Destinos de mujeres. Lupe —¡Ay, Lupe, te lo ruego por Dios, lleva contigo a mi Andreíto! —suplicaba…

Destinos de mujeres. Eloísa

Ay, Eloísa, por Dios te lo imploro, llévate a mi Dieguito contigo sollozaba Catalina. Mi corazón me lo dice, puede pasar una desgracia. Prefiero la separación antes que la muerte de mi niño.

Eloísa giró el rostro y dirigió la mirada a Dieguito, esmirriado, que sentado en el banco junto a la chimenea, balanceaba sus delgadas piernas con candidez infantil.

En su tiempo, las hermanas vivieron juntas, pero el tiempo pasó y la mayor, Catalina, se casó con Rodrigo y se mudó con él a una aldea perdida de Castilla. Eloísa, la menor, se quedó cuidando a la madre enferma, que pronto murió. El padre había fallecido mucho antes, consumido por la tuberculosis. La madre crió bien a sus hijas: generosas, laboriosas, dispuestas a ayudar en cualquier apuro. Aunque Catalina era la mayor, siempre fue Eloísa quien llevaba el mando en la casa: la hermana mayor era blanda como la arcilla, fácil de modelar, justo lo que sedujo a Rodrigo, contento con una familia sencilla. Pero Eloísa, al contrario, no se dejaba mangonear por nadie: altiva, severa, aunque, eso sí, de belleza inigualable. Los mozos de todas las aldeas cercanas venían a pedir su mano, pero ella los despachaba a todos por igual.

Mientras la madre vivía, siempre se lamentaba:

Ay, hijita mía, has heredado el carácter de la bisabuela; pero ten cuidado y no repitas su destino. Así, acabada y sola, ¿quién te querrá de vieja?

Eloísa, con sonrisa discreta, nunca respondía. Respetaba la vejez, pero tenía su propio pensamiento.

La bisabuela de Eloísa no había sido mujer cualquiera. Sin marido, con un hijo a cuestas, y aun así llegó a ser feliz. Curandera de las de antes, sanaba con hierbas y rezos, nunca se entrometía en vidas ajenas. La temían y respetaban en el pueblo por su carácter.

Eloísa heredó ese temple. Y no sólo eso. Conocía bien las hierbas del campo, hacía remedios y quien sabe a quién pedía ayuda, pero la gente eso nunca lo sabría. Orgullosa recorría la aldea, sabedora de su valor. Jamás negó su ayuda en desgracia y con los niños tenía mano santa. Así, la temían, pero igual la respetaban.

No te entiendo, Catalina dijo Eloísa, mirando otra vez a Dieguito, ¿qué te preocupa? El niño está saludable y ya lo ves con ojos de difunto.

Ay, hermana, ¿no has oído lo que pasa últimamente en San Bartolomé? preguntó Catalina.

No he oído nada respondió Eloísa.

Pues parece cosa mala: los niños caen enfermos como moscas, tardan mucho en mejorar y al final el Señor se los lleva.

¿El Señor será? preguntó Eloísa, alzando una ceja.

Quién sabe, mi niña. Desde hace años no hay casa en la aldea sin duelo infantil se santiguó Catalina.

¿Y de qué mueren? ¿Por qué a mí nadie me lo contó?

¿Y quién sabe? Juegan, corren y de repente languidecen, pierden fuerzas paso a paso y al final ya no despiertan. Ni a ti venían porque vives lejos y en el pueblo tienen su propia curandera dijo Catalina.

¿Desde cuándo? preguntó Eloísa, arqueando las cejas.

Ya vivía allí cuando me casé con Rodrigo, y sigue.

¿Y por qué nunca me hablaste de ella? insistió Eloísa.

Pues porque es una vieja como tantas, cura sin hacer mal, también sana a los animales; pero con los niños, no consigue nada. Sus hierbas no bastan, ni sus rezos contestó Catalina. Y tú tampoco preguntaste, hasta hoy que lo traigo a cuento Entonces ¿te lo llevas a pasar unos días?

¿Por qué no? sonrió Eloísa peinando la melena de Dieguito. Que esté, que vea el campo como es, dijo, despeinándole. Catalina besó a su hijo, le hizo la señal de la cruz y se marchó.

Ven dijo Eloísa al niño, vámonos al jardín, que te enseñaré dónde la colirroja ha hecho nido en la leñera. Dieguito le regaló una gran sonrisa llena de dientes torcidos y le ofreció la mano.

***

¡Que llegan visitas! anunció Catalina al entrar en casa de su hermana.

¡Mamá ha vuelto! chilló Dieguito, abrazándola corriendo.

Medio año había pasado desde que Catalina dejara a su hijo en la casa familiar. El otoño tardío coloreaba los cielos de gris plomizo. Ella venía cada pocas semanas a visitarle, y siempre en un mar de lágrimas y abrazos renovados.

¡Ay, mi vida! ¡Cómo te he echado de menos! repetía Catalina, colmando de besos al niño. Papá ya pregunta diario cuándo vuelve su hijo a casa.

Eloísa entró desde la cocina, secándose las manos. Las hermanas también se besaron.

¿Y cómo estáis, mis queridos? preguntó Catalina, los ojos pegados a Dieguito.

Bien, mamá. Tía Eloísa me regaló un gato, ¿quieres verlo? gritó Dieguito, saliendo disparado.

Todo bien, hermana dijo Eloísa, ¿vienes a por el chico?

Ya ha pasado mucho, Dieguito casi te llama madre. Rodrigo también presiona, quiere a su hijo en casa.

¿Vienes a llevártelo? preguntó Eloísa. ¿Y en San Bartolomé cómo andan las cosas?

Bendito sea Dios, estamos bien. No ha muerto ningún niño desde que está aquí dijo Catalina.

Se abrió la puerta y Dieguito entró con su gato.

Mamá, lo llamo Tito. Es mi amigo ahora.

Bueno, habrá ratones de sobra para él en la cuadra respondió Catalina. Nos lo llevamos, haz la maleta, cariño.

Mientras Dieguito recogía sus cosas, las hermanas conversaban. Catalina preguntó cuándo pensaba Eloísa formar su propia familia.

Déjalo, Catalina se quejó Eloísa, igual que mamá. Yo tengo a mi sobrino, me basta de momento. Cuando tenga que ser, será. ¿Verdad, Dieguito? En cuanto quieras venir, dile a tu madre, aquí tienes casa.

Eloísa despidió a su sobrino con tristeza. Se había acostumbrado al bullicio infantil y las risas.

Cuida de Tito, que no le falte nada avisó Eloísa.

¿Cuándo yo he maltratado a los animales? Siempre tienen leche en mi casa frunció el ceño Catalina.

No te enfades, hermana. Bueno, pon a Tito en la cesta. El camino es largo, marchaos antes de que oscurezca.

Entre besos y bendiciones, las hermanas y el niño se despidieron. Alo largo del invierno, las nevadas cubrieron los caminos. Abrir el portón al amanecer era una odisea. La vida seguía lenta, pero a Eloísa nunca le faltaba trabajo. Curaba niños enfermos y preparaba hierbas para los ancianos de manos cansadas. Llegó la primavera. Los arroyos murmuraron y las aves cantaron. El campo llamaba de nuevo.

Un día, trabajando en la huerta, oyó un “miau”. Al volver la cabeza, vio a Tito.

¿Aquí estás? rió ella. ¿No le habrá pasado algo a Dieguito?

El gato volvió a maullar y se restregó en sus piernas. Eloísa no dudó. Cogió lo necesario y fue a ver a la vecina para que cuidara el gallinero.

Por si me quedo en casa de mi hermana unos días, doña Petra, ¿vigila mis gallinas?

Obteniendo su aprobación, emprendió el camino. Avanzaba deprisa, con angustia inexplicable. El sol apenas rozaba los tejados y ya se avistaban las casas. Entró en la casa de su hermana, jadeante.

¡Eloísa! gritó Catalina al verla. ¡Qué desgracia, hermana! y la abrazó fuerte. Llevándola de la mano, entraron a la habitación.

Sobre la cama, Dieguito yacía pálido, inerte, los labios azulados. El pecho subía y bajaba con dificultad.

Entre sollozos, Catalina le contó que todo empezó poco después de Navidad. Primero cansancio, luego fiebre, y en pocos días cayó en cama.

¿Por qué no viniste antes? regañó Eloísa, tocando la frente de Dieguito.

No podía, hermana, parecía que el camino se cerraba. Apenas salía y ya ocurría algo en casa. Al principio creímos que se resfriaba. Después ambos enfermamos. Al sanar un poco, él empeoró. Cuando por fin intenté salir cuando nevaba menos, al día siguiente pensaba irte a buscar y vienes tú. Tito también desapareció. En cuanto Dieguito preguntaba por Tito, no estaba.

No llores por el gato replicó Eloísa. Él me guió aquí, más lista que tú la criatura.

Catalina la miró boquiabierta.

¿El gato? ¿Cómo?

Así fue. ¿Y dime, Catalina, comió Dieguito algo extraño? ¿Visitó otras casas?

Claro, en Navidad fue a pedir aguinaldo con los niños, casa por casa. Y, sobre todo, le encantaron las empanadillas de la vieja Benedicta.

Eloísa frunció el ceño y ordenó:

Ve a buscar a esa Benedicta, la curandera, que venga a rezar sobre Dieguito, pero no digas que estoy aquí.

Catalina obedeció. Mientras, Eloísa sacó de su atillo dos grandes agujas y se escondió en la cocina. Cuando Catalina volvió con Benedicta, la curandera murmuró:

Ay, Catalina, quisiera ayudarte, pero ves que no puedo con esto y entró a la habitación con el niño.

Eloísa salió y, sin ser vista, cruzó las agujas sobre el dintel de la puerta y volvió a ocultarse.

Al cabo de un rato, Benedicta quiso marcharse pero, al llegar a la puerta, no era capaz de salir. Jadeaba, sudaba. Disimuló, diciendo que rezaría otro poco, y volvió a la habitación. Al segundo intento, ocurrió igual. Catalina fue a por agua como pidió Benedicta que apenas podía sostenerse, y allí Eloísa le indicó que la hiciera sentarse en la sala un momento. Apenas se marcharon las dos, Eloísa quitó las agujas de la puerta. Benedicta, libre al fin, salió apresuradamente, dejando un pañuelo olvidado.

Al volver, Catalina encontró a Eloísa junto a Dieguito.

Vieja araña mascullaba, ahora verás tú, bruja trenzó tres velas y las puso en la cabecera.

¿Qué haces, Eloísa? ¿A qué viene todo esto? preguntó Catalina.

Vuestra curandera es la responsable de todas esas muertes infantiles. Busca alargar su vida a costa de los niños contestó la hermana menor.

Catalina palideció.

Hazme caso, sal de la habitación y haz tus faenas. Cuando anochezca, vuelve a ayudarme. Voy a darle mi fuerza a Dieguito, arrancándosela de las garras de esa arpía.

Catalina, al borde del llanto, salió. Eloísa encendió las velas, rezó en voz baja y se tumbó sobre Dieguito, cubriéndolo como una gallina cobija a sus polluelos. Cuánto tiempo pasó, no lo supo; hasta que Catalina la despertó con suavidad.

Ayudó a Eloísa a levantarse y la acostó. La casa en silencio, la lamparilla alumbrando el rincón de las imágenes. Eloísa dormía sabiendo que su sobrino estaba a salvo. Al día siguiente, olor a pan y susurros de canciones. Catalina la abrazó de alegría:

¡Gracias, mi hermana! Dieguito pidió pan esta mañana, se está reponiendo.

Eloísa fue a ver al niño dormido: el rubor regresaba suavemente a sus mejillas.

Me quedaré unos días avisó. Y veremos cómo sacar la verdad de esa bruja.

***

Me siento fatal, abuela decía Eloísa, sentada en la penumbra de la casa de Benedicta. Me está carcomiendo la envidia, no soporto ver a esa víbora cerca de mi chico improvisaba con astucia.

Había acudido fingiendo necesitar ayuda, únicamente queriendo saber cómo la vieja robaba la vida a los niños.

No me implico en cosas malas, hija se excusaba Benedicta. Yo solo ayudo.

Pero ayúdame a mí ahora insistió Eloísa. Haré lo que quieras a cambio, detesto a esa alimaña. Nadie sabrá nada, te lo pagaré como reina.

Al final, la curandera accedió:

Veo que eres como yo. A cambio solo pido que lleves este panillo a darlo a los niños de tu aldea. Eso es todo.

¿Y para qué? preguntó Eloísa.

No preguntes tanto. Piensa en tu rival susurró la vieja. Dame un muerto y la atormentaré. Cada trozo lleva a un alma muerta. Me ayudan a cambio de almas frescas.

Fingiendo aceptarlo, Eloísa se llevó los panes, dejándola convencida de que cumpliría. En casa de Catalina, vació el pan en la mesa.

Mira con qué alimenta vuestra curandera a los niños

Pero es pan, ¿acaso eso es delito? titubeó Catalina.

No es pan normal, sino pan de difunto, embuchado de almas. A Catalina se le cayó el alma al suelo.

Eloísa desmenuzó los panes, los llevó a las gallinas y esperó. Al día siguiente, Catalina, tras ir a por agua y hallar a las comadres en el pozo, volvió con la noticia:

Eloísa, Antonia dice que vio a Benedicta al amanecer, negra como el carbón y envejecida de repente. Acudió a acercarse y la bruja la espantó a gritos.

Entonces, justo en el clavo rió Eloísa. Ya no quedan vidas que comer, así que sus propios demonios la están devorando.

Catalina se persignó y musitó:

Dios mío, a veces me asustas. Aunque sea bruja, sigue siendo persona.

Ay, Catalina, eres igual que nuestra madre bromeó Eloísa. Hasta compasión por los demonios te nacería.

En fin termina esto de una vez dijo la mayor.

Eloísa cerró las ventanas, sacó un viejo candado oxidado y, rezando un conjuro que aprisionaba los poderes de Benedicta, se encaminó al caserón de la curandera:

¿Estás, Benedicta? llamó.

Nadie respondió, solo un crujido en el piso.

¿Quién osa entrar? se oyó una voz desde la habitación.

¿No eras tú tan poderosa? la desafió Eloísa mostrando el candado.

Desde la penumbra, Benedicta gruñó:

¡Has sido tú, bruja! Anoche me torturaron los demonios, me arrancaban la vida de cuajo.

¿Vida? No la tienes, araña maldita se rió Eloísa. Por cada niño que robaste, una condena te espera.

Benedicta se lanzó tras Eloísa a la calle.

¡Te maldigo, desgraciada! ¡Soltaré todos mis espíritus sobre ti!

¿Contigo pagarán? Mira la puerta, ¿ves ese candado? Ahí quedan tus fuerzas encerradas. Si vuelves a intentar algo raro, acabarás polvo antes de tiempo.

Eloísa se fue sin mirar atrás, oyendo los lamentos impotentes de Benedicta.

***

Pasados dos meses, Dieguito se recuperó. Benedicta, al dejar de “alimentar” a sus ayudantes, murió. Una muerte larga y terrible, dicen. Eloísa quedó como la única curandera de varias aldeas, llevando su trabajo con rectitud. Jamás pactó con las sombras, ni tomó culpa ajena. Curaba y ayudaba a animales y gente. Marido no halló, pero poco la alteraba: no cualquiera resiste ese temple.

Ay, Eloísa, bájate un poco de la nube, sé más dócil y verás cómo te casas, tendrás tus hijos suspiraba Catalina.

Sin carácter, Catalina, hasta el mismísimo diablo se te sube a las barbas. Y chicos me sobran, bendito Dieguito, que ya corre a visitarme cada mes, dándome amor a manos llenasCatalina soltó una carcajada entre lágrimas y harina, echando atrás un mechón de pelo desordenado.

Dicen que la fuerza no da felicidad dijo con sorna, amasando pan sobre la mesa.

Eloísa se acercó a la ventana, observando el sol declinar sobre las tierras verdes, las golondrinas danzando libres en el aire.

La da la conciencia tranquila musitó. La da ver a Dieguito jugar de nuevo, la da saber que ningún niño más amanecerá con la sombra en el pecho.

En la puerta, Dieguito apareció con las mejillas rosadas, Tito con el lomo erguido a su lado.

Tía, ¿puedo ir al río con los otros? Me enseñaron a lanzar piedras y quiero llevarles mis barquitos.

Eloísa sonrió y, por primera vez, le revolvió los cabellos sin temor.

Corre, pero regresa antes que anochezca. No olvides a Tito Los guardianes fieles nunca deben quedarse atrás.

El niño salió disparado seguido del gato, las risas inundando el aire de una alegría limpia y nueva. Catalina se quedó mirándolos, suspirando aliviada.

¿Crees que habrá paz, ahora que Benedicta ya no está?

Eloísa apoyó la mano fuerte sobre el hombro de su hermana.

Nunca hay paz sin vigilancia, pero mientras haya alguien que se atreva a mirar la oscuridad sin apartar la vista, habrá esperanza.

Se hizo un silencio tibio y dulce, poblado de promesas. Afuera, el canto de las aves anunciaba la eterna rueda del mundo. La vida seguiría, como sigue siempre: niños, campos, madres inquietas y mujeres que, como Eloísa, brotan en cada generación, entre la hierba y el hambre, con las manos llenas de remedios y el corazón de coraje.

Catalina, en ese instante, comprendió: algunas mujeres nacen para rodear, otras para abrir camino. No todas tendrán marido ni hijos, pero sí el respeto de su gente y la paz de un deber cumplido.

Y así, mientras el sol desaparecía tras los chopos del valle y la aldea recobraba su alegría, Eloísa supo que su destino no era menos dichoso; y cuando, en años venideros, otros niños llamaran a su puerta, tendría aún mucho que dar: su saber, sus cuentos, y la fuerza imperecedera de las mujeres que salvan vidas, aunque nadie escriba sus nombres.

Porque como su madre le advirtió, no faltan soledades en el mundo. Pero tampoco faltan mujeres que, con temple y ternura, despiden a la noche y encienden la luz sobre los destinos de todos.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

sixteen + 3 =

Destinos de mujeres. Lupe —¡Ay, Lupe, te lo ruego por Dios, lleva contigo a mi Andreíto! —suplicaba…
La ley dio a dos huérfanos un hogar cálido — quince años después, un coche de lujo se detuvo frente a su puerta.