Un buen día, se me ocurrió llevar a la oficina un cachorro callejero… Así, sin pensarlo mucho. Lo encontré exactamente cinco minutos antes de empezar mi jornada laboral: era una especie de pelusa ambulante, con el glamour de una tostadora averiada y la belleza propia de un hijo de mil perros. Intenté esconderlo en una esquina del despacho, pero, claro, el cachorro, cabezota como él solo, no hizo más que salir de su rincón y piar, reclamar atención como si fuera el mismísimo rey de la oficina. Al final, todos mis compañeros terminaron por descubrirlo.
Y ahí empezó el desfile de máscaras humanas a mis pies.
La primera fue la secretaria, Sofía Fernández. Jovial, simpática y extrovertida, siempre con su maquillaje perfecto y esas risitas contagiosas. Pero, al ver al cachorro roñoso, su cara se desfiguró como un cuadro cubista: ¡Ay, don Javier Martín! ¿Pero cómo se le ocurre? ¡Menuda guarrería que me ha traído aquí! Así, su máscara de amabilidad y tolerancia saltó hecha añicos, cerca del cachorro que movía el rabo como si tal cosa.
Después vino la señora de la limpieza, Carmen Alonso. Mujer de edad, siempre refunfuñando, con cara de lunes y alma aparentemente de avestruz: entierra la cabeza y sigue. Pero, de repente, le cambió el gesto: ¡Ay, pero qué ricura tenemos aquí! Don Javier, ¿esto es negocio o placer? Y allí quedó tirada su máscara de severidad, mostrándome una sonrisa tierna y genuina como un bocadillo de tortilla recién hecho.
Por allí rondaba también mi compañero Pedro Gutiérrez. El más servicial de todos, siempre dispuesto, de esos que te cuentan un chiste aunque llueva en Sevilla. Pero ese día, ni se acercó a la puerta de mi despacho. Torció el gesto, trágico, y sentenció: Los animales callejeros, Javier, sólo traen suciedad y enfermedades Así quedó, a la entrada, su máscara fina y sucia de falsa simpatía.
Y el que más me sorprendió fue mi jefe, Don Ricardo Martínez. Hombre serio, de los que ponen cara de póker incluso al leer el Marca. Pero en cuanto vio la situación, sentenció: A ver, Javier Creo que lo mejor es que hoy te tomes el día libre. Llévate al cachorro y vete a casa. Hay cosas más importantes que el trabajo. Eso sí, no lo abandones Al fin y al cabo, es un ser vivo. Y, vergonzoso, se quitó la máscara de jefe impenetrable y nos dedicó a ambos una sonrisa tímida antes de desaparecer tras la puerta.
A mis pies, quedaron esparcidas las máscaras de todas esas personas con las que hablaba todos los días, durante años. Y de repente, me di cuenta de lo poco que realmente conocía a esa pandillaMe fui de allí, cachorro en brazos, sintiéndome un domador de verdades. Afuera, el sol de la mañana nos recibió como a náufragos que tocan tierra firme. Caminamos despacio, el animalito olfateando el aire, yo tratando de atar el día con palabras que no decían nada. Comprendí que, gracias a una bola de pelo sin pedigree, había visto la autenticidad o la falta de ella en quienes me rodeaban.
A medio camino, el cachorro me lamió la mano y, por un instante, sentí que me agradecía algo más que comida o refugio. Quizás agradecía que, sin querer, nos hubiéramos rescatado mutuamente. Éramos dos seres extraños, encajando en un mundo de máscaras caídas.
De repente lo supe: ese día no había perdido horas de trabajo ni ganado enemigos. Me había quedado con lo único importante la certeza de que, a veces, vale más un gesto sincero que toda una vida de apariencias. Y que, a veces, tan solo hace falta un perro abandonado para desenmascarar la realidad y encontrar, bajo tanto disfraz, un pequeño destello de verdad y compañía.
El cachorro volvió a menear la cola, cruzamos la calle juntos, y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí que avanzaba solo.







