No he podido resistirme He traicionado a mi mujer.
Todavía me cuesta creerlo. Jamás habría pensado que algo así me ocurriría a mí. Pero la rutina, los silencios que se vuelven cada vez más densos, los días idénticos y las costumbres que nos atrapan crearon un abismo entre nosotros.
Ella siempre en casa, entregada a su papel de madre y de dueña del hogar. Nuestras conversaciones apenas existían: facturas, la lista de la compra, el colegio de los niños Ya no quedaba ni rastro de risas compartidas, de miradas intensas, de emociones de verdad.
Entonces, apareció ella.
Una compañera nueva en la oficina. La llamaré Jimena. Joven, atractiva, despreocupada. Su risa clara era como una melodía en la oficina y sus ojos tenían un brillo que yo no veía desde hacía muchos años. Al contrario que mi mujer, Jimena no arrastraba ni responsabilidades, ni deberes. Vivía el presente con una ligereza fascinante que me atrapó por completo.
Al principio fue nada. Charlas sin importancia, bromas fugaces. Luego, empecé a esperar con ansia esos ratos a su lado.
Y entonces, comencé a mentir.
A mi mujer le hablé de reuniones interminables, expedientes urgentes, un amigo que pasaba un mal momento y necesitaba ayuda. Ella no preguntaba. Poco a poco se acostumbró a mi ausencia.
Durante un mes, cortejé a Jimena. Le regalé flores, la llevé a restaurantes de Madrid en los que hacía años que no entraba. Paseamos juntos bajo la luz de las farolas por el Retiro, rozándonos las manos, como por casualidad.
Hasta aquella noche. Estábamos cerca del Puente de Segovia, cuando me miró con una sonrisa traviesa y me susurró:
¿Quieres venir a mi casa?
Y dije que sí.
Aquella noche fue un torbellino de deseo, de pasión, de olvido.
Pero al volver a mi piso al amanecer, me envolvió una culpa insoportable.
Mi mujer estaba despierta.
Sentada en la penumbra del salón, con las piernas recogidas en el sofá, me esperaba.
Nuestras miradas se cruzaron y supe en ese instante que ella lo sabía.
Las mujeres siempre lo saben.
No dijo nada. No gritó. No me reprochó nada. Solo un silencio brutal. Se levantó y se dirigió a la cocina.
Yo me encerré en el baño. Abrí la ducha y me quedé bajo el chorro de agua mucho tiempo, como si pudiese borrar mi culpa allí mismo. Pero hay manchas que el agua jamás borra.
Cuando entré en la cocina, ella preparaba café.
Estoy cansada dijo simplemente. Me voy a la cama.
Más tarde, en nuestro dormitorio, la encontré tumbada, vestida, profundamente dormida. Sobre la mesilla, nuestro álbum de fotos.
Lo abrí.
Y allí la vi.
No era la mujer agotada y lejana de los últimos tiempos. Era la que me enamoró a primera vista. Sonriente, radiante de juventud y felicidad. A su lado, un hombre. Yo. Feliz, orgulloso, enamorado.
Entonces una pregunta me atravesó: ¿cómo he podido olvidar todo aquello?
No pegué ojo esa noche. Me quedé tumbado mirando al techo, reconcomido por el remordimiento. Y después una idea empezó a asomarse: ¿por qué no iba a poder reconquistarla?
Al amanecer, mientras ella seguía dormida, llamé a mi madre y le pedí si podía quedarse con los niños todo el fin de semana. Aceptó sin dudarlo.
Fui a la cocina y preparé el desayuno.
Cuando llevé la bandeja a la cama, ella me miró incrédula.
¿Qué haces?
Quiero verte sonreír.
No respondió. Pero en su mirada creí ver una chispa.
Ese día la mandé a un spa. Cuando volvió, brillaba como hacía años que no la veía. Por la noche fuimos a cenar a nuestro restaurante favorito, aquel de nuestra primera cita.
Al día siguiente fuimos al teatro. Como antes. Como cuando éramos inseparables.
De Jimena Nunca más le respondí. No hubo mensajes ni llamadas.
Había cometido un error. Uno terrible.
Pero aquella noche, al ver a mi mujer reír otra vez, entendí que quizá no fuese demasiado tarde para volver a empezar.






