Bibiana llegó a la estación de tren desde su pequeño pueblo manchego, arrastrando a duras penas dos bolsos enormes que casi parecían tener ladrillos dentro. Ella no solía visitar a la familia de Madrid muy a menudo, pero esta vez había conseguido reunir hasta el último euro para comprarles regalos, ilusionada con la idea de alegrarles un poco la vida. Jamás iba con las manos vacías, pero esta vez se había pasado de generosa: cada bolsa pesaba lo mismo que un saco de patatas.
Aunque el viaje fue una auténtica odisea iba como una mula de carga, no dudó ni un segundo en salir, animada por la promesa de que su hijo estaría en la estación para recibirla con los brazos abiertos. Qué ingenuidad. Al llegar, ni rastro de su hijo. Nada, ni una sombra. Resignada y un poco dolorida de los bíceps, no tuvo más remedio que dejar caer las asombrosas bolsas al suelo de la estación de Atocha y con el brazo que aún le quedaba medio útil, marcar su número.
El teléfono sonó, sonó y volvió a sonar hasta que, por fin, después de diez eternos pitidos, respondió la voz de su hijo, sonando como si acabara de despertarse de la siesta:
¡Ay, mamá, lo siento muchísimo! Se me ha ido completamente de la cabeza que venías hoy. Nos hemos marchado a casa de los padres de Lucía, mi mujer, ahí en Extremadura, y no volvemos en toda la semana. Vaya, que has venido para nada. Por favor, regresa. La verdad es que nos ha pillado todo tan de sorpresa que ni me he acordado de avisarte nos fuimos así, de pronto.
A Bibiana le tembló la barbilla y se le llenaron los ojos de lágrimas, pero solo contestó, muy breve: Vale, hijo.
No iba a cargar de nuevo con las bolsas hasta La Mancha, así que, sin más dramatismos, entregó los dos paquetes a un par de personas sin hogar que estaban en el banco de enfrente, que recibieron aquellas viandas y regalos como si les hubieran caído del cielo. Su hijo nunca supo cuánto le dolió aquello. Jamás le recriminó nada. A fin de cuentas, había dejado la piel criándolo sola, y ahora él ni se molestaba en visitarla, ni siquiera cuando ya era una mujer mayor.
Un mes más tarde, cuando la nuera la llamó para pedirle el favor de cuidar de los nietos un fin de semana que querían ir a la boda de una amiga, Bibiana, ya cansada de que solo se acordaran de ella cuando necesitaban una niñera gratuita, rechazó la petición. Ya estaba bien de ser la abuela de guardia solo cuando les venía bien; esta vez, tocaba pensar en ella misma.






