Nunca he entendido por qué hoy se critica tanto la forma en que algunos padres educaban antes. Crecí…

Nunca he comprendido por qué hoy en día se critica tanto la forma en que algunos padres criaban antes.

Crecí con un padre sumamente estricto. Era severo, controlador y terco como una roca. Todo seguía un horario, había normas claras y castigos asegurados si no las cumplía. No podía llegar tarde, ni hacer planes sin consultarle, ni tomar decisiones a mi aire. Durante mi adolescencia llegué a odiarle por eso. Muchas veces.

Mi padre vigilaba mis notas, mis amistades, cada hora de mis días. Me exigía estudiar, terminar lo que empezaba, asumir responsabilidades. No había discusión posible: si decía no, era no. Mientras mis amigas salían a la calle, yo solía quedarme en casa. Ellas dormían hasta mediodía; yo tenía tareas que cumplir. Por aquel entonces todo me parecía injusto, sentía que él no confiaba en mí.

A la vez, veía a mis primas las hijas de mi tío, que era justamente lo opuesto. Él era tranquilo, moderno, cercano, casi un colega de sus hijas. Las dejaba salir sin problema, no les insistía con los estudios ni las corregía apenas. En las reuniones familiares yo las miraba hablar con él llenas de confianza, riéndose juntos, negociando todo lo que querían. Les tenía verdadera envidia.

Mientras yo justificaba cada paso que daba, ellas parecían vivir sin peso en los hombros. Cambiaban de carrera, dejaban a medias los estudios, empezaban cosas que nunca terminaban. Nadie las presionaba, nadie les pedía explicaciones. Me repetía: Ojalá mi padre fuera como él. En aquellos años, mi tío era el padre ideal y el mío, un carcelero.

Pasaron los años. Terminé la universidad, me gradué, encontré trabajo y gané independencia. Aprendí a mantenerme sola, a cumplir plazos, a hacerme cargo de mis errores y responsabilidades sin que nadie me obligara. Ahora tengo estabilidad, la cabeza amueblada y un carácter firme. No digo que todo haya sido perfecto la exigencia de mi padre dejó huellas, pero también una base sólida.

Mis primas, en cambio, hoy en día dependen aún de otros. No finalizaron los estudios, no han logrado estabilidad profesional, siempre están comenzando algo nuevo. No son malas personas, pero les cuesta vivir sin una referencia, sin una meta clara, sin pies propios. A menudo se quejan de que la vida es injusta, que nadie les ha ayudado.

Ahora, desde la distancia de los años, todo lo veo distinto. No idealizo la dureza, pero tampoco demonizo la disciplina. Mi padre no era cariñoso como otros, pero era constante. No me regaló una vida fácil: me enseñó a salir adelante sola. Y aunque durante años pensé que su manera de criar era excesiva, hoy sé que gracias a eso tengo la vida que tengo.

No insinúo que haya que criar a todos igual, pero sé que muchas de las cosas que hoy se critican, antes forjaban adultos capaces. Y que, a veces, aquello que de joven ves como una gran injusticia, con el tiempo acaba siendo tu estructura, tu base.

¿O quizá me equivoque?

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