Los amigos de los amigos de los amigos de los amigos de los amigos vinieron a visitarnos en vacacion…

Los amigos de los amigos de los amigos de los amigos de los amigos vinieron a visitarnos en verano: Ojalá nunca hubiera dicho que sí.

El año pasado, una amiga de la infancia, Lucía Jiménez, me llamó insistentemente para pedirme que alojara durante una semana en mi casa a los mejores amigos de sus mejores amigos. Se les había ocurrido relajarse junto al mar, en nuestro pueblo de la costa gallega. Me sentí extraño al negarme, así que acepté a regañadientes. Aun así, les dejé claro desde el principio:

Estamos en plena temporada alta, no puedo ofrecerles una habitación gratis. Y tampoco puedo cobrarles a los amigos de mis amigos como a unos desconocidos.

A esto, ella respondió:
Querido, por supuesto que pagarán. El dinero no es problema, sólo les da miedo toparse con estafadores de esos que cobran por adelantado y después no dejan entrar a los veraneantes, o los echan a mitad de estancia.

Ahí caí en la trampa. Si hubiera sabido lo que costaría mi verano, jamás habría aceptado.

Sentí cierto recelo y aun así les hice un descuento curioso. Se quedaron con una habitación a mitad de precio.

Llegó el día. En lugar de la familia esperada, apareció una adolescente llamada Inmaculada acompañada por un niño de 10 años, Álvaro. Bueno, al fin y al cabo, eran amigos. Lo que ocurría es que les resultaba imposible acomodarse bien en una habitación triple.

El recibimiento fue cordial. Preparé una cena sabrosa y, después, les enseñé las plazas y callejuelas históricas de nuestro pueblo. Les deseé feliz estancia y me retiré a mis cosas.

Al segundo día, el hijo de los huéspedes disparó una pistola de agua contra la televisión encendida. Los padres estaban presentes, pero eso no detuvo al bromista. La pareja se disculpó, prometiendo que dejarían dinero para repararla, aunque el televisor sigue aún esperando el milagro del técnico. Les pasé uno del comedor colindante. ¿Qué iban a hacer por las noches?

Después, una familia muy campechana quemó el hervidor de agua. Lo siento, fue Inmaculada quien olvidó ponerle agua antes.

Y después de que empezaron a “redecorar” la habitación (decían que era pequeña para ellos), rompieron dos patas: una de la mesilla y otra de la mesa. A ellos les hizo gracia:
¡Anda, si tienes muebles de sobra! Le ponemos un poco de cinta adhesiva y listo, no pasa nada.
Ya arreglamos lo de la mesilla con unas revistas debajo sentenció Inmaculada con una sonrisa despreocupada.

El colofón fue una fiesta estruendosa que terminó a las dos de la madrugada, con gritos, cánticos de sevillanas y jaleo. Cuando les pedí que bajaran el volumen a las once, contestaron:
Descansa, para eso has cobrado. Y sólo después de insistir lo bajaron un poco.

No tenía sentido discutir con gente en ese estado, así que decidí esperar a la mañana siguiente.
Les hablé seriamente al día siguiente:
Aquí no sois los únicos veraneando. Y os pido, por favor, que tengáis cuidado con los electrodomésticos.

Los amigos se encogieron de hombros con fastidio:
Ya hemos pagado.
Me harté:
Gracias a la amistad ajena tenéis casa aquí, de otro modo no pisabais esto.

Desde ese momento, fueron algo más discretos, y ya no rompieron nada más. Pero la amistad se rompió ahí.

Para colmo, se marcharon llevándose los recuerdos que les había preparado y los obsequios para Lucía y ellos. Se esfumaron también dos toallas grandes y una sábana de las buenas que había comprado en una feria de Salamanca.

Debo decir que estos eran los mejores amigos de Lucía. Ella y yo éramos inseparables en el instituto, hasta que se casó y se mudó Madrid. Siempre hablaba de su gente como personas encantadoras y educadas. Si realmente hubiera sido así, podrían haber pasado el verano en nuestra casa cada año.

Así tenía que ser. Lucía no me habló mucho en un tiempo, pero en una conversación de otoño, me soltó:
Me dijeron que siempre estabas encima y que les arruinaste el ambiente. Y eso que pagaron una fortuna

Pues con lo que pagaron ni para reponer el televisor, ni la tetera, ni para la mesa, ni la mesita, ni las sábanas y las toallas. Por no hablar de mis nervios y el desagrado del resto de huéspedes. Y eso puede hacer que el próximo verano los turistas elijan otro lugar.

Ahora, con toda esa extraña experiencia vivida, sé muy bien que, a veces, lo mejor es aprender a decir que no, aunque todo se confunda en el humo y el eco de un sueño gallego de verano.

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