Oye, te tengo que contar una historia que me ha tocado el corazón, de verdad. Es sobre una señora mayor, Mercedes, que después de que falleció su marido, decidió vender la casa de la sierra y con ese dinero ayudó a su hijo Javier y a la familia de él a comprarse un piso en Madrid. Ella se mudó con ellos y, mientras tuvo energía, era la que llevaba la casa: hacía la comida, recogía, cuidaba de los nietos, los llevaba y traía del colegio y de las clases extraescolares, vamos, la abuela todoterreno de toda la vida.
Tanto Javier como su mujer, Carmen, trabajaban todo el día, así que Mercedes estaba pendiente de todo. Nunca se quejaba, al revés, le hacía feliz sentirse útil y que la familia pudiera contar con ella. Pero claro, los años pasan para todos. Los nietos crecieron y cada uno hizo su vida, y la salud de Mercedes empezó a flojear. Intentaba fregar los platos pero, de lo débil que estaba, se le caían y se rompían. Ella quería servir la sopa pero terminaba derramándola antes de llegar a la mesa. Por las noches, si se levantaba a beber agua, hacía un poco de ruido y Carmen se despertaba y se molestaba.
Ya nadie tenía tiempo de charlar con ella, y su nuera cada vez la trataba peor, hasta la llamaba estorbo. ¿Qué culpa tiene una por envejecer, no? Pero bueno, Mercedes aguantaba, porque al final no tenía otra.
Un día, Javier, el hijo, decidió que lo mejor era llevar a su madre a una residencia para mayores. Allí por lo menos tendrá gente con quién hablar, se decía él mismo para tranquilizar su conciencia.
Total, que por la mañana, cuando estaban a punto de salir en coche, Mercedes de repente se acordó de una caja que tenía guardada.
Hijo, tráeme la caja, que se me ha olvidado le dijo con esa vocecilla suave.
¿Qué caja, mamá? preguntó Javier extrañado.
Mi caja de tesoros le contestó ella, y le explicó un poco cómo era.
Javier fue, la buscó, y se la llevó al coche. Mercedes la abrazó fuerte, sonriendo con los ojos cerrados.
Mamá, ¿qué guardas ahí dentro? le preguntó él, un poco curioso.
Mercedes abrió la caja despacito y dentro había un mechón de su pelo y un diente de leche. Javier, al verlo, se quedó de piedra, se apartó del coche y se sentó en la acera, con la mirada perdida. Empezó a recordar cuando era pequeño, cómo su madre siempre estuvo a su lado, cuidándole, defendiéndolo, nunca le dejó sólo ni en los peores momentos.
Hijo, ¿nos vamos ya? le preguntó Mercedes bajando despacio del coche y acercándose a él con una ternura inmensa.
Javier, con los ojos vidriosos, se levantó y, sin dudarlo, le dijo:
No vamos a ningún sitio, mamá. Te quedas en casa.
Y así, ella volvió a casa con su hijo, y yo la verdad, sólo puedo pensar en lo importante que es cuidar de los nuestros hasta el final.







