La pobre abuela de mi marido dejó la casa en herencia a mi marido. Cuando abrimos sus armarios, no pudimos creer lo que veíamos.

Mi marido tenía una abuela llamada Carmen. Pasaba todos los veranos en su casa, en las afueras de Salamanca. A ella no le molestaba que se quedara tanto tiempo; en aquellos años, Carmen tenía su propio negocio gestionaba todo por sí misma y vendía hierbas medicinales a las farmacias locales. Mi marido nunca entendió bien cómo conseguía organizar todo, pero recuerda perfectamente que, para los estándares de entonces, ganaba bastante dinero.
Carmen era una mujer de carácter peculiar. Adoraba a mi marido y nunca escatimaba en buena comida; la mesa siempre estaba llena de fruta fresca, panes, quesos y aceite de oliva. Sin embargo, no le daba ni una sola peseta para golosinas o pequeños caprichos infantiles. Toda la familia pensaba que ahorraba para algún motivo misterioso. En la casa siempre había grandes armarios con muchísimos cajones, todo cerrado con llave.
Durante su infancia, mi marido moría de curiosidad por saber qué guardaba su abuela allí, pero Carmen contestaba que todo eso era para su trabajo. Con el tiempo, los años trajeron cambios y, cuando la competencia en el negocio de las hierbas aumentó, Carmen tuvo que dejar su empresa. Entonces se dedicó a ayudar como sanadora en el barrio. No cobraba nunca decían que ayudaba incluso a gente muy rica que venía a pedirle consejo. Nosotros la visitábamos mientras vivía, pero llevaba una vida humilde, casi de mendiga. Su ropa estaba muy gastada y comía solo lo imprescindible. Aunque llevábamos embutidos, frutas y pan casero cuando la visitábamos, siempre nos rechazaba diciendo que no debíamos malcriarla, que estaba acostumbrada a esa forma de vida austera.
Cuando falleció, dejó su casita a mi marido. Al ir a resolver los papeles de la herencia y ordenar la casa, encontramos en la despensa una cantidad sorprendente de comida pero todo había caducado hacía años. Nos enteramos entonces de que sus pacientes, agradecidos, le llevaban regalos de comida que ella luego no consumía. Sin embargo, el asombro verdadero llegó cuando abrimos sus armarios. Allí había, guardadas como un tesoro, montones de objetos caros de los años noventa: bolsos de cuero, mantones, vajillas y hasta algún reloj antiguo. Era como un pequeño museo de rarezas, todo en cantidades increíbles. Todavía me pregunto por qué Carmen eligió guardar la riqueza en cosas que, con los años, iban perdiendo valor. Nunca he logrado comprenderla del todo.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

five × 1 =

La pobre abuela de mi marido dejó la casa en herencia a mi marido. Cuando abrimos sus armarios, no pudimos creer lo que veíamos.
AMARGURA EN LO MÁS PROFUNDO DEL ALMA —¡Hace tiempo que el internado “llora” por ti! ¡Lárgate de nuestra familia!— le grité con la voz al borde de la ruptura. El objeto de mi profundo enfado era mi primo Dimas. ¡Dios mío, cuánto le quería de niña! Cabellos rubios como el trigo, ojos azul añil, un carácter risueño. Ese era Dimas. …Los familiares solían reunirse en torno a la mesa de celebraciones. De entre todos mis primos, solo Dimas me llamaba la atención. Tenía el don de la palabra y de contar historias, como esas abuelas que tejen encajes con las manos. Y además, dibujaba con verdadero arte. En una tarde podía hacerme cinco o seis bocetos a lápiz, casi sin mirar. Me quedaba embobada contemplando el resultado, incapaz de apartar la mirada de tanta belleza. Con cuidado, iba guardando sus dibujos en secreto en mi escritorio. Los conservaba como auténticos tesoros. Dimas me sacaba dos años. Cuando él apenas tenía 14, su madre murió de repente. No despertó aquella mañana… Se abrió entonces el dilema: ¿qué hacer con Dimas? De inmediato buscaron a su padre biológico. No fue tarea fácil. Los padres de Dimas llevaban tiempo divorciados. Él ya tenía otra familia y no estaba dispuesto a alterar su tranquila vida. Los demás familiares, al unísono, alzaron los hombros: “Tenemos nuestras propias preocupaciones, nuestras familias…”. Resultó que la familia, de día presente, de noche no parecía por ninguna parte. En resumen, mis padres, aun teniendo ya a sus propios dos hijos, se hicieron cargo de Dimas. Al fin y al cabo, la difunta era la hermana menor de mi padre. Al principio me alegré mucho de que Dimas viniera a vivir con nosotros. Sin embargo… Ya la primera noche percibí algo extraño en la actitud de mi primo favorito. Mi madre, intentando tranquilizar al huérfano, le preguntó: —¿Quieres algo, cariño? Pide sin miedo. Y Dimas, sin pensárselo, dijo: —Quiero un tren eléctrico. Cabe destacar que esa era una de las mejores y más caras jugueterías de la época. Me pareció un deseo fuera de lugar. Pensé: “Se te acaba de morir tu madre, la persona más cercana del mundo, ¿y tú piensas en trenes eléctricos…? ¿Cómo puede ser eso posible?” Mis padres corrieron a comprarle el dichoso tren. Y eso no fue más que el principio… “Compradme un radiocasete, unos vaqueros, una chaqueta de marca…” Eran los años ochenta, todo era caro y difícil de conseguir. Y mis padres, sacrificándonos a sus propios hijos, concedían todos los caprichos del huérfano. Mi hermano y yo intentábamos comprender y no protestábamos. …Cuando Dimas cumplió dieciséis, empezaron las historias de chicas. Mi primo resultó ser muy cariñoso con todas. Y, aun peor, empezó a insinuarse conmigo, su propia prima. Pero yo, que era deportista, esquivé con habilidad todos sus movimientos sucios. Incluso llegamos a pelearnos físicamente. Lloré muchas veces a lágrima viva. Mis padres nada supieron de esto. No quería causarles ese dolor. Los niños no solemos hablar de estos temas tan delicados. Tras fracasar en sus intentos conmigo, Dimas rápidamente se lanzó sobre mis amigas, que peleaban entre sí por llamar su atención. …Además, Dimas robaba. Sin ningún decoro ni vergüenza. Tenía una hucha donde ahorraba el dinero del desayuno para comprar regalos a mis padres. Un día abrí la hucha y… ¡vacía! Dimas lo negó con todo descaro, sin inmutarse. Mi alma se quebraba. ¿Cómo se podía robar así viviendo bajo el mismo techo? Dimas era un vendaval de desdichas que barría la armonía de la familia. Yo me enfadaba y cerraba como una ostra, mientras él, sinceramente, no comprendía el motivo de mi malestar. Estaba convencido de que todos le debían algo. Le llegué a odiar. Y entonces grité con todas mis fuerzas: —¡Fuera de nuestra familia! Recuerdo aún mis palabras cargadas como látigos, tanto, que no cabrían hoy en un sombrero… Mi madre tardó en calmarme. Desde entonces, Dimas dejó de existir para mí. Lo ignoré siempre. Luego supe que los familiares ya sabían qué “piezas” era Dimas. Todos vivían cerca y veían de todo. Nuestra familia, en cambio, estaba lejos, aislada. Los antiguos profesores de Dimas avisaron a mis padres: —No sabéis en qué lío os habéis metido. Dimas arrastrará con él incluso a vuestros hijos. …En el instituto conoció a una chica, Catalina, que se enamoró de él para siempre. Se casaron nada más acabar los estudios. Tuvieron una hija. Catalina, sumisa, soportó todas las “travesuras” de Dimas, sus mentiras interminables y mil infidelidades. Como dice el refrán: “Soltera, infeliz; casada, doblemente sufrida”. Dimas siempre supo explotar el amor de Catalina, que parecía llevarle colgado del alma. …A Dimas le tocó el servicio militar en Kazajistán. Allí formó una “familia paralela”. No sé cómo, pero supo montárselo incluso durante las salidas. Al licenciarse, se quedó en Kazajistán: allí le había nacido un hijo. Catalina, sin dudarlo, fue a buscarle hasta Kazajistán y, como pudo, le devolvió al redil familiar. Mis padres nunca oyeron un simple “gracias” de su sobrino Dimas, aunque nunca lo hicieron por gratitud. …Hoy don Dimitri tiene 60 años. Es feligrés de la iglesia ortodoxa. Entre él y Catalina han criado a cinco nietos. Parece que la vida ha seguido su curso, pero el amargor de la relación con Dimas aún me invade… Ni con doce cucharadas de miel se me pasará jamás.