NO ERA EL VERDADERO ÁLVARO
Lucía se miraba al espejo y, por tercera vez, cambiaba de pendientes.
Bueno, Chispa le dijo a su perrita, ¿estos o los otros?
Chispa bostezó.
Gracias por el apoyo
Lucía consultó el reloj. Media hora más.
Sentía un nerviosismo extraño. Siempre había tenido seguridad: los admiradores solían revolotear a su alrededor. Pero esta vez
¡Vaya tontería! decidió, repasando su reflejo. ¡Eres la mejor!
Quizá era porque aún no conocía a Álvaro en persona. Tres semanas hablando por teléfono pero ni un solo encuentro.
Tres semanas, y no he logrado ganarle nunca una discusión, pensó de repente y sonrió.
Lucía suspiró y tomó el bolso.
Es la hora.
TRES SEMANAS ANTES
Por Dios, ¿cuándo te vas a casar de una vez y a mudarte? refunfuñó su padre, el neurocirujano, durante la cena.
Acababa de volver tras una larguísima operación y esperaba un rato de tranquilidad con una novela de Pérez-Reverte.
Pero Lucía llevaba media hora parloteando, comparando la ciencia ficción española y la extranjera.
Papá, si tú siempre has dicho que los hermanos Strugatski eran geniales
Lo sigo diciendo. Pero ahora quiero silencio, ¿te parece?
Lucía se picó y guardó silencio durante tres minutos.
Hablando de bodas su padre se animó de golpe. ¿Recuerdas al doctor Benavides, el director de la clínica donde trabajé un tiempo?
¿Y?
Tiene un hijo. Dicen que es un chico excelente. Benavides me pidió tu número, para presentaros. Le di permiso.
Lucía hizo una mueca de hastío.
Aquellas citas organizadas le parecían tan anticuadas Eran para solteronas, no para ella.
Pero contradecir a su padre mejor no.
LA PRIMERA LLAMADA
El chico excelente esperó unos días antes de llamar.
¿Hola?
Buenas tardes. Soy Álvaro. ¿Le comentó su padre?
Sí, me comentó respondió Lucía, seca, aunque intrigada. Tenía una voz agradable.
Mi padre me ha hablado maravillas de ti. Dice que eres muy especial.
Bueno rió Lucía. Soy una estudiante normal. Segundo de Medicina, pediatría. ¿Tú?
Primero. Seré cirujano
Eso explicaba su tono seguro.
Hablaron una hora.
Luego dos.
Después, cada día.
Álvaro le contaba sobre su gata Margarita, sus lecturas de ciencia ficción y las inseguridades con su físico: ¿demasiado delgado?, ¿demasiado pálido?, ¿demasiado cansado?
Lucía escuchaba, pero a veces pensaba:
Esa es mi parte
Y tenía que morderse la lengua para no soltar: Álvaro, relájate ya aunque tampoco soportaba que le llamasen Álvarito.
Quitando esas minucias, le gustaba todo.
CUANDO LLEGÓ EL DÍA EN EL METRO DE GRAN VÍA
Por fin quedaron.
En el metro, en la estación de Gran Vía.
Irían al cine a ver el último estreno y después caminarían hasta la heladería Cosmos en la calle de Alcalá.
Y luego ya se vería.
Lucía salió del vagón y miró a su alrededor.
Gente. Ruido. Ese olor inconfundible del metro.
Entonces lo vio: alto, guapo, con un ramo de rosas en la mano.
Esperaba apoyado en una columna, siguiendo ansioso con la mirada la llegada de cada tren.
Se acercó con paso decidido:
¿Álvaro?
El joven dio un respingo, la miró confuso:
Disculpa ¿tú?
Lucía dijo ella con firmeza, tendiéndole la mano, dudando entre el apretón y el beso.
Le he dejado boquiabierto, pensó. Y usando el usted
Él se quedó parado.
¿Lucía? repitió inseguro. Pero yo
¡Anda, vamos! le agarró de la manga. ¡Que aún hay que canjear la reserva!
Espérate, que quería decirte algo
¡Luego me cuentas! y le arrastraba hacia la salida.
Él miró hacia la plataforma, como buscando a alguien, pero Lucía ya lo adentraba en la marea humana.
El ramo permanecía en sus manos.
La miró, resignado.
Vale Vamos
CINE Y HELADO
La película les gustó.
Lucía también apreció el elegante abrigo de su acompañante y la bufanda de lana, claramente tejida por su madre, de la que él parecía sentirse tan orgulloso.
Un leve aroma de colonia francesa cara.
Un delicioso helado crujiente en Cosmos.
Y la coincidencia de opiniones en casi todo.
En realidad, hablaba más Lucía, mientras él la escuchaba y asentía, sus ojos castaños brillando.
De vez en cuando cubría su mano con la suya, cálida y grande, en un gesto sereno y varonil.
¡Qué masculino! ¡Qué atractivo!
Sabes le dijo él, paseando por el atardecer de la Gran Vía, eres muy se quedó cortado.
¿Muy qué? le pinchó ella.
Viva. Espontánea.
Lucía le regaló su sonrisa más irresistible.
Se había enamorado.
TRES MESES DESPUÉS
El romance avanzó a toda velocidad.
Se veían casi cada día y se llamaban varias veces. Habrían hablado aún más, pero todavía no existían los smartphones.
A los tres meses, Álvaro confesó su amor, aseguró que no podía vivir sin Lucía y le propuso matrimonio.
Lucía, después de hacerse la interesante durante diez minutos, aceptó encantada.
Tendrás que conocer a mis padres dijo él, preocupado.
Espera, mejor déjalo por ahora ella se asustó.
Su familia era extremadamente exigente con los pretendientes. Sobre todo la abuela.
Nadie era digno de la niña dorada, y los padres solían secundarla.
Y a Álvaro, Lucía no pensaba renunciar.
Tampoco apremió en conocer a los padres de él, por si acaso contaban demasiado.
EL CUMPLEAÑOS DEL PADRE
Un par de semanas después se presentó la ocasión.
El padre, que odiaba las celebraciones, decidió festejar su 55 cumpleaños e invitó a amigos y familia.
Lucía anunció, misteriosa, que vendría acompañada.
Los invitados ya casi estaban, cuando Lucía dejó pasar a su prometido, que entró con un ramo de claveles rojos y una botella de brandi francés.
Papá, por favor, te presento a empezó ella solemne y algo nerviosa.
Sonó el teléfono.
Espera un momento dijo el padre y fue a contestar.
Volvió sofocado:
Era Benavides, el jefe. Confirmaba el camino desde el metro. Me alegra tanto que venga. Pensaba que seguía molesto porque no apareciste en la cita con su hijo.
Lucía se quedó petrificada.
¿No aparecí?
El padre, sorprendido:
Claro me llamó aquel día. Dijo que su hijo te esperó en Gran Vía dos horas. Con flores. Y tú no fuiste.
Lucía miró lentamente a Álvaro.
Él, de pie junto a la puerta, pálido, con el ramo de claveles, la miraba culpable.
Ahora volvemos siseó ella al padre.
Arrastró a Álvaro a su cuarto.
LA VERDAD
Lucía cerró la puerta.
Lo miró.
Espera decía despacio, temiendo no comprender bien. ¿Que no aparecí?
Álvaro callaba.
¿No eres Álvaro Benavides?
Negó con la cabeza.
¿No eres el hijo del director de la clínica?
No musitó. Soy Álvaro Sánchez. Un amigo me presentó a una chica Marta. Yo la esperaba en Gran Vía. Pero entonces llegaste tú y
Y te llevé conmigo constató Lucía.
Se miraron en silencio.
Intenté explicarlo dijo él. Aquel primer día, de camino al cine. Pero no escuchabas.
Nunca escucho admitió Lucía, sonriendo. Es un don.
Chispa gimoteó junto a la puerta.
Lucía se sentó en la cama.
¿Y ahora qué?
Álvaro la miró fijamente, con una seriedad inusual.
Al fin, se le acercó y, poniéndose de rodillas:
Me da igual cómo nos haya presentado la vida. Un padre, el azar
Te quiero y quiero que seas mi mujer. De verdad. Sin líos.
Lucía respiró aliviada y sonrió.
Vale. Vamos a presentarte oficialmente a mis padres. Aunque te aviso: son complicados.
Los míos tampoco son fáciles. Y la gata tiene su genio
¡Superaremos todo!
Salieron de la habitación.
En el salón, les esperaban los invitados, y acababan de entrar el mismísimo doctor Benavides junto a su hijo.
Alto. Guapo. Con un ramo de rosas.
Lucía miró al verdadero Álvaro Benavides.
Luego, a su Álvaro, aún nervioso, apretando sus claveles.
No, pensó. Este no es el verdadero.
Y se echó a reír, ahora sí, de verdad.
Papá dijo, tengo que contarte algo. Y va para largoTodos se giraron hacia ellos, expectantes. El silencio fue tan intenso que hasta Chispa se sentó tiesa, alerta.
Lucía miró a los dos Álvaros cada uno con su ramo, cada uno desconcertado en su propia manera y sintió cómo se le llenaba el pecho de alegría absurda. Aquel enredo, tan improbable, tan suyo, había terminado justo como debía.
Pues veréis dijo, soltando una carcajada contagiosa, resulta que al final he tenido la suerte de conocer a los dos Álvaros. Pero sólo uno fue el que me encontró, sin buscarme.
El verdadero Benavides, educado, estiró la mano y sonrió tímido. Su madre cuchicheaba por lo bajo. Lucía se volvió hacia su padre y le guiñó un ojo, mientras el resto de los invitados intercambiaban miradas curiosas.
Entonces Álvaro Sánchez, el equivocado de aquella tarde lejana pero el acertado en absoluto, se cuadró con torpeza y dijo:
Sólo traigo claveles, pero prometo que nunca dejarán de florecer.
En ese instante Lucía lo abrazó y, ante el asombro de la abuela, le dio un largo beso delante de todos. La sala estalló en risas y aplausos.
La vida, pensó Lucía al mirar a su familia y a la multitud, tiene razón: los mejores encuentros suelen nacer de los errores.
Tomad nota anunció con voz de mando: hoy empieza otra historia.
Y mientras Chispa ladraba celebrando y los claveles encontraban su sitio en un gran jarrón, Lucía, sin miedo a equivocarse otra vez, abrazó su suerte con una sonrisa invencible.







