Te voy a contar algo que me tiene medio rayada y necesito desahogarme contigo. Mira, faltaban dos semanas para mi boda y, mientras tenía los sobres de las invitaciones en la mano, me salió el ultimátum: Te lo digo muy en serio, o cambias el salón de banquetes o me planto y no me caso contigo. Ahí, con la cara más seria que nunca.
Pero, Estrella, ¿otra vez con eso? me preguntó mi novio, Rodrigo, con esa cara de ¡madre mía otra vez la misma historia!
Que tengo un mal presentimiento, de verdad le contesté yo, medio temblando.
Eso es normal intentó tranquilizarme él. Que no te casas todos los días. Son los nervios, ya verás como se te pasa. Todo va a salir fenomenal, te lo prometo.
¿Cómo puedes prometer algo que ni tú sabes? Mira, Rodrigo, ¿de verdad es tan difícil cederme esto? Si ya desde ahora no eres capaz de escucharme, ¿cómo vamos a vivir juntos?
Estrella, cariño, que tampoco estamos nadando en euros me soltó él, un poco dolido. Ya he dado la señal, he pagado la decoración y la comida. Si lo cancelamos, la reserva no nos la devuelven.
Eso no es lo peor, amor. Hazme caso, solo por esta vez.
No puedo creer que te tomes en serio esas tonterías. No es sensato, de verdad. Para colmo nos quedamos sin viaje de novios. ¿Me vas a contar de una vez qué te preocupa tanto?
Que sí, pero prométeme que vas a escucharme y que no te vas a reír de mí.
Te lo prometo me dijo, mirándome fijo.
Pues verás. Hace poco entró a trabajar una compañera nueva, Carmen. Una tía muy rara, una especie de alma en pena, siempre vestida de negro, callada, que no habla con nadie. Y de repente un día se acerca y me suelta: Te manda saludos tu abuela Pilar.
¿Perdona? le contesté, porque mi abuela Pilar se murió hace ya tres años.
¿Quieres que te cuente lo que ella quiere avisarte? me dijo Carmen, y me puso los pelos de punta. Pero acepté, y lo que me contó me dejó helada.
Mira empezó. Esto ocurrió hace muchos años. Acababan de construir un restaurante con salón de bodas nuevo aquí en Madrid, en la zona norte. Diego trabajaba de chófer en la obra, ganando bien, y le propuso a su novia, Inés, celebrar la boda en ese restaurante. Inés, que era de familia humilde de Ávila, aceptó encantada. Ninguno de los suyos había estado nunca en un sitio tan elegante.
El día de la boda, Inés iba radiante. El vestido blanco, el velo, parecía de revista. Diego de punta en blanco. Tras la ceremonia, toda la familia, los amigos y los novios subieron al bus que los llevó al restaurante. Al llegar, todos se quedaron alucinados con el salón, tan luminoso, tan moderno. Solo una anciana meneó la cabeza y murmuró: Mira tú, tanto lujo y ni una flor natural Todas de plástico. Mal fario me da a mí esto.
Pero nadie le hizo caso, porque por entonces casi todo era sintético: cortinas, vajillas, flores Las flores naturales que llevaron los invitados las pusieron en jarrones, justo en la mesa de los novios.
Y, en plena fiesta, cuando Inés y Diego se levantaron a bailar el vals, pasó algo rarísimo: al volver, el ramo de rosas frescas que tenía delante Inés estaba completamente mustio, negro como el carbón. Los camareros lo retiraron, y siguió la boda, pero enseguida Inés se empezó a encontrar fatal y se desmayó. Abrieron las ventanas, pensaron que era el calor, pero enseguida volvió a sentirse mal. Entonces los invitados empezaron a cuchichear:
¿Y si está embarazada?
Bueno, más vale eso que una enfermedad grave, por Dios
Uno dijo haber visto una mancha roja en el vestido de Inés, pero cuando sus padres se acercaron, no vieron nada. Luego empezó a correr el rumor de que alguien había visto a una mujer extraña, vestida de negro, entrando al salón. Buscaron y buscaron, pero no dieron con nadie.
Esa noche, la primera noche juntos, fue un horror. Ninguno pudo dormir, sentían que alguien más estaba en la habitación. Oían ruidos, pasos, y Diego sentía que le observaban. Cuando amaneció, estaban histéricos.
Por aquellos años, lo de irse de luna de miel era muy raro, así que volvieron a trabajar enseguida. Pero Diego no llegó ni al siguiente fin de semana: murió en un accidente de coche. Nadie entendió cómo pudo pasarle eso, porque la carretera estaba bien, el tiempo era bueno y Diego tenía mucha experiencia al volante.
Inés quedó destrozada. Al año, se fue de casa y nunca más supieron de ella, por mucho que la buscaron.
Bueno, acojona la historia me soltó Rodrigo riéndose. ¿Pero qué tiene que ver eso con nosotros?
Todo, Rodrigo casi lloraba ya de la angustia. Porque esa boda maldita se celebró en el restaurante y en el mismo salón que has reservado para nosotros.
Pero, Estrella, ¿tú te oyes? ¿Qué tenemos nosotros que ver con una historia de hace mil años? Anda que no pasan desgracias por mil motivos
Se dice que ese restaurante lo levantaron sobre un antiguo cementerio, y el salón coincide justo donde estaba la tumba de una novia que se suicidó días después de casarse porque pilló a su marido engañándola. Desde entonces, su espíritu busca venganza: primero se lleva al novio justo después de la boda, y a la novia, al año. Mi abuela desde el más allá me ha intentado avisar, igual que me cuenta Carmen.
No creo en esas maldiciones dijo Rodrigo, ya cansadísimo. Pues nada, si no quieres casarte conmigo, me caso con Raquel. Raquel era mi mejor amiga.
Ahí tuve la certeza: ni boda ni nada. Y más cuando soltó eso de casarse con Raquel, que me dejó más fría que un bloque de hielo. Así que, aguantando las lágrimas, dije que no. Al final hizo lo que prometió: se casó con Raquel, que al final resultó ser una traidora de campeonato y aceptó.
No habían pasado ni siete días y la maldición o profecía, o como quieras se cumplió. Rodrigo tuvo un accidente de moto, se le fueron los frenos. Murió en el acto.
Me dio un miedo por Raquel que ni te imaginas, a pesar de todo. Quise preguntarle a Carmen cómo podía ayudarla, porque decía que el espíritu venía a por la novia al año, pero cuando fui a buscarla al trabajo, ya se había marchado. La dirección que había dado era falsa y no había manera de localizarla.
Dicen que la historia de la boda maldita, la primera, fue en los años setenta. Yo no encontré nunca nada en los periódicos ni archivo alguno, pero por aquellos años tampoco se publicaban estas cosas. Sin embargo, la leyenda sigue viva en el barrio y quienes llevan aquí toda la vida la conocen de sobra…






