«Te quiero tanto, mamá» — le decía yo a la hora del desayuno cuando tenía unos 14 años. —¿Ah, sí? …

Mamá, te quiero tanto… le decía yo durante el desayuno, tendría unos 14 años entonces.
¿Ah, sí? me respondía ella con una sonrisa Pues la próxima vez, cuando vuelva del trabajo, simplemente pela unas patatas y ya lo sentiré, aunque no digas nada.
Amo a mi gato, decía yo restregando mi mejilla contra su pelo suave y calentito.
Entonces, ¿por qué no le cambias la arena? preguntaba papá El pobre no sabe dónde sentarse del asco que le da la arena mojada
Y yo me quedaba sin entender a mis padres: ¡yo les hablo del amor! ¿Qué pintan aquí las patatas o la arena del gato?
Me acuerdo que, siendo yo aún una niña pequeña, tendría unos siete años, tuve que pasar varias semanas ingresada en un hospital, a las afueras de Madrid. En aquellos años todo era muy estricto. Los padres solo podían traer cosas en horas concretas y ver a sus hijos desde el parque del hospital cuando nos asomábamos por las ventanas abiertas menos mal que era septiembre y aún hacía buen tiempo.
Mi madre venía dos veces al día. Por la mañana y por la tarde la enfermera me dejaba en la mesilla una bolsa con el requesón que ella misma acababa de hacer, compota aún tibia, un poco de arroz con leche, una albóndiga de pollo al vapor. Cada cosa en su justa medida, la cantidad exacta para que yo me lo comiera de una sentada porque, en un par de horas, me traía más fresco. Y, junto a la bolsa, entre papeles de periódico para que no se estropeasen, tres o cuatro folios donde mi madre había dibujado ropa para mi muñeca de papel (¿te acuerdas? de esas que venían con pestañitas blancas en los hombros para doblar). Me encantaba recortar y colorear aquellos vestidos y abrigos, y mi madre (¿de dónde sacaba el tiempo?) me dibujaba sin parar nuevos modelitos: faldas, batas, abrigos, camisones, pijamas. Y cada prenda diferente: lacitos, pompones, lunares
Jamás le pedí esas cosas. No eran medicinas ni agua mineral ni caldo recién hecho. Ella simplemente sabía lo feliz que me hacía eso.
Y ahí estaba su manera de decirme: Te quiero. Solo mucho tiempo después fui capaz de entenderlo y valorarlo de verdad, pero lo llevo grabado a fuego desde entonces.
Cuán poco valoramos esos detalles pequeños
Sí, las palabras bonitas, los piropos, hasta un poema, todo eso importa mucho. A nosotras nos entra el amor por los oídos, necesitamos ese te quiero constante. Pero si en la vida diaria no vemos esas palabras convertidas en hechos, al final suenan huecas. Claro que puedes decir te quiero con un anillo de diamantes, unos gemelos de oro blanco, un ramo de flores enorme o incluso un paseo en globo ¡y vaya si impresiona!
Pero la verdad, el amor se puede mostrar de maneras mucho más sencillas cada día: solo hay que querer de verdad.
A unos amigos nuestros se les quedó paralizada una perrita. Una salchicha adorable, siempre buena, pero las patas de atrás ya no le valen. Lleva así tres años y el dueño le fabricó personalmente un arnés de ruedas para que pudiera pasear cada día por el parque. Podrían haberla llevado en brazos o pasearla en carrito, pero la perrita quería andar, sentir la hierba por sí misma. Y sus dueños le dieron esa oportunidad, porque la quieren de corazón.
Cuando sientes amor de verdad, las oportunidades para demostrarlo están en cada esquina, y lo haces sin pensarlo ni un segundo.
Entramos de puntillas a la habitación de quien duerme, arreglamos la almohada para que no se quede con tortícolis, acomodamos la manta para que los pies no se queden fríos, o, moviendo la cabeza, sacamos despacito el móvil de unas manos adormiladas para que ninguna llamada estropee la siesta.
Nos volvemos chef de cinco tenedores para preparar el mejor café del mundo por la mañana, y, en el plato de los niños, formamos un trenecito de queso que va directo a una flor hecha con rodajas de tomate y huevo.
Atendemos durante horas las confidencias de una amiga si nos necesita, inventamos regalos personalizados, creamos sorpresas y ponemos de nuestra parte para levantar el ánimo más gris.
A veces damos lo poco de dinero que nos queda para una medicina
Y, sin dudarlo, descosemos nuestro collar favorito para adornar el disfraz de copito de nieve de la niña.
La vida es larguísima y, a la vez, tan corta
Y esos pequeños gestos se recuerdan durante mucho, pero mucho tiempo. Un corazón que ama sabe captar el instante preciso en el que un te quiero se vuelve imprescindible.
De toda la vida, tanto mi madre como mi abuela salían siempre al pasillo en cuanto mi padre o mi abuelo entraban por la puerta cargados de bolsas porque un hombre tiene que sentir que en casa le esperan. Yo intento hacer lo mismo, claro.
Ahora mismo estoy sentada delante del ordenador, dándole a las teclas, tratando de hilar un poco de sentido entre las madejas de ideas. Oigo la llave en la cerradura, y pienso: Venga, ahora me levanto, solo termino de teclear esta línea para que no se me olvide lo que iba a decir. Miro por encima del hombro hacia la puerta que acaba de abrirse, sonrío y digo: En dos minutos cenamos. Y vuelvo a meterme a fondo en mi particular costura de palabras y puntos.
Y, de pronto, de manera silenciosa (para no despistar mi discurso), aparece una taza de té fuerte y una fuente con dos bocadillos y un par de chocolatinas, ya desempaquetadas de los papeles. Miro esas tostadas, con todo lo que haya en la nevera jamón, chorizo, queso, tomate, aceitunas y las chocolatinas listas para hincar el diente (así no tengo ni que parar a pelarlas), y en el silencio casi sagrado de la casa oigo muchísimas palabras importantes para mí.
Y siento que, en ese instante, no hay manera más completa de decir: Te quiero.
Eso de saber decir te quiero sin palabras es fundamental.
Un viaje, unas patatas hervidas, una camisa planchada, unos globos, una muñeca esperada o un comedero de gato siempre lleno, un beso con ganas o una manta bien colocada, un paraguas abierto justo a tiempo, tortitas con orejas de conejo, likes, corazoncitos, sonrisas y miradas
No importa si tu pareja te habla sobre las reformas del gobierno o del gol que se perdió el Madrid en el último minuto; lo que cuenta es cómo escuchas.
No importa si bebes champán francés en copa fina o café con leche con churros en una taza de bar lo que cuenta es con quién lo compartes.
Tampoco importa si paseas de noche por París o por los trigales de Castilla lo que importa es quién camina a tu lado.
Debemos aprender, de verdad, que esas palabras tan grandiosas y deseadas Te quiero si no van acompañadas de hechos y gestos, se apagan y pierden brillo demasiado pronto.
Y eso sí que no lo podemos permitir.
El amor no se mide solo en palabras…

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