Destinos de mujeres. Liuba: la hechicera de Castilla —¡Ay, Liuba, te lo ruego por Dios, llévate a …

Diario de Inés

Ay, Inés, por Dios te lo ruego, llévate a mi Raphaël contigo suplicaba mi hermana Lucía con un nudo en la garganta. Mi corazón lo siente, algo malo puede ocurrir. Prefiero el dolor de la distancia a la muerte de mi hijo.
Giré la cabeza y miré al enjuto Raphaël, sentado en el banco junto al fuego, balanceando esas piernecillas flacas con inocencia.
Antiguamente, las dos vivíamos juntas en Segovia, pero con el tiempo, Lucía la mayor se casó con Isidoro y se fue con él a un pueblo lejano de la sierra de Guadarrama. Yo, Inés, me quedé cuidando de nuestra madre enferma en la casa familiar hasta que partió de este mundo. Nuestro padre había muerto de tuberculosis mucho antes, poco después de la boda de Lucía. Mamá educó bien a sus hijas: honradas, laboriosas, solidarias ante cualquier adversidad. Y a pesar de ser la menor, todos decían que la voz cantante de la casa la llevaba yo. Lucía era como la arcilla: podías moldearla a gusto. Eso sedujo a Isidoro y formaron una familia feliz, donde el marido adoraba a su mujer.

Yo, sin embargo, era de otro temple: ni un dedo me pongas en la boca, que arranco la mano entera. Orgullosa, estricta, y para colmo aunque esté mal decirlo de gran belleza. No faltaron mozos de todos los pueblos vecinos que vinieran a pedir mi mano, pero a todos daba calabazas.
Mientras mamá vivía, siempre suspiraba:
Ay, hija mía, has heredado el carácter de tu bisabuela. Solo te falta quedarte como ella, sola en la vejez.
Yo la escuchaba, sonriendo sin replicar. Respetaba la edad y guardaba mis pensamientos para mí.
La bisabuela no fue poca cosa: sin marido ni ayuda, sacó adelante a su hija y vivió feliz. Curandera de las de antaño: remedios de hierbas, oraciones y manos. Nunca buscó el mal ajeno ni se entrometió. En el pueblo la temían y la respetaban era hueso duro de roer. Ese espíritu de nuestra bisabuela es lo que heredé.
No solo el carácter: aprendí a curar, a leer la naturaleza y a invocar protecciones. Por el pueblo decían de todo, pero yo nunca me preocupé; el qué dirán me da igual. Caminaba con la cabeza alta, sabiendo lo que valía. Nadie que me pidiera ayuda se quedaba sin respuesta, y con los niños, siempre me volcaba. Tanto me temían como me admiraban.

No te entiendo, Lucía le respondí, mirando de reojo a Raphaël. ¿Por qué ese drama? ¡Si el chiquillo está sano, mujer, y tú ya lo ves sentenciado!
Ay, hermana, ¿es que no has oído lo que pasa en Pedraza estos meses?
No he escuchado nada nuevo le dije.
Los pequeños caen como moscas. Una enfermedad rara. Los niños enferman y después, Dios los llama.
¿Dios? arqueé una ceja. ¿Estás segura?
No lo sé, Inés. Esta plaga lleva años. No queda casa donde no hayan perdido un hijo dijo, persignándose.
¿Y qué tienen, que nadie viene a buscarme?
Nadie sabe. Correr, juegan, y en unos días, se apagan: pierden fuerzas, hasta que mueren. Aquí hay otra curandera, pero nada puede con los niños.
¿Y esa curandera lleva mucho tiempo?
Desde que me mudé con Isidoro, ya estaba.
¿Y nunca me hablaste de ella antes?
Es buena mujer, cura animalillos y personas, pero con los niños, nada. Y no preguntaste por ella hasta ahora.
Entonces, ¿quieres que Raphaël se venga a pasar una temporada?
Sí respondió, aliviada. Miré a mi sobrino y despeiné su pelo como de trigo. Que venga el angelito añadí, viendo a Lucía persignar y besar a su hijo antes de marchar.
Ven, niño, que te enseñaré el nido que ha hecho el petirrojo en la leñera.
Raphaël iluminó su carita con una sonrisa mellada y me tendió la mano.

***

Recibidnos, que aquí llegamos gritó Lucía al entrar a mi casa.
¡Mamá! chilló Raphaël, corriendo a sus brazos.
Habían pasado seis meses desde que Lucía me dejó al niño. El otoño tardío entoldaba de gris las tierras de Castilla, y Lucía venía cada mes, llorando cada vez que veía a su hijo, con Isidoro preguntando a diario por su regreso.
Yo las recibía, fuera a la cocina o limpiando la entrada.
¿Cómo estáis, mis queridos? preguntaba Lucía, sin apartar los ojos de Raphaël.
Bien, mamá. Tía Inés me ha regalado un gatito, ¿quieres que te lo enseñe? saltó de alegría el chico y salió disparado afuera.
Todo bien, hermana decía yo, tranquila. ¿A qué vienes hoy?
Tanto tiempo aquí, Raphaël pronto te dirá mamá a ti rió Lucía. Isidoro también quiere que vuelva.
¿Te lo llevas ya? ¿Y el pueblo, cómo va?
No ha muerto ningún niño desde que Raphaël está contigo, gracias a Dios.
Raphaël entró cargando al gato.
Mamá, lo llamé Gato, va a venir conmigo, ¿verdad?
Hay ratones de sobra en la cuadra, no le faltará faena contestó Lucía. Ven, cariño, vamos haciendo el hatillo.
Mientras el niño recogía sus cosas, entre Lucía y yo hablábamos de la vida. Siempre asomaban preguntas sobre cuándo me casaría y tendría familia.
Basta, Lucía. Ya pareces nuestra madre. El día llegará, o quizás no, y tampoco me falta nada con mi sobrino aquí, llenándome la casa de risas.
Al despedirse, la noté pesarosa; el niño ya me era tan familiar como propio.
Y cuida al gato, Lucía dije en la puerta, entregándole una cesta. Es de Raphaël, no lo maltrates.
¿Acaso yo alguna vez he hecho daño a una criatura? protestaba. Siempre les sirvo leche bien fresca.
No te lo tomes a mal reí. Gato en la cesta y a casa. Procurad llegar antes de anochecer.
Nos abrazamos; persigné a Raphaël, y se marcharon. El ciclo de la vida seguía su curso. El invierno fue rudo y nevó tanto que a duras penas podías abrir el portal cada mañana. Vivir en Castilla en esa época era demandante, pero siempre encontraba a quién ayudar. Madres trayendo bebés enfermos, campesinos pidiendo remedios para los dolores de espalda, hasta animales heridos. Y así iban los días, hasta que la primavera empezó a colarse por la ventana.
Un día, entre el surco de la tierra que preparaba, escuché un miau. Era Gato.
¿Y tú? ¿Qué haces aquí? exclamé, el corazón en vilo. ¿Habrá pasado algo con Raphaël?
El animal frotó la cabeza en mis piernas con insistencia. Ya no lo dudé. Entré, recogí una muda y visité a la vecina, Maruja, para encargarle las gallinas.
Me quedaré con mi hermana unos días le expliqué.
Partí entre los chopos, el olor a tomillo y jilgueros cantando. Pero algo me inquietaba. Apuré el paso y, cuando divisaba ya los tejados, rompí a correr.
Entré azorada en casa de Lucía y ella, al verme, se abrazó a mí, entre lágrimas:
¡Inés, es una desgracia, corre!
Me llevó de la mano hasta la habitación. Allí estaba Raphaël, pálido, la piel translúcida, respirando con esfuerzo. Entre sollozos, Lucía me explicó que, poco después de Navidad, empezó a adelgazarse, sin fuerza, y acabó en cama.
¿Por qué no viniste a buscarme antes? le reprendí, tocando la frente del pequeño.
No sé, hermana, era como si los caminos se cerraran. Cada vez que intentaba salir, me ocurría algo: a veces fiebre, a veces caídas. Al principio creímos que era un resfriado malo de jugar en la nieve, pero después hasta yo caí enferma. Cuando mejoramos, pensé ir a avisarte, pero entre tanta ventisca, imposible cruzar el bosque.
Fui a ver a la curandera, Eulalia. Dio infusiones y rezó, pero a Raphaël cada día le iba peor.
Ay, si mi hijo muere, me mato lamentaba Lucía, hecha un mar de lágrimas.
No llores por el gato, que ha sido él quien vino a buscarme. Más listo que tú ha resultado espeté, crispada.
¿Cómo?
Eso, que ha venido a avisarme. Pero dime, ¿comió Raphaël algo fuera de casa?
Pues sí, fue con otros niños por las casas, pidiendo dulces en Navidad y en las fiestas.
Seguro que probó los dulces de Eulalia.
La miré seria y dije:
Ve a buscar a Eulalia. Dile que venga, pero ni palabra de que yo estoy aquí.
Lucía, sin rechistar, salió y volvió pronto con la viejecilla. Me oculté en la cocina, armada con dos agujas grandes que llevé en la bolsa.
Eulalia se deshizo en lamentos y excusas:
Ay, hija, hago lo que puedo, pero parece que Dios quiere enseñarme algo, porque no logro nada con estos niños
Buscó la excusa de marcharse pronto. Antes de que cruzara el umbral, clavé mis agujas en cruz sobre el marco y me escondí. Eulalia no podía salir, daba vueltas de un lado a otro, sudando y perdiendo la compostura.
¿Te encuentras mal, Eulalia?le preguntó Lucía.
Tráeme agua, hija.
Y en ese rato, la saqué de la entrada y al retirar las agujas, sintió que podía marcharse.
Cuando se fueron, volví junto al pequeño.
Vieja araña susurré. Tomé tres velas del arcón, las trencé y las coloqué en la cabecera.
¿Qué haces, Inés? preguntó mi hermana.
Tu curandera mata a los niños para prolongar su vida. Los niños rebosan vida y la necesita para no morir. Cuando sale, te ayudo a acostarme a su lado.
¿Quieres darle tu fuerza?
Asintiendo, recé sobre tres velas prendidas y cubrí al chico bajo mis brazos, como una gallina a sus polluelos, protegiéndolo. El tiempo pasó sin sentirlo. Desperté al amanecer, con Lucía abrazándome y agradeciéndome con lágrimas haberle salvado a su hijo.

Raphaël dormía, la mejilla con algo de color, la respiración serena.
Me quedo unos días aquí, Lucía. Haré planes para sacar a la luz a esa bruja.

***

Me siento fatal, abuela, odio ver cómo esa víbora me lo quiere quitar le dramatizé a Eulalia, fingiendo un enredo de amores. Entré a su casa como quien busca ayuda.
Ella, simulando inocencia, me negó cualquier hechizo maligno.
Ayúdame, que pago bien la presioné.
Veo que tú y yo somos iguales de alma negra musitó Eulalia, tras vacilar. Pero no digas nada. Solo quiero que repartas este panecillo entre los niños del pueblo.
¿Para qué?
No es asunto tuyo, piensa en tu enemiga. Vamos a dejarle el peso de un muerto.
¿Y eso?
Pan de difunto. Cada trozo lleva a un alma del otro lado. Tengo un pacto con ellos: me dan años, yo les vida joven.
Me llevé su pan y regresé a casa.
Mira con qué vuestra curandera da de comer a los niños le mostré a Lucía, tirando el pan en la mesa.
¿Pan? ¿Acaso el pan está prohibido?
Pan bendecido no, pan del otro lado sí.
Espantada, Lucía casi no encontraba palabras.
Hay que deshacernos de esto.
Desmigajé el pan, lo di a las gallinas y me senté a esperar. A la mañana, Lucía me trajo noticias del pozo:
Dicen que Eulalia a la madrugada parecía otra, negra y envejecida, maldiciendo a todo el que la cruzara.
Pues ya está: los demonios vinieron y no hubo con quién saciarse, así que se quedaron con ella me reí.
Lucía se persignó, con el corazón turbado.
No sé si quiero saber nada más, hermana
Ay, Lucía, eres como mamá: hasta al demonio quieres perdonarle la vida la consolé.
Preparé un viejo candado, me encerré en una habitación y con dos velas recité una oración:
Si hablas, te pierdes.
Si actúas, desvanecido quedarás.
En este candado quedan atadas
tus fuerzas y todo mal harás pagar.
Al atardecer, me acerqué a la casa de Eulalia.
¿Estás ahí, abuela?
¿Quién me molesta?
Solo yo, Eulalia. ¿Qué tal te encuentras?
Mal, muy mal.
Normal, con tanto demonio como alimentas.
Abrió los ojos de par en par, gritando:
¡Has sido tú, bruja!
¿Almas, dices? Qué curioso. ¿Acaso tienes?
Se arrastró tras de mí:
¡Te maldigo!
¿Solo tú puedes lanzar hechizos? Mira tu puerta
Se asomó y vio el candado cerrando la entrada. Chilló, se arrancó de los cabellos, y comprendió que su poder había sido sellado.
Pensabas vivir siempre en el mal, ¿verdad? Pues si vuelves a hacerlo, desaparecerás antes de tiempo. No tendrás más vida que el castigo que mereces.
Y la dejé allí, oyendo sus aullidos sin pestañear.
***

Han pasado dos meses. Raphaël se recuperó rápido.
Eulalia murió un mes después, devorada por las fuerzas que ella misma alimentó. Desde entonces, fui la única curandera entre varias aldeas. Cumplía mi función, sin pactos oscuros y sin hacer mal a nadie, ayudando a la gente y curando animales. No encontraba pretendiente a mi gusto, pero tampoco me apenaba: no cualquiera soporta un carácter como el mío.
Ay, Inés suspiraba Lucía, podrías ser menos orgullosa y más dócil, así tendrías esposo e hijos.
Sin temple, los demonios me comerían viva, Lucía le replicaba, riendo. Y si no tengo hijos, no me aflijo. Así es mi destino.
Dicho esto, besaba la cabeza de mi querido sobrino. Desde su recuperación, el chiquillo venía a verme desde su aldea cada poco y a veces se quedaba días enteros, llenando mi casa de risas y devolviéndome la dicha que nunca busqué en un marido.

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¿Estás pensando en casarte? ¿Mamá, estás segura?