, son las mismas albóndigas que Manuel te traía. No vendrá por ahora, está muy resfriado… No lo esperes resignada, me miró y se marchó.

Desanimado, me tumbé sobre mi manta en la caja. Detrás de la parada, las grajas peleaban por un trozo de pan que se disputaban con afán. Cada una quería llevárselo a su escondite.

Les ladré; ¡pájaras insulsas! Yo también tenía mi tesoro: un agujero bajo la parada, junto a la papelera.

Corrí hacia él. No soy como esas grajas escandalosas, que se olvidan de sus escondites. Ahí estaba: el zapato. Lo recordaba bien; antes lo odiaba. Y ahora…

¿Qué sentimiento era este que me removía por dentro? Saqué el zapato. ¿Dónde estaba don Manuel? Ya sabía cómo lo llamaban los demás: mi persona.

¿Pero es que era mi amigo? ¿Cómo iba a ser buen perro, si había conseguido tener persona y la había perdido?

Gruñí furioso a las grajas. Algo nuevo despertaba. ¡Basta! ¡Me he cansado de vosotras! No me quedaré aquí.

¡Manuel! ¡Don Manuel! Clara hablaba por teléfono, y yo, con esperanzas renovadas, le miraba atentamente.

No se oye bien… Entro en el autobús. Llevo la carpeta con los papeles a firmar…

Clara subió al autobús y, sin que se percatara, yo me colé tras ella, llevando firme el zapato en la boca.

*****

El perro, con esperanza, miraba a la chica que repetía el nombre de su hombre una y otra vez.

Al bajar del autobús, Clara se abrigó bien el pañuelo y, sin advertir mi presencia, llegó a la verja de la casa. Di un brinco tras ella. En mi boca, el zapato negro bien apretado.

Por primera vez, la nieve me pareció hermosa. Cualquier rincón sonaba alegre bajo las botas de Clara.

Ella tocó el timbre y, al poco, la voz de don Manuel se oyó tras la verja. Le ladré emocionado. Ella, sorprendida, resbaló, y la carpeta con los papeles cayó entre la nieve.

Don Manuel, ¿me puede ayudar a levantarme antes de abrazar a su perro?

Los ojos de don Manuel se humedecieron, casi como si mirara a través de un cristal empañado.

¿Has venido a por mí? ¿De verdad? Y encima con regalo… repetía, abrazándome con un brazo y agarrando el zapato con el otro.

A Clara la ayudaron a levantarse y le dieron té caliente.

Hay algo que no entiendo, don Manuel dijo mientras yo me paseaba por la cocina. ¿Por qué no se llevó antes al perro? Tiene jardín de sobra…

Tenía miedo suspiró él. He estado solo mucho tiempo. Un perro es una responsabilidad, casi una familia pequeña… Pero ahora ya no lo dejo ir. En cuanto me recupere, aprenderé a hacer albóndigas

¡Habrá que tomar la casa al asalto entonces! rió Clara, negando con la cabeza. Menos mal que Elías supo venir él solito.

Y ella ocultó su sonrisa tras una taza de té caliente.

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¡Jack, no cuentes los cuervos! Llevaba ya varios días Jack rechazando la comida que le ofrecía Ludm…
Mi historia no es como las demás: la madre de mi marido sabía que él me engañaba con la vecina… y me lo ocultó. Descubrí la verdad cuando la vecina se quedó embarazada y ya nadie pudo tapar el escándalo familiar. Seis años de matrimonio desmoronados de golpe: vivíamos juntos, trabajábamos, no teníamos hijos. Yo confiaba en nuestra familia. Casi todos los domingos los pasábamos en casa de sus padres; compartíamos mesa, conversaciones y tareas, y me sentía parte de aquel hogar donde jamás hubiera imaginado sentada con personas capaces de mirarme a los ojos… y ocultarme semejante traición. La vecina era mucho más que “alguien del portal”: era casi de la familia, venía sin avisar, se quedaba a comer, se iba tarde. Jamás sospeché nada; creía en los límites del respeto familiar. Pero mi suegra siempre la defendía y mi marido siempre estaba “disponible” para ella. Empecé a notar a mi suegra distante, fría, hasta que un día me lo contó la tía de mi marido: “La vecina espera un hijo de tu marido”. Ya era un secreto a voces entre ellos. Él no lo negó. Descubrí que la madre lo sabía desde hacía meses. Fui a pedirle explicaciones y me respondió tranquila: “Quería evitar un escándalo, esperaba que él lo arreglase”. Descubrí que nunca me había protegido; sólo les fui conveniente. El resto de la familia me pedía que no fuera “radical”, que no hiciera escándalos, como si el problema fuera mi reacción. Firmé el divorcio. La vecina se marchó un tiempo, la suegra dejó de hablarme y mi exmarido fue padre con ella. Yo me quedé sola, sin esposo, sin la familia que creía tener. Porque no fue solo una infidelidad: fue una traición colectiva. Cuando firmas el divorcio después de haber compartido seis años de comidas, risas y celebraciones en esa mesa familiar, te das cuenta de que allí siempre supieron la verdad… y nunca me protegieron. La verdadera puñalada no fue solo de mi marido: fue de todos ellos, cada vez que me abrazaban y me decían “todo irá bien” mientras él hacía una vida con otra mujer. Aprendí que una puede superar la traición de una pareja, pero la traición de toda una mesa familiar te marca para siempre. ❓ Pregunta para vosotros: ¿Creéis que la familia del cónyuge que conoce la infidelidad y calla es cómplice o “no es asunto suyo”? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?