La pobre abuela de mi marido dejó su casa en herencia a mi esposo. Cuando abrimos sus armarios, no podíamos creer lo que veían nuestros ojos.

Mira, te voy a contar una historia curiosa sobre la abuela de mi marido. Resulta que él pasaba todos los veranos en su casa, en un pueblito cerca de Salamanca. A ella nunca le molestó tenerlo allí de niño; al contrario, parecía que lo disfrutaba, aunque tenía su carácter peculiar, ¿sabes? En esos tiempos, la abuela llevaba su propio negocio. Ella misma se encargaba de todo: organizaba, vendía hierbas medicinales a farmacias de la zona, lo gestionaba todo sola. Mi marido tampoco recuerda bien cómo lo montaba, pero sí sabe que para lo que era la época, ganaba bastante dinero, en plan, más que cualquiera a su alrededor.
La abuela era una mujer muy particular. Siempre le demostró mucho amor a mi marido y no escatimaba en comida; si el crío tenía hambre, comida nunca le faltaba. Pero, eso sí, para caprichos u ocio, ni un euro. Todos en la familia tenían la sensación de que estaba ahorrando para algo grande. La casa estaba llena de enormes armarios con compartimentos y, por supuesto, todos cerrados con llave.
De pequeño, mi marido sentía mucha curiosidad por saber qué guardaba ahí, pero su abuela siempre le contestaba que todo era de trabajo. Con los años, las cosas cambiaron. Lo de los negocios propios se puso de moda y surgió competencia, así que ella se quedó un poco atrás. Entonces empezó a hacer de sanadora. No cobraba ni un céntimo, pero la visitaba gente con mucha pasta, empresarios de Madrid y hasta de Barcelona.
Las veces que íbamos a verla, antes de que muriera, notábamos que vivía casi en la miseria. La pobre iba vestida siempre con ropa que ya no valía ni para paños, y comía súper poco, casi nada, todo muy austero. Nosotros le llevábamos comida rica, jamón, queso manchego, pero siempre nos decía que no hacía falta, que no la malacostumbrásemos, que ya estaba hecha a vivir así de sencilla.
Al morir nos dejó la casa. Cuando fuimos a organizarnos con la herencia, resulta que entramos en su despensa y estaba llena a reventar de comida, pero toda caducada hace años. Nos enteramos de que sus agradecidos pacientes le traían todo eso, pero ella ni lo tocaba. Ahora, la verdadera sorpresa fue cuando abrimos sus armarios: estaban llenos de cosas carísimas de los noventa, como un pequeño museo de tesoros de esa época y en cantidades increíbles. De verdad, aún me pregunto por qué prefería guardar su dinero en cosas que acaban perdiendo valor. Nunca entenderé del todo a esa mujer.

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