¡Sin mí no eres nada! ¡No vales para nada! gritaba su marido, doblando sus camisas y metiéndolas apresuradamente en una enorme bolsa de viaje.
Pero ella lo fue. No se vino abajo. Quizá si hubiera tenido tiempo de pararse a pensar cómo iba a apañárselas sola con dos niñas, se habría inventado mil tragedias y, quién sabe, hasta habría terminado perdonando la infidelidad. Pero ese tiempo no existía; tenía que llevar a las niñas a la guardería y salir corriendo al trabajo. El marido no había aparecido en casa hasta media hora antes, satisfecho de su nueva aventura, rebosante de una seguridad arrogante.
Así que, al ponerse el abrigo, Carmen repartía órdenes con voz firme y optimista:
Clara, ayuda a Lucía a abrocharse la chaqueta y asegúrate, cuando estéis en la guardería, de que coma bien. La seño se ha quejado de que no quiere la papilla.
Javier, procura llevarte todas tus cosas de una vez. No dejes nada pendiente. Y deja la llave del piso en el buzón. Hasta nunca.
Clara nació exactamente media hora antes que Lucía y le gustaba ejercer de mayor. Ahora las dos tienen cuatro años. Son chicas listas, cada una con su propio genio. Si Clara se tomará la papilla porque simplemente hay que hacerlo Lucía discutirá: Tiene grumos, eso yo no lo como.
Menos mal que la guardería está cerca de casa, apenas diez minutos andando. Durante el paseo, las niñas parlotean y ayudan a no pensar en todo lo que tiene por venir. Ni en el trabajo hay tiempo para lamentaciones: ser médico de familia significa tener cada consulta y visita estrictamente programada. Y solo por la noche, al ver los colgadores vacíos donde solía colgar el abrigo de su marido, comprendió que, desde ese día, estaba sola. Pero rendirse, llorar o quejarse no va con Carmen: todo debe seguir igual o mejor. Ante las dificultades, se puede tirar la toalla o respirar hondo, buscar soluciones y hasta encontrar algo bueno en el día. Por lo pronto, toca preparar la cena.
¿Qué ha cambiado para nosotras? pensaba Carmen mientras cortaba tomates para la ensalada. Se ha ido él. ¿Qué hacía él en casa que yo no pueda hacer? Nada que no pueda hacer yo sola. Habrá que reajustar horarios, eso sí. Pero podré con ello. Estaremos bien. Incluso mejor. No quiero pasar la vida pensando dónde estará ahora, si sigue con la otra. Mejor sola. Más difícil, quizás, pero mucho más tranquila. Tras leer un capítulo de Las aventuras de Pinocho y besar las frentes dormidas de sus hijas, Carmen se apresuró al baño: la lavadora ya había terminado, tocaba tender la ropa.
Antes de dormir, decidió hacerse un té para ordenar las ideas y planificar el día siguiente. Las niñas son gemelas, idénticas como dos gotas de agua. Dicen que dos es más difícil que uno, pero Carmen siempre respondía que para ella no era así. Y se asombraba de la lástima ajena.
Nos va bien solía decir. No hay ningún drama. Me las apaño.
Hirvió el agua y preparó una infusión con su limón preferida. Encendió la lámpara de mesa y dejó que la luz suave envolviera el salón. Fuera, el tiempo era desapacible lluvia mezclada con copos de nieve, mientras dentro reinaba la calma, solo alterada por el tic-tac del reloj.
Y entonces, sonó el timbre. Carmen, al abrir, se sorprendió: en la puerta estaba la vecina del quinto, la señora Mercedes, una jubilada a la que nunca había tenido especial simpatía. Mercedes paseaba cada mañana a su perrita Alma, siempre seca, con los labios apretados y un saludo apenas audible. La perra la había visto Carmen, flacucha y andrajosa cerca de los contenedores, hasta que la anciana le dio un hogar. Nadie visitaba nunca a Mercedes; sólo salía a hacer la compra y pasear a su perra.
Perdona que te moleste musitó Mercedes, envolviéndose en su chal de lana, pero he visto que tu marido recogía las cosas y las metía en el coche. ¿Te ha dejado?
Eso no es asunto tuyo respondió Carmen, cortante.
Tienes razón, tu marido no es asunto mío. Pero si en algún momento necesitas ayuda, puedes contar conmigo. Con las niñas o con lo que sea.
Pase dijo Carmen finalmente, cediendo. ¿Cómo se llama usted? añadió mientras servía dos tazas de té y sacaba galletas.
Mercedes Delgado. Y tú eres Carmen, lo sé bien. Pues eso, Carmen Mercedes cogió una galleta con delicadeza, no quiero molestar, ni ser pesada: solo que sepas que me encantará ayudarte con lo que pueda. No por dinero, ni mucho menos, solo por el placer de hacerlo. Dio un sorbo y asintió. Qué bien huele este té. ¿Lleva melisa? En mi casa del pueblo planto de todo y la melisa siempre crece fuerte. Vente en verano a descansar, para ti y las pequeñas hay sitio de sobra. Es un lugar precioso, con un manzano que da una fruta maravillosa
Y Carmen la miraba, preguntándose por qué siempre le había caído mal aquella señora. ¿Tal vez porque nunca intentó quedar bien, ni preguntaba de forma entrometida si se apañaba sola con las niñas? ¿Porque no se metía en su vida ni en sus penas? Carmen había pensado que era distante y orgullosa. Pero ahora veía otra cosa: no preguntaba por su marido, no hacía leña del árbol caído. Simplemente, ofrecía ayuda.
Miró entonces a Mercedes con otros ojos: impecable, recién peinada, el vestido con cuello de encaje, las zapatillas nuevas y un aroma suave a perfume antiguo.
Escuchó cómo Mercedes le contaba historias de su casa de campo, los manzanos, el pequeño horno para hacer pan, el lago donde en verano campan a sus anchas los patos. Con cada palabra, la nube de temor de Carmen se disolvía, y el corazón se le ablandaba.
Carmen se acordaba de eso como si fuera ayer, aunque habían pasado ya cinco años desde aquel día. Recuerda la voz de su exmarido tronando en su pecho: ¡No valdrás para nada!. Pero todo quedó atrás.
Ahora Mercedes cortaba las manzanas con la habilidad de siempre, adornando perfectamente la tarta antes de meterla en el horno caliente. Las ensaladas ya estaban listas, el guiso burbujeaba en la cocina. Era el cumpleaños de Mercedes, en pleno agosto. Todas las ventanas de la casa del campo abiertas de par en par, el aroma de la tarta llenando la cocina.
¡Cuánto me has ayudado! pensaba Carmen, mirando a la anciana, el rostro enrojecido por el calor del horno, ¿Qué habría sido de mí sin ti? Las niñas adoran a la abuela Mercedes. Ella bien podría haberme cerrado la puerta aquella noche.
Ahora las pequeñas tienen nueve años, son alumnas de primaria. Cada verano lo pasan aquí, en la finca, entre el lago, los amigos y la abuela querida. Su familia.
Voy a por más manzanas, así hacemos también compota dice Carmen, saliendo al jardín con una cesta.
Bajo el manzano, dormita una labradora dorada, Alma, la que una vez fuera una perra sarnosa y desnutrida recogida en la basura, hoy convertida en la reina del lugar.
Solo el cariño nos salva, siempre piensa Carmen, alargando la mano hacia Alma, ofreciéndole una galleta.







